Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

WILDER

No había nada como el peso de un acero en las manos para anclar a un guerrero al presente entre una oscuridad despiadada. Wilder Hawthorne agarró su espada, separó los pies y se colocó al lado de Thea, donde debía estar.

La expresión de traición que puso ella fue breve, pues enseguida se dispuso a seguir luchando.

A pesar de los golpes que les había propinado, los tres espectros permanecían en pie, retorciendo el cuerpo sinuoso y contorsionándose envueltos en sus sombras.

Sisearon con violencia en dirección a Wilder, olisquearon pese a los cortes que mostraban en la cara y percibieron el poder proporcionado por las furias que desprendía.

El primer monstruo atacó y Wilder bloqueó las garras con un chasquido retumbante.

Su acero naarviano resonó en el aire gélido y atravesó la oscuridad con veloz precisión.

Si conseguía inmovilizar a las criaturas, Thea podría arrancarles el corazón.

Ya lo habían hecho antes en el bosque de las afueras de Tver, como un equipo.

Se protegió la mente contra los latigazos de poder de ónice que amenazaban con sacar a la superficie sus peores recuerdos y asestó una sucesión de golpes para desgarrar el velo de oscuridad que envolvía el camino y el bosque del entorno mientras ignoraba los gritos de desesperación que procedían del carruaje real.

Entre la sinfonía de acero y sombras, sentía a Thea luchando a su lado. Su exaprendiz empuñaba su segunda espada para combatir contra los monstruos traicioneros, esquivaba los tentáculos sombríos y avanzaba hasta situarse en el centro mismo de la refriega.

Wilder la siguió, como haría siempre. Los dos blandieron sendas espadas hasta formar un arco radiante de color plateado contra las oleadas de obsidiana.

Los espectros sisearon y retrocedieron, pero volvieron a arremeter.

Wilder se giró para lanzar un poderoso golpe alto que destrozó la esencia negra que los rodeaba a fin de crear una ventana para Thea, quien rebanó las defensas exteriores.

Por fin se presentó una oportunidad y Wilder fintó a la derecha para hundir el acero entre las costillas de uno de los monstruos.

Thea apareció al instante, saltó sobre el cuerpo caído y comenzó a desgarrar el torso de la criatura con el puñal para llegar a su corazón.

Las sombras titilaron cuando ella arrancó el órgano ensangrentado, que seguía latiendo, de la cavidad del pecho.

Sin embargo, Wilder no se detuvo. Canalizó toda su energía para propinar otro tajo devastador que lo recompensó con una cascada de sangre ardiente y negra que lo bañó.

Introdujo la mano que tenía libre en el torso del espectro y cerró el puño alrededor del corazón palpitante para arrancárselo directamente del cuerpo.

La bestia profirió un chillido agudo y ensordecedor.

Wilder tiró el corazón al suelo y se giró hacia el último espectro, cuyas sombras seguían golpeando el carruaje.

Thea se adelantó, con sangre cayéndole por la nariz. Tenía el aspecto de la guerrera en la que se había convertido, observó él. Pero había algo que no iba bien. Wilder ya la había visto vencer a la misma cantidad de monstruos con anterioridad con menos esfuerzo y menos sangre derramada.

Se quedó contemplándola durante demasiado tiempo, el suficiente como para que una soga de sombras lo golpeara con una intensidad fulminante, lo derribara en el camino y lo mandara volando por el suelo. La gravilla y el hielo le rasguñaron la carne abierta y le desgarraron la ropa.

—¡Wilder! —gritó Thea.

El espectro se le abalanzó y lo inmovilizó en el suelo. Los bucles de oscuridad lo azotaban para llevar hasta su mente sus peores miedos y sus experiencias más traumáticas, que comenzaron a tomar forma delante de él.

Qué fuertes eran esos espectros, por el amor de los dioses.

Más fuertes que los que había derrotado en anteriores ocasiones.

Casi ostentaban el mismo poder que un segador.

Wilder intentó echar atrás el brazo con el que empuñaba la espada para clavárselo al monstruo, pero tuvo que enfrentarse a todo el peso de la criatura, cuyos tentáculos oscuros lo mantenían clavado en el suelo y cuyas sombras se acercaban cada vez más y más a su cara y a su corazón.

Cerró los ojos ante el esfuerzo e intentó contener el ataque con las manos ensangrentadas...

De repente, un aullido surcó el aire, un gimoteo de agonía que estuvo a punto de reventarle los tímpanos a Wilder y que le provocó un escalofrío que le bajó por la columna.

Cuando abrió los ojos, vio que la punta de su propia espada sobresalía del pecho del espectro. Thea se encontraba detrás del monstruo.

La sujeción de las sombras se debilitó y un destello plateado se iluminó ante sus ojos. De pronto, tenía el puñal de Malik en la mano; lo había cogido en un acto reflejo después de que Thea se lo hubiera lanzado.

