Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

A Wilder le entraron ganas de extender los brazos y zarandearla por los hombros. Thea debería conocerlo mejor, debería... Sin embargo, siguió caminando.

—El bando que quiere que la luz derrote a la oscuridad.

Thea se quedó callada y Wilder no pudo culparla por ello. Las furias sabían que él no había gestionado demasiado bien el descubrimiento de la verdad sobre Talemir. La pelea que tuvieron entre las orquídeas soleadas de Naarva había pasado a los anales de la historia.

Redujo el paso ligeramente con la esperanza de que Thea no se diera cuenta. Haría cualquier cosa para darle a ella más tiempo para procesar la verdad, más tiempo para analizarlo todo juntos.

Recorrieron el túnel en silencio mientras Wilder esperaba a que llegasen las preguntas.

Sabía que Thea estaba dando vueltas a las cosas en su cabeza y encajando las piezas: los mensajes de Dratos, cómo él la había corregido en los acantilados de Thezmarr cuando llamó «criatura» al hombre tocado por las sombras al que había atrapado la enredadera.

También estaba el hecho de que Wilder había evitado el sufrimiento de los prisioneros del rey Artos y había impedido que Torj interrogara a uno de ellos.

Y luego la jaula de personas tocadas por las sombras en Tver...

Thea ataría cabos. Tenía que atar cabos.

—Pero es que no todo comenzó con Talemir... —murmuró Thea.

—¿A qué te refieres? —Wilder la miró a los ojos.

—No fue el primer semiespectro —se atrevió a afirmar.

—Bueno, creo que nunca sabremos quién fue el primero.

—Pero sí que sabemos que por lo menos hubo uno antes que él.

Cuando Wilder cayó en la cuenta, fue como si lo golpease una ola.

—Anya.

—Sí, Anya. —A Thea se le tensó un músculo de la mandíbula.

—No sabía... —dijo Wilder sin apenas ser consciente—, no sabía quién era para ti.

—Quien sea para mí casi da igual. Lo que importa es quién es para los mediorreinos. Tenían razón respecto a los Embervale... Es una familia real sedienta de poder y que maneja las sombras.

—No es así...

—¿Cómo que no? —protestó.

Wilder negó con la cabeza.

—Los tocados por las sombras son inocentes. Y hay fuerzas que los atrapan para torturarlos... y que matan a niños.

—¿A niños? —Thea resopló—. A la única a la que he visto torturar a alguien es a Anya. He visto sus campamentos. He oído los gritos. El monstruo es ella.

—No es Anya.

—Si el monstruo no es la Hija de la Oscuridad, ¿quién es?

—Es Artos, Thea.

Entre ambos se hizo un breve silencio antes de que Thea soltase una oscura carcajada.

—Crees que el hombre que ha pedido que te capturen es el enemigo, cómo no.

Wilder tuvo que hacer un esfuerzo para no levantar las manos, exasperado.

—Artos es el culpable de la plaga que asola los mediorreinos. Es él quien permite que los segadores y los monstruos crucen el Velo.

—Menuda sarta de tonterías.

Thea siguió caminando, como si ya no pudiera aguantar su presencia, y Wilder se la quedó mirando durante un minuto.

—¿Dónde has ido, Thea? —susurró en la oscuridad.

Un frío nudo de temor atenazó las entrañas de Wilder cuando condujo a Thea por el pasadizo de la montaña.

En el fondo había sabido que para convencerla sería necesario algo más que palabras.

Él había roto algo entre los dos, algo que no sabía si podría arreglar.

Era esa grieta en los cimientos la que la cegaba y le impedía ver la verdad.

Wilder iba a tener que encontrar una manera de enseñársela, de alejarla de la oscuridad y permitirle ver la luz.

El silencio entre ambos era enconado. Thea no había pronunciado palabra desde hacía... ¿una hora? Wilder no podía, ni quería, soportarlo más. Se giró hacia ella dispuesto a rogarle, dispuesto a...

Hasta bajo la luz de la antorcha vio que estaba muy pálida.

Los temblores le sacudían todo el cuerpo.

Wilder creía que había reducido el paso, pero en realidad... Thea a duras penas arrastraba los pies tras él.

—¿Thea?

No lo miró ni cambió la expresión, como si no lo hubiera oído.

Wilder se le acercó y le cogió el brazo con una mano. La capa que llevaba estaba húmeda y helada.

—Mierda —masculló al tiempo que la hacía detenerse y examinaba su rostro.

Thea tenía los labios azules.

—Por el amor de las furias, ¿por qué no has dicho nada?

—Le palpó la ropa y descubrió que estaba toda empapada.

¿Había sido así desde que la había arrastrado hasta la entrada de la cueva?

El pánico le oprimió el pecho al ver cómo lo miraba con expresión ausente, sin ni siquiera los dientes castañeteándole ya—.

