Capítulo 15
THEA
Las mazmorras de Aveum estaban hechas de hielo.
Cómo no.
Le resultó bastante sencillo cruzar los primeros niveles y ganarse a los guardias, pero, cuanto más se adentraba, más se complicaba el asunto.
Thea no tardó demasiado en optar por usar los polvos de raíz de hollín que le quedaban, y que Wren le había dado, para crear el disfraz perfecto de oscuridad que le permitió dejar atrás a los guardias más concienzudos.
Cuando llegó al último piso, temblaba de frío, a pesar de la capa y la capucha.
Allí hasta los barrotes mismos de las celdas estaban hechos con gruesos bloques de hielo.
Pasó por delante de varios prisioneros inconscientes, atados con cadenas.
A su alrededor, el silencio se propagaba como una enfermedad y palpitaba con una sensación de inadecuación que le hacía apretar los dientes.
Por muy espectaculares que fuesen los pasillos de cristal y las vistas maravillosas de Aveum, debajo de la superficie existía ese lugar tan horripilante.
Y, de pronto, lo vio.
Entre las barras de hielo, el cuerpo musculoso de Wilder Hawthorne era inconfundible; tiraban de él unas gruesas cadenas que sobresalían del techo y del suelo. Le habían quitado todo menos la ropa interior. Su aliento formaba vaho y las cadenas traqueteaban con sus temblores.
Lo habían apaleado.
Nada podría aplacar la culpa que embargó a Thea al examinar el aspecto magullado y ensangrentado del guerrero.
Le habían hecho daño. Le habían hecho daño por su culpa.
Se aferró a los barrotes de la celda sin pensar, y Hawthorne levantó la vista, con varios mechones de pelo oscuro cayéndole sobre los ojos.
El horror que sentía Thea debía de verse reflejado en su rostro.
—El frío es peor que los rasguños, princesa —masculló él con voz ronca.
—Yo... —Pero ¿qué podía decirle? Hawthorne se lo había explicado todo, le había contado el motivo de su traición y que en los mediorreinos las apariencias engañaban.
Incluso le había confesado quién estaba detrás de todo.
Y ella no le había creído. No había querido creerlo.
Se había aferrado a su propia rabia con tanta desesperación que la había cegado.
Hawthorne se la quedó mirando como si pudiese advertir todos los pensamientos que le atravesaban la mente.
Los ojos que vio Thea no desprendían la mirada verde del mal, sino una de un suave color plateado. El espadachín que estaba ante ella no era el traidor que protagonizaba la visión de la reina Reyna.
—Necesito que me hagas un favor —rugió—. No estoy en condiciones de negociar, pero... ve a la última celda de la fila.
—¿Cómo? —A Thea le dio un vuelco el corazón.
—A la última celda.
Los pies de ella se movieron por cuenta propia, aunque había comenzado a temblar sin control y, al apartarse de Hawthorne y adentrarse en la mazmorra, se le formó un nudo de tensión en el pecho.
Entumecida, puso un pie delante del otro hasta aproximarse cada vez más a la celda que estaba en el extremo del pasadizo.
Estuvo a punto de atragantarse al ahogar un grito.
Dentro de la celda gélida, había varios niños. Estaban todos apiñados, a duras penas conscientes.
Con alas membranosas en la espalda.
Algunos de ellos tenían la punta de los dedos ennegrecida, algunos lucían venas oscuras alrededor de los ojos, pero no había volutas de sombras a su alrededor, olor a pelo quemado ni maldad en sus miradas.
Eran... niños. Niños sin más.
Ninguno de ellos levantó la vista. Apartaron los ojos como si hubieran aprendido por las malas que no debían establecer contacto visual con quienquiera que se les acercara al otro lado de los barrotes.
Temblaban ante el escrutinio de ella, se agolparon en la celda y se arrebujaron en la poca ropa que les envolvía el cuerpo.
Thea retrocedió, horrorizada, y terminó de nuevo ante la celda de Hawthorne.
