Capítulo 12
THEA
Thea vaciló un instante antes de cerrar los grilletes alrededor de la piel manchada de sangre del guerrero.
—Algún día volverás a confiar en mí —murmuró él lo bastante bajo como para que solo lo oyera Thea.
—Una buena acción no borra el daño que has infligido a los mediorreinos —repuso ella antes de encaminarse hacia Kipp. Su compañero se irguió con una mueca, avergonzado—. La llave —le exigió.
—No me arrepiento de lo que he hecho. —Kipp se sacó la llave del bolsillo—. Sin él, habríamos muerto.
Thea no dijo nada, sino que se limitó a insertar la llave en el cordel de cuero de su piedra del destino para poner el objeto metálico junto a la joya.
—Qué apropiado —comentó Hawthorne señalando con la barbilla—. Nuestros destinos están entrelazados.
Aquellas palabras provocaron una extraña sensación en el pecho de Thea, que se dio la vuelta para que él no notara los sentimientos encontrados que le cruzaban el rostro.
Debía calmarse para soportar todo lo que hervía en su interior.
Ya no se trataba de lo que sentía o dejaba de sentir.
Se trataba del deber y de la lealtad a los mediorreinos y al gremio que él había traicionado.
—El propósito de nuestro viaje ha pasado a ser doble —anunció al grupo—. Llevaremos al espadachín caído hasta Vios para que lo juzguen como hemos acordado y acompañaremos a la princesa hasta dejarla sana y salva junto a su padre. Sus guardias han sido asesinados. Necesita nuestra protección.
Cal y Kipp le hicieron una reverencia a la princesa Jasira, los dos con aspecto tan agotado como la propia Thea.
La princesa se tambaleaba un poco, como si estuviera a punto de desplomarse, así que Thea se le acercó y le puso una mano en el hombro para reconfortarla.
—Ahora estás a salvo —la tranquilizó—. No vamos a permitir que te pase nada.
Las lágrimas llenaban los ojos de Jasira, cuya expresión se demudó como si estuviera intentando no perder la compostura.
—Es que... —Cayó sobre Thea y hundió la cara en la curva de su cuello, donde liberó un sollozo.
Thea abrazó a la princesa y dejó que llorase.
—No pasa nada —le aseguró—. Estás bien.
Los hombres retrocedieron en silencio mientras la princesa intentaba recuperarse, hipando sobre el hombro de Thea. Cuando al fin se apartó y se enjugó los ojos rojos, a Thea la impresionó lo mucho que se parecían a los de su padre.
Después de sorber con la nariz y secarse la cara con la manga, la princesa Jasira se recuperó y se giró hacia Cal y Kipp.
—Gracias, guardianes de Thezmarr —les dijo mientras se llevaba una mano temblorosa hasta el pecho—. Estoy en deuda con vosotros.
—Es nuestro deber y nuestro honor, princesa —respondió Cal con absoluta franqueza—. Encontraremos a vuestros caballos enseguida y así podréis regresar al calor de vuestro carruaje.
—A estas alturas, los caballos estarán de camino a Harenth —terció Kipp—.
Deberíamos atar a dos de nuestras yeguas al carruaje de la princesa.
Yo me encargaré de las riendas. Cal, tú monta sobre el caballo que sobra, y Thea, ya que estás tan decidida a vigilar a Hawthorne en todo momento, súbete a su semental.
Así llegaremos antes a Vios. Estos caminos no son seguros para la princesa.
Thea entornó los ojos y observó a Kipp, pero su amigo evitó esa mirada de incredulidad afanándose en conducir a la yegua de ella hasta la parte delantera del carruaje real junto a la suya.
Tardaron un rato en disponer a los caballos y en volver al campamento para recoger a toda prisa el resto de sus cosas.
Thea no pronunció palabra mientras llevaba a cabo sus tareas en aquel intenso frío, pues era sumamente consciente de que los espectros sombríos podrían regresar en cualquier momento con refuerzos y de que el exespadachín seguía todos sus movimientos.
«Mente fuerte, cuerpo fuerte, corazón fuerte».
Estaba resuelta a vivir respetando ese mantra.
No permitiría que la despistaran los juegos de él, sus palabras ni sus miradas.
Cuanto antes terminaran, antes podría retomar la preparación para el Gran Rito, que con suerte la llamaría al cabo de muy poco.
Tan solo debía superar los siguientes días.
Thea acorraló a Kipp cuando este acabó de atar las alforjas.
—Ya van dos veces que interfieres —le dijo en voz baja.
Para su sorpresa, cierta frustración cruzó el rostro de su amigo.
