Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

THEA

«Furiosa» no era un adjetivo lo bastante intenso como para describir la sensación que recorría a Thea al perseguir al traidor por el terreno helado.

Con cada paso que avanzaba su caballo, con cada nuevo azote de frío sobre los huesos, se encolerizaba más.

Su cólera no hizo más que incrementarse al seguir el rastro por el bosque junto a un río medio congelado y encontrarse ante la pared de un acantilado en la que se perdían las huellas.

Reprimió un grito de rabia.

No había manera de saber por dónde se había ido. El rastro terminaba a los pies de las rocas. Era como si se hubiera esfumado.

—¿Dónde diablos estamos? —preguntó mientras se giraba para mirar a Cal y a Kipp.

Cal puso una mueca al sacar el mapa de la alforja, con el que consultó las referencias que veía alrededor.

—Por el aspecto del entorno, seguimos estando en el bosque. —Señaló al pergamino—. Pero bastante más al norte que antes. Si tuviese que apostar por algo, diría que estamos en paralelo con el punto intermedio del lago. Vios se encuentra en el noroeste.

—No me lo puedo creer. —Thea se pellizcó el puente de la nariz—. Ayer nos acercamos tanto...

Kipp pidió silencio con un gesto. Sin apartar la vista de la base del acantilado, saltó del caballo y recorrió la roca con los dedos enguantados.

—El rastro termina de golpe —dijo, más para sí mismo que para Thea y Cal—. Es como... como si lo hubiera atravesado sin más. Es fascinante.

—Imposible, querrás decir —lo corrigió Cal desde la silla de montar, sin dejar de observar el mapa con el ceño fruncido.

—Está colaborando con fuerzas oscuras —les recordó Thea, con la furia crepitándole en las venas—. En Notos, yo misma lo vi desvanecerse entre las sombras. Nada es imposible.

No pasó por alto la mirada que le lanzó Kipp a Cal, como tampoco que sus amigos estaban conversando sin pronunciar palabra. Últimamente cada día lo hacían más, algo que tan solo conseguía irritarla en mayor medida.

—Tenemos que rodear el acantilado —propuso Cal—. Si avanzamos siguiendo la base, llegaremos a un camino junto al lago. Nos llevará hasta el norte, que parece ser la dirección que ha tomado Hawthorne...

—¿Y cuánto tardaremos? —Thea habló con más aspereza de la que pretendía, pero el tiempo era oro. ¿Por qué nadie parecía comprenderlo?

—Lo que tardemos —contestó Cal con la misma acritud en la voz—. No puede haber atravesado la pared de piedra, Thea.

A ella no se le escapó la breve expresión extraña que cruzó el rostro de Kipp al oír a su compañero, pero su amigo imprimió neutralidad a sus facciones y se encogió de hombros.

—Lo encontraremos.

Thea se mordió la lengua para no recordarle sus fracasos como centinela y que, de no haber sido por él, tal vez Hawthorne ya estaría encadenado. No, echarle las culpas no serviría de nada, y ya había sido bastante dura con Kipp.

«Mente fuerte, cuerpo fuerte, corazón fuerte», recitó para sus adentros.

—No muy lejos de aquí hay un pueblo. —Cal guardó el mapa y miró a Thea con brusquedad—. Pararemos allí para descansar y secarnos.

Thea abrió la boca...

Y Cal la interrumpió alzando una mano.

—Nada de discutir. Puede que tú seas la Sombra de la Muerte, Thea, y que seas una princesa perdida de Delmira, pero Kipp y yo estamos agotados. Tan cansados no te seremos útiles. Sobre todo si a quien debemos vencer es a un maldito espadachín.

Kipp se aclaró la garganta y desmontó antes de mirar a Thea a los ojos.

—Por si no ha quedado claro, esta vez estoy con la Flecha Llameante.

—No lo entendéis. —Thea sintió una opresión en el pecho.

—¿Eso crees? —replicó Kipp—. Llevamos un año viajando contigo, Thea. Por supuesto que lo entendemos. No se trata de la traición de un espadachín ni de que haya una enemiga entre las sombras. Es un asunto personal. Nos queda claro, te lo aseguro.

—Él...

—Ya lo sabemos —añadió Cal con suavidad mientras conducía a su caballo por entre los árboles—. Te traicionó. Y, por lo tanto, nos traicionó a nosotros. Pero que muramos congelados y hambrientos en el bosque no es una venganza, sino una estupidez.

