Capítulo 19
THEA
A la noche siguiente, en la víspera del eclipse, Thea se preparó para una batalla. En la intimidad de sus aposentos, se enfundó un vestido rosa dorado como si fuese una armadura y se ató a las piernas el puñal y las estrellas arrojadizas, debajo de las faldas.
Los demás se habían asegurado de que el resto de sus armas, y las de Wilder, estuvieran guardadas fuera del salón de baile y de que su morral estuviera escondido en la habitación de Cal.
Casi todo estaba en su sitio. Con mano firme, Thea se pintó una línea negra de kohl en las pestañas como Wren le había enseñado y se pintó los labios con un intenso tono rojizo.
Se trenzó el pelo con su estilo de guerrera habitual, aunque se lo sujetó sobre la coronilla, dejando así a la vista la línea de su cuello.
Cuando terminó, se miró en el espejo de cuerpo entero y a duras penas reconoció a la mujer que estaba ante ella.
«Estupendo», pensó, y se llevó la máscara a la cara, sujetándosela por detrás de la cabeza.
Esa noche, la mujer que había sido en el último año no le serviría de nada.
Debía librarse de esa persona, desprenderse de ella como de una segunda piel.
Wilder la necesitaba y estaba decidida a liberarlo de los grilletes que le había impuesto a la fuerza.
Tras echar un último vistazo a su aspecto resplandeciente y a su máscara de inspiración draconiana, Thea salió de su habitación y fue en busca de la princesa Jasira.
En su estancia real, la princesa de Harenth estaba rodeada de asistentes ajetreados pero, cuando vio a Thea, esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Thea, has venido!
—Jamás me perdería el baile, su..., Jasi.
La princesa despachó a los ayudantes y señaló hacia su vestido.
—¿Qué te parece? —Estaba despampanante con una seda azul marino y con joyas centelleando por todas partes.
—Estás preciosa —le dijo Thea.
—Tú también, amiga mía.
Thea le dedicó una sonrisa agradecida y le tendió el brazo.
—¿Vamos?
Jasira se lo cogió y comenzó a caminar hacia la puerta.
—¿Te apetece apostar cuántos hombres nos piden que bailemos con ellos?
Thea soltó una forzada risotada. Bailar era lo último que le ocupaba la mente.
—Me imagino que tú conoces mejor estas cosas que yo. Sería absurdo apostar contigo.
—Bobadas.
El guardia real de la princesa escoltó a las dos mujeres por los pasillos de la cúpula flotante; todo estaba bañado por la luz dorada de las antorchas y decorado con guirnaldas de flores nativas de Aveum.
Thea mantuvo la barbilla en alto y se forzó a poner un pie delante del otro mientras controlaba los pensamientos que protagonizaba Wilder, encerrado en la celda helada.
Era un hombre fuerte. Era la persona más fuerte que conocía. Thea debía ser fuerte por él.
Cuando la entrada del gran salón se alzó ante ellas, Thea musitó una última súplica a las mismísimas furias para que nada de aquello fuese en vano antes de cuadrar los hombros. Las puertas dobles se abrieron hacia dentro.
Y ella contuvo un grito ahogado.
En el centro mismo de la cúpula dorada, rodeada por cumbres cubiertas de nieve y bosques perennes al otro lado de las ventanas, había un salón de baile que no se parecía a nada que ella hubiera visto antes.
Era como si la estancia hubiera sido sacada de un sueño, bañada en luz de luna, con el techo abovedado embellecido con candelabros fulgurantes hechos con carámbanos.
Absolutamente todo daba fe de la genialidad de aquel reino: el resplandor invernal, el calor hechizante, la ilusión de la nieve cayendo.
Todas las superficies relucían y brillaban, hechas casi por completo de cristal y de vidrio que reflejaban una luz que danzaba por la cámara con una miríada de colores.
Las guirnaldas de flores envolvían las columnas de piedra blanca, mientras que unas gruesas cortinas de terciopelo enmarcaban todas las entradas.
Desde el lugar privilegiado que ocupaban, Thea y la princesa vieron cómo entraban nobles y guerreros despojados de sus armas.
En las celebraciones no debía haber espadas de ningún tipo, ninguna tentación de violencia ni de oscuridad.
A Thea le habían advertido al respecto de antemano.
Por primera vez en su vida, sin embargo, los vestidos y el maquillaje irían a su favor.
La princesa y ella dejaron atrás a los guardias del palacio y cruzaron la entrada real sin que nadie las registrara.
—La reina Reyna se ha superado —comentó Jasira cuando entraron en el salón.
—La princesa Jasira de Harenth —anunció un heraldo— y su invitada de honor, la guardiana Althea Zoltaire de Thezmarr.
Thea se puso tensa ante las miradas que enseguida se clavaron en ambas y no le pasó por alto que el reconocimiento público de su título no le provocó ningún atisbo de orgullo en el pecho. Tiempo atrás, había soñado con algo parecido, pero en ese momento no sintió nada de nada.
—Vamos, Thea. —Jasira tiró de su brazo—. Demos una vuelta por las paradas.
