Capítulo 6
WILDER
Wilder estaba concentrado en los labios de ella, preguntándose si estaba a punto de besarlo, cuando de repente oyó el chasquido de las esposas.
El ruido lo devolvió a la realidad, una realidad en la que Thea no era suya y él tan solo era suyo como enemigo.
Sobresaltado, Wilder observó los grilletes de hierro que le rodeaban las muñecas, que se le antojaron extraños y antinaturales.
Todavía aturdido, puso a prueba la cadena que le ataba las manos y descubrió que no cedía a la fuerza que le habían proporcionado las furias.
Era capaz de romper esposas de hierro normales, pero esas...
Estuvo a punto de echarse a reír. Cómo no, Thea le había pedido a Wren que crease una especie de sustancia que reprimiera los poderes para conseguir atraparlo.
Quizá era incluso la misma que había anulado la magia de Thea durante tantos años.
«Qué lista». Se preguntó si para quitarse los grilletes tan solo debía localizar la llave o si habría una alquimia mucho más compleja en juego.
De las hermanas Zoltaire se podía esperar cualquier cosa.
Wilder no pudo evitar echar un vistazo al bello rostro de Thea.
Se embebió de sus facciones como si fuera un hombre sediento y desesperado.
Lo que no había previsto era cuánto le dolería observarla y que ella lo mirase a él.
Lo contemplaba como si no lo conociese, como si luciera el rostro de otra persona, alguien a quien ya no reconocía.
Esos ojos, que tiempo atrás lo habían mirado con amor y admiración, eran fríos y duros.
Wilder sabía que él tenía la culpa del cambio de actitud, pero eso no hizo que le resultase menos doloroso.
En el año que había transcurrido desde que se separaran, había intentado convencerse de que Thea lo entendería y llegaría a saber que las partes más importantes siempre habían sido ciertas.
Pero se había mentido a sí mismo.
—Ha pasado mucho tiempo, aprendiz —le dijo al fin. Consiguió que no le fallara la voz.
Thea entornó los ojos y aferró con fuerza la cadena que enlazaba los grilletes como si así fuera a impedir que él empezara a correr, o a luchar, si lo decidía.
—No soy tu aprendiz —replicó sin mostrar ningún tipo de emoción—. No soy tu nada.
Wilder respiró hondo. Había anhelado oír la voz de ella durante mucho tiempo, pero esas palabras... Se las había dicho para hacerle daño. ¿Dónde estaba la guerrera portadora de tormentas con la que había luchado codo con codo, la mujer a la que había estrechado entre los brazos?
La rabia de Thea era palpable, descarnada e indómita, más incluso de lo que había presenciado Wilder jamás. Y, sin embargo, no percibió ni un amago de magia en ella. Eso fue lo que más le preocupó. En ese caso, la situación se volvía mucho más precaria.
Estúpidamente, no había decidido qué papel desempeñaría él ni qué máscara se pondría cuando la viese de nuevo.
Sin embargo, la forma en la que Thea agarraba los grilletes rompió algo en su interior y se dejó llevar por la curiosidad.
Necesitaba ponerla a prueba, presionarla, comprobar qué seguía cociéndose bajo la superficie.
Sacudió los hierros y enarcó una ceja.
—Si lo que querías era atarme, princesa... —repuso en voz baja y sensual—, solo tenías que pedírmelo.
La furia fulguró en los ojos de ella, pero se echó atrás como si la hubiese quemado.
—No asumas que sabes lo que quiero, traidor.
La cólera estaba ahí, pero no había ni rastro de sus poderes de tormenta, ningún indicio de un relámpago que la llamase para danzar con ella. «¿Dónde estás, princesa?».
Wilder pasó la vista de las cadenas a Thea, que tenía el pelo cobrizo salpicado de copos de nieve.
—¿Y cómo pretendes llevarme de regreso a Thezmarr? Puede que tenga las manos atadas, pero ni siquiera la Sombra de la Muerte puede obligarme a caminar... No podrías dominarme ni con la ayuda de tus amigos.
En un movimiento de lo más veloz, Thea le plantó algo afilado en el cuello. No era la punta del puñal que esperaba él, sino algo mucho más fino.
Wilder retrocedió.
Thea le había colocado una aguja sobre la piel. Un ligero aroma a belladona naarviana le hizo cosquillas en las fosas nasales.
—Como te muevas, te dejo inconsciente —le siseó.
—¿Vas a drogarme?
—Haré lo que sea necesario. De hecho, preferiría que perdieras el sentido para que cerraras esa gran bocaza.
—Y yo que pensaba que mi boca te gustaba bastante.
Wilder la oyó coger una bocanada de aire y notó cómo la punta de la aguja le perforaba las primeras capas de la piel.
—¿Te apetece morir? Pues sigue hablando —le advirtió.
Cerca de ellos, Kipp carraspeó.
—De verdad que yo que tú no... —intervino mirando a Wilder con recelo.
Thea le apartó la punta envenenada del cuello apenas unos milímetros mientras sus amigos se atrevían a acercarse. Sus dos compañeros se estremecían con una mueca al ver al maestro y a su aprendiz.
