Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

«Ten cuidado con la furia de alguien de Delmira», le había dicho Malik hacía muchísimo tiempo. Cuando Thea pensó que había comprendido sus palabras, supuso que se referían a ella. Pero se había equivocado. Malik no estaba hablando de ella.

Con un sobresalto, se dio cuenta de que los demás estaban esperando su respuesta.

—Que os zurzan —exclamó, y empezó a cabalgar de nuevo a galope tendido.

—¡Qué impropio de una princesa! —le gritó Cal.

Thea espoleó a su yegua para que acelerara el paso.

—No soy una puta princesa —contestó a voz en grito.

Fiel a su palabra aunque a regañadientes, cuando comenzó a anochecer, Thea les permitió detenerse y tendió su petaca de cerveza a su ansioso amigo.

Con el agotamiento extenuándole hasta los huesos, avanzó por el denso bosque en busca de un lugar adecuado donde acampar.

Encontró un rincón que ofrecía cierto refugio del viento penetrante.

Mientras los demás recogían leña y madera, Thea intentó preparar una superficie nivelada para las tiendas, con los dedos doloridos por el frío.

Sabía que, teniendo en cuenta la gélida temperatura, resultaría mucho más lógico compartir una tienda con sus amigos, pero fue incapaz de soportarlo.

La última tienda que había compartido había sido con él tras la batalla de Notos.

«Te necesito», le había susurrado ella.

«Me tienes. Siempre me has tenido...».

Mentiras. Menuda sarta de mentiras. Y Thea se las había creído todas. ¿Wilder estaba por ahí riéndose de ella por la facilidad con la que se había metido bajo su piel? ¿De esa aprendiz con la que se había acostado y que luego había lanzado a los lobos?

—Deberíamos habernos quedado en el pueblo —se quejó Cal cuando regresó y comenzó a preparar el fuego. Situó los dedos azulados ante las débiles llamas y sopló sobre la leña.

—La culpa es de Thea —repuso Kipp dando alegremente un trago de la petaca después de haberse ocupado de los caballos.

—Ya lo sé, ya —dijo Cal tendiendo una mano para coger la cerveza.

Thea observó a sus amigos en silencio al tiempo que terminaba de preparar su tienda; ojalá pudiera recuperar la calma.

Sin embargo, no podía dejar de pensar en el espadachín caído, en la piedra del destino y en la Hija de la Oscuridad, en un Velo que se desgarraba cada día más y un mundo que se acercaba a la destrucción.

Comió sus raciones sin decir nada y se retiró a su tienda, dejando a Cal y a Kipp solos con la cerveza y sus riñas.

—Despertadme cuando me toque hacer guardia —les pidió, y acto seguido cerró la puerta de la tienda y encendió una pequeña lámpara.

Con más vigor del que pretendía, desabrochó y desató las capas exteriores de su armadura.

Detestaba que hubiera sido él quien se la había entregado.

Cada vez que se la ponía, la asaltaba el recuerdo de Wilder arrodillado delante de ella, rozándole la piel al afianzar la armadura sobre su cuerpo.

Una pequeña parte de ella sopesó la posibilidad de deshacerse del conjunto por ese motivo, pero era estupendo y le iba como anillo al dedo, y por el camino no encontraría ningún reemplazo decente.

De ahí que día tras día se pusiera la armadura con resentimiento; cada vez que esta le evitaba hacerse daño, volvía a maldecir a Wilder Hawthorne.

Después incluso de haberse quitado las partes más engorrosas de la armadura, Thea temió que el sueño le fuera esquivo.

Por aquel entonces, solía ocurrirle. Se entretuvo con las cartas de meditación de Audra y repasó los ejercicios mentales que su antigua tutora quería que hiciese mientras perseguía a un traidor.

Thea estuvo a punto de echarse a reír. Era exactamente lo que Audra habría esperado de ella.

Era la persona más dura de roer del mundo entero.

Barajó las cartas. Todas tenían el tamaño de su palma, las esquinas dobladas y la superficie manchada de suciedad y hollín. La tinta de algunas que había dejado en la nieve se había corrido. Apenas le importó. Ya casi se las conocía todas de memoria.