—Que tú sepas —repuso—. Y todas esas veces mi interferencia te ha salvado de una forma o de otra.
—Creía que estabas de mi parte... —Thea parpadeó con inquietud en las entrañas.
—Estoy de tu parte —afirmó él—, pero estás demasiado obsesionada con tus tonterías como para darte cuenta.
—Kipp...
—Puede que aceptaras tu poder cuando le pediste a Wren que eliminase la alquimia que anulaba tu piedra del destino, pero no es suficiente. No vas a poder dominarlo hasta que dejes de resistirte. Y hasta que...
—No se trata de la magia.
—Y un cuerno que no. Se trata de quién eres. Debes aceptar...
—No...
—Basta de bobadas, Thea —replicó Kipp con calma—. Culpas a tu magia por haber interferido en tus planes para convertirte en espadachina, por la carga que supone el trono y por...
—Ah, ¿hay más? Sigue, sigue.
Kipp vaciló durante unos segundos, pero enseguida añadió:
—Creo que también la culpas por lo que pasó con Hawthorne.
—No pronuncies su nombre delante de mí.
—¿Puedes asesinar a una docena de monstruos y te asusta el nombre de un supuesto espadachín caído?
—No me asusta. —Thea miró alrededor para comprobar si alguien los escuchaba—. Es que...
—Estás eludiendo tu responsabilidad otra vez, Thea.
Al ver a Cal cerca de ellos, ella lo observó en busca de ayuda, pero su compañero se encogió de hombros.
—Estoy con Kipp.
Sus amigos la dejaron con el petate entre los brazos mientras ella los miraba.
¿Cuándo habían cambiado las cosas entre ellos?
¿Cuándo habían comenzado a dudar de su misión y de ella?
Thea intentó tragarse el nudo que se le había formado en la garganta, pero este no dejaba de crecer ni de provocarle una tensión en el pecho que no se atenuaba.
Cuando finalmente terminaron de recogerlo todo y la princesa estaba de nuevo en el carruaje, Thea no pudo evitar mirar a Hawthorne, que la esperaba junto a su semental.
Se erguía alto y poderoso, a pesar de los grilletes que llevaba en las muñecas, los grilletes que había dejado que le pusiera.
Con o sin ellos, seguía siendo un guerrero experto: tenía la armadura manchada de sangre de espectro y el cuerpo preparado para la batalla.
A Thea le fallaron las rodillas al ver su aspecto.
Lo último que necesitaba era compartir una silla de montar con él. Lo que necesitaba era alejarse lo máximo posible antes de que su determinación se resquebrajara y cediera a las preguntas que habían comenzado a formarse en los confines de su mente.
Cuando lo alcanzó, sintió dolor en el pecho al pensar en lo que iba a suceder.
«Cabalgamos juntos por última vez», pensó al pisar el estribo con la bota y subir sobre Bollito. A pesar de que se lo había repetido hasta la saciedad, detestaba que le importara que él fuera un traidor y mereciera el destino que lo aguardaba.
La silla de montar se ladeó cuando Hawthorne subió tras ella. Los muslos gruesos y musculosos de él se situaron a ambos lados de Thea. El calor que desprendía enseguida la incitó a recostarse sobre su cuerpo.
—¿Te importaría...? —masculló Hawthorne, pero dejó la frase a medias cuando tintinearon sus cadenas.
Thea se giró para ver las señas que hacía con los grilletes y se le cayó el alma a los pies. El guerrero pretendía pasarle las cadenas por encima de la cabeza y rodearla con los brazos.
—Si no, te clavaré las muñecas en la espalda durante todo el viaje —le explicó.
Con el corazón desbocado, Thea no pudo más que asentir con la cabeza.
Los brazos de Hawthorne la envolvieron hasta colocarle las manos encadenadas alrededor de la cintura y una palma sobre el abdomen.
«Que las furias se apiaden de mí», pensó ella. Levantó la vista hacia el sol, que se colaba por entre las cimas de los árboles, antes de dirigirse hacia Cal y Kipp.
—¿Vamos?
Cal montaba su propia yegua, mientras que Kipp ocupaba el asiento del cochero, con frío e incomodidad. «Se lo tiene merecido», rezongó Thea para sus adentros mientras estrechaba el lomo de Bollito.
—Id vosotros delante y nosotros nos pondremos detrás —le comentó a Cal antes de guiar al semental de Hawthorne hacia la parte trasera del carruaje de la princesa y clavar la vista al frente.
Echaron a trotar por el camino, con el carruaje traqueteando sin parar y sus amigos mirando fijamente hacia delante. Thea no podía concentrarse en algo que no fuera la presión de tener al guerrero tras ella y el calor que irradiaba la mano que le sujetaba el abdomen.
