Capítulo 44 #2
«Cuando superes el Gran Rito, vendrás aquí de inmediato. Vendrás directa a apoderarte de tu semental. Los caballos percibirán el Rito en ti. Sentirán la llamada de las furias. No lo olvides».
Las palabras de él reverberaban en su interior como un eco, y casi pudo detectar su olor en el viento. Levantó la vista hacia la primera encrucijada, donde a lo lejos se erigían las colinas doradas de Tver y la aguardaba su propio semental de espadachina. Thea respiró hondo.
«En la vida hay veces en las que debes hacer caso a tu mentor», pensó antes de tomar el segundo sendero, «y veces en las que debes forjar tu propio camino».
Cuando emprendió la ruta que la llevaría al mar occidental y más allá, hasta las islas que albergaban la Torre Escarlata, oyó el batir de un par de alas.
Thea se giró, pero no vio nada.
Oyó el mismo ruido y se dio cuenta de que no lo producían las alas del halcón.
Algo mucho más grande tapaba el sol ascendente.
Sombras y oscuridad, y un par de alas membranosas colosales.
El suelo se sacudió violentamente cuando algo, o mejor dicho alguien, aterrizó delante de ella.
Thea desenvainó la espada y su caballo se encabritó, asustado.
Ella consiguió seguir montada y controlar al animal con la fuerza que las furias le habían otorgado en las piernas mientras las sombras se disipaban y una altísima figura emergía de la niebla de obsidiana, con dos espadas idénticas de acero naarviano en la cintura y alas rojinegras extendidas a su espalda.
Thea no bajó la espada, pero entornó los ojos para observar al guerrero tocado por las sombras que estaba delante de ella.
El desconocido llevaba el pelo oscuro, salpicado de mechones plateados, recogido en un moño.
Debajo de su armadura negra —delmiriana, si no estaba equivocada—, se atisbaba una piel aceitunada.
—¿Quién eres? —le preguntó al reparar en las volutas de sombras que seguían danzando a su alrededor.
—Alguien a quien Wilder le importa tanto como a ti. —Un destello de determinación brillaba en los ojos marrones del desconocido.
Thea giró la espada y entrecerró los ojos, suspicaz.
—No me digas.
—Soy al que apodan el Príncipe de las Sombras —le anunció, y su poder oscuro se incrementó a modo de énfasis.
Thea palideció. ¿Ese era el tipo del que le habían hablado sus amigos? ¿Era el hombre que en teoría protegía el recurso más valioso en Naarva?
Thea saltó del caballo y dio un paso atolondrado hacia el hombre descomunal.
—¿Qué haces en estos caminos? —le preguntó él sin desenfundar aún sus armas, pero preparado para combatir de todos modos.
—Voy a la Torre Escarlata. Voy a salvar a Wilder —le contestó Thea con calma—. Y nadie me lo va a impedir.
—¿Estás segura de eso? —la desafió el príncipe tocado por las sombras.
Por primera vez en su vida, Thea se permitió soltar el control que ejercía sobre sí misma y su magia se activó.
La acogió con los brazos abiertos. Los relámpagos danzaban sobre su piel y recorrían su espada de punta a punta, provocando chispas y brillantes rayos blancos que cobraban vida.
Por encima de ella, las nubes siniestras se apiñaron y por las tierras retumbó el restallido de un trueno.
Lanzó una mirada penetrante al desconocido.
—¿Qué te parece?
El hombre alado esbozó una sonrisa torcida al presenciar el poder acumulado de ella.
—Bien —repuso—. Porque quiero salvar a mi aprendiz y no puedo hacerlo solo.
Thea parpadeó, sorprendida, y volvió a fijarse en las espadas idénticas y en el tótem de espadachín que llevaba él atado en su musculoso brazo derecho...
El guerrero le ofreció la palma callosa de su mano y una pícara sonrisa.
—Talemir Starling a tu servicio, espadachina Zoltaire.
Thea pasó la vista de la piel curtida y cubierta de suciedad de él a su mandíbula cuadrada y sus ojos brillantes. Era el campeón en combates con dos espadas. El Príncipe de los Corazones. La leyenda de Thezmarr.
Tras volver en sí y dejar que su magia se desvaneciera, Thea aceptó su mano y se la estrechó con firmeza.
—¿De verdad has venido a ayudarme a sacar a Wilder de la Torre Escarlata?
—Como he dicho, no puedo hacerlo solo. Y tú tampoco.
Thea bajó la mano y, después de enfundar la espada, clavó los ojos en los iris marrones de Talemir con la misma determinación.
—Así sea.
—Así sea. —Las alas de Talemir se irguieron a su espalda y los bucles de poder de ónice se multiplicaron alrededor de ambos, propagándose bajo los rayos dorados del alba—. Ha llegado el momento de dar un paseo por la zona oscura.
Thea vio cómo una niebla de obsidiana engullía el mundo a su alrededor.
La luz se fue atenuando gradualmente, la ráfaga de viento de las alas de él la impulsaba hacia delante y su magia de tormentas le respondía a su vez.
Cerca de ambos, el retumbo de un trueno reverberó por los mediorreinos cuando un relámpago partió el mundo por la mitad.
A pesar de las incertidumbres y los peligros que se extendían ante ella, Thea sabía tres cosas.
La primera: que amaba a Wilder Hawthorne con todas las fibras de su ser.
La segunda: que haría lo que fuera preciso para recuperarlo.
Y la tercera...
Nadie, ni hombre ni monstruo, iba a poder detenerla.
—Yo soy la tormenta —dijo.
Y así, recién forjada con sangre y acero, la espadachina Althea Embervale, la Sombra de la Muerte, se adentró en la oscuridad para ir a rescatar a su amado.