Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

THEA

Un muro sólido de calor la rodeó. Los temblores le zarandeaban todo el cuerpo, pero alguien la estrechaba fuertemente, la envolvía con calor y con el olor reconfortante a palisandro y a cuero.

«Wilder».

Thea respiró hondo, entre sacudidas, con dolor en todo el cuerpo. «¿Qué ha pasado?», se preguntó, aturdida. «¿Cómo he terminado aquí?». Recordaba haber caminado, haber oído a Hawthorne hablar sobre espectros sombríos y sobre su mentor, pero...

Estaba casi desnuda. Él estaba casi desnudo.

—¿Thea? —murmuró el guerrero sobre su piel desnuda, estrechándola un poco más fuerte con los brazos.

Ella seguía temblando, con la mente embotada por lo que había resultado ser un delirio febril. Respiraba de forma entrecortada, con ligeros jadeos que le provocaban ardor en los pulmones.

—Estás bien —le dijo Hawthorne, cuya voz grave reverberaba sobre su espalda—. Te tengo.

Thea no podía abrir los ojos, pero los colores que se iluminaban detrás de sus párpados eran vívidos mientras algunos recuerdos se iban componiendo: el puñal de Malik en el Sendero del Doliente, la vigilancia de los espadachines desde lo alto de un acantilado, Wilder dando vueltas al puñal de ella entre los dedos.

«¿Buscas esto?».

Cada recuerdo la asaltaba con una intensidad que igualaba la fiebre que se había adueñado de ella.

Besando a Wilder en la puerta de su cabaña, el beso que había destruido cualquier experiencia anterior a esa.

La primera vez en el bosque Sangriento, cuando se aferró a la flecha mientras él la penetraba.

Arrancando el corazón de un segador después de la prueba de iniciación.

Entrenando con él, cuyas manos guiaban las suyas.

Esas mismas manos que le abrocharon la armadura.

Todos los besos, todos los momentos íntimos atravesaron la visión borrosa de Thea.

«Porque te quiero, joder».

«Lo nuestro es interminable».

«Todas las partes de mi ser te pertenecen».

Un sollozo sacudió a Thea debido al dolor, a la fiebre, a todo.

—¿Llegó a ser real? —musitó con voz descarnada y temblorosa—. ¿Significó algo?

Sus estremecimientos se calmaron cuando aquellos brazos musculosos se tensaron a su alrededor.

—¿Cómo crees que sobreviviste al ataque del segador en el bosque Sangriento?

Thea abrió la boca, pero no pronunció ninguna palabra, pues una nueva oleada de temblores se apoderó de su cuerpo.

—El aguantial de Aveum solo tiene cierto efecto por sí solo —repuso la voz melódica, que de repente sonaba lejana.

Thea recordó el goteo de agua dulce y fría que le humedeció la lengua seca y cómo sintió hormigueos en todo el cuerpo cuando las propiedades mágicas la atravesaron.

Recordó haber presenciado boquiabierta cómo las heridas más profundas se esfumaban, dejando tras de sí tan solo unas débiles cicatrices rosadas, y cómo la red de venas negras que le cubría la piel disminuyó hasta desaparecer al cabo de unos pocos segundos.

—Pero cuando la usas con alguien a quien quieres —añadió él—, no hay nada más poderoso.

Thea se aferró a esas palabras con todas las fuerzas que le quedaban, pero no bastaron. Las visiones se apagaron y se sumergió bajo el velo de la consciencia.

Thea se desperezó, acurrucada en el calor delicioso que le cubría el torso. Un latido cálido, reconfortante y sólido retumbaba constantemente contra el suyo, y notó la ligera presión de una mano sobre la espalda desnuda.

Respiró hondo, ya libre de temblores y libre para perderse en la familiaridad del olor de él. Casi podía saborearlo.

«A él».

Abrió los ojos y se encontró ante un pecho desnudo y tatuado.

Thea estaba desnuda, a excepción de la ropa interior, y hecha un ovillo contra Wilder Hawthorne, que también rozaba la desnudez.

Estaban tumbados de lado, en lo alto de una montaña de ropa, debajo de la capa de él, con Thea colocada bajo la barbilla barbuda del guerrero. Una de las piernas fornidas de Wilder pasaba por encima de su cintura para atrapar el calor a su alrededor, y ese peso la arrimaba a su...

El deseo palpitó entre sus muslos y contuvo las ganas de moverse para así poder...

¿En qué estaba pensando? ¿Acaso bastaban un cuerpo musculoso y un abrazo cálido para olvidar por qué había ido hasta allí?

Hawthorne se removió y otras partes de su desnudez la acariciaron.

Thea se quedó rígida entre sus brazos.

—Parece que hemos vuelto a las andadas, princesa... —comentó él con voz soñolienta.

Era cierto. Ya habían estado en esa posición, aunque en realidad no. Siendo Hawthorne enemigo suyo, no.

Thea se apartó de él y recorrió el suelo con la vista buscando su ropa bajo la luz del fuego, casi extinguido. Estaba extendida al otro lado, y la cogió. Notó que sobre su piel caliente estaba fría, pero seca.

Hawthorne se incorporó apoyándose con los codos y parpadeó, adormilado, con la capa peligrosamente baja alrededor de las caderas.

—¿Estás bien?

Thea se puso la camisola con más vigor de lo que pretendía.

