Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 13
31%

Capítulo 13

WILDER

Durante la cabalgata hacia la capital, Wilder no pudo culpar a Thea.

Él había tardado años en aceptar lo que había averiguado acerca de los tocados por las sombras, había tardado años en encajar las piezas de lo que había estado ocurriendo en los mediorreinos durante todo ese tiempo.

Pero lo que no podía aceptar era que Thea no lo creyese.

Wilder pensaba que su unión era más fuerte, que ella entendía lo que sentía él, que era algo más poderoso que cualquier oscuridad que se cerniera sobre ambos.

Pero también conocía el poder que ostentaba el gremio y la sensación de deber que suponía el estatus de guardián de los mediorreinos, y más todavía en alguien que deseaba participar en el Gran Rito. Y era lo que siempre había ansiado Thea hasta que llegó él.

Había perdido su confianza y había subestimado lo complicado que le resultaría ganársela de nuevo.

Notaba cómo vacilaba la resolución de ella y casi oía las preguntas que tenía en la punta de la lengua, y, aunque quería seguir hablando y explicándose, sabía que la oportunidad había pasado. Thea debía entenderlo por sí misma.

Mientras cabalgaban juntos sobre la silla de montar, cada vez más y más cerca de la ciudad, la voz de ella reverberaba en su cabeza.

«Te odio».

Sus palabras habían dicho una cosa, pero su cuerpo había dicho otra distinta.

Su Thea seguía existiendo en algún lugar. Todavía había esperanza.

Al cabo de poco tiempo, cruzaron las aldeas de las afueras de Vios.

Siempre le habían recordado a Kilgrave, su pueblo natal, por los edificios de piedra y madera y los tejados cubiertos de nieve.

Las calles eran estrechas y sinuosas, no estaban hechas para acoger un carruaje real ni una escolta thezmarrense, pero el grupo consiguió avanzar.

Cuanto más se adentraban en la capital, más tiendas y puestos ocupaban las calles; vendían toda clase de bienes, desde sombreros y guantes de piel calentitos hasta tazas humeantes de vino especiado.

El olor a carne asada en espetones flotaba en el aire frío y el ruido de risas y de música surgía de las tabernas que abarrotaban los callejones.

Había un ambiente tan intenso de celebración que costaba recordar que, tan solo unas horas antes, el camino que habían recorrido se había sumido en las sombras y la violencia. Parecía irreal.

Delante de él, Thea lo observaba todo y ponía la atención en un cuarteto de artistas que hacían malabares con antorchas llameantes en una esquina.

Aunque Wilder no le veía la cara, reconoció la tensión que le agarrotaba los hombros.

Thea sabía que no era adecuado pasear entre tanta festividad, ya que los mediorreinos estaban al borde de la destrucción.

De todas formas, espoleó a Bollito para que avanzara entre la multitud.

¿Quién era esa mujer? ¿Dónde estaba la Thea que lo cuestionaba todo, la joven escudera y la guardiana que lo había desafiado cada dos por tres? ¿Dónde se había metido?

La ciudad de Vios se ubicaba en un valle a la ribera de un río procedente del glaciar, con vistas al lago helado.

El palacio era tradicional tan solo en el nombre, pues estaba formado por tres cúpulas flotantes que se alzaban del suelo, bañadas con un resplandor etéreo e invernal.

De los tres mediorreinos que quedaban, era el reino preferido de Wilder y por ese motivo había pasado tanto tiempo ahí, sobre todo cuando era más joven, siempre cautivado por la magia de las cúpulas.

La primera estaba adornada con intrincados cristales de hielo y albergaba la biblioteca y la célebre universidad de Aveum.

La segunda, que resplandecía envuelta en niebla, daba alojamiento a la familia real y contaba con la sala del trono y con salones de baile.

Wilder nunca había entrado en la tercera, pero era conocida como el centro de arte del reino, donde había un famoso teatro en el que a menudo actuaba la orquesta de Aveum.

Wilder se preguntó si seguiría en pie cuando terminara todo.

Antes de que él se diera cuenta, la comitiva alcanzó las puertas oficiales de la ciudad interior. Se detuvieron cuando se les aproximó una unidad de guardias montados que lucían los colores de Harenth, no de Aveum.

—¿Princesa Jasira?

Wilder reconoció al oficial que había recibido a su grupo, que observaba confundido y con el ceño fruncido a los thezmarrenses que acompañaban a su alteza y no a sus propios hombres.

La princesa descorrió la cortina y asomó la cabeza.

—Me alegro de verte, capitán Barker —lo saludó. El alivio que sentía era evidente.

