Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

THEA

Thea, Cal y Kipp se encontraron ante los gobernantes de los mediorreinos en la sala del trono de Vios. Las ventanas de cristal, que iban del suelo al techo, ofrecían vistas a las montañas que se alzaban detrás de las cúpulas flotantes y al gran lago helado.

Toda la estancia estaba decorada con telas finas, pieles y luces resplandecientes.

Era la personificación de la opulencia, la riqueza y el poder.

Resultaba bello, pero... vacía. Thea se dio cuenta de que echaba de menos el gran salón de la fortaleza de Thezmarr, con su simplicidad y su improbable calor.

A pesar de que el amplio espacio en el que se encontraba estaba encantado para protegerlo del viento invernal, Thea notaba cómo el frío le calaba los huesos.

Ante ella estaban el rey Artos de Harenth, el rey Leiko de Tver y el rey Elkan y la reina Reyna de Aveum.

Todos vestían capa de piel gruesa y portaban coronas con joyas incrustadas.

—Bienvenida a Vios, Althea Zoltaire de Thezmarr —dijo tomando la palabra la reina Reyna, que abrió los brazos con ademán pomposo—. Y, por supuesto, bienvenidos sean también tus acompañantes. —Saludó a Cal y a Kipp con un gesto de asentimiento.

Los tres hicieron una reverencia. No era la primera vez que se hallaban ante la realeza, pero para Thea no resultaba más fácil que en ocasiones anteriores.

—Gracias, majestad. Vuestro reino es tan bello como lo describen —consiguió decir Thea, que se atrevió a levantar la vista hacia la tarima.

Su entrenamiento le permitía mantener la calma, pero estuvo a punto de desplomarse al ver a quién tenía cerca: uno de los maestros de las mazmorras del rey Artos.

No lo habría reconocido de no haber sido por las joyas que lucía el hombre.

Un año antes, le pareció extraño que alguien con esa posición llevase una piedra preciosa en la nariz y una docena de pulseras de bronce en cada muñeca.

Estuvo presente en las mazmorras de Hailford cuando Hawthorne interrogó a los semiespectros.

—Y tan implacable, sin duda —contestó la reina con una leve sonrisa, atrayendo así la atención de Thea de nuevo hacia los gobernantes—. Debemos darte las gracias por haber capturado y encarcelado a Wilder Hawthorne, el espadachín caído, ¿es correcto?

Thea se había pasado un año entero soñando con ese momento.

Casi todas las noches había visualizado la cálida satisfacción que la inundaría ante aquella victoria.

Una y otra vez, había fantaseado con que el mundo volvería a la normalidad y todo el dolor y todas las pruebas habrían merecido la pena al ver cómo se hacía justicia.

Y, sin embargo, no experimentó ni un amago de esas emociones.

Nada de alegría, nada de triunfo, nada de orgullo por haber satisfecho un deber.

De hecho, debía reprimir las ganas de moverse y de mirar en torno a sí por la sala en busca del preso en cuestión.

Pero asintió con la cabeza.

—Sí, majestad. Junto a mis compañeros thezmarrenses Callahan Whitlock y Kristopher Snowden.

—Los mediorreinos están muy en deuda con vosotros, guardianes.

—Tan solo hemos hecho lo que nos exigían el honor y el deber, majestad —repuso Thea.

—¡Estamos muy orgullosos de ti, Althea! —tronó la voz del rey Artos, que bajó los escalones de la tarima y cogió las manos de Thea, con los ojos color esmeralda muy brillantes—.

Supe que te esperaba un destino de grandes hazañas en el momento en el que me salvaste la vida en el banquete hace tanto tiempo.

Las palabras de Hawthorne surgieron hasta situarse en primera línea de su mente. «Es Artos, Thea. Artos es el culpable de la plaga que asola los mediorreinos. Es él quien permite que los segadores y los monstruos crucen el Velo».

Thea no lo había creído; no había querido. Sin embargo, algo grasiento le resbaló por la piel ante la caricia de Artos y contuvo las ganas de zafarse del monarca.

—Gracias, señor.

—Y lo has hecho en el momento perfecto —continuó el rey sin soltarla—. Mientras celebramos el triunfo definitivo sobre la oscuridad con el eclipse de luna ardiente, tú también has vencido a las sombras y has llevado a un traidor ante la justicia.

Mirando de reojo, Thea captó un movimiento borroso. En la pared del fondo, había dos figuras descomunales.

