Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 3 #2
9%

Capítulo 3 #2

Después de atar a Bollito en un poste de fuera, Wilder se caló la capucha y entró en la posada, cuyas puertas se cerraron tras él con un estruendo.

El calor procedente del fuego ardiente de la chimenea lo envolvió como una agradable manta pesada.

Se trataba de un local deteriorado y viejo que tan solo frecuentaban los viajeros y los fugitivos; una parada donde detenerse entre destinos mejores, una ubicación que la mayor parte de la gente de Aveum evitaría encantada.

A Wilder le iba bien así. Al entrar, sin embargo, se dio cuenta de que estaba más ajetreada que de costumbre, con todas las mesas y los reservados llenos.

Era por el eclipse de las narices. La gente de todos los mediorreinos se dirigía al reino invernal para presenciar la grandeza del acontecimiento, con la esperanza de que anunciara en parte las intenciones que tenían las furias de luchar contra la inminente oscuridad.

Había tanta alegría y tanto entusiasmo que hasta las posadas de mala muerte situadas en medio de la nada estaban llenas hasta los topes.

De repente receloso, Wilder se quitó la nieve de las botas con el marco de la puerta y entró en la taberna con la capucha bien bajada, ya alerta.

Pero nadie le prestó atención. Allí no era más que otro cliente que pretendía beber para olvidar el miedo a la oscuridad y encontrar un cuerpo cálido con el que pasar la noche.

En aquello al menos la humanidad siempre resultaba consistente.

La gente siempre recurría a los mismos consuelos y vicios, incluso ante la muerte y la destrucción.

Wilder se abrió paso hasta la barra, donde hizo señas al hombre que servía. En aquel preciso instante, alguien le dio un empujón en el costado.

—Ten cuidado, joder —le espetó un viajero de rostro rubicundo.

Wilder se enfureció por el poco respeto que le mostraba el desconocido, pero allí no lo conocía nadie y no lucía el tótem de espadachín en el brazo derecho. Allí no era nadie, y ese tipo no era más que un borracho.

—¿Qué miras? —le preguntó este arrastrando las palabras mientras intentaba golpearle el pecho.

Un borracho que no sabía cuándo cerrar el pico.

Wilder le sujetó el dedo con suficiente fuerza como para partirle los huesos.

—Esta noche no estoy de humor para aguantar tonterías —gruñó—.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que le rompí la nariz a alguien.

Y cada vez me atrae más esa idea, no sé por qué.

—Los dedos le pedían violencia. Sería una forma de desprenderse de toda la rabia que bullía en su interior, y aquel desgraciado, que lo miraba con los ojos desorbitados, se lo merecía.

—Su bebida, señor —le anunció el tabernero en el mejor momento posible.

Wilder soltó el dedo del borracho y deslizó una moneda por el mostrador.

Dio las gracias con un gesto de asentimiento y se giró hacia el resto de los presentes.

Ignorando las disculpas que balbucía el beodo, miró alrededor hasta hallar a la persona a la que andaba buscando y se acercó a la mesa que ocupaba, al final de la barra.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le preguntó en voz baja mientras se sentaba justo delante de aquella bella mujer de larga cabellera rubia.

La general de la guerrilla del reino caído de Naarva lanzó una elocuente mirada a las jarras vacías que tenía enfrente.

—Un rato.

Wilder soltó una amarga carcajada.

—Me alegro de que te hayas alejado del frío y de que estés bebiendo hasta saciarte.

—Alguien debía cumplir con su parte para honrar a los mediorreinos —contestó antes de apurar la última jarra y enarcar una ceja, divertida—. ¿Hoy no bebes vino?

—Mira cómo está la taberna. —Wilder recorrió el sucio y estruendoso local con la mirada.

Su respuesta no hizo sino divertir a la mujer.

—Estás de peor humor de lo que recordaba, Hawthorne.

—Hoy en día hay muchos motivos para estar de mal humor, Adrienne —replicó. Apuró su bebida y extendió la mano hacia la jarra que había entre ambos.

—Y muchos para estar agradecidos, creo yo. Por ejemplo, una reunión con un viejo amigo. —Golpeó la jarra de él con la suya.

—No recuerdo que fuéramos amigos —dijo él sin más.

—Estaba siendo educada, cascarrabias del demonio —añadió con una carcajada.

—Tampoco recuerdo que fueras educada.

Adrienne se recostó en el asiento y lo examinó.

—Me alegra ver que hay cosas que no cambian nunca.

Wilder negó con la cabeza.

—¿Qué noticias tienes?

—¿Quieres la buena o la mala?

—No sabía que habría alguna que fuera buena —rezongó con voz ronca.

—La buena noticia es que, como Notos se sigue reconstruyendo y recuperando después de la batalla, los gobernantes y los espadachines que quedan no han vuelto a comentar la necesidad de perseguir a supuestos herederos o herederas de reinos caídos.

La gente tiene demasiadas bocas que alimentar y está demasiado ocupada sellando sus casas contra los aulladores como para ir en busca de recompensas.

