Capítulo 8
WILDER
En la absoluta negrura, Thea le puso el puñal en el cuello. En ese instante, Wilder supo que debía de estar muy mal de la cabeza, pues tuvo una erección al notar la presión del acero.
—¿Qué diablos acabas de hacer? —le espetó Thea con el cuerpo arrimado al suyo.
Cuánto había echado de menos sentirla y oler su aroma, similar a un beso del mar, mezclado con matices de bergamota. En aquella oscuridad, era como si Thea le envolviera todos los sentidos.
—Ganar un poco de tiempo —murmuró mientras intentaba evitar aspirar su esencia.
Thea bajó el arma desde la suave piel de su cuello hasta su pecho y la apoyó sobre la armadura. Wilder no podía verla, tan solo notaba la presión del puñal, y se mantuvo inmóvil, a la espera de que ella volviera a moverse. Ahí estaba su corazón, podía quitárselo, ¿por qué no se apoderaba de él?
—¡Thea! —La voz amortiguada y aterrada de Kipp atravesó los escombros—. Thea, ¿estás ahí?
—¿Puedes oírnos, Thea? —gritó Cal.
—Está a salvo —les respondió Wilder entre los restos—. Ha habido un alud.
—¿Deberíamos mover las rocas...?
—¡No! —contestó Wilder al tiempo que se apartaba del puñal de Thea y palpaba la pared de la cueva para encontrar la antorcha que sabía que estaba por alguna parte—.
Seguid por la base del acantilado hacia el norte con los caballos.
Esto es un túnel, que llega hasta el otro lado de la montaña. Nos vemos allí.
Hurgó en los bolsillos para sacar el pedernal que guardaba. Golpeando con él, logró encender la antorcha. La luz bañó la antecámara arrojando un resplandor dorado sobre Thea.
—Lo tenías planeado... —murmuró ella bajando el puñal.
—No me has dejado otra alternativa.
—Si pretendías ganarte mi confianza, acabas de perderla. —La rabia prendía fuego a su mirada.
—Hum, ¿Thea? —la volvió a llamar Kipp—. Creo que necesitamos que nos confirmes..., en fin, que estás viva...
Wilder no apartó la vista de ella.
—Necesitaba estar a solas contigo para mantener esta conversación —le dijo—.
Necesitaba que estuvieses en un sitio en el que no pudieras salir huyendo ni interrumpirme.
Vas a escuchar todo lo que debo decirte.
Me lo has prometido. Seguimos yendo hacia Vios; el punto de encuentro está cerca del lugar donde el camino de Wesford se une a la ruta comercial principal de Aveum.
Y, si cuando lleguemos sigues opinando lo mismo, este desvío no interferirá en tu misión en busca de venganza. Te doy mi palabra.
—Tu palabra para mí no tiene ningún valor —repuso Thea con ojos inexpresivos—. ¿Es una trampa para llevarme hasta tus maestros sombríos y entregarme?
Wilder odiaba haber conseguido que Thea dudara tantísimo de él y que de verdad lo tuviese en tan poca estima después de todo lo que habían compartido.
Si lograba que lo escuchase, podría proponerle enseñarle el campamento y presentarle al pueblo tocado por las sombras.
Podría hacer que hablase con Anya, con Dratos...
Y, si ellos no la convencían, quizá fuera una tarea para el mismísimo Príncipe de las Sombras.
—No es ninguna trampa —le aseguró en voz baja mientras intentaba que no se notara lo dolido que estaba.
Thea lo fulminó con la mirada. Irradiaba mucha rabia, mucha pena. Sin embargo, pareció darse cuenta de que no tenía alternativa y, lentamente, enfundó el puñal y se llevó las manos alrededor de la boca.
—¡Estoy viva, Kipp! —exclamó—. Nos vemos al otro lado.
Una oleada de alivio inundó a Wilder. Disponía de tiempo para explicarle a ella y solo a ella lo que había vivido y lo que había ocurrido un año antes...
Thea esperaba con expresión impasible y le hizo señas para que la guiase.
—Por lo visto, conoces el camino.
Wilder echó a caminar por el pasadizo con la antorcha en alto.
Anduvieron en silencio; estaba maravillado por que, después de tanto tiempo, pudiera volver a estar junto a ella.
Después de la fiebre que le había provocado la flecha que Thea le había disparado, soñó con ella noche tras noche.
Había estado un año sin tocarla, un año sin besarla, un año sin oírla reír...
Aunque ella vibraba de furia hacia él, Wilder la deseaba. Siempre la desearía.
Aun así, Althea Zoltaire o, mejor dicho, Althea Embervale, tenía un papel muy importante que desempeñar en el escenario en el que se habían convertido los mediorreinos. Era el motivo por el que él pronunciaría palabras que sabía que ella no quería oír, que sabía que le harían daño.
—¿Por qué no has usado tu magia? —le preguntó aparentando calma.
—¿Quién dice que no la he usado? —replicó ella.
Wilder se limitó a arquear una ceja. No estaba dispuesto a lanzar a Kipp a los leones.
Thea suspiró.
—¿Cómo sabes que no la he usado?
—No quieras saberlo. —No había estado del todo convencido hasta que no había hablado con Kipp, pero ese detalle se lo guardó para sí.
Thea siguió caminando, pero Wilder advirtió lo rígida que se había puesto.