Luchó consigo misma, con todo lo que se había dicho a lo largo del último año y con todo lo que creía haber sabido.
No podía quitarse de encima el miedo que le atenazaba las entrañas ni detener las vueltas que le daba la mente.
Ignorando el roce de la barba de Hawthorne y el calor de su aliento sobre el cuello, recordó el trayecto que hicieron por el puerto de montaña y lo que él le había comentado por el camino.
Que los tocados por las sombras eran inocentes. Que Talemir Starling era uno de ellos. Que Anya, la mujer apodada «la Hija de la Oscuridad», estaba de parte de la luz.
Thea expulsó esa idea de su cabeza. No era posible. Ella misma había visto al líder alado y que Anya se había llevado a Wren.
—Oigo tus pensamientos.
El timbre grave de la voz de Hawthorne le provocó un escalofrío en la columna. El guerrero la apretó un poco más como si lo hubiera advertido.
—¿Qué puedo hacer? —murmuró—. ¿Qué más puedo hacer para demostrarte que no te miento?
—Pues...
—He luchado junto a ti —prosiguió Hawthorne—. Te he salvado la vida. He salvado a una princesa de los mediorreinos. He matado a espectros sombríos y a habitantes del arrecife malditos. He venido por propia voluntad y he aceptado tus cadenas para tener la oportunidad de hablar contigo...
—Y te he escuchado —respondió Thea. Le ardían los nudillos por la fuerza con la que sujetaba las riendas.
—Y aun así... —Las palabras del guerrero denotaban tristeza.
—Y, aun así, no depende de mí. Soy una guerrera de Thezmarr. Hace tiempo, tú lo sabías mejor que nadie. Le debo lealtad al gremio, y es necesario que te juzguen.
—En estos reinos, el gremio no es lo único que importa.
—¿Ah, no? ¿Qué otras cosas importan? —le espetó Thea con la sangre bulléndole.
—Nosotros —dijo él sin más.
—No existe ningún «nosotros», Hawthorne. Te encargaste de dejarlo bien clarito...
Él se puso tenso tras ella y soltó un suspiro profundo y pasional.
—Enfádate lo que quieras —le dijo—, pero no niegues esto.
Él subió la mano por el torso de ella y puso la palma sobre su corazón desbocado. El calor que irradiaba el guerrero era tremendamente febril y embriagador.
—No te atrevas a negarlo —insistió cerca de su oído.
Todo el cuerpo de Thea se tensó ante la caricia de él y la vibración de su voz sobre la piel. Si Hawthorne movía un poco la mano, encontraría sus pezones duros bajo las capas de ropa. Si la bajaba, encontraría la humedad de su excitación entre las piernas.
«Es una reacción física hacia él, nada más», se dijo removiéndose en la silla de montar al tiempo que procuraba no generar ninguna fricción que fuera a...
Aunque se movió muy poco, se frotó contra él, y era innegable la erección dura como una piedra que se le clavaba en la espalda.
—Sigue haciendo eso, princesa —susurró Hawthorne—, y no me haré responsable de lo que pase.
—Déjate de jueguecitos —le dijo en voz baja.
—¿Crees que para mí esto es un juego? —Tiró de ella hacia atrás para que notara todos los centímetros de su erección pese a las capas de ropa que los separaban—. No he dejado de arder por ti —dijo con un gruñido—. Y nunca dejaré de hacerlo.
Thea se quedó sin aliento cuando algo latente en su interior cobró vida de pronto.
Hawthorne le subió una mano por el pecho hasta el cuello y le sujetó la barbilla para girarle la cabeza y mirarla a los ojos.
La observó como si fuera lo que se había pasado toda la vida anhelando.
—Sigues enamorada de mí, Thea. —Su voz era miel caliente que se le deslizaba por la piel y sus caricias, hierro al rojo vivo.
A pesar de sus sentimientos, a pesar de los dilemas a los que se enfrentaba, Thea no podía comprender lo que había hecho Hawthorne ni lo que le estaba pidiendo que aceptara.
De ahí que recurriera a lo más hondo de su ser hasta hallar la rabia a la que se había aferrado los últimos doce meses, el sentido del deber y las promesas que había hecho al gremio.
—No, Hawthorne —le soltó con frialdad—. No estoy enamorada de ti. Te odio. Y, cuando te entregue a los gobernantes de los mediorreinos, comprobarás hasta qué punto.
Le apartó la mano y volvió a concentrarse en el camino que se extendía ante ellos para contemplar las cúpulas flotantes de Aveum, que se recortaban en el nevado horizonte.