Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 1
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Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3)

Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3)

Por Helen Scheuerer

© inepub.com

Capítulo 1

THEA

La nieve inmaculada estaba salpicada de sangre negra y la Sombra de la Muerte se dio la vuelta para abalanzarse sobre la siguiente criatura que la atacó.

Bajo el resplandor dorado de la primera luz del alba, la oscuridad brotó de las fauces del ser, como si hubiese terminado de devorar a su huésped desde dentro y estuviera preparada para ir en busca de otro.

Se les llamaba «aulladores». Eran hombres a quienes los espectros sombríos habían mutilado y les habían robado la voz, así que no proferían más que aullidos que helaban la sangre; sus cuerpos y sus mentes ya no eran suyos.

Poseídos y enfurecidos como estaban, era imposible razonar con ellos mientras intentaban esparcir su veneno por los mediorreinos.

Al aullador contra el que estaba luchando Thea se le escapó un gorgoteo justo cuando ella le hundió la espada en la barriga y lo rebanó desde el ombligo hasta la nariz. Más sangre negra comenzó a manar.

Thea y sus amigos se enfrentaban solos a una docena de criaturas.

—¡Kipp! —le advirtió con un grito antes de lanzar las estrellas arrojadizas.

Su amigo se agachó justo a tiempo, cuando los borrones plateados volaron por el aire y dejaron clavado al airado oponente en la muralla del pueblo cercano.

Tras un gesto de agradecimiento, Kipp corrió hacia Cal con la espada en alto mientras Thea ondeaba su propio acero y decapitaba a otro aullador, cuya cabeza cayó al suelo con un golpe seco y rodó por la nieve.

En un acto reflejo, Thea acudió a su interior para encontrar su magia, pero no obtuvo respuesta, ni tan solo un destello del relámpago que tiempo atrás le había recorrido las venas.

Se dijo que no la necesitaba y blandió la espada, preparándose para el siguiente ataque.

En el año que hacía que viajaban de un lado a otro, no era la primera vez que luchaban contra esos hombres malditos.

La oscuridad se había derramado sobre los mediorreinos desde la batalla de Notos y había envenenado al mundo con su maldición.

Con ella aparecieron monstruos de todo tipo.

Apenas seis meses antes, una horda de aulladores había cruzado uno de los numerosos desgarrones del Velo, había asolado las tierras de los mediorreinos y había aterrorizado a la gente que tenía poco con lo que defenderse.

Thea estaba encantada de poder dar rienda suelta a la rabia que sentía.

«Hay fuerzas que no comprendemos. Hay cosas que amenazan la paz que los tres reinos han defendido con tanto ahínco... Eso se extiende por las tierras como si fuera un veneno. Un hostigamiento procedente del Velo».

Y todo por culpa de él.

Wilder Hawthorne.

El espadachín de Thezmarr caído.

Thea llevaba persiguiéndolo desde que él los traicionara en Notos, donde liberó a los semiespectros capturados y se alineó con el bando de la Hija de la Oscuridad, que había retenido a Wren entre sus sombras.

Thea presenció cómo Hawthorne escupía a la cara a todo lo que defendía Thezmarr y desaparecía en una espiral de sombras, dejando sueltos a sus enemigos por los mediorreinos.

Por culpa de Wilder, la aparición de fuerzas oscuras que atravesaban el Velo se había incrementado.

Por culpa de Wilder, los espectros y los segadores tenían a la humanidad a su merced y hundían las garras más hondo conforme pasaban los días.

El sol ya solamente iluminaba durante unas cuantas horas y la primavera se negaba a florecer hasta en las zonas más cálidas de los mediorreinos.

La oscuridad era una plaga que asolaba el mundo.

Y había sido Hawthorne quien la había liberado de su jaula.

«Llévalo ante la justicia de Thezmarr. Hazlo, Althea Zoltaire, y podrás quedarte con sus espadas», le había dicho el maestro del gremio de Thezmarr, y Thea se había tomado muy en serio la orden.

No había dejado de perseguir a Hawthorne por los mediorreinos.

Él había hecho todo lo que había podido por enfrentarse a ella desde lejos y guiarla hacia hordas de aulladores y de espectros.

En los momentos más tranquilos, Thea se preguntaba si Wilder pretendía lograr algo más que alejarla de su rastro, si era partícipe de un plan mayor para esparcir todo el caos y la oscuridad posible por los reinos.

Era un espadachín caído y el alcance de su traición no conocía límites.

Sin embargo, Thea había matado a todos los monstruos que él le había puesto en su camino y había defendido al pueblo del mal que Hawthorne diseminaba por los mediorreinos.

Las llamadas de socorro eran interminables y Thea no pensaba dejar ninguna sin responder.

Ahora, los aldeanos observaban desde sus ventanas, con el rostro demudado por el terror, cómo los tres guardianes de Thezmarr se enfrentaban a los hombres malditos y cómo la nieve se transformaba en un fango negro bajo sus botas que manchaba las tierras heladas de Aveum.

Thea rodó por el suelo para esquivar una espada oxidada y cortar los tendones de detrás de las rodillas de su oponente, que cayó sin dejar de moverse.

