Capítulo 7
THEA
Había pasado un año. Un año desde que había visto ese cuerpo glorioso, esculpido por las mismísimas furias. Era tan perfecto y poderoso como siempre: piel dorada, hombros anchos, torso cubierto de músculos duros y una marca en forma de V que señalaba directamente hacia su...
Thea tragó saliva cuando la impresionante forma de Hawthorne desapareció bajo el agua humeante y él ladeó la cabeza para apoyarla en el borde de la bañera, con los ojos cerrados.
Sin querer, Thea recorrió con la vista la tinta oscura que decoraba la piel del guerrero y reparó en unas cuantas cicatrices nuevas que interrumpían el patrón, una imagen que le provocó un dolor involuntario en el pecho.
Se acordaba de haber recorrido el tatuaje con los dedos, con la lengua, y el destello de un recuerdo le provocó una oleada de deseo que la inundó.
—Será un placer que te apuntes. —Hawthorne ni siquiera se dignó a abrir los ojos—. Si no te basta con mirar, quiero decir.
Ese comentario la sacó de su trance.
—Antes me arrancaría los ojos.
—Esa no es la reacción que recuerdo.
—Ya es suficiente —le espetó Thea con el rostro ardiente.
—Como te he comentado otras veces, nunca es suficiente, princesa. Y lo sabes mejor que nadie.
Thea flexionó los dedos de los pies dentro de las botas, pero habló con una voz plana que no denotaba el deseo que le recorría el traicionero cuerpo.
—Creía que querías explicarte. Y que se te escuchase justamente, o eso has comentado.
—No me ha parecido que estuvieras de humor para hablar... ¿Quizá para hacer otra cosa que rebaje la tensión?
—Ya sé lo que pretendes —le soltó con frialdad antes de apretar los dientes—. No funcionará.
—¿El qué?
—Quieres que pierda el control.
—Es una manera de describirlo. —Una sonrisa tiró de las comisuras de su boca.
—De mi magia, malnacido. ¿Quieres hablarles a tus señores de mis poderes? Ese barco zarpó. No tengo nada para ti.
—La magia no se esfuma así como así.
—¡Qué sabrás tú!
—Más que tú, aprendiz.
El muy arrogante seguía sin abrir los ojos. Ni siquiera se había movido, sumergido en el agua caliente y jabonosa, mientras ella vestía ropas sucias y húmedas.
«Mente fuerte, cuerpo fuerte, corazón fuerte». Intentó serenarse con la meditación, pero fracasó.
—A la mierda con todo esto —le soltó al ponerse en pie—. Como te muevas, te mato.
Al oírla, Hawthorne abrió un ojo y se la quedó mirando.
—Los dos sabemos que, si me quisieras ver muerto, Althea Zoltaire, esa flecha me habría dado en el corazón, no en el hombro.
Thea reprimió un grito ahogado y dirigió la vista hacia la rosada línea arrugada que lucía él encima del pectoral.
«No pronuncies mi nombre. No vuelvas a pronunciar mi nombre jamás». Esas fueron las últimas palabras que le había dirigido en el bosque segundos antes de disparar la flecha.
—La próxima vez, no fallaré.
—No fallaste, Thea. Me diste justo donde querías.
Thea no pudo soportarlo más. La rabia le retumbaba en los oídos y, con un grito de furia, abrió la puerta y dejó al traidor en la bañera cerrando de un portazo.
Estaba tan encolerizada que estuvo a punto de estamparse contra Kipp, que tenía el cabello mojado.
—Veo que va bien, ¿eh? —le preguntó con una mueca.
—No me busques las cosquillas, Kristopher —le espetó—. Dime que hay más agua caliente.
Su amigo tuvo el buen tino de apartarse de ella con un ademán.
—En la planta de abajo, la segunda puerta de la izquierda.
—¿Vigilarás al traidor?
—Es que no es mi tipo.
—Kipp.
Su compañero alzó las manos a modo de rendición.
—Vigilaré la puerta, pero los dos sabemos que no servirá de nada. Si quiere salir de la habitación, no tengo ninguna oportunidad con ese mastodonte.
—Por si os lo estabais preguntando —exclamó Hawthorne desde el otro lado de la puerta—, las paredes son muy finas. Pero no temáis, no pienso irme a ninguna parte hasta que haya dicho lo que he venido a decir.
—Ah, eso me deja muchísimo más tranquila —masculló Thea.
Kipp tan solo se encogió de hombros, como si la palabra de un famoso traidor le pareciera suficiente.
—Por el amor de las furias. —Thea suspiró y fue a bañarse.
Aunque había ordenado ella que montaran de nuevo sobre los caballos en aquel frío helador, Thea lamentó la pérdida de la bañera gigantesca en la que se había sumergido y de la cama de plumas perfectamente adecuada de la posada en la que no había llegado a tumbarse.
—No vamos a ir por el camino principal —anunció con los dientes apretados para impedir que le castañetearan.
—El camino principal nos llevará antes hasta Vios —replicó Hawthorne desde lo alto de su semental—. ¿O deseas pasar más tiempo conmigo, princesa?
—Un exespadachín llamará la atención en el camino principal. Y eso no hará sino retrasarnos más por un terreno irregular...
—¿No podríamos haberlo debatido frente al fuego —se quejó Kipp mientras se calaba la capucha sobre la cabeza— en lugar de en medio de una maldita tormenta de rayos y de nieve?
