Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Claro, claro. —La mujer se alegró—. Cualquier cosa para la Sombra de la Muerte y sus hombres de confianza.

A Kipp se le iluminó el semblante ante aquel gesto de amabilidad, pero Thea reprimió una mueca.

La Sombra de la Muerte era el apodo que le habían puesto al seguir los pasos de su viejo mentor, la Mano de la Muerte.

Durante un breve período, lo había aceptado con orgullo, pero ya no.

Odiaba el alias y odiaba que, a pesar de todo lo que había conseguido por sí misma, siempre la vincularan con él.

El Gran Rito todavía no la había llamado, pero, según la gente, la reputación la precedía.

Aunque a ella no le agradaba. Hasta que no capturase a Wilder Hawthorne y lo llevase hasta la justicia, hasta que no superase el Gran Rito, no aceptaría de buen grado el apodo.

De todos modos, el título la seguía por los mediorreinos.

Aunque con la veneración llegaba el interrogante: ¿por qué la Sombra de la Muerte no había apresado al traidor?

Había transcurrido un año desde que Wilder los traicionara en el bosque de Notos, un año desde que ella comenzara a perseguirlo en vano. La propia Thea había oído los rumores.

—Estamos buscando a alguien. —Volvió a dirigirse a la mujer—. A un guerrero con un semental tverrense negro. Hemos seguido su rastro hasta las puertas de vuestro pueblo.

La mujer se arrebujó en sus pieles para soportar el frío y asintió con la cabeza.

—Sí, un hombre con esa descripción estuvo ayer por aquí.

—¿Se detuvo? —A Thea se le aceleró el corazón—. ¿Habló con alguien?

—No. Y nos mantuvimos bien alejados. Como veis, nuestro pueblo no ha corrido una gran suerte. Dejamos en paz a los desconocidos y esperamos que no estén malditos.

Thea apretó la empuñadura de las armas y procuró hablar con voz tranquila.

—¿Por dónde se marchó?

La mujer señaló más allá de los edificios destartalados cubiertos de nieve hacia un bosque que estaba en las afueras.

—Cabalgó directamente por ese camino y se adentró en el bosque. No lo hemos vuelto a ver desde entonces. Pero los hombres malditos llegaron poco después...

Thea asintió, ya con cosquilleos por las ganas de montar de nuevo sobre su caballo y seguir persiguiendo a Hawthorne.

Estaba más cerca que nunca del malnacido traidor y no pensaba permitir que se le escurriera entre los dedos; esta vez no.

Después de respirar hondo, limpió las espadas con las túnicas de los muertos y se las enfundó a ambos lados.

—Deberíais prenderles fuego —le dijo a la mujer señalando a los cadáveres.

—Lo haremos. —La aldeana agachó la cabeza—. Prenderemos una pira en vuestro honor y rezaremos a las furias por que el eclipse de luna ardiente traiga paz a los mediorreinos.

—Muchas gracias, señora —terció Cal tras advertir claramente que a Thea se le agotaba la paciencia.

Thea sacudió la cabeza cuando la mujer fue a buscar las raciones de comida.

—Ese maldito eclipse... —masculló.

Por los mediorreinos cundía la histeria por el acontecimiento celestial que se avecinaba y los tres todavía no habían encontrado a nadie que no creyese que con suerte el eclipse sería su salvación de las fuerzas oscuras que los rodeaban.

Según Kipp, el eclipse de luna ardiente solamente ocurría una vez cada siglo y simbolizaba un gran cambio en la magia del mundo, en el que la luz triunfaba sobre la oscuridad.

Desde la batalla de Notos, los gobernantes de los mediorreinos habían subrayado la importancia del acontecimiento y el pueblo se había sumado a la causa.

Al cabo de unas pocas semanas, los reyes y las reinas de los reinos que quedaban al igual que sus nobles irían a Vios, la capital de Aveum, para celebrar el acontecimiento a pesar de la creciente oscuridad.

Thea se removió, inquieta.

—Estamos cerca —la tranquilizó Cal—. Le estamos pisando los talones.

—Exacto —murmuró Thea—. No quiero perder el terreno que hemos ganado. Está por ahí, riéndose de nosotros.

—A mí nunca me ha parecido de los que se echan a reír. —Kipp se encogió de hombros.

—A mí nunca me ha parecido de los que traicionan y aquí estamos —repuso Thea con amargura.

Debería haber deducido que Wilder era demasiado bueno para ser verdad, pero había permitido que sus sentimientos le nublaran el juicio.

Él le había hecho creer que la amaba, y ¿para qué?

¿Para acercarse a una heredera de Delmira?

¿Para recabar sus secretos y contárselos al enemigo? Qué tonta había sido.

—Voy a buscar a los caballos. —Sin esperar respuesta, se dirigió hacia las puertas del pueblo, donde habían amarrado a las yeguas.

La tristeza implacable la embargaba en esos momentos de calma, con el olor a cuero en el viento y la visión del paquete de infusión de menta de Hawthorne sobresaliendo de su propia alforja.

Mientras mascullaba una expresa maldición, desató a los caballos.

Todos los mediorreinos clamaban en contra de la traición de Wilder, incluso pasados doce meses, y, aunque ella se ponía la misma máscara de rabia día sí y día también, la pena que yacía bajo la superficie se intensificaba.

Pena por lo que había perdido, incluido el destello de esperanza que había abrigado hacia el futuro.

Pena por Malik, que había perdido a su hermano ante las mismas criaturas que a él le habían arrebatado la forma de ganarse la vida...

—Si quieres que nos marchemos, ¡marchémonos, Thea! —gritó Kipp saltando de un pie a otro—. Se me están congelando las pelotas. ¿Por qué aquí siempre hace un frío que pela?

—Por los gigantes de hielo —contestó Thea antes de recordar quién se lo había dicho.

—¿Qué?

—Nada —musitó. Tiró de las riendas de los caballos e ignoró el azote del viento que se alzaba del lago que había tras ella, cuya gruesa capa de hielo crujía con un rugido.

El aire helado le quemó en las mejillas y en la nariz al encaminarse hacia sus amigos y sintió una punzada de arrepentimiento por no haber aceptado descansar ante un fuego una vez llegada la noche.

Pero ya habría tiempo de calentarse cuando el traidor estuviera encadenado.

Al imaginárselo, tiró de la bolsa que llevaba; oyó el chasquido metálico del interior y enseguida se serenó un poco.

Aunque no había visto a su hermana desde que se había ido de Tver, Wren se había mantenido en contacto con ella a través de una serie de cartas: novedades sobre la tetera asesina que había inventado, las últimas travesuras de Sam e Ida, la receta para el tónico anticonceptivo de Thea —que esta se tomaba religiosamente— y más tarde un paquete que recibieron ella y sus amigos en Kilgrave, el pueblo natal de Hawthorne: un juego de grilletes de hierro tratados con alquimia, que impedía que un espadachín los rompiese...

Grilletes que Thea le pondría a Hawthorne en las muñecas antes de arrastrarlo hasta los gobernantes de los mediorreinos para que lo juzgaran por sus delitos.

Thea sacó las esposas de la bolsa y se las ató al cinturón. Las necesitaría en breve.

«¿Quién va a detenerte?». Las palabras de Hawthorne retumbaban en su cabeza como si formaran una canción distante.

—Nadie —masculló para sí misma—. Y mucho menos tú.