Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

WILDER

Wilder Hawthorne se escabulló por entre el bosque helado como si fuera un fantasma.

Se obligó a poner un pie delante del otro y a dejar a Thea atrás, con un sentimiento de dolor en lo más hondo del pecho.

No había podido evitar observarla durante un instante mientras dormía.

La vio envuelta en capas de pieles y mantas para soportar la noche gélida, así que tan solo llegó a vislumbrar su rostro.

Ya la había visto dormir en incontables ocasiones, pero lo que más lo impactó bajo el tenue resplandor de la tienda fue que estaba distinta.

Había transcurrido un año. Un año entero desde que la había visto de cerca.

Se dio cuenta de que las líneas de su rostro no se suavizaban al dormir, sino que curiosamente se volvían más afiladas, como si trasladara a sus sueños la rabia que la inundaba estando despierta.

Hubo un tiempo en el que Wilder se habría tumbado a su lado y la habría estrechado entre los brazos hasta que su cuerpo se fundiera con él y las pesadillas de ella se mantuvieran a raya... Pero esos días quedaban muy lejos.

De pronto, la nieve crujió delante de él. Wilder se llevó una mano a la espada...

Kipp alzó las suyas en un gesto de rendición, con el pelo cobrizo cayéndole sobre los ojos.

—Sé que podrías matarme antes de que vuelva a coger aire.

Wilder examinó al guardián en busca de armas. Poco a poco, apartó la mano de la empuñadura de la espada.

—No des la voz de alarma.

—Jamás se me ocurriría —repuso Kipp, con los largos brazos a ambos lados—. ¿Thea te ha visto?

—No. —Wilder se puso rígido al oír el nombre de ella en boca de otro hombre.

—Entonces, ¿a qué ha venido la visita a medianoche?

—Tenía que darle algo importante.

—Un traidor que da regalos de cumpleaños, qué encanto —replicó Kipp.

—La situación es más complicada de lo que crees. —Wilder contuvo un gruñido.

—Pues eso espero, joder —dijo el guardián con valentía—. De lo contrario, no te habría dejado entrar en el campamento.

Wilder se tragó el nudo de la garganta.

—¿Cómo se encuentra?

—No querría que me pusiera a hablar contigo, y mucho menos sobre ella.

—Eres leal —observó Wilder—. Estupendo. Me alegro de que tenga a alguien leal en su vida.

—No es gracias a ti. —Kipp se cruzó de brazos.

—No es gracias a mí —admitió Wilder mientras se metía las manos en los bolsillos.

Una expresión indescifrable demudó el rostro de Kipp, que parecía debatirse entre varias opciones. Por lo tanto, había llegado el momento apropiado.

—¿Por qué no ha utilizado su magia? —le preguntó Wilder sin más. No había forma alguna de endulzarlo.

—¿Quién te ha dicho que no la haya usado? —Kipp miró atrás en dirección al campamento.

Wilder vaciló. Cuando estuvieron juntos, había sido capaz de sentir el poder de Thea.

El zumbido de su magia lo llamaba como una canción desde la otra punta del océano...

Pero hacía mucho tiempo que no lo percibía.

Al principio, supuso que se debía a que el vínculo que los unía se había roto tras un año de separación.

Sin embargo, las arrugas de preocupación que lucía Kipp en el rostro le confirmaron lo que había empezado a sospechar y a temer...

—¿Su magia ha desaparecido?

—Hawthorne, no te lo puedo decir...

—Acabas de hacerlo. —Wilder respiró hondo.

Kipp negó con la cabeza sintiéndose perdido.

—No quiere hablar de eso, pero... —Torció el gesto—. No debería contarte nada.

—¿Y por qué me lo cuentas? —preguntó Wilder, extrañado.

—Porque no me creo todo lo que se rumorea sobre ti... Quizá eso me convierta en un idiota.

—Quizá sí.

—Soy demasiado listo como para ser idiota. —Kipp dio una patada en la nieve.

—Eso tengo entendido. ¿Y tus amigos? —insistió Wilder.

—Cal se limita a seguir las órdenes de Torj. Thea está demasiado dolida como para ver que la situación general no se reduce a tu extraño comportamiento. —Su tono adoptó un matiz un tanto más duro—. Le hiciste daño...

Wilder no contestó. Ninguno de los dos se movió; el aire que los rodeaba se enfriaba por momentos.

Cerca de allí, un grito perforó la noche.

Thea había encontrado su regalo, al parecer.

Wilder debía marcharse, montar sobre su caballo y ponerse en marcha.

Las novedades que había descubierto tenían que llegar a los oídos de la gente correcta en el momento correcto.

Pero Kipp seguía fulminándolo con la mirada. No avisó a los demás ni se apartó de su camino.

—Estás sangrando —le soltó el guardián al fin.

—¿Qué?

—Por la nariz.

Wilder frunció el ceño al llevarse una mano a la nariz. Al poco vio que se había manchado de rojo los dedos enguantados.

