Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Wilder la observó fijamente. Thea lo había mirado como si no lo reconociera, pero de pronto a él le ocurría lo mismo... ¿Quién era esa mujer tan cruel? ¿Dónde estaba Thea?

Al lado de Wilder, Cal, incómodo, se removió en el asiento y dirigió la vista hacia Kipp.

Mientras jugueteaba con la cadena que enlazaba sus grilletes, Wilder examinó a la mujer que estaba ante él.

—Si esas son tus intenciones, sin duda entenderás por qué voy a tener que negarme.

—No estás en posición de negarte a nada —le aseguró ella—. Te drogaré y te ataré a un condenado caballo si es preciso.

Una bandeja de jarras espumosas se deslizó sobre la mesa.

—¿Quién se va a encargar de subir su cuerpo colosal a su silla de montar? —terció Kipp, que ya había apurado media pinta de cerveza.

Para sorpresa de Wilder, Thea alargó un brazo para coger una jarra.

—Su caballo debe de estar cerca de aquí. Solo tiene que silbar para llamarlo, ¿recordáis?

—Es verdad. —Kipp asintió—. Las ventajas de ser un espadachín.

—No es ningún espadachín —aseveró Thea con frialdad.

—Ya me has entendido —repuso Kipp.

Cal se aclaró la garganta.

—De acuerdo, así que lo drogamos y lo llevamos hasta Vios. Está decidido, pues.

Wilder escuchó la conversación que mantenían los tres guerreros mientras escudriñaba a Thea en busca de muestras de incertidumbre o de vacilación.

No encontró ninguna. ¿Había sido tan arrogante como para pensar que el simple hecho de verlo haría que se viniera abajo y que, en su presencia y al mirarlo a los ojos, la magia de ella atravesaría los muros como la ola de una marea?

Había sido muy estúpido. Había intentado recuperar la magia, recuperar a Thea, antes de reunirse con Adrienne y los demás.

Apoyó las manos encadenadas sobre la mesa.

—Tengo una contrapropuesta —anunció mirándola a ella, solamente a Thea—. Iré con vosotros de buena gana si consigues que se me escuche justamente.

—Que las furias se apiaden de nosotros —masculló Cal antes de apurar la jarra y coger otra.

—Que te juzguen no depende de mí. —Thea resopló—. Eso se lo dejo a los gobernantes. Ellos decidirán tu destino.

Wilder se tragó el nudo que se le había formado en la garganta.

—No me refiero a mis delitos contra los mediorreinos.

—Entonces, ¿a qué te refieres? —Un músculo tembló en la mandíbula de Thea.

—A todo lo otro.

Thea apretó la jarra con las dos manos, con los nudillos cada vez más blancos.

Kipp, sin embargo, brindó con ella.

—A mí me parece un pacto justo.

—No hacemos pactos con traidores. —Thea lo apartó de ella.

—Claro que no —continuó Kipp—. Pero es que a mí no me apetece arrastrarlo desde aquí hasta Vios. Venga, Thea. Escúchalo o no lo escuches, pero échale un vistazo, por el amor de las furias. Debe de pesar una barbaridad. —Miró a Cal en busca de apoyo.

Su amigo observó a Wilder y sopesó las opciones del grupo.

—Que se quite la armadura. Si intenta huir, si intenta algo, le clavaré una flecha llameante en el corazón.

—Me parece justo —convino Wilder tendiéndole una de las manos esposadas.

Kipp se puso en pie.

—Ahora que estamos todos de acuerdo, he pedido que nos preparen un baño...

Thea levantó las manos, frustrada.

—Kipp, he dicho una pinta y ya, joder...

—Y yo no he dicho, si lo recuerdas bien, nada parecido.

—Kipp la miró sin pestañear—. Hace semanas que no nos damos un baño en condiciones.

No pienso dar ni un paso más por el camino sin bañarme, sin comer un plato caliente y sin echar una cabezada.

Si no te gusta, oh, alteza real, drógame junto a tu amigo cascarrabias y llévame también a rastras hasta Vios.

Thea se quedó boquiabierta, y a Wilder le costó mostrarse impertérrito cuando Kipp cogió todas las jarras que le cabían entre los brazos y se encaminó hacia las escaleras.

—¡Tres horas, Kristopher! —le gritó Thea—. Te doy tres horas, ni un minuto más.

Kipp hizo un gesto ofensivo por encima del hombro sin mirar atrás.

Cal se disculpó y pareció aliviarse al alejarse de los dos.

—Nos vemos dentro de tres horas, Thea. Me aseguraré de que Kipp esté listo.

—Gracias —masculló ella contemplando la jarra.

—Pero una cosa... —Su amigo dudó y se quedó callado durante tanto rato que Thea levantó la vista con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? —le preguntó.