Las conversaciones sobre herederos de antes de que Tver estuviera a punto de caer a manos de los segadores se han terminado... por ahora.

—¿Y la mala noticia?

—Todo lo demás.

—¿Te importaría ser un poco más concreta? —preguntó Wilder con un gruñido.

—Has viajado por las mismas tierras que yo, Hawthorne.

Has visto tan bien como yo cómo se oscurecen los mediorreinos —respondió—.

Hemos perdido la cuenta de las rasgaduras que hay en el Velo.

Monstruos de todo tipo lo están atravesando, y los encontramos en los lugares más improbables, como si se hubiesen instalado allí...

—«Cuando los cielos se oscurezcan, en el fin de los días, el Velo caerá. La marea cambiará cuando ella desenvaine la espada» —murmuró el espadachín.

Adrienne se pasó una mano por la cara e hizo una mueca.

—«Un amanecer de sangre y fuego» —terminó ella—. La profecía es una maldita plaga en sí misma.

—En eso estamos de acuerdo —dijo Wilder.

—Me alegro, porque no te va a gustar lo que voy a preguntarte ahora...

—Pues no me lo preguntes. —El guerrero estuvo a punto de rugir.

—¿Cómo te ha ido con tu portadora de tormentas?

Wilder se tensó y aferró la jarra con más fuerza.

—No es mía.

—Por poco me engañas, espadachín. —Adrienne puso los ojos en blanco.

—Tampoco soy un espadachín. Ya no.

Adrienne se limitó a esperar, cruzada de brazos. Él estuvo a punto de echarse a reír. Años atrás, ella tampoco había tolerado sus tonterías.

—Tenemos un problema —admitió al fin.

—¿Cuál?

Wilder miró por la taberna en busca de ojos indiscretos y oídos aguzados.

—Es tal como sospechaba.

—¿Y cómo lo sabes?

—Según un amigo suyo, Thea lleva mucho tiempo sin usar su magia.

—¿Cuánto tiempo exactamente? —Adrienne arqueó las cejas.

—No me lo ha dicho. Pero estaba preocupado. —Soltó un suspiro—. Y yo también lo estoy.

Adrienne observó la barra y bajó la voz.

—Su magia es importante. La vamos a necesitar en la guerra que nos espera.

Wilder contuvo las ganas de removerse en su asiento.

La general no conocía ni la mitad de lo ocurrido, no sabía de la existencia de la piedra del destino que llevaba Thea al cuello ni que la vida de la muchacha tenía los días contados.

Pero aquel secreto le pertenecía a ella y Wilder lo guardaría con su propia vida.

—No es que su magia sea importante —repuso—. Es ella. Toda ella.

—¿Acaso no fue capaz de invocar tormentas cuando estaba contigo? —Adrienne lo contempló.

Wilder suspiró y se pasó los dedos por el pelo.

—Eso fue antes.

—¿Antes de qué?

—Antes de que la traicionara.

La expresión de la guerrera se suavizó y alargó el brazo sobre la mesa para poner una mano sobre la de él.

—Eso no quiere decir que toda la esperanza esté perdida.

Wilder apartó la mano bruscamente para zafarse de ella. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien le había mostrado consuelo o empatía. No se lo merecía.

Pero la general no se molestó. De hecho, lo atravesó con una mirada decidida. Era una mujer implacable.

—Thea necesita su magia, Hawthorne. Te necesita a ti. Igual que todos. —Adrienne se recostó de nuevo y le sirvió a Wilder el resto de la cerveza que quedaba—. No es propio de ti que te rindas. Anya y nuestro príncipe no querrían que...

—No es mi príncipe.

Wilder se pasó los dedos por el pelo y movió los hombros con la intención de aliviar una parte de la tensión que le agarrotaba la espalda por completo.

No había alivio posible. Había dejado el regalo de cumpleaños de Thea junto a su sombra durmiente, pero, al recordar cómo había gritado ella al verlo, dudaba de que hubiera entendido el motivo por el que él lo había hecho...

Y, si ese era el caso, ¿qué ocurriría? ¿Qué otras cosas correrían peligro?

¿La llamada para emprender el Gran Rito? ¿La vida de ella?

Cuando levantó la vista, se dio cuenta de que Adrienne seguía observándolo, perspicaz como siempre.

—Pase lo que pase en esa cabeza tuya, te estás formulando las preguntas incorrectas —le soltó sin rodeos— y no la única que importa de verdad.

Wilder apretó la mandíbula de forma involuntaria.

—¿Y cuál es esa pregunta?

—¿Qué vas a hacer al respecto?

Las palabras de la general dieron en el blanco, se hundieron en su alma y avivaron las ascuas de su interior. Hawthorne apuró la bebida y se puso en pie.

—Nos vemos en la cara norte de la montaña —anunció.

—¿A dónde vas?

Wilder la miró a los ojos con dureza y determinación.

—A conseguir una maldita portadora de tormentas.