Capítulo 2 #3
Thea contuvo la respiración a la espera de sentir las caricias que sabía que la transportarían de golpe a una locura teñida de felicidad, al olvido mismo.
Por fin, él le pasó el pulgar por su centro humedecido antes de trazar círculos alrededor de su clítoris y arrancarle un gemido desvergonzado. A Thea el deseo la derretía, así como la febril necesidad de él...
Thea gritó y le hundió los dedos en el suave cabello mientras la recorría con los labios. Todo su cuerpo respondió a cada pasada de su lengua, con la que la lamía de arriba abajo, una y otra vez, antes de enfocarse en su punto más sensible.
El calor se le acumuló entre los muslos, hormigueante e insoportable de la forma más adictiva. Esa espiral de deseo la estrechó más y más, y jadeó cuando él le introdujo un dedo grueso, sin dejar de estimularla con la lengua.
Thea arqueó las caderas hacia la creciente presión y gimió entre la neblina de lujuria al sentir un segundo dedo hacerle compañía al primero y acertar en un lugar en su interior mientras él la cubría de atenciones.
El clímax la golpeó con una cegadora oleada blanca, que la atravesó como si se tratara de una tormenta inexorable.
Mientras se estremecía con las últimas sacudidas, abrió los ojos y vio unos hombros anchos y esculpidos y una espalda musculosa...
Espirales de tinta negra cubrían la piel dorada y junto a la columna había un tatuaje con palabras muy antiguas.
«Muerte gloriosa, leyenda inmortal».
Thea supo entonces que estaba soñando. Envuelta en el calor de él, sin embargo, no quería despertar. Todavía no. Soñó con el hombre que llegó a ser Wilder Hawthorne para ella, con su poderosa presencia y su voz grave y melódica susurrándole secretos de noche.
«Lo nuestro es interminable. Nada hará que deje de quererte».
Soñó con sus dedos, con su lengua y con su miembro, y con las maneras retorcidas en que era capaz de usarlos.
Soñó con aquellos brazos fuertes guiando los suyos, con el peso de espadas idénticas en las manos al entrenar para el combate con dos aceros.
Con las caricias suaves de él mientras le enjabonaba el pelo al lavárselo cuando ella estaba demasiado dolorida.
Con su carcajada estruendosa cuando por fin se permitía relajarse...
«Porque te quiero, joder».
Las palabras la golpearon y el peso del cuerpo de él cayó sobre el suyo hasta aplastarla, posar los labios en los suyos y susurrar su nombre sobre su piel.
Thea se despertó con un grito ahogado. Con el aire empañándole la visión, se llevó una mano al pecho martilleante.
Los sueños habían sido tan viscerales que juraría poder olerlo.
Rastros de palisandro y cuero persistían en la tienda.
Por un momento, aspiró el aroma que la envolvía, esa esencia deliciosa y masculina que tan bien llegó a conocer.
Tragó saliva con dificultad e intentó obligar a su corazón a latir con un ritmo normal mientras se desvanecía el recuerdo del espadachín caído.
Pero el olor del guerrero no desapareció.
Cuando Thea recorrió la tienda con la mirada, vio por qué.
En la entrada había una cajita envuelta en papel marrón con un relámpago dibujado en la superficie.
«Hawthorne». Había estado allí.
Con un grito de furia, Thea la cogió y salió de la tienda de golpe. Sobresaltó a Cal, que seguía sentado junto al fuego.
—¿Dónde está? —gritó—. ¿Cómo ha entrado en mi tienda?
—¿A quién te refieres? —Cal la miró sin comprender nada.
—¡A Hawthorne! ¡Hawthorne ha estado aquí! —Le mostró la cajita y buscó por el campamento con la mirada—. ¿Dónde demonios se ha metido Kipp?
—Está de guardia... —Cal la observó como si se hubiese vuelto loca—. Thea... Es posible que hayas tenido una pesadilla.
—En ese caso, ¿de dónde ha salido esto? —exclamó estampándole la caja en el pecho. Se dio cuenta de que no solo lucía un relámpago dibujado, sino también dos palabras:
«Feliz cumpleaños».
Se mofaba de ella.
A Thea le hervía la sangre por la rabia. El corazón se le desbocó de nuevo, palpitando casi de forma dolorosa contra su caja torácica, y un jadeo vacío se apoderó de ella. Tensó todo el cuerpo y apretó los puños a los lados.
Llevaba un año persiguiéndolo por los mediorreinos y había matado a todos los monstruos que se habían cruzado en su camino, menos a él.
Y, de repente, Hawthorne se le acercaba para demostrar que ella era tan incompetente como indicaban los rumores.
Había esquivado a Kipp, que estaba de guardia, y también a Cal para entrar en su tienda y dejarle una provocación a los pies.
Thea ni siquiera se había despertado hasta que fue demasiado tarde. Menuda futura espadachina estaba hecha.
Cal dio vueltas a la caja con el ceño fruncido y Thea se la arrebató para examinarla.
«Feliz cumpleaños».
Durante un breve instante, su patético corazón se preguntó si era un regalo de verdad y no tanto un insulto. Sin embargo, era de lo más incomprensible.
Con un grito de furia, lanzó la caja con todas sus fuerzas hacia el bosque oscuro y gélido, en dirección al río medio congelado.
—Voy a matarlo.