Capítulo 16
THEA
Ensimismada, Thea iba de un lado a otro en los aposentos que le habían asignado.
La última vez que había ocupado una habitación igual de majestuosa había sido en Harenth, con Wilder...
La opulencia se parecía mucho a la del palacio de Hailford: una gran cama con un dosel elegante, una salita con chimenea y vistas al reino que dejarían boquiabierto a cualquiera.
«Utiliza palabras, princesa... ¿Qué quieres?».
La voz de él le llegó como un susurro que le hizo cosquilleos en el lóbulo de la oreja. Thea notó el amago de una caricia en el cuello, en la clavícula, en el esternón... Su mente se convirtió en una red enmarañada de los instantes que pasaron juntos, con roces íntimos y promesas en voz baja.
«Porque te quiero, joder».
Thea apenas se dio cuenta de que avanzaba al entrar en el cuarto de baño, donde se quitó la armadura y las ropas sucias en trance, recordando cómo Wilder le había lavado el pelo cuando estaba maltrecha, con sus largos dedos que le masajearon el cuero cabelludo enjabonado y atendieron a su herida.
«Wilder». ¿Cuándo había vuelto a ser Wilder, en lugar de Hawthorne?
El agua de la bañera estaba tibia porque había tardado en meterse, pero no le importaba. Tenía la piel caliente tras haber recordado el beso que se habían dado en el establo. Se había embebido del sabor de él.
«Nunca dejaré de ser tuyo».
A Thea se le escapó un inesperado sollozo y dio manotazos al agua. ¿Cómo había ocurrido aquello? ¿Cómo se habían torcido tanto las cosas? ¿Y cómo podía soportar la idea de que estuviera encadenado en una celda fría, como si fuera un animal?
Él había llegado a ser alguien para ella. Había llegado a serlo todo.
El pánico encontró el modo de entrar en su cuerpo hasta agarrotar todos sus músculos con dolor y hacer que sintiese tensión en la cabeza.
Thea se frotó la piel hasta dejársela rosada y en carne viva, hasta que el agua se enfrió lo suficiente como para animarla a salir.
Con la mente repasando todavía el último año, y los últimos días en particular, se vistió con unos pantalones sencillos y una camisa de lino.
Se envolvió el pelo mojado con una toalla y, con un nudo de inquietud en el estómago, salió del cuarto de baño.
En el sofá dispuesto junto a la ventana, vio a Cal y a Kipp, que la esperaban.
—¿Has ido a verlo? —le preguntó Kipp al instante.
Sin mediar palabra, Thea asintió.
—¿Está mal? —insistió su amigo mientras se ponía en pie.
Una vez más, asintió.
Kipp se apartó el pelo cobrizo de la frente y comenzó a caminar de un lado a otro.
—¿No me equivoco al pensar que por fin compartimos todos la misma opinión?
—¿A qué te refieres? —le preguntó Thea.
—A que dudamos de la naturaleza de la caída de Hawthorne y de todo lo que nos han llegado a contar acerca del estado de los mediorreinos.
Thea dejó a un lado la toalla húmeda y se sentó en la cama. Apoyó los codos en las rodillas y agachó la cabeza.
—Creo que sí.
Levantó la vista a tiempo para ver cómo Kipp intercambiaba una mirada con Cal, que hizo una mueca antes de terciar:
—¿Qué te ha dicho Hawthorne?
Thea se humedeció los labios agrietados intentando reunir energías en el cuerpo magullado y el corazón roto.
—Que debería haberme quedado el regalo de cumpleaños.
—¿Cómo? —Kipp frunció el ceño.
—Me ha dicho que...
—No, te he oído, es que... No sé, me parece muy extraño que diga algo así cuando está medio muerto de frío en una mazmorra helada.
Las palabras de su amigo la golpearon como si fuese un puñetazo. Wilder estaba allí por su culpa.
—Quizá por eso lo ha dicho... Quizá no estaba del todo lúcido... —Nada más pronunciar esas palabras, supo que no las creía—. ¿Qué creéis que era el regalo? —les preguntó, sin molestarse en ocultar la expresión dolida.
—¿Por qué no lo averiguas? —replicó Cal.
Thea suspiró y se pasó los dedos por el pelo mojado.
—No puedo. Visteis cómo lo tiré por ahí.
—Cierto —admitió Cal—, pero... —Se dirigió hacia la puerta y se marchó de pronto.