Thea cerró los ojos, ladeó la cabeza hacia el techo de la tienda y respiró hondo.

«Mente fuerte, cuerpo fuerte, corazón fuerte», se dijo.

No sabía por qué, de las treinta cartas, esa era la que más resonaba en ella.

Pero, cuando esas palabras se repetían en su cabeza, en cierto modo se sentía menos destrozada, como si en el mundo hubiera una pizca de esperanza de que pudiera recomponerse del todo.

Era un breve descanso del vacío que sentía dentro, donde tiempo atrás había florecido el núcleo de su poder.

En la intimidad de su tienda, lo buscaba nuevamente, noche tras noche, en vano. Recordó las lecciones que había tomado con Audra y con Wren.

«¿Qué te dicen tu relámpago y tu trueno?».

—Yo soy la tormenta —masculló Thea. Siempre que verbalizaba esas palabras, el vacío la devoraba, una sensación molesta y constante procedente de las profundidades de su alma.

Maldiciendo en voz baja, Thea guardó las cartas en el bolsillo de su capa y rozó con los dedos el otro objeto del que era incapaz de desprenderse. Era el zafiro que había cogido de los efectos personales de Hawthorne antes de marcharse de Notos.

La brillante gema azul centelleaba en la palma de su mano. De todas las cosas que podría haberse llevado, era inexplicable que hubiera optado por la joya de otra mujer.

«Adrienne». A Thea le traía sin cuidado, pero así se llamaba la antigua amante de Hawthorne. Por lo visto, las dos compartían el mismo mal gusto por los espadachines caídos. Thea le mandó el pésame en silencio.

Con los dedos más entumecidos con cada segundo que pasaba, el frío la condujo hasta el petate y las mantas. El aire era tan gélido que las capas adicionales no consiguieron interrumpir sus escalofríos. Aun así, Thea se hizo un ovillo y se llevó la piedra del destino al pecho.

«Acuérdate de mí».

Las palabras de la adivina regresaron a ella. No obstante, Thea tan solo recordaba las palabras, nada de quien se las había susurrado a oscuras en el momento de colocarle el fragmento de jade en la palma de la mano.

Había puesto a prueba el destino una y otra vez. Había arrojado la piedra maldita al mar, pero la gema la había hallado de nuevo.

—El destino siempre encuentra el camino —masculló para sí misma con amargura, y rezó a las furias por que el sueño la encontrase antes.

Unos dedos amables le recorrieron el cuello, dejando tras de sí un reguero de fuego, seguido por un susurro frío y un latido de anhelo en su ausencia.

Desnuda, Thea arqueó la espalda, buscando aquellas caricias embriagadoras.

Y las encontró cuando unos labios ardientes le rodearon el pezón, con el que juguetearon hasta endurecerlo del todo mientras unas manos firmes y callosas se apoyaban en sus muslos para separárselos.

Un peso familiar se apretó contra ella, y Thea gimió, aliviada.

Había pasado mucho tiempo. Le ardía todo el cuerpo, todas sus terminaciones nerviosas habían cobrado vida y estaban preparadas para sentir el embate del placer.

Pero la presión del otro cuerpo fue efímera y Thea se retorció cuando los labios y la lengua pasaron al otro pezón; unos dientes la pellizcaron con suavidad y le hicieron sacudirse, frustrada y exigente.

Levantó las caderas y buscó la fricción que tan desesperadamente ansiaba entre las piernas, con el núcleo de su ser anhelante y necesitado.

Una profunda risotada vibró sobre su piel caliente y no hizo sino aproximarla más a las puertas de la locura. Necesitaba que la llenaran, necesitaba que todos los centímetros de él la llenaran.

Pero no experimentó la embestida poderosa que ansiaba.

No hubo manos que la abrieran mientras un par de labios la recorrían entera con un lametón largo y torturador hasta el punto donde se le unían el muslo y la cadera y, a continuación, exhalaban aire frío sobre la parte más íntima de su ser para provocarla y dejarla húmeda y anhelante.