—¿Ha habido problemas en el camino, alteza? —le preguntó Barker, claramente preocupado.

—Más vale que mantengamos esta conversación a puerta cerrada —intervino Thea mientras espoleaba al semental para que se adelantara y se situara entre el guardia y la princesa.

A Wilder no lo sorprendió que toda la unidad agachara la cabeza como deferencia ante la mujer que estaba sentada delante de él; algunos guardias incluso se llevaron tres dedos al hombro a modo de señal de respeto, como si ya fuera una espadachina.

No era la primera vez que veía a soldados de los mediorreinos tratando así a Thea.

No en vano había salvado muchas vidas en Tver.

—Por supuesto, guardiana Zoltaire —repuso el capitán Barker antes de abrir mucho los ojos al reparar en Wilder, sentado tras ella.

Wilder se fijó en que el hombre tragaba saliva y palidecía antes de aclararse la garganta—.

Escoltaremos a la princesa Jasira para llevarla junto a su padre de inmediato.

—Acto seguido, se dirigió a la princesa—.

Su majestad estaba muy preocupado por vuestro retraso.

—Enseguida se tranquilizará, capitán. Gracias a Thea y a sus compañeros. —La princesa Jasira observó a los tres guardianes—. Esta deuda no quedará en el olvido. Mi padre estará al corriente de quiénes han sido mis salvadores.

—No hace falta —dijo Cal—. Estáis a salvo y eso es lo único que nos importa.

La princesa lo recompensó con una sonrisa afable.

—Lo haré de todos modos. —Y se giró hacia Thea—. Te mandaré llamar cuando todo el mundo esté instalado.

—Por supuesto, alteza. —Thea agachó la cabeza.

Los guardias de Harenth rodearon el carruaje y escoltaron a la princesa por las puertas reales.

Wilder se había dado cuenta de que Thea debería haber ido con ellos, pues formaba parte de otra familia real de los mediorreinos.

Y, sin embargo, compartía la silla de montar con él y también estaba cubierta de sangre, vistiendo armadura y blandiendo espadas, con el eco de la violencia resonando todavía en la punta de sus dedos.

Cal y Kipp la miraron con reprobación.

—Busquemos algún sitio donde hablar —sugirió Kipp— antes de entrar...

Para sorpresa de Wilder, Thea asintió y le indicó a Bollito que los siguiera.

Llegaron hasta los establos de los nobles y Wilder apartó a regañadientes los brazos de Thea para dejarle desmontar. De repente, sin la presión de su cuerpo contra el suyo, notaba frío en el torso.

Saltó del lomo de Bollito y observó al trío con recelo. Cal y Kipp llevaron aparte a Thea hacia un compartimento vacío. Aunque no dejó de oírlos. Cal hablaba en voz alta.

—No me gusta. Hay algo que no está bien.

—No puedes negarlo, Thea. —Kipp gruñó para mostrarse de acuerdo—. Se comporta como cualquier cosa menos como un espadachín caído.

Ah, así que pensaban decidir su propio destino en los establos, a apenas unos metros de los salones de Vios donde aguardaban sus jueces.

—Sabemos que mintió, Thea —insistió Cal—. Sabemos que te hizo daño y que durante la batalla de Tver traicionó a los mediorreinos, pero...

—Pero ¿qué? —replicó Thea—. Lo hemos traído hasta aquí. La justicia espera detrás de esas paredes...

—¿Estás segura? —le preguntó Cal.

—Como todo indica que hay algo extraño bajo la superficie, debemos cuestionar lo que está pasando —terció Kipp—. Ya sabes cuál puede ser su destino.

Wilder escuchó con atención. Era una conversación que él había mantenido con otros y consigo mismo durante los años que había pasado al servicio de los mediorreinos. ¿Qué era la lealtad ciega? ¿Qué era el deber en un sistema corrupto?

—Pero eso no son más que palabras —murmuró Thea—. Es lo que hizo antes... —Le tembló la voz—. Tiene muchas caras y se pone máscaras que nos han engañado a todos en algún que otro momento. A mí me embaucó hace tiempo... No pienso permitir que vuelva a suceder. No podemos fiarnos de él.

A Wilder le dolía el corazón, pero se mantuvo quieto donde estaba.

—¿Es lo que crees de verdad? —le preguntó Kipp entre susurros.

—Pues... —Thea soltó una tensa exhalación y, por primera vez, Wilder captó el miedo y la incertidumbre que sentía—. Ya no sé qué creer.

