Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Llevaban casi una hora caminando en silencio.

Los únicos ruidos eran el goteo de las paredes de la cueva, el tintineo de las cadenas de Hawthorne y el crujido de las piedras bajo sus botas.

Seguía haciendo el suficiente frío como para que el aliento de Thea formara vaho delante de ella, pero tenía la ropa seca y no temblaba.

«Gracias a él», pensó con amargura.

No obstante, con solo su rabia y su resentimiento como compañía, las horas se alargaban indefinidamente. Al cabo de un rato, Thea miró hacia su hosco prisionero.

—Aceleremos el paso. Quiero llegar a Vios antes del maldito eclipse.

Para su sorpresa, Hawthorne soltó una carcajada.

—No nos gustaría perdernos las festividades, ¿verdad?

—¿Qué festividades? —Thea resopló—. No es una celebración. Más bien una plegaria final para que las furias bajen en picado y nos salven a todos.

—Porque los dioses siempre han sido muy benévolos. —Hawthorne examinó la antorcha que sostenía y, sin duda, vio que las llamas menguaban—. No pensarás que los mediorreinos pasarán por alto la oportunidad, ¿no? Hasta yo sé que se va a celebrar un baile en honor al rey Artos.

—¿Qué? —Thea frunció el ceño.

—Un regalo de agradecimiento del pueblo de los mediorreinos o, cuando menos, conseguido con los impuestos, por cómo se ha encargado de Tver proporcionando recursos y alojamiento y ayudando a la reconstrucción sufragando los gastos desde su propio reino...

—Eso es...

—Muy generoso, sí. —Aunque la forma en la que lo dijo Hawthorne, entre dientes, dejó claro que estaba de todo menos impresionado.

—Nunca te ha caído bien... Me refiero a Artos.

—No puedo decir que sí. ¿Olvidas que intentó usar su habilidad de empático contigo en su última gran celebración?

—No.

—Me alegro. Por lo menos en ese tema tienes claro lo que hay.

A Thea le ardieron las mejillas ante aquella indirecta.

—¿Falta mucho? —le preguntó.

—No mucho.

—Qué descriptivo.

—Siempre te había gustado mi personalidad críptica —repuso, pero con tono resignado. Al cabo de unos segundos, suspiró—. No te crees lo que te conté anoche, ¿verdad?

—Cuesta creer la palabra de un traidor.

Hawthorne se echó atrás al oírla.

—¿Dónde está Thea? —preguntó—. La Thea a la que conocía tendría muchas preguntas.

—La Thea a la que conocías está muerta.

—A la Thea a la que conocía todavía le quedan unos cuantos años, según la maldita piedra que lleva al cuello.

Thea tuvo que encogerse.

—Pregunta —le suplicó Hawthorne antes de detenerse de repente y girarse para mirarla a los ojos—. Pregúntame lo que quieras y te responderé.

—Vale —cedió, y recurrió a la pregunta que nunca se alejaba de su mente, el tema en el que él no había querido explayarse en el pasado—. ¿Cómo se convierte uno en un espadachín inmortal?

Hawthorne vaciló unos segundos antes de contestar.

—Cuando superes el Gran Rito, se lo pides a las furias.

—No puede ser tan sencillo.

—Tú se lo pides y ellas deciden.

—¿Y a ti te dijeron que no? —se extrañó, incrédula.

—No.

Thea se giró para mirarlo, con mil acusaciones preparadas para atacar.

—¿Qué me estás diciendo? ¿Has sido un espadachín inmortal todo este tiempo?

—No, Thea. Solo digo que no se lo pedí.

De pronto, Thea no sabía si estaba respirando.

—¿Por qué no? —musitó.

Se hizo un largo silencio antes de que Hawthorne tomara la palabra de nuevo.

—¿Por qué iba a querer ver cómo se pudre el mundo y muere la gente que me importa?

Casi todos los que obtuvieron el don de la inmortalidad pasaron al otro lado del Velo hace tiempo para ir a reinos donde se comprenden esas cosas.

Pero yo... vivir solo eternamente en un lugar miserable era lo último que deseaba.