Torj Elderbrock, el Asesino de Osos, con su martillo de guerra sujeto a la espalda... Y Vernich Warner, el Carnicero. Los dos espadachines de Thezmarr que quedaban. La última vez que los vio, los dos le dieron su beneplácito para ir a atrapar a su compañero.

Sintió cosquilleos en la nuca al notar otro par de ojos clavados en ella.

Se trataba de Osiris, el maestro del gremio de Thezmarr.

«Llévalo ante la justicia de Thezmarr. Hazlo, Althea Zoltaire, y podrás quedarte con sus espadas».

Las últimas palabras que le dirigió Osiris sonaban en sus oídos tan estruendosas como las campanas.

Era exactamente lo que había hecho. Portaba las dos armas de Hawthorne sujetas a la espalda, y el peso del acero naarviano no la reconfortó tanto como antes.

¿Y si no quería las espadas de él? ¿Y si quería las suyas propias, como siempre había sido su deseo?

—¿Cuándo se celebrará el juicio? —preguntó, y enseguida recordó que debía añadir—: ¿Majestad?

El rey Artos por fin le soltó las manos y se volvió hacia sus compañeros gobernantes.

—Todavía no hemos fijado una fecha, ¿verdad que no?

El rey Leiko de Tver negó con la cabeza.

—Yo propongo que dejemos que se pudra un poco.

Thea tuvo que recurrir a su entrenamiento para no encogerse como quería hacer al oír esas palabras.

—¿Qué opinas tú, Reyna? —le preguntó el rey Artos a la reina de Aveum tras dedicar un asentimiento de respeto también hacia su marido.

—Deberíamos concretar los detalles del juicio después del eclipse. El acontecimiento celestial es mucho más importante que el destino de un espadachín caído —respondió la reina.

A Thea le dio un vuelco el estómago.

—En efecto, amor mío —asintió el rey Elkan—. No queremos volver a oír nada acerca de su traición hasta después de las festividades. Ya ha arrojado suficiente oscuridad sobre nuestros reinos en este último año.

El rey Artos asintió, coincidiendo con sus colegas.

—Como deseen nuestros anfitriones.

La inquietud atenazó a Thea, pero desvió la vista hacia el capitán Barker, que estaba en el extremo del salón intentando llamar la atención del rey Artos sin demasiado disimulo.

El rey le hizo señas para que se aproximara y el capitán se acercó y le susurró algo inaudible.

Cuando terminó, se marchó sin ceremonia y el rey Artos se giró de nuevo hacia Thea.

—Mi querida guardiana... Primero me salvas la vida en Harenth y ¿ahora también le has salvado la vida a mi hija?

—Su voz retumbó por el salón, llena de orgullo y gratitud, y se hizo con la atención de todos los presentes.

En la estancia se propagaban su alegría y su calidez—.

El capitán Barker acaba de informarme de tu heroicidad en el camino.

Jasira le ha dicho que, de no haber sido por ti, ahora estaría muerta... o algo peor.

Un grito ahogado unánime se elevó en la sala.

El rey Artos se puso una mano sobre el corazón.

—Siempre estaré en deuda contigo, Althea Zoltaire.

Unos cuantos aplausos siguieron a sus palabras y por la multitud congregada se esparcieron murmullos de asombro.

—¿Ha salvado tanto al rey como a la princesa? ¡Es una auténtica guerrera de Thezmarr!

—Sí que es la Sombra de la Muerte.

—¡Asesina de espectros! Una leyenda de Thezmarr está entre nosotros.

Los susurros llenaban la estancia, cada uno teñido de más admiración que el anterior.

Tiempo atrás, Thea había soñado con merecer esos elogios y ese respeto, había ansiado granjearse esa reputación como miembro de la élite de los mediorreinos, pero un escalofrío le bajó por la columna como el arañazo de una garra.

Miró hacia Cal y Kipp, quienes, como el resto de la corte, sonreían de oreja a oreja.

Sus ojos irradiaban agradecimiento y reverencia y Thea cayó en la cuenta de que era una demostración de sentimientos un tanto artificiosa.

Si bien ya no era capaz de manejar la magia por sí misma, la breve experiencia que había tenido con ella la había familiarizado con esas sensaciones y reconoció la extraña neblina emocional que cubría el salón como lo que era: magia empática.

Pero no era tonta. Hizo una grácil reverencia y añadió un ademán de entusiasmo.

