Capítulo 5 #2
—¿Qué te parece si nos encargamos de los monstruos terroríficos uno a uno? —terció Cal. Con los ojos como platos, observó que los tentáculos gigantescos volvían a azotar la ribera del lago hasta derribar la pira de cuerpos llameantes.
Thea se lanzó al ataque.
Los habitantes del arrecife tenían aproximadamente el tamaño de un caballo.
Después de haberse enfrentado a segadores rheguld y a espectros sombríos, Thea admitió que había lidiado con criaturas peores.
Al empezar a luchar contra los monstruos acuáticos, sin embargo, cayó en la cuenta de que los ocho brazos que tenían suponían un problema.
Cercenó uno y otro ya se alargaba hacia ella, amenazando con cogerle las piernas y derribarla o hacer algo peor, como rodearle la cintura y levantarla por los aires.
Esas criaturas marítimas no debían de estar en la orilla de un lago congelado. Alguien las había enviado hasta allí, maldecidas con la oscuridad igual que los aulladores, y habían aparecido en un lugar que jamás debieron visitar. No había ninguna otra posible explicación.
Thea siguió asestando estocadas e ignorando la extenuación que se adhería a sus huesos.
Un tentáculo poderoso la golpeó en el costado y la tiró por la nieve, arrebatándole todo el aire de los pulmones.
A cuatro patas, jadeó en busca de aire y, de pronto, otro tentáculo le pegó.
Un dolor agudo le atravesó la cabeza cuando se dio un golpe con algo duro que estaba debajo de la nieve.
Con la visión llena de puntos negros, se levantó tambaleando y estuvo a punto de desplomarse.
Debería haber hecho caso a sus amigos. No estaban en plenas facultades.
A Thea le ardió la piel bajo la camisola cuando otro tentáculo la rozó, pero se agachó tras la extremidad y a duras penas esquivó el ataque para poder arrimarse al cuerpo de la criatura.
Con un grito de repulsa, se abalanzó hacia lo que parecía la cabeza del monstruo y le hundió el puñal, justo entre los varios pares de ojos.
El monstruo hizo amago de abalanzarse para cogerla, pero, cuando Thea le arrancó el arma de la cabeza, la criatura cayó sobre la nieve, con los tentáculos agitándose.
Un aullido que helaba la sangre resonó por el lago y toda la superficie congelada se rompió. Más tentáculos emergieron a por ellos, provocando una ola de agua helada que cayó sobre la ribera a modo de lluvia.
Y la criatura que surgió...
A Thea se le quedó un grito atascado en la garganta.
Los habitantes del arrecife malditos se abalanzaron sobre ellos. Cal y Kipp seguían enfrentándose a uno de los jóvenes y Thea estaba cubierta de la sangre de otro.
El monstruo se acercó más, lo suficiente como para que Thea viese la textura de su piel y el veneno que rezumaban sus ventosas...
No estaba atacando. Estaba cayendo.
La criatura se desmoronó arrojando una lluvia de agua helada del lago y veneno. Thea se apartó del camino cuando el monstruo se desplomó; como si el tiempo se hubiera ralentizado, el ser se derrumbó hasta formar un gigantesco fardo en la nieve. De su cadáver manaban sombras y sangre negra.
El hielo crujió. Una silueta se posó con destreza sobre la orilla. Su cuerpo musculoso estaba empapado y aferraba con el puño una masa negra enorme y ensangrentada.
A Thea le fallaron las rodillas, pero se mantuvo erguida cuando el corazón de un habitante del arrecife maldito cayó a sus pies con un chapoteo.
Apartó la vista del órgano, que todavía latía, se fijó en los ojos plateados que se clavaron en los suyos y se quedó sin aliento.
Hacía un año que no lo veía.
Sin embargo, la mirada acerada de él seguía tan fiera como siempre. Más si cabe, pues echaba chispas al reparar en Thea.
Ella no se movió. Aún no. No sabía si podía fiarse de su vista.
El hombre que se cernía sobre ella parecía más salvaje que nunca, con una nueva fractura en la nariz, la barba más larga y la armadura hecha trizas.
Tenía hielo en las pestañas y en el pelo oscuro.
Un escalofrío le recorrió la espalda al sostenerle la mirada, y sus nudillos palidecieron al apretar la empuñadura de su espada.
Incluso en el viento gélido, el olor a palisandro y a cuero la envolvió.
A su alrededor, todo lo demás se esfumó.
Allí solo estaban ellos, y a Thea le dio la sensación de que estaba en el borde del precipicio de... de algo que no sabía precisar.
El espadachín dio un paso hacia ella, y luego otro, para reducir la distancia que los separaba.
Los recuerdos protagonizados por él la golpearon sin previo aviso. Fue un embate tan visceral que notaba hasta el sabor de sus labios y las embestidas con las que la llenó. El deseo que la atravesó fue intenso e incómodo. Debía luchar consigo misma.
Wilder Hawthorne alargó un brazo hacia el solitario mechón de pelo que se había escapado de la trenza de ella y se lo pasó detrás de la oreja.
—Thea... —murmuró con voz quebrada y ronca.
El aire que tenía Thea atrapado en los pulmones se liberó, y dio un paso adelante para eliminar el poco espacio que la distanciaba de él. Levantó la vista y observó esos ojos plateados que había llegado a conocer tan bien, con el corazón desbocado.
—Debemos hablar —añadió él entre susurros—. Te lo puedo explicar todo.
Thea no pudo evitarlo. Se inclinó hacia delante, con el cuerpo en llamas a pesar del frío.
—Habrá tiempo de sobra para hablar —replicó, con la ropa cada vez más húmeda por la presión de la armadura mojada de él.
—Por todos los dioses, cuánto te he echado de menos. —Un ligero estremecimiento le recorrió la fuerte mandíbula.
—¿Ah, sí? —susurró ella ante sus labios.
—Todos los días... —Apoyó la frente en la de Thea, con el pecho subiendo y bajando al inhalar su aroma—. Todos y cada uno de ellos.
Thea se quedó unos instantes así, sosteniéndole la mirada.
—Pues puede que te arrepientas —le soltó antes de rodearle las muñecas con los grilletes.