Thea se sorprendió. Junto a las paredes del salón de baile, había incontables puestos decorados con coronas de flores cubiertas de rocío y adornos en forma de copos de nieve.
Era como si la reina Reyna hubiese instalado en su sala el mejor de los mercados de los mediorreinos para ofrecer los productos de mayor calidad en un exuberante tapiz.
—¿Es normal que en un baile haya mercaderes como estos? —preguntó Thea.
—En Aveum sí lo es. La reina Reyna suele invitar a los comerciantes más excepcionales de todos los mediorreinos.
Se enorgullece de ofrecer a sus invitados lo mejor de todo; además, es bueno para el reino.
Aunque esta noche hay más que de costumbre.
Creo que es porque la gente cree que el eclipse de luna ardiente bendecirá sus mercancías y le dará buena suerte.
—Parece que muchísimas cosas dependen del eclipse... —Thea arrugó la nariz.
Jasira le acarició el brazo y la reprendió en voz baja:
—La gente encuentra esperanza allá donde le es posible.
Thea se puso roja, pero la princesa no dio mayor importancia a la regañina y la condujo hasta la primera hilera, donde las paradas exponían una colección de tesoros sin igual.
Castañas asadas, tartas en miniatura con gruesa cobertura, sidra especiada y manzanas de caramelo, exóticas flores de invierno preservadas en cúpulas de cristal, vibrantes joyas esmeriladas...
Todo era artesanal y estaba presentado con exquisitez, y los comerciantes lucían vestidos invernales lujosos para la ocasión al tiempo que intentaban llamar la atención de la princesa.
A Thea aquella ostentación y belleza le pareció despreciable.
Debajo de aquellas salas opulentas, había una celda de hielo llena de niños y otra que encerraba al más noble de los espadachines de Thezmarr.
La riqueza, las sonrisas, la pomposidad...
, todo era una farsa y Thea se encargaría de ponerle fin.
Jasira tensó el brazo con el que la rodeaba y Thea siguió su mirada hasta la otra punta del salón. La poca comida que había ingerido se pudrió en sus entrañas al ver a la persona a la que estaba mirando la princesa.
—Es bastante apuesto, ¿no crees? —Jasira se ruborizó cuando Sebastos Barlowe, el aprendiz de Vernich Warner, le dirigió una encantadora sonrisa.
«Así que al final se recuperó de los golpes de Wilder... Qué lástima». Aunque Thea se fijó, con no poca satisfacción, en que la nariz de Seb ya no estaba tan recta como antes, sino torcida para siempre gracias al puñetazo que ella misma le propinó antes de la batalla de Notos.
Le costó responder con voz calmada:
—Jasira, te aseguro de corazón que no es más que un maldito canalla, un miserable malnacido que... —Se interrumpió con el rostro al rojo vivo por haber verbalizado tales insultos en presencia de...—. Lo siento mucho, alteza. No quería...
Pero Jasira esbozaba una sonrisa radiante.
—¿De verdad?
Thea se estremeció y recordó los instantes en los que la existencia de Seb había amenazado la suya y la de sus amigos, en los que la crueldad y la maldad del guerrero habían desobedecido a la razón.
Pensó en cómo había maltratado a Malik y las viejas ascuas de la rabia enseguida cobraron vida de nuevo.
—Aunque lo catapultaras al otro lado del Velo, seguiría sin estar lo bastante lejos.
—Vosotros... —Jasira ladeó la cabeza— ¿habéis estado juntos?
Thea apartó la vista de aquel desgraciado y comprendió lo que le estaba preguntando la princesa.
—Por todas las furias, no, de ese modo no. No lo tocaría ni con un palo de diez metros, a no ser que fuera para dejarlo inconsciente. —Se le escaparon esas palabras antes de poder evitarlo—. Lo siento —murmuró.
Por suerte, la princesa tan solo se echó a reír.
—No lo sientas. Me alegro de saber que no hay que confiar en una cara bonita.
Thea reprimió otro comentario desagradable sobre Seb, que era cualquier cosa menos una cara bonita.
En su opinión, era tan monstruoso como los espectros que maldecían a los mediorreinos.
Notaba los ojos del guerrero en ellas, perforándolas con la mirada, seguramente intentando planear ya cómo podía poner a la princesa en contra de Thea.
Pero la atención que le dedicó Jasira fue efímera. Por lo visto, tenía un puesto particular en mente y dejó atrás a varios ansiosos comerciantes para llevar a Thea hasta el rincón más alejado del salón de baile.
—¡Ah, esperaba que estuviese aquí! —exclamó tirando de Thea hacia la parada que le interesaba.
Thea arrugó el ceño. Reconocía a ese hombre.
—¡Marise! —lo saludó la princesa Jasira.
Era el mercader de vino de Harenth al que Wilder había presentado a Thea hacía tanto tiempo.
Marise, que estaba rodeado por un pequeño grupo con varias botellas de vino abiertas ante sí, sonrió encantado a la princesa.
—¡Alteza! Benditos sean los ojos que os ven. ¡Moveos todos, borrachos! Haced espacio para la princesa.
Jasira se rio cuando la multitud se dispersó y Thea y ella se acercaron al puesto.
El comerciante abrió mucho los ojos al ver a Thea.