Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

WILDER

En todos los años que había pasado luchando, Wilder jamás había sido hecho prisionero.

Herido en batalla, sí, pero nunca atado como un animal, nunca abandonado a morir de frío y de hambre bajo tierra.

Sabía que Talemir tampoco había padecido nada similar, pero Malik...

Hacía ya mucho tiempo, sospecharon que Malik sí.

En una misión al otro lado del Velo de la que no regresó hasta al cabo de tres meses, y entonces no quiso hablar de ello.

Hasta entonces, esa había sido la única experiencia con la que Wilder comparaba tales situaciones.

Le dolía el cuerpo por el asalto constante de los temblores.

Lo habían dejado con la ropa interior y nada más.

Deducía que debía dar gracias por aquel pequeño gesto de dignidad, sobre todo con aquel frío.

Sin embargo, le costaba sentir gratitud cuando le castañeteaban los dientes con una fuerza que le provocaba dolor de cabeza.

Cuando cerraba los ojos, se imaginaba a Thea ante los barrotes de la celda.

Los ojos de ella, de un tono verde, casi gris, estaban demudados por el horror y todo el cuerpo se hallaba atenazado por la conmoción.

Wilder detestaba haber llegado a ese punto, a que ella lo hubiese visto así, como a los inocentes maltratados que ocupaban las enormes celdas de hielo de Aveum. Pero había sido necesario.

Y él debía encontrar la manera de salir de allí.

Adrienne había estado al corriente de que las cosas podían torcerse, pero que hubiese podido mandar un mensaje a los tocados por las sombras para pedirles ayuda era harina de otro costal.

Y Thea... Wilder no sabía qué iba a hacer ella ni si bajar a las mazmorras y ver a los niños había bastado para convencerla.

Se maldijo a sí mismo en silencio por haberle entregado el orbe de la memoria en su cumpleaños de ese modo.

Había ido muy lejos para obtener un objeto como ese.

En los mediorreinos eran bastante desconocidos; tan solo aparecían en conversaciones entre académicos y catedráticos acerca de los reinos ubicados al otro lado del Velo.

Wilder debería haber sabido que Thea actuaría movida por la rabia y que todo lo que él había querido mostrarle terminaría enterrado bajo la nieve del suelo del bosque o en el fondo de un río que ya se habría congelado por completo.

Respiró hondo. Necesitaba regular su temperatura corporal, apretar los dientes para soportar el dolor y averiguar cómo quitarse las cadenas tratadas con alquimia.

No le cabía ninguna duda de que habían sido invención de Wren, y una invención genial.

Aunque Wilder deseaba que la alquimista no hubiera difundido todavía los detalles por los mediorreinos.

Tras moverse un poco para aliviar ligeramente la presión de los hierros sobre las muñecas, miró entre los barrotes de hielo.

Tan abajo no había rotación de guardias, pues los prisioneros tenían tanto frío que a duras penas podían moverse.

Tampoco había luz y, por lo tanto, era imposible saber cuánto tiempo llevaba allí encerrado o cuánto tiempo llevaban los tocados por las sombras.

Wilder no podía soportar la sensación de impotencia ni la presión del hierro hechizado sobre su piel, que aplacaba la fuerza proporcionada por las furias que le había permitido huir de situaciones comprometidas.

Intentó pensar, pero notaba cómo se le ralentizaba la mente debido a la exposición al frío.

Los dedos de las manos y de los pies eran ya dolorosos bloques de hielo y el aire gélido le había calado los huesos.

El sopor lo tentaba, una vía de escape del dolor y de la incomodidad, un descanso del caos que le asolaba la mente.

Pero oyó a Thea llamarlo por su nombre. No por el de Hawthorne, como había hecho la mayor parte del tiempo que habían pasado juntos últimamente, sino por el de Wilder.

Su nombre de pila, el nombre que ella había susurrado en sus labios y pronunciado con una suavidad que hacía tiempo que no la veía manifestar.

Lo echaba de menos, la echaba de menos a ella.

Fue pensando en Thea como permitió que el olvido lo atrajera hacia sí. El frío y el dolor se desvanecieron cuando cerró los ojos, y ya no vio nada más que negro.

—No te vayas —suplicó un Wilder mucho más joven cogiendo con el puño la capa de su hermano mayor para intentar evitar que se montara en su caballo.

Aun siendo un joven adolescente, Malik era una fuerza inamovible, sin duda el muchacho más alto y fuerte del pueblo.

Todas las chicas se ruborizaban cuando se acercaba y los chicos se debatían entre el odio que sentían por él y las ganas que tenían de ser sus mejores amigos.

Pero Wilder sabía que era él el verdadero mejor amigo de su hermano.

Lo hacían todo juntos. Y por eso no comprendía por qué Mal se marchaba, por qué le lanzaba una mirada de resignación, que lo hacía parecer mayor y más sabio de lo que le correspondía.

—Tengo que irme —repuso Mal mientras apartaba con cuidado la mano de Wilder. Siempre era muy amable, incluso con esas manos que contaban con la fuerza para aplastar cráneos.

