Capítulo 10
THEA
Le invadió la amargura. En el último año, había perseguido al traidor de Wilder Hawthorne y él había estado... ¿divirtiéndose con un viejo amor?
«Me importaba mucho. Era muy buena conmigo», le había dicho Hawthorne acerca de aquella mujer hacía más de un año entre las ruinas de Delmira. Y Thea le contestó que merecía que alguien fuera bueno con él. Hubo una época en la que lo había creído de corazón.
—Me alegro de conocerte al fin, Thea —le dijo Adrienne con amabilidad.
Era muy hermosa. La cabellera rubia enmarcaba un rostro bello y le caía por detrás de los hombros.
Tenía rasgos muy femeninos que ni siquiera las manchas de barro que cubrían su piel perfecta conseguían emborronar.
Sonreía con labios carnosos y voluptuosos que Thea no pudo evitar imaginarse besando a Hawthorne.
Su cerebro conjuró la imagen de los dos juntos, un enredo de extremidades perfectas y desnudas...
Al soltar la mano de la mujer, Thea se reprendió para sus adentros. Nada de aquello importaba. Nada en absoluto.
—Thea... —La voz de Hawthorne, con un matiz suplicante, se filtró en sus pensamientos, pero un resoplido alegre lo interrumpió.
Adrienne estaba examinando los gruesos grilletes que le rodeaban las muñecas.
—Veo que la situación va viento en popa, ¿eh?
—Lo tengo todo controlado —dijo Hawthorne con un gruñido mientras se acercaba al fuego.
Durante otro segundo, Thea pudo verlos juntos sin ningún problema. La rebelde naarviana y el espadachín caído... Además, se hablaban con una gran familiaridad. Se la imaginaba en los brazos de él, debajo de su cuerpo, en su cama. «Que ya no importa», se riñó a sí misma Thea.
Adrienne se rio de nuevo a costa de Hawthorne.
—Es la sensación que me da, sí —repuso antes de desviar la vista hacia Thea—. Te pareces a ella, ¿sabes?
La naarviana no tenía que especificar a quién se refería. El cosquilleo que sintió Thea en la nuca le confirmó todo lo que tenía que saber. La antigua amante de Hawthorne le estaba diciendo que se parecía a Anya, su hermana perdida que manejaba sombras. A la auténtica heredera de Delmira.
Una sucesión de recuerdos regresó a ella, los que le mostró una vez un segador en Delmira.
Un campo de flores. Dos pares de manos pequeñas que las trenzaban para formar un collar.
El olor a brezos. La oscuridad de estar oculta en un carruaje, traqueteando sobre un terreno irregular, con un cuerpecito a cada lado.
Thea apretó los puños a los lados.
—Si estás en el bando de la Hija de la Oscuridad y en el bando de este traidor de aquí, tú también eres una traidora.
Para su sorpresa, Adrienne sonrió y dio un golpecito a la espada larga que llevaba a la espalda.
—Uy, ya era una traidora mucho antes de conocer a Anya o al cascarrabias de Hawthorne.
El guerrero emitió un gruñido desde lejos para mostrarse de acuerdo.
—Nunca has querido seguir las normas, eso hay que concedértelo.
—Y Thea tampoco, por lo que tengo entendido —añadió Adrienne al lanzar una mirada significativa al puñal de Malik que portaba en el cinturón.
«No le falta razón», pensó Thea, pero de ninguna manera lo admitiría en voz alta. De hecho, buscó a Cal y a Kipp, que estaban a ambos lados del fuego, y reparó en las mejillas rosadas y la nariz roja de sus amigos.
—¿Por qué no la habéis arrestado? —les susurró echando un vistazo a la inesperada invitada.
—¿Arrestarla? —Kipp frunció el ceño—. ¿Por qué?
—¿Por colaborar con un conocido traidor? —repuso Thea.
—¿Quieres arrestar a todas las personas con las que ha hablado? —dijo Cal, hipando.
Thea puso los ojos en blanco. Hombres. Eran unos inútiles integrales.
Pero desplazó la atención hacia el fuego, donde Adrienne hablaba con Hawthorne.
—¿Ha habido suerte? —le preguntó la exploradora.
—No —contestó él con brusquedad.
—Pues habrá que optar por el plan B, supongo. —Le dio una palmada en el hombro—. Les contaré a los demás lo que deben esperar que ocurra.
—¿Crees que voy a permitir que te marches sin más? —terció Thea, incrédula.
—También hablas igual que Anya. —Adrienne parecía divertirse.
—No me parezco en nada a ella —le espetó Thea—. Y estás loca si piensas que te voy a dejar suelta por los mediorreinos después de saber que estás a su servicio.
—Puede que hayas encadenado a tu espadachín, portadora de tormentas, pero sin tu magia no creo que seas capaz de detenernos a todos.
Thea estuvo a punto de abrir la boca por más de un motivo.
Aquella mujer sabía quién era. Estaba al corriente del poder que tenía y de que lo había perdido. Por lo tanto, Hawthorne había hecho más que traicionarla: también había vendido sus secretos al enemigo.
Le ardían las manos por las ganas de sacar el puñal, la espada o las estrellas arrojadizas que llevaba en las botas.
—He combatido y vencido a seres peores que tú.
—No lo dudo —dijo Adrienne—. Pero que conste una cosa... Yo no estoy al servicio de Anya —afirmó con calma—. Estoy al servicio del Príncipe de las Sombras.