—Esto no es una tormenta de rayos y de nieve. Tú mismo lo has dicho: hace siglos que no se da ese fenómeno. Y no estamos debatiendo nada. Iremos por el bosque —afirmó Thea conduciendo a su caballo hacia los árboles congelados.
Vio de reojo que Hawthorne se encogía de hombros, como si supiera desde el principio que esa era la decisión que ella tomaría.
¿Acaso solo había sugerido el camino para que ella insistiera en tomar una ruta alternativa?
¿Estaba tomándole el pelo? Su cuerpo se puso tenso al imaginárselo humillándola de nuevo. Se negaba a permitir que ocurriese.
—Moveos —ordenó mientras apretaba los lomos de su yegua con los muslos, desesperada por poner distancia entre el espadachín caído y ella. La imagen de Hawthorne bañándose seguía grabada a fuego en su mente.
Los días se iban acortando, reducidos a unas efímeras horas de luz asediadas por la oscuridad.
Hacía rato que había anochecido, y Cal y Kipp portaban antorchas para iluminar los árboles estériles y la nieve que caía con fuerza a su alrededor.
Tras echar un vistazo a la brújula, Thea guio a la pequeña comitiva desde la ruta comercial principal de Aveum hasta los bosques helados para tomar el sendero menos transitado.
Se encaminaban hacia Vios, la capital donde pronto se reunirían los gobernantes de los mediorreinos para presenciar el eclipse y también para decidir el destino de Wilder Hawthorne.
Por suerte, el bosque ofrecía protección contra los vientos aullantes que azotaban el camino principal, pero también había un silencio espeluznante, roto tan solo por el tintineo de las cadenas de Hawthorne con cada paso que daba su caballo.
Thea se dijo que debía dar gracias por oírlo, pues le servía de recordatorio de que Hawthorne era el traidor, no Wilder, su antiguo mentor y amante, el hombre cuyas manos la habían ayudado a manejar las armas y la habían enseñado y en cuyos brazos había dormido sin miedo a sufrir pesadillas.
Expulsó esos pensamientos de su cabeza y se concentró en los carámbanos que resplandecían bajo la luz de las antorchas.
No tardarían en llegar a Vios. Allí podría llevar a su prisionero ante los gobernantes y exigir la recompensa —las armas de él y su propia dignidad—, así como dejarlo en manos del destino que lo aguardaba.
Un movimiento a su izquierda le llamó la atención y apretó los dientes cuando el espadachín caído en cuestión situó su caballo junto a su yegua. Bajo la luz titilante, las sombras le enmascaraban el rostro. «Qué apropiado», pensó Thea al intentar adelantarse.
Cada vez que espoleaba a su animal, él atravesaba los árboles nudosos y la encontraba nuevamente.
En su cuarto intento, Hawthorne se inclinó hacia delante.
—Has prometido que se me escucharía justamente —dijo casi gruñendo.
A Thea le dolía la mandíbula por haberla apretado con tanta fuerza.
—Pues habla —le soltó.
—No será justamente si el juez se niega a escuchar con atención.
Thea lo miró a los ojos. El guerrero mostraba una expresión dura.
—¿Qué podrías decirme tú, un traidor, para convencerme después de todo lo que has hecho? —A pesar del frío, le ardían las mejillas. Sabía que Cal y Kipp lo oirían todo y sabía exactamente cómo se había comportado ella en los meses posteriores a la batalla de Notos y la partida de Hawthorne.
La mirada del espadachín caído siguió la suya y un relámpago de comprensión le cruzó el rostro antes de recuperar la máscara de indiferencia habitual.
—Me vas a escuchar, aprendiz, de una manera o de otra.
Thea se aferró a las riendas, con todo el cuerpo rígido por la rabia.
—Dime, Hawthorne, ¿siempre has sido un traidor? ¿Ya desde el principio? ¿O hubo algo que te persuadió por el camino?
—No sabes nada de eso, princesa. —Hawthorne entrecerró los ojos—. Nada. —Su voz, que tiempo atrás había sonado melódica y amable, resonaba con un timbre tormentoso que retumbaba en el aire. Todas sus palabras rezumaban un venenoso desdén.
—Y, aun así, no lo niegas —lo retó Thea.
—No voy a negar lo que viste en Notos con las criaturas sombrías. Pero no fue lo que parecía —le aseguró—. Deja que te lo explique, por favor.
Thea detestaba sentir curiosidad y querer conocer la razón que justificaba la locura de él.
Verlo liberar a los semiespectros en Notos había sido como recibir una puñalada en el estómago.
El tiempo se ralentizó cuando lo que había entre ambos se desintegró.
No eran más que mentiras. Sin embargo, desde entonces, en sus momentos de mayor debilidad, una parte minúscula de ella había querido que todo cobrase sentido, que hubiera una explicación lógica.
Se había pasado el último año analizando una y otra vez esos últimos minutos para intentar descubrir qué había pasado por alto e intentar comprender por qué todo había terminado de esa forma.
—Pues cuéntamelo —dijo procurando hablar con voz firme.
—Las criaturas a las que salvé... no formaban parte de las fuerzas enemigas —le anunció Hawthorne con alivio en los ojos—. No están de parte de los segadores ni de ninguno de los demás monstruos que asolan los mediorreinos.