Capítulo 7 #2
—¿Ah, no? —repuso Thea—. ¿Me estás diciendo que los semiespectros que desprenden sombras y oscuridad, a quienes les salieron alas en la espalda y garras en los dedos, no son producto del mismo mal?
—Son víctimas, como tanta otra gente de los mediorreinos.
Puede que no hayan perdido la vida, pero han perdido más de lo que imaginas...
Una parte de sí mismos. —Hawthorne se detuvo un instante, como si se estuviera recomponiendo—.
Una persona termina tocada por las sombras cuando un segador intenta maldecirla del mismo modo en el que crearía a un aullador o extendería su oscuridad hacia otro monstruo.
Estuvo a punto de ocurrirte a ti en el bosque Sangriento...
No era la primera vez que la vocecilla que tenía Thea en la mente le insistía: «¿Y si está diciendo la verdad?
». Pero es que ella debía hacer lo correcto, pues ¿qué alternativa le quedaba?
¿Había recorrido una buena parte del camino equivocado?
¿Sus decisiones la habían llevado hasta allí? No. No era una opción.
No lo miró. Se mantuvo con los labios apretados mientras le daba la oportunidad de proseguir el relato, tal como le había prometido.
—Pero una persona tocada por las sombras sigue fiel a sí misma —continuó—.
No sabemos si tiene que ver con la fuerza de voluntad o la fortaleza de carácter o algo totalmente distinto.
Los tocados por las sombras son aquellos que combaten la maldición cuando un segador intenta convertirlos.
El resultado es un ser humano con habilidades especiales y rasgos de espectro.
No se parecen en nada a los monstruos. La gente que estaba en la jaula de Notos era inocente, Thea.
Pero a quien Thea visualizaba no era a los prisioneros, sino a la portadora de tormentas alada que había retenido a Wren con sus sombras, con una máscara amenazante en el rostro y palabras irónicas que desprendían crueldad.
Visualizó la carnicería del campo de batalla, la unidad mutilada de soldados tverrenses y la cara demudada por el horror de aquellos que se veían obligados a padecer pesadillas en un círculo incesante.
En aquel instante, a Thea se le escapó una carcajada burlona.
—¿Inocente? —dijo resoplando—. No sé qué es peor: que sea la mejor mentira que se te ha ocurrido o que llegues a creértelo.
El dolor torció la expresión de Hawthorne.
—Abre los ojos unos segundos, Thea...
—Ah, tengo los ojos muy abiertos, traidor. —Se llevó una mano al mango del puñal—. Y veo quién eres en realidad.
Hawthorne se la quedó mirando durante un buen rato, como si no supiera hasta dónde debía presionarla.
—No es verdad —le dijo al fin negando con la cabeza y dejando que su caballo quedara rezagado—, pero ya lo descubrirás.
Thea odió que él hubiera tenido la última palabra, pero odiaba más su presencia.
Odiaba que, después de todo lo que le había visto hacer, él creyera que podría cambiar la opinión que le merecía.
Thea lo había visto con el enemigo, había oído la familiaridad con la que hablaban entre sí.
Hawthorne liberó a los monstruos por cuya captura los guerreros de los mediorreinos habían entregado la vida y ella presenció cómo el espadachín se esfumaba entre las sombras.
En las profundidades del alma de Thea, se gestaba una tempestad, oscura y despiadada.
Que Hawthorne hubiera traicionado no solo al gremio, sino que también la hubiera traicionado a ella, era como una víbora venenosa que le había golpeado en el centro mismo de su ser.
La rabia la inundaba, dispuesta a consumirlo todo a su paso.
Y, aun así, no sintió magia, ninguna tormenta que esperase liberarse de los confines de su cuerpo, ningún relámpago resonando por sus venas.
Por más que el corazón le latiera desbocado, con el ritmo inhumano similar al retumbar de un tambor de guerra, no sintió ni siquiera un amago de poder sobrenatural en la punta de los dedos.
Era como si la magia no hubiera anidado nunca en su interior.
«¿Por qué?». La rabia había sido clave en muchas ocasiones y tan solo debía acudir a la sinfonía de furia que a menudo hervía bajo su piel.
Era innegable que así era como se sentía en esos instantes.
Últimamente, la rabia siempre la embargaba, dispuesta a atacar.
Anhelaba liberar toda la fuerza de su ira, pero...
Thea aspiró el frío aire nocturno con la esperanza de extinguir el infierno que ardía en su interior. No tuvo suerte. Al final, clavó los ojos en la nieve que se extendía ante ella y siguió adelante, como había hecho a lo largo del último año.
Horas más tarde, Thea ya no pudo negar la capa de sudor que cubría el pelaje de su yegua y ordenó a los demás que se detuvieran.
—Los caballos necesitan descansar —anunció sin más mientras saltaba de la silla de montar para acercarse a un riachuelo cercano.
