Capítulo 10 #2
Hawthorne estaba sentado cerca del grupo, con los codos apoyados en las rodillas, y de vez en cuando participaba en la conversación comentando algo en voz baja, apenas audible. Cuando hablaba, Adrienne lo escuchaba atentamente y en ocasiones se reía de algo que había dicho.
Thea se terminó la comida y el vino y le devolvió la petaca vacía a Kipp.
—Necesito descansar —le aseguró.
No sabía si le agradaba que la expresión de su amigo se ablandara al comprenderla.
—Hemos instalado tu tienda justo ahí. He metido una piedra caliente en tu petate para dormir.
Hawthorne ha dicho... —Kipp hizo una mueca, como si esperase que Thea entrase en erupción en cualquier momento—.
En fin, ha mencionado que en el túnel lo has pasado mal por culpa del frío. Y que necesitabas...
—Gracias —lo interrumpió ella—. Gracias, Kipp.
Su amigo se quedó estupefacto y la cara de sorpresa que puso no hizo sino hacerle más daño a Thea. ¿De verdad se había portado tan mal? Se retorció por dentro. Ya conocía la respuesta a esa pregunta.
Le dio un apretón en el hombro en agradecimiento y se despidió de Cal con un gesto. Acto seguido, se alejó del campamento y se dirigió a su tienda.
Una vez dentro, se quitó las capas exteriores y las armas una a una.
Se descalzó por el talón, con cuidado de no clavarse las estrellas arrojadizas que ocultaba.
Las colocó junto a las cartas de meditación en una fila ordenada en el extremo de la tienda y se imaginó todas las maneras posibles en las que podría impedir que Adrienne se fuera.
Tenía varias maneras creativas en mente.
Sacó el maldito zafiro del fondo del bolsillo y se preguntó si debería devolvérselo a la exploradora. Y así fue como Thea se quedó dormida.
Cuando a la mañana siguiente salió de la tienda, Adrienne se había ido. Aterrada, Thea peinó el bosque congelado para encontrar a Hawthorne.
—¿Me buscas, princesa? —le preguntó, apoyado en un árbol, con los brazos cruzados sobre el ancho pecho protegido por la armadura, observándola.
—No has huido —consiguió responder al aproximarse. Se dio cuenta de que los grilletes seguían encadenándole las manos.
—No he huido, no —convino él.
—¿No has querido seguir a tu... amiga?
Hawthorne negó con la cabeza y las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba mostrando un atisbo del hoyuelo que tenía bajo la barba.
—Tú y yo hemos terminado.
—Creía que ayer había dejado claro con creces que hemos terminado, sí.
Las palabras duras de ella no parecieron afectarle. De hecho... Los ojos plateados de él irradiaban un brillo que el día anterior no habían desprendido.
—¿Qué pasa? —quiso saber Thea mientras se pasaba la trenza por el hombro.
Hawthorne se inclinó hacia delante lenta y deliberadamente.
—Admítelo —dijo gruñendo con la vista clavada en la boca de ella—. Estabas celosa.
A Thea le ardieron las mejillas y se le tensó el cuerpo al instante, sin querer, encolerizada y acalorada al mismo tiempo.
—No.
La risotada de Hawthorne fue estentórea y melódica y le provocó una oleada de deseo que se le clavó en el centro de su ser.
—Por todos los dioses, qué terca llegas a ser —dijo, con los labios casi lo bastante cerca como para rozar los suyos.
Thea lo notaba por todas partes pese a que él ni siquiera la había tocado.
Odiaba desear a ese hombre incluso entonces, incluso en medio de todo aquel caos, a la sombra de su traición.
No se había atrevido a admitirlo antes, pero...
cuánto lo había echado de menos. Echaba de menos su voz y la calma de sus conversaciones.
Echaba de menos sentir su boca sobre la suya, echaba de menos sus manos y su cuerpo, así como el modo en el que lograba desarmarla por completo.
Al parecer, Hawthorne advirtió todos los cambios sutiles que demudaron la expresión de Thea a medida que el conflicto interior se mostraba en su rostro. Jamás se le había dado bien enmascarar sus sentimientos... Era algo que siempre le había dicho Wren.
—No hay nada entre Adrienne y yo. —El guerrero extendió un brazo, enlazó los dedos en la cintura de los pantalones de ella y se la arrimó—. Hace años que no hay nada.
—Me da igual.
—Sigue diciéndote eso, princesa.
—No necesito decirme nada.
—¿No? ¿Ni siquiera después de haber soñado conmigo noche tras noche? ¿Ni siquiera después de que tus manos se hayan metido entre tus pantalones al pensar en mí?
Thea se mordió el labio para no perder los estribos y deseó que su cuerpo se mantuviera rígido. Era imposible que él supiera todas esas cosas. La estaba provocando.
Aquellos ojos plateados la escudriñaron y vieron más allá de cualquier fachada.
—La primera vez que te besé, supe que nunca volvería a pensar en ninguna otra mujer. Que tú eras el amor de mi vida. A pesar de todo, eso no ha cambiado. Ni cambiará jamás.
Thea abrió la boca para rebatírselo y se preparó para apartarle las manos, pero un extraño ruido surcó el aire, como de algo cruzando por el bosque...
—¡Un destello! —exclamó Hawthorne al levantar la vista y ver una luz roja ardiente atravesando el cielo.