Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—Creo que sí. —Wilder soltó un suspiro. Pese a sus visiones de gloria y grandeza, había recibido unos cuantos latigazos y había fracasado estrepitosamente.

—Interesante —dijo Malik, no tan enfadado como esperaba él.

—¿El qué? —le preguntó, examinando a su hermano en busca de algún indicio de herida. Malik era tan grande que costaba imaginar que algo pudiera atravesarlo. Tenía un corte que le sangraba en la frente, pero por lo demás parecía de una sola pieza.

—Nada —contestó haciendo aspavientos con las manos—. No deberías haberlo hecho.

—Ya lo sé...

—Talemir te mandará un mes entero a la armería con los escuderos.

—Ya lo sé.

—Ha tenido miedo por ti —le aclaró Malik—. Se siente responsable de ti... Pero se olvida de una cosa.

—¿De qué? —Wilder suspiró, con el rostro ardiente por la vergüenza.

—De que yo siempre te he cubierto las espaldas, hermanito.

Wilder sabía que Malik se contenía para no revolverle el pelo como cuando era un niño pequeño. Porque ya no eran niños. Eran guerreros en un reino de creciente oscuridad.

Wilder le dio un codazo a su hermano mayor, a ese gigante inamovible.

—Y yo siempre te las he cubierto a ti —le aseguró.

Malik sonrió con los dientes teñidos de rojo.

—No me cabe ninguna duda.

—Eres estúpido, Hawthorne.

La voz familiar lo despertó. Sus cadenas traquetearon cuando se movió, hasta que recordó dónde estaba y por qué tenía ese frío de mil demonios.

Torj Elderbrock lo miraba desde el otro lado de los barrotes de hielo y negó con la cabeza, apoyado en su martillo de guerra.

—Yo también te deseo buenos días —dijo Wilder gruñendo.

La expresión de Torj era indiscernible, pero Wilder supuso que la reacción de su compañero a lo que había sucedido en las últimas horas de la batalla de Tver había sido similar a la de Thea.

La traición al gremio, a los mediorreinos y a su hermandad resonaba entre ambos.

Quizá Torj tan solo había querido gozar de la oportunidad de ver al malnacido de Thezmarr por sí mismo y asegurarse de que sus cadenas eran sólidas y su sufrimiento intenso.

Wilder habría sentido lo mismo si hubiese creído que Torj lo había traicionado a él.

—Has tenido días mejores —comentó el Asesino de Osos al escudriñar el cuerpo casi desnudo de Wilder, que seguía cubierto de la sangre y la suciedad del enfrentamiento con los espectros por el camino y mostraba una o dos heridas abiertas infligidas por los guardias de Aveum.

—Yo podría decir lo mismo de ti —replicó Wilder intentando reprimir un quejido de dolor—. ¿Qué excusa tienes tú?

El espadachín rubio soltó una ronca risotada.

—Ah, pues ya sabes. Es lo que pasa cuando cada dos por tres persigues a monstruos por los mediorreinos y te enfrentas a maldiciones del Velo... Y cuando tienes al maldito de Vernich respirándote en el cogote.

—Lo habitual, pues.

—Más o menos.

Wilder respiró hondo, incapaz de evitar formular una pregunta.

—¿Has visto a Mal?

—Sí. —Torj agachó la cabeza.

—¿Y?

—Y... sigue siendo Malik.

—¿Qué se supone que significa eso? —rezongó Wilder.

—Significa que no ha cambiado, pero está a salvo... De hecho, una joven alquimista a la que los dos conocemos se ha convertido en su compañía constante.

—¿Wren?

—Yo no te lo he contado.

—Claro que no. —El alivio que lo inundó fue efímero, pues Wilder se preparó para lo que se avecinaba—. ¿Alguien en particular te ha enviado a burlarte de mí?

—¿Es lo que estoy haciendo? Pues menudo aburrimiento sería, ¿no crees?

—Nunca has sido el alma de la fiesta, Elderbrock.

Para su sorpresa, Torj no siguió con el enfrentamiento verbal, sino que negó de nuevo con la cabeza, casi con incredulidad.

—¿Qué pasa? —soltó Wilder, tirando de las cadenas.

—He recibido una carta... —anunció Torj lentamente mientras se fijaba en las paredes de hielo que los rodeaban y en las escaleras cubiertas de escarcha.

—¿Sí? —Wilder no se atrevió a albergar esperanza, no permitió siquiera que la posibilidad se formase en su mente. Torj había ido hasta allí por una curiosidad macabra, por nada más.

Pero el Asesino de Osos caminaba de un lado a otro delante de la celda.

—Marise está aquí, por cierto...

Wilder se quedó perplejo ante el cambio de tema. ¿Por qué hablaban del mercader de vino de Harenth?

—¿Tengo derecho a pedir mi última comida y bebida antes de la ejecución o qué? Ser un prisionero da mucha sed. Ha sido muy considerado por su parte venir hasta aquí.

—Dice que no le has pagado la última cuenta. —Torj resopló.

—He estado un tanto ocupado —masculló Wilder.

—Albert del Zorro también te manda recuerdos...

—Qué bien. Todos los comerciantes de los mediorreinos se acuerdan de mí. —Wilder intentó moverse de nuevo. El dolor que sentía en las muñecas ya era casi un ardor—. ¿Por qué has venido realmente hasta aquí, Elderbrock?

—¿Por qué? ¿Acaso tengo algo mejor que hacer? —murmuró Torj—. Te he dicho que he recibido una carta.

—Ya te he oído. ¿De quién? —En un momento de imprudencia, se atrevió a pronunciar los nombres en voz alta—. ¿De Anya? ¿De Adrienne? ¿De Dratos?

—No. —Torj clavó los ojos en los suyos—. De Talemir Starling.