A Thea se le secó la boca al oírla mencionar al otro líder enemigo. Alguien peor que la Hija de la Oscuridad que juntaba a las extrañas criaturas a quienes les salían alas y garras como si fueran sus colegas monstruosos...
—Thea —intervino Cal—. Quizá deberías comer algo o sentarte ante el fuego un rato.
Todo el cuerpo de ella estaba tenso, pero Kipp se le acercó y le dio un ligero codazo.
—Tiene razón, ¿sabes? Nadie va a irse a ninguna parte aún. Hay cabra asada para comer y vino, y hace un frío de mil demonios como para alejarnos del fuego.
Thea reprimió un suspiro y recorrió el campamento con la mirada. Nadie huía de allí, nadie susurraba planes de traición a oscuras. De hecho, Hawthorne se había apartado del grupo para ocuparse de su semental lo mejor que le permitían las manos encadenadas.
Un recuerdo la golpeó sin previo aviso y ante ella se materializó el camino de Wesford, con Hawthorne a su lado.
«—Nunca me has dicho cómo se llama tu caballo.
Wilder se ruborizó un poco e hizo una mueca.
—Se llama Bollito.
—¿Bollito? —Thea se quedó boquiabierta.
Era evidente que a Wilder le estaba costando mantener la compostura.
—Así se las gastaban Malik y Talemir —admitió—. Los muy sinvergüenzas estaban ahí cuando me apoderé del animal e intervinieron cuando llegó el momento de ponerle nombre. Y así se quedó.
—Bollito. —A Thea se le escapó una carcajada—. Tu caballo de guerra, el regalo que recibiste por ser uno de los guerreros más famosos de los mediorreinos..., se llama Bollito».
Poco después, Hawthorne la había amenazado con seguirla hasta Tver y ponerle el nombre de Tortita al semental de ella. Thea se rio a carcajadas.
Ahora, se quedó mirando al hombre que había pasado de ser un amigo, o algo más, a aliarse con aquellos que pretendían destruir todo lo que ella atesoraba.
Observó los movimientos tiernos pero masculinos con los que él cepillaba el pelaje enredado de Bollito y examinaba sus pezuñas en busca de piedras clavadas.
La escena que se desarrollaba ante ella era una miríada de contradicciones.
—¿Qué hacéis los exploradores? —le preguntó Cal a Adrienne—. ¿Sois una especie de espías?
La recién llegada se echó a reír.
—Supongo que somos más bien unos centinelas. Vigilamos y protegemos las tierras que quedan de Naarva. Para lograrlo, espiamos u organizamos redadas... Principalmente, nos enfrentamos a la plaga de espectros sombríos.
—Pero, sin acero naarviano, ¿cómo...?
Kipp se acercó a Thea.
—¿Estás bien? —le preguntó él en voz baja.
—Sí —respondió mientras intentaba tapar el sonido delicado de la voz de Adrienne, que conversaba con Cal con suma tranquilidad—.
¿Dónde dices que está la comida? —Era incapaz de recordar la última vez que había comido como las furias mandaban y el olor a cabra asada llenaba el aire y provocó que le rugieran las tripas.
—Ven conmigo. —Kipp le pasó un brazo por los hombros—. Te prepararé un plato.
Thea dejó que Kipp la condujera hacia un árbol caído y la sentase en una de las mantas de la montura. No pudo evitar contemplar a la exploradora y a Hawthorne, sintiendo en todo momento un desagradable hormigueo en la piel.
—Oye, Kipp —dijo al acordarse de lo que el espadachín le había contado en la cueva—. ¿Qué sabes del aguantial de Aveum?
—¿Además de sus conocidísimas propiedades curativas, quieres decir? —Su amigo arrugó la nariz—. ¿Y de que procede de los manantiales más puros del reino invernal?
—Sí, además de todo eso. ¿Hay algo que...? —Se tragó el nudo de la garganta que se le formó al ver a Hawthorne pasarle una petaca a Adrienne—. ¿Hay algo que lo haga más potente?
—Seguro que Wren te lo habrá comentado, ¿no? —dijo Kipp como si tal cosa.
Thea imaginaba que Wren le había comentado muchísimas cosas en sus primeros días de alquimista que la terquedad le había impedido aprender. Por aquel entonces, había estado demasiado obcecada con blandir espadas y escudos como para asimilar gran cosa.
—¿El qué?
Kipp siguió la mirada de ella hacia el espadachín y la naarviana.
—Que, cuando se usa con alguien a quien quieres, es el tónico curativo más poderoso que se conoce en los mediorreinos.
Thea parpadeó.
Kipp asintió en dirección a Hawthorne.
—Utilizó su frasco contigo después de la prueba de iniciación, ¿verdad?
Thea se pasó una mano por la cara y reprimió la emoción que se acumulaba en su interior.
—Sí.
Kipp suspiró.
—Supongo que no querrás beber nada, ¿no?
Finalmente, Thea apartó la vista de la pareja y miró a su amigo.
—Ahora que lo dices, Kipp... Beber algo fuerte me iría de perlas.
Se hizo de noche, pues las horas pasaron deprisa con la conversación que mantuvieron los amigos de Thea con Adrienne.
Ella guardó silencio, bebiendo de la petaca de vino que Kipp le había dado y picoteando en su plato de carne.
Hacía mucho tiempo que no veía a sus compañeros tan relajados y luchó con la voz interior que le decía que los obligara a seguir hacia Vios.
Adrienne estaba en lo cierto: sin su magia, era imposible que pudiera arrestar a Hawthorne e impedir que la exploradora se marchara.