Capítulo 2
THEA
Bajo los cascos de los caballos, la nieve crujía como el cristal roto, el único ruido que penetraba el silencio espeluznante del bosque.
Las afueras de Vios, la capital, deberían estar repletas de vida invernal, pero eran un páramo yermo, un cementerio de árboles.
Los pinos centenarios estaban muertos y, por encima de Thea y de sus compañeros, el dosel arbóreo estaba formado por ramas mustias y desnudas que se elevaban hacia el cielo a modo de dedos esqueléticos, una nueva prueba de que el mundo estaba maldito y moribundo.
El frío se filtraba a pesar de las numerosas capas de ropa y un estremecimiento irrefrenable se apoderó de Thea.
La primera luz de la mañana se colaba por entre las copas de los árboles y arrojaba un resplandor azul pálido por encima del paisaje nevado que se extendía ante ellos.
El aire era tan frío que Thea notaba el sabor del hielo en la lengua.
Los riachuelos congelados y los carámbanos que pendían de las rocas los saludaron y, durante unos segundos, los mediorreinos se quedaron suspendidos en el tiempo, con una quietud en el bosque que resultaba hipnótica.
Pero el tiempo no podía paralizarse. Thea lo sabía mejor que nadie.
Su piedra del destino le calentaba la piel al cabalgar.
Había lanzado la maldita joya al mar, pero la piedra encontró el camino de vuelta hasta ella.
Nadie podía escapar de su destino ni del tiempo.
Thea era la prueba viviente de ello: estaba un año más cerca de los veintisiete, la edad en la que desaparecería del mundo.
«¿Sabes si a algún espadachín le han concedido la inmortalidad durante el Gran Rito?», le había preguntado un día a él.
«Dime que no es la razón por la que estás haciendo esto. Dime que no es la razón por la que quieres ser espadachina. ¿Pretendes vivir eternamente?».
«Quiero vivir más de dos años y medio».
Thea estuvo a punto de echarse a reír. «Y ya ha pasado otro año», pensó con pesimismo.
Hawthorne le había dicho que la llevaría a visitar a uno de los pocos espadachines inmortales si era capaz de controlar su magia.
Los dos habían fracasado en eso: él había incumplido su palabra y ella había perdido su magia por completo.
Poco después de la batalla de Notos en Tver, se había esfumado, a pesar de que Wren había eliminado la alquimia represora de la piedra del destino.
Por alguna razón, su conexión con las tormentas se había cortado.
Tiempo atrás, la había sentido como si fuese un faro en la larga y oscura noche, pero ya no existía.
Aunque no se lo había confesado a sus amigos, echaba muchísimo de menos su magia, como si se hubiera desvanecido una parte de sí misma y no estuviera entera.
Todavía la buscaba en su interior con la esperanza de notar las chispas por dentro, pero tan solo terminaba recordando lo vacía que estaba.
En ese momento, a lo lejos rugió un trueno y ella no sintió absolutamente nada.
El Gran Rito parecía más lejano que nunca, igual que la posibilidad que hubiera podido tener de evitar el destino de morir con veintisiete años.
«Estás preparada, ¿eh?».
«¿Preparada?».
«Para el Gran Rito. Cuando sientas la llamada, ve. Déjalo todo y ve. Saldrás de la prueba siendo espadachina. La mejor de todos nosotros».
Aquellas palabras las habían pronunciado en el campo de batalla ensangrentado de Notos, donde ella se ganó el apodo de la Sombra de la Muerte, muy convencida de que estaba a punto de oír la llamada de las furias.
Durante mucho tiempo, se había imaginado blandiendo una espada de acero naarviano propia y cabalgando por los mediorreinos a lomos de un semental tverrense.
Se había visto a sí misma aceptando los regalos de los gobernantes de los reinos con la cabeza bien alta: el frasco de aguantial de los manantiales de pureza de Aveum, el misterioso frasco de veneno de Harenth...
Y, aunque la armería de Delmira ya no existía, guardaba en la bolsa a buen recaudo los diseños de la armadura de espadachín y se había jurado a sí misma que encontraría un maestro armero capaz de fabricarla.
Las voces de Cal y de Kipp la arrancaron de sus pensamientos. Estaban debatiendo algo tras ella, con tono más fuerte e insistente conforme pasaba el tiempo.
—Por el amor de las furias —masculló Thea girándose en la silla de montar—. ¿Qué pasa ahora?
—Nada —se apresuró a responder Cal.
—No, nada no —repuso Kipp negando con la cabeza, incrédulo—. La tormenta de ahí delante nos ha dado que pensar. Estábamos hablando de tu magia.
A Thea le dio un vuelco el estómago.
—¿Qué le pasa? —preguntó entre dientes con los ojos de nuevo clavados en el camino.
—Que no la has usado —dijo Kipp—. Y hace mucho de la última vez. Un año.
Thea suspiró, debatiéndose entre la frustración y el agotamiento.
—Ya os lo he dicho. No puedo usarla.
—¿No puedes o no quieres? —insistió Kipp.
—Déjalo correr, Kristopher —le advirtió.
—Ya lo he dejado correr bastante. Hace meses que no lo hablamos, pero ahora... —Otro trueno retumbó cerca de ellos, pero él siguió—: Bueno, casi hemos alcanzado a Hawthorne. ¿No crees que para enfrentarte a él quizá debas usar tu magia?