Thea se volvió hacia Kipp con gesto interrogativo, pero su amigo se encogió de hombros.
—A mí no me mires.
Al cabo de unos segundos, Cal regresó a toda prisa. Cerró la puerta tras de sí y se acercó a Thea tendiéndole una mano.
—Vi cómo lo tirabas, pero tú no me viste a mí ir a buscarlo entre los matojos...
En la palma de la mano tenía la cajita envuelta con papel marrón. El relámpago que cruzaba la superficie se había descolorido, igual que las palabras «feliz cumpleaños».
Thea se quedó boquiabierta y observó a Cal, incrédula.
—Te la has...
Cal seguía tendiéndole la caja.
—Guardado, sí. Mmm, no estarás enfadada, ¿no?
Thea lo rodeó con los brazos y lo estrechó con fuerza.
—Gracias —musitó, con lágrimas escociéndole en los ojos—. Gracias por conocerme mejor de lo que me conozco a mí misma.
Tras un instante de sorpresa, Cal le devolvió el abrazo.
—Para eso estamos los amigos.
En la otra punta de la estancia, sonó un breve ataque de tos.
—Es muy conmovedor, pero ¿podemos abrir la maldita caja de una vez? Me da la impresión de que es un poco importante... —intervino Kipp, cruzado de brazos y golpeando impacientemente el suelo de mármol con el pie.
Después de recogerse una lágrima de la mejilla, Thea cogió la caja y fue hacia el sofá. Cal la siguió y se sentó a su izquierda, mientras que Kipp tomaba asiento a su derecha.
—Me da miedo... —susurró Thea al tiempo que daba vueltas al paquetito con los dedos.
—Creo que no deberías tener nada que temer de él —murmuró Kipp.
—No es eso lo que me da miedo.
—¿Entonces? —dijo Cal.
—Me da miedo que si la abro... —Tragó saliva. No pudo terminar la frase.
—Si la abres, sabrás la verdad. Por lo menos en lo que a Hawthorne respecta —comentó Kipp dándole un ligero codazo.
Thea se mordió el labio inferior y asintió. Con los dedos temblorosos, comenzó a retirar el papel marrón.
Cuando el envoltorio cayó al suelo, vio una delicada cajita de madera.
Tenía un diseño sencillo, con una simple tapa que se abría deslizándose sin dificultad.
Al meter la mano dentro, encontró una esfera plateada, que extrajo poco a poco y colocó sobre la palma.
Estaba cubierta de un montón de grabados, en un idioma que Thea reconocía pero no comprendía.
Era el mismo lenguaje que decoraba con tinta la espalda de Wilder, el mismo lenguaje que habían tallado en su puñal.
«Muerte gloriosa, leyenda inmortal». Se sabía esas palabras de memoria. Y pudo distinguirlas en la superficie de la esfera, entre una red de otras tantas.
—¿Qué es? —preguntó Cal con el ceño fruncido.
Thea le dio la vuelta al objeto y recorrió los grabados con los dedos.
—Pues no lo sé...
—No sabía que existieran de verdad. —Kipp lo contemplaba estupefacto—.
Si es lo que creo que es..., proviene de reinos que están al otro lado del Velo, de otras razas que han dominado objetos mágicos de formas que no somos capaces de comprender.
El nombre está en un idioma que no sé pronunciar, pero es un orbe de la memoria.
Debería tener un botoncito en la parte superior...
Así era. Kipp abrió mucho los ojos cuando Thea ladeó el objeto para enseñárselo.
—Creo que Cal y yo deberíamos irnos —dijo—. Y luego tú lo aprietas.
—Pero ¿qué...?
—Confía en mí, Thea —insistió Kipp. Tiró de la manga de Cal y lo arrastró hacia la puerta—. Confía en él —añadió antes de echar a Cal de la habitación, seguirlo y cerrar la puerta con suavidad.
Ya sola, Thea observó la esfera plateada con el corazón desbocado y los ojos ardientes por las lágrimas que no había derramado. No sabía qué magia contenía el objeto, pero sí que se avecinaba una revelación, una para la que tal vez no estuviese del todo preparada.
Pero nunca había huido de una pelea.
Y no pensaba empezar a hacerlo ese día.
Respiró hondo, acercó el dedo al mecanismo y lo presionó. El tiempo se detuvo unos instantes.
Acto seguido, una luz dorada bañó toda la habitación.