Sin querer, a Thea se le formó un nudo en la garganta al oír la confesión. Le dolía el corazón por el hombre al que había conocido y por el sufrimiento que habría padecido al tomar esa decisión. Pero esa persona era distinta de la que caminaba a su lado en la cueva.

«Llévalo ante la justicia de Thezmarr. Hazlo, Althea Zoltaire, y podrás quedarte con sus espadas».

—Por favor, Thea... —murmuró Hawthorne—. Sigue hablando. Sigue preguntándome lo que necesites saber. Soy un libro abierto.

—Es un poco tarde para eso. —Thea aceleró el paso.

Ya no importaba quién había sido él en el pasado.

Ya no importaba qué le había contado sobre los espectros sombríos o los «tocados por las sombras», como los llamaba él.

Había traicionado de todos modos sus votos de espadachín, había traicionado a los mediorreinos y era algo imposible de revertir.

Ni en el caso de él ni en el de ella, sobre todo porque su único objetivo en los pocos días que le quedaban en el mundo era convertirse en lo mismo que él había rechazado ser.

—Pues te lo demostraré —afirmó alcanzándola—. Te demostraré que es verdad y así podrás decidir tú misma en qué bando estás.

—Estoy en el bando de los mediorreinos —lo rebatió Thea—. Igual que tú hace tiempo.

—No todo es lo que parece...

—Contigo nunca lo es —le espetó antes de reparar en la luz que brillaba más adelante—. Ya casi hemos salido —dijo, más para sí misma que para Hawthorne. Hasta el aire parecía más frío de golpe.

Hawthorne se aclaró la garganta y redujo el paso inesperadamente, como si no estuviese del todo listo para abandonar la reclusión del túnel.

—¿Qué pasa? —le preguntó Thea entornando los ojos. Las reticencias del guerrero no hacían sino darle ganas de acelerar el ritmo. Si él no quería salir de ahí, era exactamente lo que debería hacer ella, y rápido.

—Puede que allí haya compañía para mí —consiguió decir.

—Ah, otro traidor, pues —replicó Thea, con la mano sobre la espada.

—No —dijo Hawthorne, gruñendo—. Pero hay otra cosa que debes saber...

Acababan de llegar a la otra entrada del túnel y la luz del sol de última hora de la tarde les resultó cegadora después de tanto tiempo en penumbra.

Cuando los ojos de Thea se acomodaron al resplandor, vio que delante de la cueva estaban Cal y Kipp, con una hoguera tras ellos sobre cuyas llamas se asaba una cabra.

Los dos sonreían como idiotas y sujetaban botellas que Thea no reconoció...

De pronto, se oyó una carcajada desconocida.

Thea miró al otro lado del fuego, donde una mujer muy hermosa, vestida con pieles de combate, se llevaba una jarra de vino a los labios. Levantó la vista al verlos acercarse y el alivio le cambió la expresión al mirar a los ojos al guerrero corpulento que estaba detrás de Thea.

Ella miró a Cal y a Kipp. Con una punzada de celos, advirtió que sus amigos estaban más contentos en compañía de esa desconocida de lo que habían estado el último año con ella.

—¡Thea! —Kipp echó a correr y la sumió en un abrazo ebrio—. ¡Lo has conseguido!

—Ha estado a punto de quedarse por el camino —masculló Hawthorne tras ella, pero los otros no lo oyeron.

—¿Es amiga tuya? —le preguntó fulminándolo con la mirada. Asintió para saludar a la recién llegada y se fijó en la calidad de sus ropas y en sus armas, de un calibre que ella no había visto en mucho tiempo.

Hawthorne se aclaró la garganta.

—Más o menos...

La mujer sonrió y le tendió una mano, que Thea aceptó sin pensar y estrechó con firmeza.

—Encantada de conocerte —le dijo la mujer—. Me llamo Adrienne Ashford. Soy exploradora y general de la guerrilla de Naarva.

Thea seguía apretándole la mano cuando la información caló en ella.

«Adrienne». Ese nombre reverberó en su cerebro durante unos instantes antes de caer en la cuenta. Era Adrienne, la antigua amante de Hawthorne.

La expresión incómoda del guerrero se lo confirmó.