La cordura lo abandonó. Lo único que sabía era que, si debía enfrentarse a lo que estaba por venir, no se arrepentiría de haber pasado un último instante con ella.

No se percató siquiera de que se estaba moviendo pero, en un abrir y cerrar de ojos, alcanzó la puerta del compartimento, con el corazón desbocado.

Cal y Kipp se sobresaltaron antes de observarlos a él y a Thea e intercambiar una mirada. Se hizo el silencio. A continuación, sin mediar palabra, los guardianes se fueron a ocuparse de sus caballos y dejaron a solas a Wilder y a Thea.

—Si necesitas algo en lo que creer —le dijo él, con la sangre hirviéndole al reducir la distancia que los separaba y arrimarla contra su cuerpo—, cree en esto.

Y la besó.

Era el beso que se moría por darle, el beso que quebraba todas las dudas entre ambos y reforzaba las grietas con una sustancia dorada. Thea sabía tal como la recordaba: a esperanza y salvación, a hogar y a suya.

Thea abrió la boca y le sujetó la nuca con las manos cuando la lengua de él acarició la suya. Tenía los labios calientes y voluptuosos y todo su cuerpo se fundió con el de Wilder, algo que no hizo sino enviarle a él punzadas de deseo que se dirigieron directamente hacia su dolorida erección.

La devoró con una urgencia oscura, desatada y desenfrenada, mientras le pasaba las manos por las curvas, curvas que llevaba mucho tiempo deseando volver a venerar.

El cuerpo de ella respondió al beso del mismo modo. Se frotó contra él y buscó una fricción devastadora entre ambos. Le bajó las manos por la amplia extensión de su pecho y gimoteó sobre sus labios, un ruido que estuvo a punto de hacerlo estallar ahí mismo.

Una necesidad ardiente lo abrasaba y todo desapareció, a excepción de la mujer que se rendía ante sus caricias. Thea emuló cada movimiento de su lengua, cada mordisqueo de sus dientes, aunque más dura y fieramente.

—Thea... —murmuró, incapaz de soportar el calor febril de su propia piel. Ansiaba que los dos se despojaran de las capas que los separaban...

Ella interrumpió el beso, jadeando, y se apartó de él al tiempo que subía una mano hasta el cordel que contenía tanto su piedra del destino como la llave de sus grilletes. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—No puedo... —Se le rompió la voz, así como a Wilder se le rompió el corazón.

El guerrero tuvo que hacer acopio de toda la fuerza que le habían dado las furias para no caer de rodillas.

—Que conste una cosa —le dijo con brusquedad—: nunca dejaré de ser tuyo.

—Wilder...

Pero las palabras de ella se vieron interrumpidas por el claro traqueteo de una armadura. Al cabo de unos segundos, el guardia real de Aveum oscureció la entrada del compartimento.

—Guardiana Zoltaire. —El comandante se dirigió a Thea y agachó la cabeza en señal de respeto—. Nos han informado de tu llegada y de tu gran victoria al capturar al fugitivo Wilder Hawthorne.

El hombre se quedó unos segundos atónito al ver las esposas que encadenaban las muñecas de Wilder, pero asintió con la cabeza hacia sus subalternos. Media docena de guardias se adelantaron y arrestaron a Wilder.

Le pusieron grilletes en los tobillos y le rodearon el torso con cadenas tratadas con alquimia que le inmovilizaron los brazos a los lados. Conforme iban añadiendo ataduras, Wilder notó cada vez más cómo disminuía su fuerza. Al parecer, Wren había compartido su mejunje con los gobernantes.

Thea lo presenció con una expresión horrorizada.

—No te preocupes, guardiana Zoltaire —la calmó el comandante—. Esta vez no podrá escapar de la justicia. A partir de ahora, nos encargamos nosotros de él.

Ella relajó las facciones hasta mostrar algo parecido a la indiferencia y asintió con la cabeza.

—Estás invitada a reunirte con los gobernantes en la sala del trono —añadió antes de empujar a Wilder hacia la puerta.

A pesar de su fuerza reducida, hicieron falta seis hombres para apartarlo de Thea. Por primera vez desde que se habían reencontrado, la vio insegura.

«Bien», pensó. «Al final, habrá valido la pena».

Levantó la barbilla cuando lo llevaron no ante los gobernantes de los mediorreinos, sino hacia las heladas mazmorras que había bajo la tierra congelada. Ese día no habría juicio ni ajuste de cuentas.

Cuando lo encerraron en una celda gélida y el aire frío le llenó los pulmones, Wilder cerró los ojos. Había hecho todo lo que había estado en su mano.

A partir de entonces, iba a depender de Thea.