A Thea le dolieron los dientes cuando respiró hondo y una ráfaga de viento helado los atravesó.
—No pienso hablar de este asunto.
Era un tema espinoso. A través de Wren, Audra le había regalado una cajita de cartas de meditación para ayudarla a practicar la magia, pero, por mucho que se esforzó, a pesar de las muchas horas que pasó estudiándolas junto al fuego, ni siquiera un destello de poder había respondido a sus llamadas.
Una de las cartas la llevaba siempre encima, una cuyas palabras se repetía una y otra vez.
La carta estaba descolorida y arrugada después de haberla sujetado con las manos sucias y sudadas, pero el mensaje estaba grabado a fuego en su memoria: «Mente fuerte, cuerpo fuerte, corazón fuerte».
En ocasiones, sospechaba que no tenía fuerte ninguna de esas partes y por eso la magia la había abandonado.
—No vamos a dejar que sigas saliéndote con la tuya, Thea. —Kipp interrumpió sus ensoñaciones—. Cal, échame una mano.
Cal suspiró.
—Tu magia siempre se ha manifestado cuando estás enfadada, ¿verdad? —le preguntó arreando al caballo para llegar hasta su lado.
—Yo siempre estoy enfadada. —Thea lo fulminó con la mirada.
—A mí me lo vas a decir —masculló él.
—Thea, hemos visto de lo que eres capaz. Esa clase de poder no se esfuma de un día para otro —dijo Kipp con suavidad.
—Bueno, pues os digo que el mío sí. —Thea chasqueó la lengua, frustrada—. ¿Podemos dejarlo ya? Tenemos a un traidor que capturar.
—Eso es lo que no dejas de repetirnos, pero sin magia, ¿cómo diantres crees que podrás ponerle los grilletes? —argumentó Kipp—. Puede que seas la Sombra de la Muerte, pero Hawthorne es la Mano de la Muerte... Sea o no un traidor, sigue contando con el poder de un espadachín.
Cal se mostró de acuerdo con un gruñido.
—Si recurrieras a tu magia, creo que podrías provocar una tormenta de rayos y nieve si te concentraras. Así atraparías a un espadachín sin problemas.
—En primer lugar, no es ningún espadachín —le espetó Thea—. Y, en segundo, claro que sí. Hace un año que no uso la magia, pero solo con recurrir a ella ya puedo provocar una maldita tormenta de nieve, ¿no?
—Buf. —Kipp resopló—. Hasta cuando tu magia y tú sois más agradables, lo dudo. Hace siglos que no se ha registrado ninguna tormenta de nieve y rayos, ni siquiera en lo más crudo del invierno de Aveum.
—Aquí siempre es invierno —puntualizó Cal.
—Y por eso precisamente creo que deberíamos ir a La Liebre Cantora a...
—No vamos a renunciar a la ventaja que hemos logrado para que tú vayas a emborracharte a una taberna —protestó Thea.
—Pero... es que es tu cumpleaños.
—Precisamente. Soy yo quien decide cómo quiero pasar este día y los pocos días que me quedan. Y quiero invertirlos bien. Quiero perseguir a mis enemigos y llevarlos hasta la justicia.
Kipp negó con la cabeza.
—Antes eras divertida —masculló.
Pero Thea había dejado de prestar atención.
—¡Mirad! —Señaló hacia las ascuas de una pequeña hoguera, a unos cuantos metros de ellos—. Ha acampado aquí.
—A mí me parece un lugar absurdo para acampar. —Kipp frunció el ceño—. No hace ni una hora que nos adentramos en el bosque.
—Lo hemos llevado al límite de sus fuerzas. Seguro que su caballo necesita descansar... Dudo de que haya podido elegir dónde acampar.
Thea bajó de la silla de un salto y observó el montón de cenizas congeladas. Allí, alrededor de las rocas, vio profundas huellas de botas en la nieve.
—Le estamos ganando terreno.
—Thea... —dijo Kipp, esta vez con seriedad—.
Nos hemos pasado la noche cabalgando y acabamos de matar a una docena de hombres malditos.
No sé el de Cal, pero mi culo generalmente inútil no está en condiciones de enfrentarse a un espadachín.
Debemos descansar. Tenemos que recuperar las fuerzas antes de luchar contra él.
La verdad de esas palabras le asestó a Thea un buen golpe en el pecho. Apretó la mandíbula.
—Aprovechemos la luz del sol y cabalguemos hasta que caiga la noche. Y entonces descansaremos. ¿Qué os parece?
—Sumamente desagradable.
—Puedes quedarte con mi parte de la cerveza... —le propuso Thea.
—Sigue hablando. —Kipp la miró de reojo.
—Ya está —dijo ella riendo—. Esa es mi oferta. O la tomas o la dejas.
—Hacer tratos con vos es muy duro, alteza.
Thea se estremeció. Descubrir su verdadera identidad como una de las herederas perdidas de Delmira, el reino caído, fue un largo y duro camino.
Aunque más le había costado asimilar que no solo Wren y ella tenían una hermana mayor, sino que esta supuesta hermana era a la que apodaban la Hija de la Oscuridad, el mal que, según la profecía, traería fuego y sangre.
Y también que Wren y ella procedían de una familia real de traidores sedientos de poder y amantes de las sombras.