Capítulo 5
THEA
Thea bajó por la pendiente que llegaba hasta la ribera, donde los aldeanos se reunían en pequeños grupos ante la helada orilla, temblorosos y estupefactos. De la pira se elevaban columnas de humo que se perdían en el cielo invernal de media tarde. El color negro manchaba la nieve.
—¿Qué ha pasado? —exclamó al arrear a su caballo y saltar de la silla de montar, con las manos ya sobre las empuñaduras de sus armas.
Oyó cómo Cal y Kipp la alcanzaban. La nieve crujió bajo las botas de sus compañeros cuando estos también desmontaron y recorrieron la zona con la vista.
—¿Qué ha ocurrido? —insistió Thea al llegar junto a un grupo de gente mayor que la miró a los ojos.
Una mujer de pelo plateado dio un paso adelante, con el arrugado rostro demudado por la pena y los recelos.
—Han venido los aulladores.
Thea dio media vuelta y peinó la ribera en busca de señales de más peligro.
—¿De dónde? ¿Cuántos eran?
—De todas partes —respondió la mujer—. Se han abierto unos agujeros de oscuridad como si fueran portales y los monstruos los han atravesado.
Thea frunció el ceño y colocó bien las manos sobre la espada y el puñal.
—¿Cómo...? ¿Dónde están ahora?
La mujer levantó un dedo y señaló hacia la pira llameante.
—Están muertos —contestó antes de dirigir el dedo hacia la orilla del lago, donde unas manchas negruzcas se mezclaban con tonos rojizos—. O han regresado a la oscuridad a la fuerza.
Thea desvió la mirada hacia Cal y Kipp, que estaban totalmente perplejos.
—¿Aquí hay guerreros o guardianes de Thezmarr apostados cerca? —se interesó Thea, incapaz de comprender cómo un grupo de pescadores se había defendido de aquel brutal ataque.
—No. —La mujer negó con la cabeza—. Ha surgido él del bosque.
—¿Quién?
—Un hombre. Hay quien dice que era espadachín.
A Thea le dio un vuelco el estómago y notó cómo sus amigos se ponían tensos a su lado.
—¿Qué espadachín?
—Ha matado a los hombres malditos y ha protegido nuestro pueblo... De no haber sido por él, todos habríamos muerto y habríamos tenido el mismo destino que esas criaturas.
Thea no sabía siquiera si estaba respirando. No sabía si podría moverse.
—¿Dónde está ahora?
—Se lo ha llevado... esa cosa. —La mujer volvió a señalar hacia el lago con un dedo tembloroso.
Thea se fijó en la sangre roja mezclada con la negra, un fuerte contraste con el blanco inmaculado de la nieve.
Una sensación de lo más tirante la desgarró por dentro, le oprimió las vías respiratorias y le nubló la mente.
Ni siquiera se dio cuenta de que se encaminaba hacia el lago hasta que se halló ante la orilla helada.
Se agachó sobre la nieve manchada de sangre y percibió en la lengua el sabor de las cenizas de la pira.
«Se lo ha llevado».
Thea dirigió la mirada hacia el extenso lago.
No había ni una sola grieta en la superficie, ningún indicio de fisura, tan solo el caos de la ribera.
Cogió un puñado de nieve y dejó que el frío le traspasara el guante mientras una sensación de incredulidad la envolvía como si de una niebla espesa se tratara.
No era cierto. No podía ser. Ella no se había pasado un año recorriendo los mediorreinos persiguiendo a Wilder Hawthorne para que de pronto un monstruo se lo llevara a las profundidades de un lago congelado.
La respiración entrecortada amenazaba con arrastrarla bajo el agua.
—Thea —la llamó Kipp, que se situó a su lado junto a Cal.
—No puede ser él. —Observó la nieve que se derretía entre sus dedos. Intuyó más que vio cómo Cal y Kipp intercambiaban una de sus miradas. A Thea se le nubló la vista y de pronto sus músculos perdieron toda la fuerza—. Debía atraparlo yo. Era mío...
Un grito atravesó el aire como si fuera una flecha.
Thea se puso en pie y se giró a tiempo para ver cómo un tentáculo de oscuridad emergía en la superficie del lago rompiendo el hielo hasta rodear a la aldeana que estaba más cerca.
Con un chillido y sin pensar en ningún momento en su propia seguridad, Thea se abalanzó hacia allí y blandió la espada al cruzar el hielo. Procuró mantenerse erguida, a pesar de que la superficie se volvía más resbaladiza bajo sus botas, y se dirigió hacia el monstruo y su víctima.
Una joven se retorcía con la boca abierta en un grito mudo mientras de las ventosas del monstruo goteaba un veneno negro que le devoraba la piel.
—¡Aguanta! —le gritó Thea. Ondeó la espada al llegar junto a la extremidad que sobresalía del hielo y rajó la carne gomosa provocando un ruido húmedo repugnante.
Ante el ataque, algo rugió bajo la superficie y el hielo crujió con más fuerza.
Entonces, Thea hundió más el arma hasta que brotó sangre de la herida de la criatura, pero el monstruo no se inmutó y siguió aferrando a la muchacha, que se agitaba en el aire, chillando en agonía con el veneno filtrándose en su cuerpo.