—Solamente cumplíamos con nuestro deber, majestad.

Por lo visto, esa expresión se había convertido en la máxima no oficial de su aventura, cuyo significado se emborronaba más cada vez que la verbalizaban.

El rey Artos estaba satisfecho.

—Os honraremos a todos en el baile de máscaras de mañana por vuestro valor y vuestra resistencia. Por cierto, Althea. La princesa Jasira ha pedido que asistas como su invitada personal.

—Será un honor —repuso ella haciendo una nueva reverencia antes de atreverse a preguntar—: ¿Y el prisionero? ¿Podría ir a verlo? Quiero asegurarme de que, después de todos nuestros esfuerzos, está debidamente encerrado.

—Althea, ya puedes descansar. —El rey Artos soltó una risotada—. Está en la mazmorra más segura de todo Aveum, vigilado por lo mejor de los tres reinos y de Thezmarr. No tienes nada de lo que preocuparte. No hace falta que vayas a verlo.

—Gracias, señor. —Thea se apresuró a asentir—. Solo quiero servir a los mediorreinos.

La reina Reyna se levantó y miró a Thea con una expresión menos cordial que antes.

—Y has servido a los mediorreinos con la mayor de las valentías. —Bajó de la tarima y su voz adoptó un tono más frío—. No hace tanto, tuve una inquietante visión sobre una traición y un ataque a nuestro querido reino...

Una oleada de sorpresa pasó por entre la corte y a Thea también se le erizó el vello al oír la confesión de la reina.

—Pero tú nos has salvado de un destino horrible —prosiguió la monarca—. La oscuridad iba a por nosotros y tú la has frenado en seco. Te has enfrentado a la verde mirada del mal y lo has encadenado. Y por ello te damos las gracias.

Thea agachó la cabeza y, cuando levantó la vista, vio que la reina parecía volver a ser la de siempre.

—Ahora ha llegado el momento de descansar y recobrarse —anunció—. De prepararos para las celebraciones que se avecinan. Hemos dispuesto habitaciones para que os quedéis. Los campeones de Thezmarr no merecéis sino lo mejor.

Hubo más reverencias y murmullos de agradecimiento antes de que un aluvión de criados hiciera acto de presencia para acompañar a Thea, Cal y Kipp.

—Gracias a los dioses —masculló Kipp cuando salieron de la sala del trono. Al parecer, el efecto de la magia empática había desaparecido.

Thea estaba de acuerdo. Se había sentido mucho más incómoda en el salón que luchando contra los espectros en el camino de Wesford. No había dejado de tener hormigueos en la piel desde que había entrado en la cúpula flotante.

«La verde mirada del mal...». Las extrañas palabras de la reina se repitieron en su mente.

Los ojos de los segadores eran azules, mientras que ella misma había observado los plateados de Hawthorne en incontables ocasiones y los había contemplado el tiempo suficiente como para saber, sin asomo de dudas, que no había ni una mota verde en ellos.

«Verde».

Notó de nuevo aquella sensación grasienta resbalando por la piel. Únicamente un par de ojos verdes surgieron en su mente.

Miró a Cal y a Kipp, que estaban lo bastante alertas como para fijarse en que se ponía un dedo en los labios y se alejaba del grupo. Debía reconocer que ninguno de los guardianes disminuyó el paso, sino que los dos siguieron avanzando por el reluciente pasillo.

Thea dio esquinazo a los criados y encontró un pequeño balcón, al que salió cerrando las cortinas tras de sí.

No daba al exterior, sino a otro pasillo, y Thea enseguida se dispuso a subirse a la barandilla y entrar en la estancia vacía del piso inferior, invisible a los guardias apostados en el perímetro.

No era la primera vez que había necesitado pasar desapercibida.

Daba gracias a todos los años que había estado entrenando en secreto; esas destrezas habían resultado tan útiles como todas las demás que había aprendido siendo escudera o guardiana.

Por primera vez en mucho tiempo, Thea hizo caso a su instinto en lugar de a su cabeza, recordando los ojos esmeralda de Artos y las palabras del rey. «Está en la mazmorra más segura de todo Aveum. No hace falta que vayas a verlo».

Cuando alguien le decía que no debía ir a un sitio, ese era el lugar al que normalmente debía dirigirse. Había meditado y dado vueltas a las cosas durante demasiado tiempo.

Había llegado el momento de obedecer a su intuición, que le exigía que fuera a ver a Wilder Hawthorne.