—No hagas ninguna estupidez —se apresuró a contestar antes de correr hacia las escaleras.

—¿Qué le preocupa exactamente que puedas hacer? —Wilder miró a Thea con gesto interrogativo.

—Rebanarte el pescuezo mientras duermes.

Wilder se echó a reír sin querer.

—No creo que se refiriera a eso.

—Levanta. —Thea se había puesto en pie.

—¿Me vas a dar un baño con esponja, princesa?

Thea lo cogió y lo empujó hacia las escaleras.

—Que te den, Hawthorne.

Esa respuesta le hizo esbozar una breve sonrisa.

Una trabajadora de la posada que estaba en la primera planta les señaló otro tramo de escaleras.

—Esa es la habitación que los dos os han dejado. Se encuentra en el desván.

—Qué sinvergüenzas —musitó Thea negando con la cabeza.

Wilder tomó nota mentalmente para darles las gracias más tarde. Debía hablar con Thea a solas. Debía conseguir que lo viese como a una persona que no había traicionado al reino, que no la había traicionado a ella.

La habitación del desván era diminuta. Wilder no podía ni erguirse cuan alto era. Pero contaba con una bañera de madera, llena hasta los topes con agua humeante, y él estuvo a punto de suspirar al verla, aliviado. También había una sola silla en el rincón, con toallas limpias.

—Las damas primero —comentó Wilder señalando hacia la bañera.

—Debes de estar de broma.

—No sería la primera vez que compartimos baño... —se atrevió a responder, con la esperanza de que su osadía golpeara el nervio de la rabia que lograría que el poder de ella cobrase vida.

Sin embargo, Thea se limitó a apartar las toallas de la silla y a sentarse, con los tobillos cruzados y las espadas de él desenvainadas en el regazo.

—Pues venga, por mí no te cortes.

—¿Te vas a quedar ahí sentada y me observarás mientras me baño? —La miró con la nariz arrugada.

El rostro de Thea no mostraba ninguna emoción, pero él vio cómo se le aceleraba el pulso en el cuello al hablar.

—No me fío de ti. Si te quieres bañar, báñate. Pero no pienso irme a ningún lado. Haz un movimiento en falso y te atravesaré el corazón con tu propia espada.

—¿Me los vas a quitar, pues? —le preguntó agitando los grilletes.

—No.

—¿Cómo se supone que voy a...? —Señaló a la armadura que le cubría el pecho.

Thea recorrió la punta de la espada de acero naarviano de él con los dedos y empezó a ruborizarse al mirarlo con los ojos entornados.

El tiempo se prolongó entre ambos hasta que al fin ella se levantó y le pasó la espada por el cuello.

—No muevas ni un solo músculo.

Wilder pensó que a Thea no le haría gracia que le recordase que había algunas reacciones físicas que escapaban a su control.

Se quedó inmóvil como una piedra mientras ella se disponía a desabrocharle la armadura del pecho.

Estaba tan cerca de él que Wilder notó la caricia de su aliento sobre la piel y tuvo una erección.

Thea desató la primera correa, luego la segunda y se negó a mirarlo a los ojos. Qué hermosa era, más incluso al irradiar tanta rabia. Con los labios apretados, le quitó las placas protectoras del torso y le rozó con los dedos la piel desnuda de la clavícula.

Wilder la oyó respirar hondo justo cuando sintió el fuego que le provocaban sus caricias, que lo volvió casi salvaje por el deseo que sentía. Un año sin ella había sido toda una vida.

Sin embargo, Thea lucía una máscara de fría indiferencia en el rostro. Dejó caer las placas al suelo antes de quitarle los guanteletes, que estaban hechos trizas.

—Ya está —masculló.

Wilder observó su camisa y sus pantalones.

—¿No quieres ayudarme a quitarme el resto de la ropa, princesa? Antes te gustaba hacerlo.

—Sácate las castañas del fuego tú solo. —Lo fulminó con una mirada afilada como un cuchillo.

Wilder se encogió de hombros y examinó su ropa raída.

—Muy bien. —A continuación, se arrancó la camisa del pecho desgarrando la tela deshilachada por completo, acompañado por el tintineo de los grilletes.

No miró a Thea mientras se desabrochaba los pantalones, pero notó la mirada de ella como un hierro al rojo vivo sobre la piel desnuda y oyó cómo se le entrecortaba la respiración al bajarse él la prenda por los muslos.

Cuando se quitó los pantalones y se quedó desnudo —a excepción de las cadenas—, se giró hacia ella para que pudiera admirar todos y cada uno de los centímetros de su cuerpo.

Thea separó los labios, con las mejillas sonrojadas, y él juraría que vio cómo se le tensaba todo el cuerpo al cerrar las piernas con fuerza.

—No tengo nada que ocultarte, princesa —le dijo antes de meterse en la bañera y hundirse bajo el agua caliente.