—Hay que ponerse en marcha.

El guerrero puso cara de comprender su actitud.

—Has sufrido una conmoción —le dijo— por estar tan expuesta al frío. No intentaba aprovecharme de ti. Espero que lo sepas.

Thea fue incapaz de mirarlo a los ojos. A pesar de lo que creía y de lo que no creía acerca del espadachín caído, en el fondo sabía que nunca le haría eso.

—Hay que ponerse en marcha —repitió.

Por mucho que lo intentaba, no podía relacionar a los dos hombres a los que había conocido. El guerrero fiero y duro que había traicionado a su gremio y a su gente y el hombre que le había dicho que era suyo, que había luchado a su lado y había expulsado las pesadillas.

Le dio la espalda cuando Hawthorne se puso en pie y apartó la capa para coger su ropa.

—Gracias —le dijo Thea ante la escarpada pared de la cueva— por lo que has hecho.

—No podía dejar que murieras sin conseguir tu venganza, princesa.

Thea se puso tensa al oír el apodo. Detestaba que le hiciera flexionar los dedos de los pies incluso en esas circunstancias.

Se distrajo recogiendo las cartas que le había dado Audra, que formaban un mazo ordenado.

Acarició con el pulgar las palabras de la que estaba encima de todas: «Mente fuerte, cuerpo fuerte, corazón fuerte».

—Soy un hombre decente —comentó Hawthorne.

Pero, cuando ella se giró, seguía abotonándose la camisa, con buena parte de su piel dorada al desnudo.

Thea se sobresaltó al oír los chasquidos de los grilletes.

«¿Cómo es posible?». ¿Cómo se había podido quitar la ropa con esos hierros encadenándole las muñecas?

¿Estaba imaginando cosas? Intentó recordar si Hawthorne los llevaba cuando se habían despertado, pero tenía la mente nublada.

Metió una mano en el bolsillo. La llave estaba donde la había dejado.

Decidió que todavía deliraba un poco por la fiebre.

Aunque fue la cicatriz de él la que llamó su atención.

La que ella le había provocado con la flecha.

La satisfacción que esperaba experimentar no llegó a manifestarse.

—¿Admirando tu obra? —le preguntó Hawthorne al tiempo que se terminaba de vestir.

Con la mandíbula apretada, Thea recogió la capa del suelo y se la arrojó, pero él le sujetó la mano y le apretó la palma fuertemente con los dedos.

—Fue real —dijo de pronto—. Todo fue real.

Respondía a algo que había ocurrido entre ambos aquella noche, pero el recuerdo se alejaba del alcance de Thea, perdido entre los restos de neblina de su fiebre. Hizo el amago de apartarse, pero el guerrero la agarró y le clavó los ojos plateados en los suyos.

—Dime que no quieres estar conmigo, Thea. Necesito oírte verbalizar esas palabras.

Estaba tan cerca de ella que Thea pudo notar el calor que irradiaba, el mismo calor que le había ofrecido cuando la exposición al frío la atacó. A pesar del hombre colosal que se cernía sobre ella, se estremeció e hizo acopio de fuerza de voluntad.

—No quiero estar contigo —le dijo, con las rodillas a punto de ceder.

—No te creo. —Avanzó la poca distancia que los separaba sin soltarle la mano—. Mi camisa huele a ti —le murmuró al oído con voz grave—. Todavía tengo marcas en la espalda de la última noche que pasamos juntos. Te apoderaste de mí hace tiempo, Thea. Ahora no tienes derecho a decir que no soy tuyo.

La mera mención a la noche que pasaron en el campamento de guerra hizo que apretara los muslos.

A esas alturas, sabía que no debía dejarse llevar.

Sabía que no debía confiar en él. Sin embargo, el cuerpo la traicionaba, igual que Hawthorne.

Comenzó a inclinarse hacia él. Comenzó a imaginar lo que sentiría al tenerlo dentro, llenándola y abarcándola hasta que todo lo demás desapareciera.

La mirada del guerrero se endureció, como si pudiera leerle los pensamientos, como si se estuviera imaginando las mismas cosas.

Con el tintineo de los grilletes, bajó las manos a los lados, le sujetó las caderas y la arrimó a su cuerpo.

La presión del firme músculo contra ella era embriagadora y el deseo le humedeció la ropa interior y le nubló los sentidos.

Los labios de él le rozaron la línea de la mandíbula.

—Es que... —Las palabras se le atascaron en la garganta.

Hawthorne se quedó quieto ante aquella primera muestra de indecisión, con el pecho subiendo y bajando desbocado.

—No tuve más opción —dijo él con voz ronca.

—¿Cómo? —Thea dio un paso atrás—. ¿Quieres hablar conmigo de no tener más opción?

—Fue como si alguien le hubiera tirado un cubo de hielo de realidad a la cabeza y procuró poner más distancia entre ambos, horrorizada por lo que casi había hecho—.

No me puedo creer que haya estado a punto de caer en tu trampa. Otra vez. Tus mentiras son venenosas.

Hawthorne apartó la mano de la cicatriz de la flecha que le desfiguraba la piel bajo la camisa. Torció el gesto antes de recomponerse, pasarse la capa por encima de los hombros y sujetársela a la altura de la clavícula.

—Pues pongamos rumbo a Vios.

Cogió una de las antorchas que todavía ardían y echó a caminar por el túnel.