A regañadientes, Thea espoleó a su yegua para seguir a sus amigos.

—Nunca he afirmado que fuera muy lista —masculló.

—Por suerte, yo soy lo bastante listo por los tres —terció Kipp con una sonrisa.

El sol de mediodía arrojaba algo de calor sobre el bosque, pero la mera presencia de la luz bastó para levantarles el ánimo.

Aunque Thea jamás lo confesaría, la posibilidad de tomar un plato de comida caliente y de sentarse en una cómoda butaca junto al fuego hizo que, por primera vez en varias semanas, escuchara divertida a sus amigos.

—Deberías haber visto cómo me miró en Notos —le estaba diciendo Kipp a Cal con expresión sincera—. Creo que le empiezo a gustar de verdad.

—Bobadas. —Cal resopló.

—Te lo juro. —Kipp se llevó una mano al corazón—. Hay algo entre Wren y yo, no lo puedes negar.

Una brusca carcajada brotó de los labios de Thea. La risotada borró una parte de la tensión que le atenazaba los hombros.

—¿Wren? ¿Te refieres a mi hermana?

—¿Acaso conocemos a alguna otra Wren? —le preguntó Kipp—. ¿Otra Wren inteligente, bella, con conocimientos de pociones y poderes? Dime una cosa, Thea: tengo posibilidades, ¿verdad? Le gustan los hombres decididos, no me cabe ninguna duda.

—Fui yo quien la salvó de la Hija de la Oscuridad —intervino Cal hinchando el pecho—. Fui yo quien abatió al comandante alado...

—Atravesar a un semiespectro con una flecha llameante no te convierte en un héroe —refunfuñó Kipp.

—A ojos de Wren quizá sí.

Thea negó con la cabeza, incrédula, y se dirigió a Kipp.

—Entonces, está claro que ya no fantaseas con Milla, ¿no?

—¿Con quién? —Kipp parpadeó lentamente.

—¡Milla! —exclamó Cal—. La belleza de cabello oscuro de El Zorro Feliz. La mujer de la que no podías parar de hablar durante los primeros cuatro meses de viaje, a la que vimos besando a otro hombre...

—No sé a quién te refieres. —Kipp se rascó la barbilla y se encogió de hombros.

Thea sonrió aun sin querer. Cuando se dejaba llevar por la rabia, se perdía momentos como aquel. Debía dar gracias por la compañía de sus amigos mientras le fuera posible.

—No digas tonterías —le dijo Cal.

Kipp alargó el brazo e intentó darle una palmada en el hombro.

—Es normal que estés celoso, Callahan.

—No estoy...

—Es algo que no se enseña —continuó Kipp, sentándose erguido sobre la silla de montar—. Algunos nacimos así.

—¿Y cómo naciste tú, exactamente?

—Ah, pues ya sabes, con un don.

Cal enrojeció.

—Mira que llegas a ser...

—Wren nunca estará con él —terció Thea lanzándole una mirada de lástima a Cal—. Es demasiado irritante.

—Es una bonita manera de describirlo —masculló Cal.

La conversación los llevó a cabalgar más deprisa y, antes de lo esperado, Thea se encontró en la linde del bosque, que daba a un camino atestado, a pesar de las duras condiciones climatológicas.

Los carruajes y las carretas tirados por caballos chirriaban por el sendero desgastado y helado y las ruedas crujían bajo el peso de las mercancías y de los agotados viajeros.

También había gente yendo a pie, envuelta en abrigos y mantas, con bolsas atadas a la espalda y el aliento visible en el aire gélido.

—¿Qué diantres es esto? —balbució Cal al presenciar el estruendo de los carros, que dejaban unos profundos surcos en el suelo, cada vez más embarrado.

—Quizá han venido aquí a celebrar el cumpleaños de Thea —comentó Kipp.

—Mi cumpleaños ya ha pasado, Kipp —repuso ella con frialdad al tiempo que acercaba una mano a la piedra del destino.

—Hemos venido hasta Vios para ver el eclipse, muchacho —graznó un anciano desde uno de los márgenes del camino. Se frotó las manos delante de la boca para intentar calentarse.

Cal miró a Thea con preocupación.

—¿Ya habéis estado antes allí? —le preguntó al hombre.

—No. —Negó con la cabeza—. Es la primera vez que voy a Vios a verlo —contestó—. Pero si alguna vez ha surgido una buena oportunidad de presenciarlo, es esta, ¿no os parece?