—No es verdad. —Wilder hablaba como el niño que era, pero estaba demasiado alterado como para darle importancia.

—Sí que lo es —dijo la voz de su padre desde la puerta del establo—. Yo soy demasiado mayor y débil para luchar, pero Mal... Mal nació para ser espadachín. Salta a la vista.

A Wilder lo humillaba el escozor que sentía en los ojos por las lágrimas no derramadas.

—Pero...

—Muy pronto lo entenderás, hijo —le aseguró su padre—. La caída de Delmira no fue el final, muchachos. Se avecina un ajuste de cuentas. Y, cuando llegue, los mediorreinos van a necesitar toda la ayuda posible.

—¡Pues yo también iré! —insistió Wilder echándose hacia delante de nuevo.

La mano de su padre le agarró la capa por detrás y lo atrajo.

—Eres demasiado joven para ir a Thezmarr...

—En la fortaleza hay niños —protestó Wilder.

—No hay niños con espadas en las manos ni con violencia en el corazón. —Su padre le tendió un precioso cinturón trenzado—. Vamos, dale a Malik su regalo. Si tienes suerte, quizá se mantenga en buen estado y él pueda devolvértelo algún día.

Con el ceño arrugado, Wilder se aproximó a su hermano mayor con el elaborado cinturón de piel que su padre había hecho.

—Toma —le dijo con hosquedad.

Que Malik sonriera y aceptara el regalo con un asentimiento de gratitud dirigido a su padre no hizo sino enfurecerlo más.

—Todo irá bien, Wilder.

—No quiero que te marches —repitió.

—Ya lo sé. —Malik le revolvió el pelo.

Su padre se le acercó y lo cogió en brazos. Todo el miedo y la frustración que se habían ido gestando en su interior desde que su hermano anunciara sus planes lo sobrepasaron. Hundió la cara en el cuello de su padre y se echó a llorar.

Su hermano y su padre hablaron en voz baja y Wilder tan solo levantó la vista entre lágrimas al oír cómo se abría la puerta del compartimento.

Malik había montado sobre la vieja yegua de la familia y de pronto parecía mucho mayor, mucho más fiero.

Wilder se dio cuenta de que llevaba una espada sujeta a la espalda.

No tenía nada que ver con los aceros de los que había oído hablar en las historias y en las canciones, pero no dejaba de ser una espada, y sería su hermano quien la empuñara.

Wilder sorbió con la nariz, con temblores en las manos. No sabía gran cosa, pero sí estaba al corriente de que quienes se dirigían a la fortaleza de Thezmarr casi nunca regresaban.

Su padre lo estrechó fuertemente cuando Malik condujo al caballo por delante de ambos hasta salir del establo.

Justo antes de que echase a galopar por el camino, Malik se giró y miró a Wilder a los ojos. El color gris se clavó en el plateado del hermano menor y una sonrisa se abrió paso en el rostro joven de Malik.

—Ven a buscarme a Thezmarr, hermanito —le dijo—. Seremos espadachines los dos juntos.

Otro momento se reprodujo delante de Wilder, uno que recordaba a la perfección.

En las frágiles orillas de las Islas Rotas, justo frente a la costa de Naarva, se encontraba un ansioso guardián esperando órdenes.

Su pequeño grupo estaba liderado por dos espadachines: Malik el Rompeescudos y Talemir Starling, el Príncipe de los Corazones.

Los dos se erguían sobre la arena, observando confundidos las olas espumosas.

—El informe afirmaba que aquí había un dragón marino herido sobre las rocas... —le dijo Malik a Talemir tapándose los ojos ante el resplandor del sol.

—Los informes a veces se equivocan. —Talemir se encogió de hombros.

—Pues es una cuestión importante en la que equivocarse —replicó Malik, arrugando la nariz, antes de mirar hacia Wilder y la media docena de guardianes que se encontraban a su alrededor—. Habría sido mejor que os quedarais entrenando —les soltó—. No sé por qué Osiris ha insistido en que viniesen.

Wilder había estado encantado de acompañar a los espadachines en una misión oficial del gremio. La formación de Talemir había forjado su mente y ardía en deseos de tener la oportunidad de blandir una espada de verdad.

—Bueno, pues ahora se han entrenado en el arte de la decepción. —Talemir resopló—. Muy bien hecho, Rompeescudos.

Malik puso los ojos en blanco.

—¿Y ya está? —preguntó Torj Elderbrock, otro guardián—. ¿Hemos venido hasta aquí para subir a las barcas y volver a casa?

Wilder reprimió una carcajada. Puede que Torj fuera el favorito para llevar a cabo el Gran Rito, pero a menudo abría la boca sin pensar antes.

—Habías hecho planes mejores, ¿eh? —le dijo Talemir con una ceja arqueada—. ¿Las misiones del gremio se interponen en tu vida social?

—No, señor. Solo decía que...

Talemir negó con la cabeza, gesto que bastó para que Torj cerrase la boca, con las mejillas al rojo vivo.

Malik retrocedió sobre la arena para hablar con los guardianes.