Thea... —Murmuró su nombre como si fuera una súplica—. Tenemos que hacer que entres en calor.

Wilder intentó controlar el miedo que tenía por ella al examinar el suelo desolado de la cueva en busca de algo que pudiera usar para avivar un fuego.

Apenas había nada. Unas cuantas ramas y hojas que el viento había llevado hasta allí en algún momento, y recogerlas sería complicado con las manos encadenadas por los grilletes.

Pero no pensaba dejar que muriera congelada.

Antorchas. Debía de haber más antorchas en las paredes. Así estaba establecido para los túneles con el fin de que, si una unidad entera había de cruzarlo, estuviera iluminado todo el camino.

Thea no protestó cuando Wilder la sentó en una roca cercana, algo bastante preocupante de por sí. Wilder se puso en marcha. Corrió por el túnel, palpó las paredes buscando antorchas para prender y cogió todas las que encontró. Sin embargo, no podía dejar a Thea sola durante demasiado rato.

Cuando regresó, la vio mecerse sobre la roca, con mirada distante.

—Por todos los dioses —masculló él mientras lanzaba las antorchas al suelo y se disponía a amontonar a toda prisa la leña que había recogido.

Maldijo los grilletes, que le entorpecían los movimientos, antes de acercar la antorcha iluminada a la pila.

No era el fuego ardiente que necesitaba Thea, pero era mejor que nada.

Wilder la cogió en brazos y la situó frente a las llamas. Le sujetó las manos en el calor del fuego.

Esperó unos instantes, pero la mirada de ella siguió igual.

—Es por la maldita ropa —dijo frotando entre los dedos el dobladillo de una de las mangas empapadas.

Se pasó una mano por el pelo y los grilletes tintinearon—.

Como si no me odiaras lo suficiente ya...

—Alargó un brazo hacia los botones de la capa de Thea—.

Voy a tener que quitarte la ropa —le dijo, aunque dudaba de que sus palabras sirvieran de algo a esas alturas—.

Debes entrar en calor ahora mismo. Dime que te parece bien —le rogó.

Si no lo hacía, había una posibilidad real de que Thea muriera.

Él mismo había presenciado casos parecidos en incontables ocasiones.

Sabía que ella argumentaría que no moriría entonces gracias a la piedra del destino que llevaba al cuello, pero Wilder se negaba a poner en peligro su vida confiando en la superstición sobre una joya.

Thea no protestó, no le apartó las manos, pero a Wilder le pareció insuficiente.

—Thea, dime que lo entiendes. Dime que me das permiso para quitarte la ropa empapada. Por favor. Tu vida corre peligro.

Esperó, más aterrado conforme transcurrían los segundos.

Hasta que, de pronto, oyó un resoplido.

—Lo entiendo —musitó Thea, con los ojos cerrados—. Quítamela.

Wilder contaba con su permiso, con su consentimiento, pero eso no impedía que el arrepentimiento afectara a todos sus movimientos al retirarle la capa de los hombros y empezar a deshacer los nudos de su camisola.

De todas las maneras en las que había imaginado desvestir a Thea por primera vez después de lo sucedido, aquella no figuraba en la lista.

Intentó apartar la mirada cuando era posible, pero era indudable que en el último año ella había adelgazado mucho y que buena parte de sus zonas suaves se habían endurecido.

Y cicatrices. Tenía muchas cicatrices nuevas.

Se oyó un golpe seco cuando una raída baraja de cartas cayó de uno de sus bolsillos.

Thea no jugaba a las cartas. Que él supiera, al menos.

Wilder alcanzó a ver el texto de una de ellas, que a duras penas podía leerse: «Mente fuerte, cuerpo fuerte, corazón fuerte».

Aquellas palabras le provocaron un escalofrío que le bajó por la columna.

En ellas había algo extrañamente familiar, algo que hizo que se le erizara el vello.

Pero como Enovius, el dios de la muerte, estaba a la espera junto a Thea, un montón de cartas era la menor de las preocupaciones de Wilder.

Encontró la llave de los grilletes en uno de los bolsillos, los abrió y extendió su capa sobre el suelo de la cueva.

A continuación, se desnudó. Se dejó tan solo la ropa interior y creó una cama aislante con sus prendas, que seguían calientes.

Tumbó a Thea ante el fuego y se colocó a su lado; hizo una mueca cuando notó la piel helada de ella.

No obstante, le daría su calor y todo lo que tenía sin pensarlo.

Ignoró la tela empapada de la ropa interior de ella y la rodeó para cubrirse ambos con su capa, con la esperanza de que su calor corporal la calentara.

Se pegó a ella y la atrajo hacia sí tanto como pudo.

—Ojalá nos hubiéramos quedado en el manantial caliente del bosque —le dijo antes de darle un beso en el cabello—. Es algo que deseo día tras día.

Thea no contestó.