—Toma. —Kipp le tendió un pañuelo.

Wilder aceptó el retazo de tela amarilla, se limpió la sangre de la cara y maldijo al aullador que había logrado propinarle un golpe antes de que él lo cercenara por la mitad. Se dispuso a devolverle el pañuelo a Kipp, pero el joven negó con la cabeza y finalmente se apartó.

—Quédatelo.

—¿Un favor del Hijo del Zorro? —Wilder enarcó una ceja—. Me siento halagado.

—Deberías estarlo. Lo vas a necesitar dentro de poco, espadachín.

Al oír la creciente conmoción que sacudía el campamento, Wilder no tuvo más remedio que dedicarle a Kipp un gesto de agradecimiento y pasar por su lado. Dejó que sus perseguidores se enfrentaran al alba congelada que empezaba a romper.

Los túneles subterráneos secretos apenas proporcionaban más calor que el clima gélido de Aveum, pero Wilder por lo menos se alejó del viento.

Seguido de cerca por Bollito, su semental, viajó lejos, atravesando las encrucijadas y las curvas de los pasadizos sin problemas.

Obviamente, no era la primera vez que se veía obligado a utilizar la red que discurría por debajo de los mediorreinos y cabía suponer que tampoco sería la última.

Podría recorrerlos sin la antorcha ardiente que sostenía en alto, pero, después de tanta oscuridad, esperaba que las llamas le proporcionaran una pizca de consuelo en la noche cerrada.

Pero no.

Thea había perdido su magia.

Ya no había más relámpagos en la punta de sus dedos, no había más truenos en su corazón. Wilder no se la podía imaginar sin el caos de la magia en su mirada color celadón, pero sabía que era cierto. Advertía la ausencia de la magia.

Había una portadora de tormentas menos en el miserable mundo y era una pérdida que afectaría a la guerra que se avecinaba.

El peso que se le había instalado en el pecho como si fuese una roca se había intensificado al pensar en todos los planes que estaban en marcha, en todos los aspectos de la rebelión desatada en las sombras a la que él pertenecía.

Y, le gustase o no a Thea, ella también formaba parte.

Era así desde el mismísimo principio, y de ahí que resultara crucial que él llegara a su destino.

Wilder siguió guiando a su caballo por los pasadizos.

La antorcha titiló e iluminó las paredes ásperas y el techo tallados en piedra, un camino que habían usado muchos fugitivos e inadaptados antes que él.

A su alrededor, el aire era húmedo y olía a moho, un olor a tierra que penetraba en los túneles.

El único ruido eran los suaves relinchos de Bollito conforme se movían por el terreno irregular.

Wilder dispuso de tiempo suficiente para reflexionar.

Se había sentido satisfecho al viajar por los mediorreinos matando a monstruos sin responder ante nadie, aunque lamentaba haber saboreado una vida distinta. Había experimentado una felicidad verdadera durante un breve período de tiempo.

Los recuerdos lo asaltaban a modo de destellos y le arrebataban el aire de los pulmones.

En la lujosa habitación del palacio de Hailford, Thea se estremecía con sus caricias.

«Te tengo», le susurró sobre el pelo, abrazándola fuerte contra el pecho, cuando a Thea se le escapó un sollozo.

«Y yo te tengo a ti», le aseguró ella mientras le deslizaba las uñas por el pecho y descendía hasta su erección.

Los ardientes manantiales de las afueras de Notos, donde a Thea se le desbocó la respiración a su lado.

«¿Una mujer puede hacer todo eso?».

«Cualquier mujer no. Solo una. Siempre ha habido solo una».

Thea recorriéndole las facciones del rostro, provocándolo con los labios.

«Recuérdame que estamos vivos. Prométeme que, siempre que estemos juntos, y que nuestros amigos estén a salvo, es lo único que importa de verdad».

Wilder se frotó el pecho dolorido. Siempre fue algo temporal. Lo había sabido desde el inicio, pero la certeza no hizo que le doliese menos. El destino era así de veleidoso.

Tras expulsar esos pensamientos de su cabeza, giró en otro recodo, deseando que el trayecto terminase pronto.

Quería calentarse los pies en el fuego, quitarse la armadura —que no le iba del todo bien— y probar un vino decente, quizá la suficiente cantidad como para olvidar durante una hora más o menos.

Tal vez incluso se tomaría unos instantes para escribirle una carta a Malik, como había hecho todos los meses durante el último año.

Pero, sin Thea para leerle los textos, no sabía si Malik podría comprender los mensajes, y Wilder no había recibido ninguna respuesta.

Probablemente, era lo mejor. Lo último que quería era que su hermano mayor terminara involucrado en sus asuntos. Ya le había hecho suficiente daño.

Transcurrieron varias horas y el terreno por fin se inclinó hasta llegar a la superficie, donde, frente a la ribera del gran lago helado, había una pequeña posada con establos.