—Los has visto —musitó Hawthorne, a quien le costó alzar la cabeza.
—Pero...
—Intenté decírtelo. —La miró a los ojos.
A Thea se le quedaron las palabras atascadas en la garganta y hurgó en su cerebro en busca de algún tipo de lógica. Sabía que, en tiempos de guerra, a menudo había que tomar decisiones difíciles y que tal vez hubiera alguna explicación, pero...
Intentó razonar consigo misma, y con él, para convencerse de que sus acciones, las mismas que los habían llevado a ambos hasta ese punto, habían sido justificadas.
—Me has atraído hasta una misión imposible... —se obligó a verbalizar—. Has hecho todo lo que estaba en tu mano para evitar que te atrapara y nos has mandado a todos los monstruos habidos y por haber.
Hawthorne negó con la cabeza, con el cuerpo hecho trizas, jadeando entre las cadenas.
—Deberías haberte quedado el regalo que te di por tu cumpleaños.
Thea parpadeó y dirigió la vista hacia el final del pasillo.
—¿Qué tiene que ver el regalo con esto?
—Todo —le aseguró—. Va siendo hora de que abras los ojos, Thea.
—Es que...
—Me apuesto algo a que Artos no quería que bajaras aquí, ¿verdad? A saber por qué no.
Alguien gritó en las escaleras del piso de arriba y la sobresaltó.
—Vete —le dijo Hawthorne con brusquedad.
Las botas de Thea estaban clavadas en el suelo.
—Márchate de aquí —dijo gruñendo—. Si no, terminarás en la celda de al lado.
Con el corazón martilleándole, Thea reculó.
Había desobedecido órdenes directas del rey al bajar a las mazmorras; si alguien la encontraba allí, no habría modo de librarse con su labia.
Con las imágenes del aspecto de Hawthorne y de los niños tocados por las sombras que habían encerrado allí grabadas a fuego en su cabeza, retrocedió y esquivó a los guardias.
Se dirigió nuevamente hacia la cúpula de cristal flotante.
Sintió hormigueos en la piel cuando un calor mágico la envolvió.
El resplandor de aquel día de invierno era un espeluznante contraste con la oscuridad que se pudría en los calabozos.
—¡Althea! —gritó alguien—. ¡Althea, espera!
La princesa Jasira, con las faldas levantadas, corría hacia ella.
—¡He enviado a alguien a buscarte!
Aturdida, Thea reunió las pocas energías que le quedaban para poner una expresión de disculpa.
—Lo siento mucho, alteza. Creo que me he perdido al salir de la sala del trono. Con todo lo que ha ocurrido hoy, me temo que me he desorientado.
La princesa frunció el ceño antes de asentir a modo de gesto comprensivo y enlazar el brazo con el de Thea, sin dar importancia a que su vestido liso e impoluto entrase en contacto con la mugrienta armadura de la guerrera.
—Ya imagino lo agotada que debes de estar —repuso con amabilidad.
—Me recuperaré, alteza —la tranquilizó ella.
—De eso no me cabe ninguna duda. —Jasira sonrió—. ¿Mi padre te ha comentado lo de mi invitación?
—Así es, alteza...
—Por favor, Thea. Ya te dije que me llamaras Jasi y me tutearas. Seguro que a estas alturas podemos dejar las formalidades, ¿no crees?
—Supongo que, si hay algo que elimina la necesidad de títulos, es sobrevivir a un ataque de espectros por el camino. —Thea le dedicó una sonrisa cansada.
—Es justo lo que pensaba yo. —Jasira empezó a caminar sin soltar en ningún momento el brazo de Thea—. Hace tiempo, me dijiste que nunca habías asistido a un baile. Ahora podré acompañarte al primero de muchos, espero.
Los pasillos del palacio bullían de actividad. En el techo colgaban banderolas y arreglos florales y los cubiertos de plata iban de un lado para otro. Era un ajetreo mareante.
Jasira le dio una palmada en el brazo.
—Deja que te lleve hasta tus aposentos.
