Capítulo 18
THEA
El gran salón que rodeaba a Thea desapareció de pronto.
La pequeña esfera plateada desplegó un mundo totalmente distinto ante sus ojos.
Un mundo de guerreros y monstruos y una visión de Grandes Ritos de hacía muchos años.
A través de una vasta proyección de luz, vio a antiguos espadachines de Thezmarr y los retos a los que se enfrentaron.
No sabía qué era aquella esfera plateada, pero el objeto contenía una magia inimaginable, una magia que captaba los pasados de anteriores guardianes, que la condujo por cada recuerdo como si estuviese siguiendo un hilo en el interior de un laberinto.
Le mostró a un habitante del arrecife colosal, que brotaba del mar espumoso hacia el guerrero que estaba en la orilla, rezumando veneno por los tentáculos. El guardián empuñaba la espada y bloqueó el primer golpe del monstruo para comenzar una lucha feroz.
Con un destello de luz, la esfera plateada reveló una figura solitaria, otro thezmarrense, que caminaba en una ventisca; el viento le azotaba con nieve y escombros con la fuerza suficiente como para arrancarle sangre de las mejillas expuestas.
Tenía los labios negros debido a la congelación, pero mostraba una férrea determinación en el rostro.
Las imágenes cambiaron de nuevo y le mostraron a un hombre ante una enorme telaraña, con alguien atrapado en ella. Con un rugido, el guerrero cargó y se adentró en la pegajosa sustancia para alcanzar al rehén...
El orbe le enseñó cómo los guardianes de Thezmarr combatían contra el mal en todas sus formas: hombres malditos a los que conocían, espectros y segadores, aulladores, gigantes de hielo, aracnes y basiliscos...
Le mostró el valor de los guardianes, su resistencia mental y su fuerza al luchar contra un monstruo tras otro, con espadas que eran un borrón plateado que derramaba sangre a su paso.
Thea reconoció incontables maniobras, pues algunas de esas las había aprendido de su mentor y ella misma las había usado en numerosas ocasiones durante la persecución, en busca de venganza.
Y no se trataba solo de monstruos, sino de escenarios horribles, de condiciones extremas... Cada escena le resultaba más familiar que la anterior.
La esfera siguió reproduciéndolas ante ella. Era una visión del dolor de los guardianes anteriores y de las profundas pesadillas que habían afrontado durante el ritual sagrado de las furias. Los desafíos a los que se enfrentaban eran externos e internos: ponían a prueba mente, cuerpo y corazón.
Y al final de ellas, había una luz dorada.
Wilder le había proporcionado décadas o siglos de experiencias de Grandes Ritos, contenidas en una esfera plateada diminuta.
Y, de pronto, lo vio a él.
Con el orbe plateado en la mano, Thea observó cómo el guerrero viajaba por los mediorreinos y más allá para visitar a aquellos cuyos recuerdos acababa de presenciar.
Wilder fue hasta muy lejos, cruzando hielo y nieve, atravesando desiertos y tormentas de fuego, pasando por barrancos escarpados y por una ciudad ubicada en las copas de los árboles, y en todo momento negoció con exguardianes y espadachines de Thezmarr para hacerse con sus recuerdos.
Thea contempló cada conversación con un nudo en la garganta. Wilder Hawthorne regresaba al mundo como ella lo conocía, armado con el conocimiento para hacer exactamente lo que había prometido.
Vio con nuevos ojos el último año: el terreno implacable, los monstruos que le habían salido al encuentro... Con cada momento que destellaba ante ella, comprendió del todo qué había hecho Wilder Hawthorne en los últimos doce meses.
Había cumplido con el juramento que le había hecho.
La había estado entrenando.
Wilder no había querido ser su mentor y, sin embargo, se pasó todo un año respetando su promesa. Había recreado todos los Grandes Ritos que conocía, todos los desafíos que había visto en esos recuerdos, para que ella saliese victoriosa y así, cuando llegase el momento, estuviera preparada.