Thea recorrió con su puñal de acero naarviano la frágil columna de su garganta.

La criatura empezó a sangrar, y el estallido le manchó las manos con el líquido caliente antes de que el monstruo se desplomara en el suelo como una roca.

Un grito de alegría se alzó desde una de las ventanas que daba a la entrada del pueblo. Cuando Thea levantó la vista, vio que los hombres y las mujeres de la pequeña localidad se aferraban unos a otros, expectantes, con gritos de triunfo en los labios.

Thea los ignoró y se giró hacia los oponentes que quedaban.

Cal y Kipp luchaban cada uno con un aullador para alejarlos del pueblo y conducirlos hacia la orilla del lago helado.

Los hombres malditos no eran espectros ni guerreros formados, pero la oscuridad los volvía fuertes y persistentes, y Thea había visto cómo esa negrura se propagaba como el fuego.

Por un breve instante, reparó en la mejora de la forma física de Kipp. Su amigo luchaba mucho mejor que cuando estaba en Thezmarr y, si bien no llegaba a ser un guerrero nato, a ella le gustaba pensar que los ejercicios constantes a los que lo había sometido lo habían ayudado.

Se encargó sola de terminar con otros tres enemigos antes de recorrer con la vista la nieve manchada.

Un regusto amargo le llenó la boca cuando divisó al líder de las criaturas, que avanzaba en su dirección.

Con un movimiento de espada, Thea se preparó y resistió el ataque; esquivó un empujón y se giró, arrancando crujidos a la nieve, para propinarle un poderoso golpe en el costado.

Con un gruñido propio de una bestia, su oponente la bloqueó con torpeza y Thea aprovechó para clavarle el puñal en la carne blanda de debajo de la barbilla y rajarle toda la cabeza.

De la boca le brotaron sombras, así como un gorgoteo.

Thea le dio una patada con la bota y arrancó el puñal con un fuerte tirón.

—Qué asco —exclamó Kipp al acercarse mientras se limpiaba la sangre de la espada con un trapo.

—No ha sido tan desagradable como lo de la tela de araña gigante de hace unos meses —repuso Cal, y arrugó la nariz al observar la carnicería de Thea.

—Y que lo digas. Aun así, no esperaba pasarme así el día de mi cumpleaños, la verdad —admitió Thea con una mueca.

Kipp se animó al oírla.

—Seguro que la agradecida población de este bonito pueblo estará más que encantada de compartir su cerveza con su salvadora —comentó, esperanzado. Llevaba la mayor parte de la semana intentando convencerla para que lo celebraran.

—No puedo. —Thea ya estaba negando con la cabeza—. Hay que seguir adelante. No quiero perderle el rastro en otra nevada.

Habían rastreado a Wilder Hawthorne hasta la entrada misma de ese pueblo, donde apareció otro enjambre de criaturas repugnantes.

Thea apretó los dientes y observó los cuerpos que se acumulaban en la nieve.

Era una de las incontables situaciones parecidas que ya habían vivido.

El espadachín caído los había conducido a una persecución imposible por los mediorreinos, sin dejar de interponer monstruos entre ellos y crear obstáculos para no tener que enfrentarse cara a cara.

Ironhelm, Kilgrave, Wilton... Thea había perdido la cuenta de los numerosos lugares que habían rastreado persiguiendo a Hawthorne, pero no dudaría en explorar cien más si eso suponía consumar su venganza.

Se había convertido en su motivación, en su religión.

Si cerraba los ojos, era capaz de oír el crujido del arco mientras lo tensaba y lo dirigía hacia el punto débil de la armadura de Hawthorne.

Pero él se desvanecía entre las sombras antes de que ella pudiese comprobar si había dado en el blanco.

Tanto Cal como Kipp gruñeron al reparar en su expresión decidida.

—Thea —le suplicó Kipp—. Déjanos pasar una noche lejos de este frío dejado de la mano de los dioses. Una noche en una cama caliente y con una comida que no haya preparado Callahan el Insípido.

—Pues aprende a cocinar tú —protestó Cal.

—¿Cocinar? ¿Eso es lo que crees que haces...?

Pero Kipp se quedó callado cuando la puerta de una de las chozas se abrió y apareció una mujer bajita y frágil envuelta en pieles.

Se les aproximó con expresión de reverencia.

—Guardianes de Thezmarr, ¿cómo os podemos dar las gracias? —les preguntó con voz grave y los ojos iluminados.

—Solo estábamos cumpliendo con nuestro deber —replicó Thea—. No es necesario que nos paguéis.

—Nos gustaría mostraros nuestro agradecimiento —insistió la mujer—. De no haber sido por vosotros, puede que hubiéramos sucumbido a la misma maldición que esos hombres. —Señaló con la barbilla hacia los cuerpos y la sangre negra que manchaba la nieve—. ¿Puedo ofreceros alojamiento...?

—No nos vamos a quedar. Pero, si queréis, aceptaremos algunas raciones de comida para el camino. —Thea suspiró al ver abatido a Kipp—. Y un poco de cerveza, si tenéis de sobra —añadió.