Capítulo 7 #3
En el silencio etéreo del bosque en invierno, una grácil cierva bajaba la boca hasta el suelo en busca de hierbas bajo la nieve. Era un animal precioso, elegante y regio, con largas pestañas que le enmarcaban unos ojos grandes e inocentes.
Sigilosamente, Thea cogió una flecha, la situó en el arco de Cal y tensó la cuerda. Durante un breve instante, tan solo respiró, apreciando ese equilibrio demasiado frágil entre la vida y la muerte tambaleándose en el borde a la espera de su orden...
—Sigues bajando el codo.
La voz grave de Hawthorne le recorrió el espinazo.
Thea estuvo a punto de dar un brinco, pero consiguió controlarse. Sin embargo, el daño ya estaba hecho: la cierva alzó las orejas y salió corriendo.
Relajó la cuerda del arco y se giró para enfrentarse a él.
—¿Contento? —dijo gruñendo.
—¿Tú lo estás? —repuso con los ojos al rojo vivo.
Thea recordó que debía aflojar la mandíbula y comenzó a dirigirse hacia el lugar al que había huido la cierva.
—¿Por qué no se encarga de la caza Callahan, la Flecha Llameante? —le preguntó Hawthorne siguiéndola.
—Solo intentaba alejarme de ti —replicó apretando los dientes. Se detuvo en el punto en el que comenzaban las nuevas huellas de la cierva—. No se puede ni respirar a tu alrededor.
Hawthorne se pasó las manos rugosas por el pelo y suspiró.
—Soy yo quien no puede respirar cuando está cerca de ti...
Una furia candente inundó a Thea y se giró para no verlo.
—No tienes ningún derecho a decir eso —le reprochó—. No quiero oírlo.
—Por lo visto, no quieres oír nada.
Thea se adentró en el bosque siguiendo las huellas de la nieve. Los árboles se volvían más densos cuanto más se aproximaban a una pared de roca casi vertical.
—No. Viniendo de ti, no. Traicionaste al gremio, traicionaste a los mediorreinos y...
—¿Te traicioné a ti? —acabó la frase por ella.
Una oleada de rabia rompió contra la orilla de la compostura de Thea y amenazó con derribar las paredes que había levantado al mirar al guerrero que estaba a su lado.
—No te debo nada. Ni un segundo de mi tiempo ni un solo...
—¿De verdad crees que soy malvado?
«Aléjate de él, Thee... Es el peor», le había advertido Wren hacía mucho tiempo. Ojalá le hubiera hecho caso.
—¿De verdad crees que me he pasado al bando de los espectros? —insistió Hawthorne con mirada intensa—. ¿De verdad crees que me he aliado con los monstruos que les hicieron eso a mi hermano y a Tal...?
Thea dio un paso hacia él con la mano ya sobre el puñal.
—¿Cómo te esfumaste? Tu rastro se interrumpió sin más. ¿Se supone que debo creer que no estás de su parte y que no usaste magia sombría para...?
Hawthorne dio un paso atrás y acarició la roca con las manos.
—Hay túneles y pasadizos secretos por todos los mediorreinos... si sabes dónde buscarlos.
—Allí no había ningún pasadizo —lo rebatió Thea.
—¿Seguro? —le preguntó, críptico, al echar a caminar junto a la base del acantilado. Formaba una silueta imponente bajo la luz de la luna, con nieve cayendo alrededor de su poderoso cuerpo. A Thea no le quedó más remedio que seguirlo.
Anduvieron varios minutos en silencio. Thea hervía de rabia y no había apartado la mano de la empuñadura del arma. No debería estar allí a solas con él.
Hawthorne redujo el paso cuando llegó ante un saliente del barranco, con carámbanos colgando como cuchillos desde la entrada de una cueva.
—Forma parte de la red de túneles. Atraviesa la montaña.
—Eso no demuestra nada. Que yo sepa, no es más que un agujero en la roca.
—Si no me crees, compruébalo con tus propios ojos. —Hawthorne se agachó para entrar.
—No lo creo —le espetó con frialdad. Buscó con los dedos la aguja de punta envenenada que Wren le había preparado.
—Me da que estás demasiado lejos como para poder clavármela en el cuello —dijo para provocarla mientras se adentraba más en la oscura cueva.
Thea dio una palmada al puñal y blandió la aguja. Si debía atar al traidor y arrastrarlo por la nieve con su yegua, lo haría sin pestañear. Cualquier cosa para deshacerse de él y de la cólera interminable que la atormentaba cada día que Hawthorne escapaba de su castigo.
Al final, entró en la cueva.
—¿Crees que podrás vencerme, princesa? —murmuró a oscuras.
Thea se preparó para atacar.
—Cuando te haya entregado a los gobernantes —dijo para sí misma, tiñendo las palabras de veneno—, me libraré de ti para siempre. No tendré que volver a verte, jamás pronunciaré tu nombre... Será como si no hubieras existido.
—Vaya... —La voz de Hawthorne sonaba melosa—. Eso no lo puedo permitir.
Thea dio con él en la oscuridad, justo en la entrada de la cueva. Lo miró a los ojos cuando el guerrero levantaba los puños esposados hacia la pared para propinar un fortísimo golpe.
Ella se echó hacia delante, aterrada.
—¡Serás desgraciado...! —exclamó cuando toda la montaña comenzó a retumbar.
—Nunca he afirmado que fuera un caballero.
El golpe que había asestado con la fuerza proporcionada por las furias provocó una lluvia de nieve y rocas que cayó ante la entrada de la cueva.
Y Thea y el traidor se quedaron atrapados en el interior.