—¿Creéis que el eclipse salvará a los mediorreinos? —insistió Thea con el ceño fruncido por el escepticismo.

—¿Yo? No. Creo que estamos todos condenados.

—Ese es el espíritu —replicó Kipp desde su caballo.

El hombre se encogió de hombros.

—Mi esposa era una mujer espiritual. Siempre decía que el alineamiento del sol, la luna y el mundo era un recordatorio de lo interconectado que está todo. Y que un eclipse levanta el velo que separa nuestro mundo del siguiente... y que nos da acceso a los dioses, a las mismísimas furias.

—Claro... —Kipp se rascó la cabeza, incómodo—. ¿Vuestra esposa se encuentra entre este gentío, pues? —Asintió hacia el ajetreado camino.

—Murió —respondió el hombre.

—Ah. —Kipp se desinfló—. Lo siento.

—Los espectros la mataron. No hace ni cinco meses, de hecho.

—Os acompañamos en el sentimiento —le dijo Thea.

El hombre asintió con la cabeza, muy serio.

—Yo no sé gran cosa de todo lo que comentaba —les aseguró—, pero he tenido que elegir entre congelarme las pelotas en mi pueblo vacío o ir hasta Vios por ella a ver algo que le importaba, algo que simboliza el triunfo sobre la oscuridad.

Cal se aclaró la garganta con los ojos un tanto vidriosos.

—¿A ti te parece una estupidez, muchacho? —le preguntó el anciano.

Thea esperaba que Cal se encogiera o se alejara del viajero. Sin embargo, su amigo alargó el brazo y agarró al desconocido por el hombro.

—En absoluto, señor. Me parece muy bien.

El hombre se lo quedó mirando unos instantes, desconcertado, antes de asentir de nuevo.

—Si queréis conseguir una habitación en el pueblo, vais a tener que adelantaros a la turba. —Señaló hacia la multitud que recorría la curva del camino—. Estáis muy lejos de casa, guardianes de Thezmarr.

Kipp se colocó la capa alrededor del cuello, con los labios de un azul oscuro.

—En eso no os falta razón, señor.

Los tres se despidieron del anciano y cabalgaron para avanzar a los viajeros. El camino que se extendía ante ellos lo habían hollado incontables cascos y pasos y ya no era más que una gruesa capa de lodo amarronado.

—Las probabilidades de dormir en una cama caliente van disminuyendo poco a poco —se lamentó Kipp.

—Algo te encontraremos —le aseguró Thea, compadeciéndose de repente de su amigo—. Vamos... Si aceleramos el paso, cuando se ponga el sol, tendrás una pinta en la mano.

—¿Qué sol? —dijo Cal con un gruñido.

Pero la expresión de Kipp se iluminó al instante y espoleó a su caballo. Thea lo siguió de cerca, ansiosa por poner distancia entre ellos y los viajeros antes de que alguien supiera quién era y a quién estaba persiguiendo.

El viento helado les azotaba el rostro a medida que avanzaban a galope sostenido.

Una nueva ráfaga de nieve recorrió el aire gélido, cubriendo de neblina buena parte del camino.

Thea miró a la derecha, donde se extendía el vasto y viejo Gran Lago de Aveum, congelado hasta allá donde alcanzaba la vista.

Era como un espejo escarchado, sumido en una quietud espeluznante y envuelto en un silencio roto tan solo por los crujidos quejosos del hielo.

Verlo no hizo sino infundirle más ganas de llegar al pueblo.

Espoleó a su yegua para que subiera una cuesta a todo galope.

No podía recordar la última vez que había tenido sensibilidad completa en los dedos o que se había despertado bien descansada.

Tal vez había cometido un error. Tal vez debería haber permitido que se detuvieran en alguna de las aldeas que habían dejado atrás.

Con o sin descanso, Hawthorne la había esquivado de todos modos.

Thea acercó la yegua a Cal y a Kipp. Vio con una punzada de afilada culpabilidad cómo sus amigos reducían la marcha y se giraban hacia ella para dedicarle su atención.

—Lo siento —les dijo jadeando—. Siento haber sido tan...

Thea se interrumpió de pronto. Al otro lado de la cuesta, siguiendo la curva de la orilla, había una escena que parecía salida de una pesadilla.

Una montaña de cuerpos ardía en las afueras del pueblo de pescadores, donde varios regueros de sangre roja y negra se dirigían a la ribera del lago helado.