—Lo que siempre te he pedido es que me dijeras la verdad, así que no me digas qué quiero o qué dejo de querer.
Wilder acusó el golpe.
—Noto su ausencia en el mundo. Desde que...
—No vayas por ahí —lo cortó ella.
—Estamos conectados... —probó a decir.
—Te he dicho que no. —Pero habló con voz tensa. Allá donde Wilder tiempo atrás habría sentido un chisporroteo de magia junto a su advertencia, no había más que un silencio hueco.
—La pena puede afectar...
Thea clavó los ojos, llenos de fuego, en los de él.
—¿Crees que me da pena haberte perdido?
Wilder se tragó el nudo que se le había formado en la garganta.
—Creo que te dan pena muchas cosas, princesa.
—¿Esto es lo que en teoría va a salvarte? ¿Desenterrar nuestra historia de mierda, que se forjó a base de mentiras?
—Nunca he mentido acerca de mis sentimientos hacia ti ni hacia nosotros...
—No existe ningún «nosotros». No quiero volver a hablar de este tema.
Todo el aire abandonó los pulmones de Wilder y le costó recomponerse. Por fortuna, era él quien sujetaba la antorcha, así que la movió para alejarla de la expresión devastada que sin lugar a dudas llevaba escrita en la cara.
—Pero ¿vas a escuchar el resto? —le preguntó.
—No tengo nada mejor que hacer.
No era exactamente así como él quería contárselo todo después de tanto tiempo, pero, a medida que avanzaban por el túnel bajo la montaña, Wilder supo que tal vez no volvería a tener la oportunidad de estar a solas con ella. Respiró hondo y cuadró los hombros.
—Todo empieza con Talemir —comenzó.
Notó, más que vio, el cambio de actitud que se apoderó de Thea ante la mención de su viejo mentor, el legendario espadachín de Thezmarr, el Príncipe de los Corazones.
—El día en el que hirieron a Malik en Naarva, a Talemir también le ocurrió algo —continuó.
Ojalá hubiera pensado en coger una cantimplora.
Tenía la boca seca—. Un segador... Un segador lo inmovilizó y le clavó las garras en el pecho.
No pude llegar a tiempo. Pero lo intenté...
Por todos los dioses, te juro que intenté ayudar a Malik y a Tal, pero...
era demasiado tarde. La criatura lo elevó por los aires con sus sombras y le perforó el corazón con las garras.
Al final conseguí derrotarla, pero Tal...
Tal estaba herido y nuestra unidad estaba hecha pedazos.
Subí a Tal y a Mal sobre sus caballos y nos retiramos para dirigirnos a Thezmarr a buscar a Farissa y a los sanadores.
Wilder hizo una pausa, con problemas para seguir con voz firme. Nunca había contado en voz alta esa historia de ese modo.
—Malik... En fin, ya sabes el destino de Malik y lo que sigue sufriendo. Pero Tal... Durante un tiempo, Tal pareció curarse. En cuestión de horas, salió de la enfermería. Estaba destrozado por Malik, igual que yo, pero se trataba de él. O eso creí.
—¿Seguía estando herido? —le preguntó Thea, que al parecer había olvidado momentáneamente su voto de silencio. Wilder se alegró. La voz de ella lo ancló al presente.
—En cierto modo sí. —Asintió—. No descubrí la verdad hasta varios meses después de la batalla de Islaton, después de que nos enviasen a las ruinas de Naarva en otra misión.
Vio que Thea se debatía entre si debía interesarse o no por la historia y que retorcía las manos. Al final, la curiosidad ganó la batalla.
—¿Qué verdad?
—Estaba maldito. Lo mismo que estuvo a punto de pasarte a ti en el bosque Sangriento después de la prueba de iniciación. El segador que lo había atacado le introdujo oscuridad en el corazón. Ahora es...
—¿Qué es? —lo presionó Thea, dejando atrás cualquier intento por mostrarse indiferente.
Wilder detestaba verbalizarlo incluso después de tantos años.
—Es un semiespectro. Como esas personas a las que viste enjauladas en Tver, como las pobres criaturas que viste encarceladas en las mazmorras de Artos...
Como el ser al que Cal y Torj abatieron del cielo.
Si el segador hubiera logrado su propósito, ahora sería algo mucho peor...
Similar a los aulladores o un espectro completo.
—¿Me estás diciendo que Talemir Starling, el legendario espadachín, el Príncipe de los Corazones, el campeón invicto de Thezmarr en combates con dos espadas, es un espectro sombrío?
—Semiespectro —la corrigió—. Aunque ellos prefieren que los llamemos «tocados por las sombras». Como te comenté en el bosque, sigue siendo un ser humano. Pero tiene poderes sombríos y alas, y garras cuando quiere.
Thea negó con la cabeza.
—Te lo juro —insistió Wilder—. Sé que mi palabra ahora mismo no significa nada para ti, pero esto... es algo que va más allá de ti y de mí. Se trata de la supervivencia de los mediorreinos.
—Es decir, ¿pretendes que me crea que Talemir Starling lidera su ejército de semiespectros junto a la Hija de la Oscuridad, y junto a los segadores, para derrotar a los reinos?
—Ya te he dicho que los tocados por las sombras no están en el bando de los segadores ni de nada que quiera atravesar el Velo y destruir a los reinos. Están en nuestro bando, Thea.
—¿Bando? ¿De qué bando estamos hablando exactamente?