—Conque vamos a llevarlo de vuelta a Thezmarr, ¿no? —preguntó Cal, a quien le castañeteaban los dientes.
—Por encima de mi cadáver —contestó Thea—. Lo llevaremos a Vios. Todos los gobernantes estarán allí para ver el eclipse. Allí podrá enfrentarse a la justicia, ante todo el pueblo de los mediorreinos.
—Pero siempre hemos dicho que...
Kipp le hizo señas a Cal para que guardara silencio.
—¿Qué os parece si seguimos con la discusión en la comodidad de la taberna local? Se me ha prometido una pinta al anochecer y estoy decidido a conseguir la recompensa.
La adrenalina había empezado a diluirse y el viento gélido de Aveum les clavaba las garras a todos. Wilder no apartó la vista de Thea, igual que ella tampoco dejó de observarlo, sin separarle del todo la aguja del cuello y sin soltar la cadena de los grilletes.
—Quitadle las armas —ordenó a sus amigos.
—Eh... —comenzó a decir Cal.
—Hacedlo.
Wilder dejó que una sonrisa le curvara las comisuras de los labios.
Mientras seguía contemplando a su aprendiz, Cal agarró sus armas con torpeza.
Cuando sintió la ausencia del cinturón, de las fundas y de las espadas, y echando de menos su peso al instante, Wilder miró a Thea con una ceja arqueada en un gesto desafiante.
Ella lo fulminó con la mirada antes de dirigirse a sus amigos:
—Alejémonos del maldito frío de una vez.
Wilder consiguió ocultar la sorpresa que lo embargaba.
Habría jurado que Thea seguiría cabalgando hasta Vios, pues quería que él afrontara su sentencia cuanto antes.
No obstante, a juzgar por el aspecto embarrado del trío, hacía semanas que no se detenían.
Thea había sido implacable persiguiéndolo, si bien lo inteligente era obviamente calentarse y secarse antes de proseguir la marcha...
—Muévete —le espetó Thea mientras le ponía su puñal, el puñal de Malik, en la espalda. A su hermano seguro que le habría resultado divertido. Pero ella no había terminado. También le arrebató las espadas de Wilder a Cal—. Ahora son mías —le informó, con las palabras teñidas de amenaza.
«Tanta rabia y ninguna magia que encienda el fuego», pensó él al tiempo que le permitía que lo guiase hacia las afueras del pueblo.
Un año antes, había sabido que era capaz de desarmarla en un visto y no visto, pero ya no estaba tan convencido.
Aun sin su magia, Thea se había vuelto más fuerte de lo que él habría podido imaginar.
Incluso sin los dones proporcionados por las furias durante el Gran Rito, era una futura espadachina de los pies a la cabeza.
Thea había podido con todo lo que él le había enviado y había salido victoriosa aprendiendo de todos los errores y forjándose hasta ser más hábil y mejor que nunca.
Pero, a pesar de lo mucho que había mejorado, algo en su interior se había roto.
Y por eso Wilder le dejó que lo llevase hasta la taberna local con el puñal de su hermano en la espalda y sus propias armas en poder de la guerrera.
Debía averiguar más acerca de la desaparición de su magia.
Debía saber si Thea todavía iba a desempeñar un papel en la inminente guerra.
Y quizá, solo quizá, conseguiría que lo escuchase.
Después de la violencia que se había desatado en la ribera del lago, la posada del pueblo pescador estaba casi vacía, y Wilder supuso que muchos de los lugareños habían huido de allí.
Los pocos que permanecían en el local lo observaron a él y a los tres guerreros que lo seguían y repararon, muy preocupados, en los gruesos hierros que le rodeaban las muñecas y en el acero que se le clavaba en la espalda.
Wilder no podía culparlos por estar desconcertados.
Aunque lo conocieran como el espadachín de Thezmarr caído, no había actuado como tal al acabar con los hombres malditos de la ribera ni al lanzar su ataque en el lago congelado para asesinar a la madre maldita de los habitantes del arrecife.
Todavía le ardían los pulmones por el esfuerzo.
Cuando Thea los condujo a todos hacia un reservado en el rincón del fondo, los demás clientes apartaron los ojos.
Sin duda, habían visto suficiente derramamiento de sangre y muerte por un día.
Y, tras evaluar la situación por la mirada penetrante de Thea, supieron que más les valía dejar tranquilos a los thezmarrenses.
Kipp se detuvo delante de la mesa y, de repente, juntó las manos.
—Bebidas —anunció—. Necesitaremos bebidas. Muchas bebidas.
—No hemos venido aquí a emborracharnos —masculló Thea.
—Habla por ti, alteza. —Kipp ya se dirigía hacia la barra y le hizo señas al tabernero.
Wilder miró a Thea a los ojos desde la otra punta de la mesa.
—Ahora que me has atrapado, aprendiz, ¿qué pretendes hacer conmigo exactamente?
—Pensaba que te lo había dejado claro antes —repuso ella con un tono tan frío como el hielo del lago—. Te llevaremos a Vios para que te juzguen. Después de eso, que los gobernantes hagan contigo lo que les plazca.