—¡Cuidado, Thea! —gritó Cal cuando algo atravesó el hielo debajo de ella y le sujetó el tobillo. Era una mano pálida, cubierta por la oscuridad, con una uña ennegrecida en la punta de cada dedo.
Thea soltó un grito de sorpresa y le hizo un corte en la muñeca, y la mano salió disparada deslizándose por la superficie congelada del lago, dejando tras de sí un rastro de sangre negra.
—¿Qué diablos...? —dijo jadeando al tiempo que regresaba junto al tentáculo supurante.
No había tiempo para pensar ni para sentir; tan solo para actuar.
Mientras corría, otra mano y luego otra más brotaron del hielo y provocaron una lluvia de fragmentos como esquirlas de cristal.
La criatura pretendía cogerle los pies y los tobillos y hacerla caer para arrastrarla bajo el agua.
Thea esquivó los intentos y se llevó la palma hacia el puñal de acero naarviano al ver un segundo tentáculo atravesar el hielo hacia las piernas que la pobre chica no dejaba de agitar, como si pretendiera partirla por la mitad.
Con todas sus fuerzas, Thea hundió firmemente el puñal en la base de la extremidad del monstruo antes de plantar los pies en el hielo lo mejor posible y blandir la espada por encima de la cabeza para rebanar la piel y los músculos. A su alrededor manaba sangre roja por todas partes.
Se oyó un chillido cuando la joven retenida por la criatura cayó sobre la ribera nevada del lago.
Los aldeanos corrieron para levantarla. Aturdida, Thea se la quedó observando durante unos segundos; la joven podía caminar y mover todo el cuerpo.
Estaba golpeada y magullada, sin duda, pero casi ilesa.
Justo cuando una ligera punzada de alivio floreció en el pecho de Thea, el hielo se hizo añicos junto a sus botas y otra mano de venas negras emergió de la superficie.
Con un movimiento de la espada, Thea le cercenó los dedos.
Le propinó una patada para hundirla bajo el hielo, cuando un grito en la orilla del lago atrajo su atención hacia sus amigos.
Respiró hondo, y el frío le golpeó los pulmones de nuevo.
En algún instante durante su enfrentamiento con la criatura de los tentáculos, varios hombres malditos habían atravesado el hielo y alcanzado la ribera. Allí, Cal y Kipp, junto con unos cuantos pescadores, les estaban haciendo frente.
Thea afianzó las manos sobre las empuñaduras de sus armas y se dirigió hacia la lucha, preparada para derramar sangre, hacer pedazos a los enemigos y echarlos a la pira. Había elegido la violencia por todo lo que había ganado y perdido, por todo lo que le había hecho daño, por...
Se volvió más liviana que el aire y más fluida que el agua.
Sintió cómo el mundo cambiaba a su alrededor y notó la caricia del acero antes de asestar un golpe; también vio la decisión que brillaba en los ojos de un hombre antes de atacar.
Ahí estaba la razón de su existencia: la canción del acero, el derramamiento de sangre, el último aliento de una criatura de la oscuridad antes de que ella le arrebatara la vida.
Con su propia sangre rugiéndole en los oídos, no notaba el azote del frío ni los golpes del enemigo. Tan solo oía la llamada a luchar y a seguir luchando. Atravesó a un aullador tras otro y, mostrando una sonrisa helada, se deleitó con cada caída.
Hasta que el hielo crujió.
Después de enterrar el puñal en las tripas de su oponente, Thea se giró hacia el lago, de donde habían emergido tres criaturas, con sombras brotando en forma de ondas de sus cuerpos resbaladizos parecidos a los de un calamar.
—¿Qué demonios es eso? —Thea ahogó un grito. Los monstruos eran asquerosos, con una cabeza bulbosa por encima de los brazos alargados y ojos pequeños y brillantes que parecían verlo todo al mismo tiempo.
—Son habitantes del arrecife jóvenes —consiguió responder Kipp mientras empujaba a un aullador para que Cal le hundiera la espada en el costado—.
Se parecen a los krakens de los libros. Por lo que veo, están malditos.
Pero no sé qué pintan aquí. Se supone que viven en el mar.
Cuidado con las ventosas; son venenosas —dijo jadeando al apoyar brevemente las manos en las rodillas sin apartar la vista en ningún momento de los monstruos que acababan de alcanzar la orilla nevada—.
Supongo que son hijos de la criatura grande que ha agarrado a la chica.
Como a modo de respuesta, dos nuevos tentáculos colosales rompieron el hielo en dirección a la orilla, donde apresaron a uno de los aldeanos más lentos y lo lanzaron por el aire sin miramientos.
El resto de la gente comenzó a gritar a pleno pulmón y una buena parte de los hombres que habían luchado junto al trío salió huyendo.
Thea ya estaba girando la espada mientras contemplaba a los monstruos más pequeños.
—¿Hay alguna manera concreta de matarlos?
—¿Mutilarlos, meterles un acero en el cerebro y prenderles fuego por si acaso? —Kipp parecía recuperar las fuerzas.
—Supongo que eso bastará —replicó Thea—. ¿Y con el grande qué hacemos?