Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—¿Cómo? —Cal salió de su tienda tambaleándose, adormilado y con una mueca a causa del frío.

—Un destello rojizo —repitió Hawthorne—. Viene del camino de Wesford. Es una señal de socorro real.

Thea ya se dirigía hacia su yegua y cogió las espadas de acero naarviano de Hawthorne.

—Más vale que no sea una maldita trampa que hayáis preparado tus amigos y tú. —Se subió a la silla de un salto y espoleó a su caballo hacia el lugar del que había surgido el destello. Hawthorne ya había montado sobre su semental y le iba a la zaga.

Oyó a Kipp y a Cal corriendo tras ellos, pero Thea ya cabalgaba a todo galope por el bosque hacia el punto en el que el camino de Wesford se unía a la ruta comercial de Aveum. Un temido olor a pelo quemado le inundó las fosas nasales.

Cuando llegó al sendero, lo vio de inmediato.

Un carruaje precioso con los colores reales de Harenth estaba rodeado por bucles de oscuridad y tres espectros sombríos golpeaban la puerta del vehículo con las garras.

El acero silbó cuando Thea desenvainó las espadas del antiguo espadachín.

—¡Thea! —le gritó Hawthorne—. ¡Desátame! Así no podré ayudar...

Pero no había tiempo, por más que quisiera liberarlo. Todos los guardias estaban muertos y los espectros habían destrozado la ventana. Se oyó un chillido procedente del interior del carruaje.

—¡Princesa Jasira! —Thea ahogó un grito y se precipitó hacia allí.

—¡Thea! —rugió Hawthorne—. ¡Suéltame!

Pero las sombras ya la rodeaban. Cortó cordones de ónice con el acero naarviano y luchó para avanzar cuando otro de los gritos de la princesa reverberó en el bosque.

Cuando se acercó más, atrajo la atención de los espectros.

Varios cordones de obsidiana se dirigieron hacia ella y Thea respondió con los aceros.

Los espectros protestaron siseando al caminar hacia ella para rodearla.

Thea no pensó cómo iba a poder enfrentarse a los tres, no pensó en nada más que en la princesa, que estaba sollozando en el interior del carruaje.

Levantó las espadas para combatir contra los monstruos nacidos de las sombras y del mal tal como Hawthorne le había enseñado y como Talemir Starling le había enseñado antes a él.

Con un equilibrio perfecto y con el don de la oportunidad, blandió las dos espadas relucientes, que cantaban un himno de batalla al rasgar el aire, y luego rajó el brazo del primer espectro, cuyo chillido helaba la sangre.

Una garra le golpeó en la parte delantera de la armadura y el impacto la mandó hacia atrás; sin embargo, Thea clavó los pies en el suelo y se abalanzó sobre su atacante para cercenarle los músculos y los tendones con los aceros y provocar una lluvia de sangre negra.

Bloqueó otro golpe mortal de sombras y hundió la espada en otra extremidad antes de verse lanzada por los aires y terminar estrellándose contra un árbol.

Jadeó y trastabilló hasta levantarse sin apenas aire en los pulmones.

Aturdida, observó cómo los tres espectros sombríos seguían cerniéndose sobre el carruaje y contemplándola con una intención brutal.

Las espadas enormes que empuñaba pesaban más de lo que recordaba, aunque las había blandido para enfrentarse a criaturas peores y había vencido. ¿Qué diferencia había, entonces?

—¡Thea! Por el amor de las furias. —Hawthorne corrió hasta situarse a su lado—. Suéltame. Déjame luchar.

Thea notó un sabor metálico y cómo un reguero de sangre le caía por la comisura de la boca. Se lo limpió con el dorso de la mano.

—No. —Dicho esto, se lanzó hacia los espectros de nuevo. La última vez que Hawthorne había estado libre cerca de esos seres, había traicionado a todos los mediorreinos. No pensaba permitir que sucediese otra vez ante ella, sobre todo con la princesa Jasira en peligro.

Los monstruos ocultaron el sol de la mañana con una oleada de sombras.

Thea oyó los gritos de Cal y de Kipp desde el otro lado de la oscuridad, pero se concentró en los espectros, blandió las espadas y, afrontando los latigazos de poder que la frenaban, cercenó una mano con garras, que cayó al suelo con un golpe seco.

Decidida a seguir combatiendo, contrarrestó los ataques de los espectros con una rápida sucesión de tajos y bloqueos.

Su acero trazaba arcos en lo que debería haber sido una devastación absoluta en la medianoche que la envolvía...

Pero los espectros la evitaban y sus sombras la azotaban por más rápido que fuera su juego de pies y por más que se concentrara.

«Hay algo distinto», concluyó, jadeante.

Estaba perdiendo.

Por lo tanto, hizo lo que le resultaba natural. Miró hacia sus adentros en busca de su poder de tormentas y acudió al lugar que tiempo atrás había ocupado en su interior.

El poder no se materializó. Thea no tenía magia en la punta de los dedos ni relámpagos con los que atacar a los monstruos...

De repente, una mano poderosa le arrebató una de las espadas, cuyo acero centelleó bajo la luz del entorno.

Era Hawthorne.

Estaba libre, con los grilletes tratados con alquimia a sus pies.

Y a su lado se encontraba Kipp, con una llave en la mano.