—Seguro que uno de tus asistentes podría indicarme...
—Pero es que quiero hacerlo yo.
—Si insistes. —Thea no tenía fuerzas para discutir—. Le he dicho a tu padre que era un honor recibir tu invitación.
—¿Asistirás, entonces?
—Por supuesto. —¿Qué era lo que le había dicho Hawthorne hacía tiempo? «Si el rey te invita a sentarte a su mesa, tú vas y te sientas a su mesa...». Supuso que lo mismo podía aplicarse a las princesas.
—¿Te encuentras bien, Thea? —le preguntó la princesa Jasira observándola con preocupación.
—Un poco dolorida y cansada nada más, alte..., Jasi.
La princesa le dirigió una mirada cómplice mientras avanzaban por el pasillo de cristal, donde dejaron atrás más preparativos frenéticos para el baile de máscaras.
—No me puedo imaginar lo duro que debe de haber sido este último año para ti.
—He echado de menos darme un baño caliente, claro —bromeó Thea con pocas ganas, desesperada por llegar a su habitación y poder pensar.
—No me refería a eso —replicó Jasira—. ¿Quieres hablar de él?
—¿De quién?
—De Wilder Hawthorne. —La princesa suspiró—. Sé el dolor que provoca la pérdida que has sentido tú...
—Alteza...
—Jasi —la corrigió con firmeza—. Después de que muriera mi madre, conocí a un hombre —le contó en voz baja—. Me ayudó a superar la pena, la compartió conmigo. Nos... nos enamoramos.
Thea mantuvo la vista al frente al darse cuenta de que era probable que la princesa jamás hubiera verbalizado esas palabras delante de nadie.
A juzgar por el tono de la noble, la historia no tenía un final feliz, por lo que el hombre en cuestión no debía de haber sido una pareja adecuada para una princesa.
La ironía de esa idea caló en Thea, habida cuenta de la herencia secreta que ocultaba en su interior.
—Pero, unos cuantos meses después de que admitiéramos lo que sentíamos, él... —La princesa vaciló durante unos segundos—. Me confesó que había otra persona y que lo que había sentido por mí había sido pasajero.
—Lo siento mucho. —Thea se desanimó.
—Mi madre siempre me dijo que abría demasiado el corazón.
—La princesa Jasira sonrió con tristeza—.
Y que aprendería por las malas a protegerlo con celo.
—Sorbió con la nariz—. Ha ocurrido algo parecido entre el espadachín caído y tú, ¿verdad?
La primavera pasada, por Harenth corrieron rumores.
La gente os vio juntos en El Zorro Feliz.
La imagen de Hawthorne encadenado en la celda gélida la golpeó como un puñetazo en la barriga.
—No es quien yo creía.
Jasira le apretó el brazo en un gesto de solidaridad.
La amabilidad de la princesa tocó una fibra sensible de Thea.
En el último año, no había compartido sus problemas con nadie.
Cal y Kipp eran sus amigos, sus mejores amigos, pero...
no les había abierto el corazón. No eran Wren, no eran Sam ni Ida de la fortaleza.
Atónita, se dio cuenta de que habían transcurrido seis años desde que llorase con Wren en lo alto de un acantilado de Thezmarr por culpa de Evander, el aprendiz del maestro establero, y de que no había vertido ni una sola lágrima por Wilder Hawthorne.
La princesa Jasira se detuvo delante de una puerta cubierta de filigranas doradas. Se inclinó hacia delante y le dio un abrazo. Thea hizo una mueca cuando su vestido elegante se arrimó a sus ropas sucias.
Jasira se apartó y la miró a los ojos.
—Acabas de atrapar a un espadachín caído —le dijo, con un matiz de reproche en la voz—.
Necesitas descansar. Y luego tienes derecho a divertirte.
El baile te sentará bien. Bebe vino espumoso.
Baila con un apuesto desconocido... Observa el milagro del eclipse.
Así sabrás que has formado parte de nuestro triunfo sobre la oscuridad.