—No son los únicos —dijo Kipp siguiéndola y conduciendo a su caballo hacia el agua. Cal ya había empezado a encender un fuego a los pies de un roble altísimo.
Suerte que contaba con Kipp y con Cal. Haría cualquier cosa para evitar estar a solas de nuevo con Hawthorne.
Thea peinó el bosque con una repentina punzada de pánico, pero vio que Hawthorne recogía ramas a pesar de los hierros que le ataban las muñecas. Soltó un suspiro y apartó la vista para hurgar en la alforja con la intención de distraerse.
Al poco, sin embargo, la voz de él atravesó el aire gélido.
—Deduzco que no ha habido ninguna llamada del Gran Rito, ¿verdad?
Kipp ya estaba negando con la cabeza, pero Thea extendió una mano.
—No le cuentes nada —le mandó—. No podemos fiarnos de él.
—Tomó asiento en un árbol caído, desenvainó el puñal de Malik y le dio vueltas.
El arma, que llegó a relucir con un brillo mortal, mostraba las cicatrices del tiempo, con el filo romo después de haber acabado con innumerables enemigos con ella.
—Te enseñé a cuidar mejor de tus armas —observó nuevamente Hawthorne.
Thea lo ignoró, pues ya había alargado una mano para coger una piedra de afilar.
Esyllt, el maestro armero de Thezmarr, se la dio antes de que ella se marchara de Tver.
La superficie rugosa daba fe de los años que la había usado el maestro.
Thea bajó los hombros y aflojó la mandíbula en un intento por recordar una de las meditaciones de Audra; mientras tanto, con una mano rodeó el mango del puñal y con la otra pasó el filo por encima del extremo duro de la piedra.
El ruido la apartó del espadachín caído que estaba a su lado y la transportó a los ecos de batallas pasadas.
Eran los detalles en teoría insignificantes los que regresaban a ella: el peso de un cuerpo inerte, el rastro de los pies que se arrastraban por la arena, el tiempo suspendido entre el momento en el que un oponente destripado se daba cuenta de que era hombre muerto y el momento en el que soltaba el último aliento.
Thea se concentró. Agradeció tener algo que hacer y, con movimientos fluidos, fue afilando el extremo romo del puñal.
—¿Abriste mi regalo? —La voz grave perforó sus pensamientos.
Tensa, Thea recorrió por última vez el filo del puñal con la piedra de afilar y sostuvo el arma bajo las llamas del fuego.
Brillaba con una intensidad que parecía desafiar la oscuridad que los rodeaba; el filo estaba preparado para rebanar el corazón de un monstruo o cercenar el vínculo que une un cuerpo y un alma.
Le lanzó a su antiguo mentor una mirada fría y dura.
—Lo tiré al río —le dijo mientras enfundaba el puñal afilado.
Esperó oír una réplica ingeniosa de Hawthorne, pero el guerrero se limitó a apartar la vista y a observar las llamas del fuego.
Pese a que Thea esperaba saborear la victoria, en la lengua no paladeó más que amargura.
Inquieta de pronto, se levantó, cogió el arco y el carcaj de Cal y se dirigió hacia la oscuridad de la noche.
Por suerte, sus amigos no intentaron detenerla.
Hacía mucho que habían aprendido a darle espacio cuando lo necesitaba.
Thea se colocó en el hombro el carcaj de flechas y sujetó el arco con la mano enguantada.
No necesitaban cazar, ya que llevaban las alforjas abarrotadas de raciones de comida proporcionadas por los agradecidos aldeanos.
Sin embargo, era incapaz de pensar con claridad.
Necesitaba moverse, necesitaba alejarse de la calma falaz del fuego y de los ojos plateados que la observaban fijamente.
Sin su magia, todo se le antojaba acumulado en su interior, sin ninguna válvula de escape.
Ansiaba conjurar los relámpagos que llegó a dominar tiempo atrás, invocar las nubes y los truenos que apaciguaban su corazón como el bálsamo de un curandero.
No obstante, ese poder ya no le dirigía la palabra.
«Yo soy la tormenta...».
Thea resopló. No era ninguna tormenta. Ya ni siquiera sabía qué era.
La luz de la luna penetró el dosel esquelético del bosque.
Thea escudriñó la nieve en busca de huellas y se alegró de tener una distracción al descubrir el rastro de un ciervo.
La nieve había empezado a caer cuando se marcharon del pueblo de pescadores, así que las huellas no podían ser demasiado antiguas.
Deleitándose con el beso de los copos helados sobre el rostro, siguió el rastro hasta el riachuelo.
Las huellas continuaban al otro lado, por lo que Thea saltó sin problemas el estrecho arroyo y las siguió.
Su aliento se transformó en vaho al cruzar los matojos estériles yendo tras el rastro de la nieve. Con cada paso que daba, la tensión de sus hombros se relajaba y el aire invernal le golpeaba los pulmones ardientes hasta aplacar el fuego que la abrasaba por dentro.
Con un grito ahogado, se detuvo en seco.