Wilder Hawthorne, su mentor y amigo y amante, lo había soportado todo por ella.
Los Grandes Ritos siguieron sucediéndose y mostrándole más y más retos.
Cuando terminaron las imágenes, Thea sollozaba por la fuerza de esos recuerdos.
Aunque había algo más. Se dirigió a la montaña de ropa sucia y sacó las cartas de Audra de uno de los bolsillos hasta encontrar una que de inmediato cogió por los extremos raídos.
Los tres desafíos a los que se enfrentaban todos los espadachines se centraban en uno de esos tres aspectos: uno ponía a prueba la mente, otro el cuerpo y el último el corazón.
Audra también lo sabía y la había preparado de la única manera que podía.
«Mente fuerte, cuerpo fuerte, corazón fuerte».
Y Wilder le había enseñado el resto.
La mente de Thea era inflexible, su cuerpo hacía gala de fuerza, pero su corazón... Era su corazón el que necesitaba curarse.
Cuando la luz se desvaneció y Thea notó de nuevo el frío mármol bajo los pies, tenía los ojos muy abiertos.
Les contó a Cal y a Kipp todo lo que había visto y sus amigos escucharon en tenso silencio las palabras que se derramaban de su boca.
Ante aquella incontestable verdad, Thea no podía negar lo equivocada que había estado durante todo ese tiempo.
A lo largo de un año, había perseguido y odiado a Wilder, quien, durante ese preciso período, le había demostrado lo mucho que le importaba ella y lo lejos que estaba dispuesto a llegar para cumplir la promesa que le había hecho.
Había sido muy tonta. En esos instantes el guerrero estaba encerrado junto a niños inocentes en las mazmorras y Thea podría haberlo impedido.
Los remordimientos amenazaban con consumirla; no obstante, se concentró al máximo y planeó cómo sacarlo de la prisión de hielo de Aveum.
—No espero que os pongáis en peligro vosotros —les dijo a sus amigos—. Es culpa mía que esté ahí y soy yo quien debe solucionarlo...
—¿Todavía no lo has entendido? —Kipp soltó un sufrido suspiro.
—¿El qué? —Thea lo miró sin comprender.
Cal negó con la cabeza como si acabase de preguntarles de qué color era el cielo.
—No seguimos órdenes del gremio, Thea. Hace mucho que no las seguimos.
—¿A qué te refieres?
—A que te seguimos a ti —exclamó Kipp—. Aunque en este momento no tengo ni idea de por qué. Tienes la cabeza tan dura como la cara de Cal.
El aludido puso los ojos en blanco.
—Lo que quiere decir es que estamos contigo. A quienes somos leales es a ti, no a unas anticuadas leyes de mierda de Thezmarr.
A Thea le ardían los ojos.
—Si dices que debemos sacar a Hawthorne de las mazmorras, eso es justamente lo que haremos —añadió Kipp.
—¿Sabéis lo que ocurrirá si os sorprenden involucrándoos en esto...? —les insinuó.
—Es probable que tengamos una muerte larga y dolorosa —repuso Kipp.
Cal profirió un gruñido gutural.
—Intentemos evitar ese destino.
—Hablo en serio. —Thea negó con la cabeza.
—Nosotros también, alteza. Es que nos alegramos de que hayas visto la luz —contestó Kipp—. Él te ama —dijo con más amabilidad—. Eso siempre ha sido evidente. Por lo menos para nosotros. Me apuesto lo que quieras a que todo lo que hace es por ti.
Por primera vez, Thea no protestó. Tan solo prometió para sus adentros con muchísima más fiereza que lo recuperaría.
Mientras el sol se alzaba por encima de las montañas y del lago, detrás de las cúpulas flotantes, el trío urdió una estrategia hasta bien entrada la tarde. Iban a rescatar a Wilder Hawthorne y, para ello, pensaban aprovechar el baile de máscaras.