Sin pensar, lo sujetó con la palma de la mano y se abalanzó sobre la criatura herida, le perforó la carne, los músculos y los huesos del pecho y hundió el arma para llegar hasta el corazón.

El olor apabullante a pelo quemado y a sangre le llenó las fosas nasales, pero Wilder no se detuvo hasta que le arrancó el corazón al espectro y lo arrojó sobre la nieve ennegrecida.

Jadeando, vio cómo las ondas de sombras se desintegraban, dejando tras de sí los cadáveres mutilados y los corazones machacados.

—¡Princesa!

La voz de Thea quebró el caos y Wilder recordó de golpe qué hacían allí.

La princesa Jasira estaba en el carruaje.

Sin soltar el puñal de Thea, se levantó a toda prisa y corrió hacia el vehículo. Thea ya estaba abriendo la puerta.

La joven princesa cayó sobre sus brazos, sollozando.

—Pensaba... —dijo jadeando—. Pensaba que iba a morir.

—Jamás habría permitido que sucediese —le prometió Thea al erguirla.

Wilder cayó en la cuenta: una princesa de Delmira había salvado a la princesa de Harenth, pero era algo que no sabía nadie, solo él y...

Dio media vuelta y examinó el camino. ¿Dónde se habían metido Cal y Kipp? Se acordaba de haber oído sus gritos en algún punto de la batalla, pero no había vuelto a saber nada de ellos después de la aparición de las primeras sombras.

Al fin los vio al pie de un roble muy alto. Cal se encontraba arrodillado junto a Kipp, que estaba agachado con la cabeza sobre el pecho. Como Thea estaba ocupada con Jasira, Wilder se acercó a ellos rápidamente.

—¿Estáis heridos? —les preguntó a los dos.

—Sobrevivirá —contestó Cal, pero con una ligereza forzada que no le pasó desapercibida a Wilder.

Escudriñó a Kipp. No veía sangre, pero eso no significaba que no tuviera una herida interna.

—¿Qué ha pasado?

—Nuestras espadas son una mierda contra esos desgraciados sombríos —dijo Kipp gruñendo—. El más grande me ha golpeado y he terminado en lo alto de un árbol. —Seguía con una mano sobre las costillas.

—¿Te ha roto algo? —insistió Wilder.

—¿Además del orgullo, quieres decir?

—No sabía que tenías orgullo —repuso el guerrero. Sujetó el hombro del muchacho con cuidado.

Kipp casi se rio antes de soltar un grito ahogado por el dolor.

—No sabía que dominabas el arte de hacer bromas.

—¿Quién ha dicho que sea una broma?

—Muy gracioso.

La tensión que le atenazaba el pecho se atenuó. Si Kipp estaba bien para una riña verbal, los daños no eran permanentes. Miró hacia Cal.

—¿Y tú?

—Estoy bien —contestó el arquero con un hilo de voz.

—Bien, dice. —Kipp resolló—. Cuando he vuelto en mí, casi estabas sollozando.

—Creía que habías muerto. —Cal se pasó una mano por la cara y compuso una mueca.

—Me enternece saber que llorarías por mí...

—No estaba llorando...

Wilder le dio una palmada en la espalda.

—Parece que los dos lo tenéis todo controlado —les soltó antes de girarse hacia el lugar en el que Thea hablaba con la princesa Jasira en voz baja.

—Tan solo había visto a un espectro como esos cuando estuve en Thezmarr —dijo la princesa entre jadeos, con el rostro manchado de lágrimas.

—¿Estuviste en Thezmarr hace veinte años? —le preguntó Wilder mientras se limpiaba la sangre negra de la cara con una manga igual de roñosa—. Debías de ser muy pequeña. ¿Te acuerdas de esos monstruos? Es muy...

La princesa levantó la vista, sorprendida, y retrocedió con una máscara de terror.

—Tú —musitó al dar otro torpe paso atrás. Le resbalaron los pies por la nieve medio derretida al girarse hacia Thea—. Es el espadachín caído al que estabas persiguiendo. —Con los ojos muy abiertos, observó la carnicería que los rodeaba—. ¿Ha sido él?

Wilder se encogió al oírlo. Ya imaginaba lo que estaba pensando la princesa al verlo cubierto de sangre de espectros y blandiendo el puñal de Thea mientras se dirigía hacia ellas cojeando.

Pero no podía permitir que Jasira creyera lo peor.

—Pues...

—Es mi prisionero —terció Thea con aspereza.

La princesa los miró a ambos.

—No... no parece que sea un prisionero.

Thea se puso tensa y buscó con los ojos los grilletes que él había tirado sobre la nieve.

Con un peso insoportable en su interior, Wilder hizo lo único que se le ocurrió. Se dirigió hacia las esposas, las cogió y se las tendió a Thea.

A continuación, le ofreció las muñecas.