Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 7 #6
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CAPÍTULO 7 #6

Para comer recibe con alegría un plato de pollo asado y un postre navideño chileno para celebrar la festividad.

Después de una breve siesta, un renovado Pablo camina en dirección a la sala de descanso.

Es un lugar lleno de luz gracias a sus grandes ventanales.

Los enfermos ingresados de procedencia extranjera, como él, no reciben visitas.

Se encuentra en el área común con Pedro, Luigi y Juan Pablo, sus nuevos amigos, que están jugando al parchís en torno a la mesa y le proponen unirse a ellos.

El cántabro acepta y se sienta con ellos mientras terminan una partida que está ya en su fase final.

Mientras observa cómo juegan, el joven escucha una conversación en la mesa de al lado.

—¿Te has enterado? Ayer hubo un suicidio en el pueblo. Dicen que era un hombre que estaba solo.

—Si ya lo he escuchado. En realidad, me parece hasta normal. La vida en estas latitudes sin luz solar y con el aislamiento social que empuja muchas veces al alcoholismo, hace que las tasas de suicidio sean bastante más altas que la media.

—Sí, la verdad es que la vida en Puerto Williams debe de ser muy dura; además, el frío no ayuda nada para socializar.

—Pablo, Pablo —Juan Pablo saca al cántabro de la escucha de la mesa de al lado con un leve toque en el brazo, a la vista de que no responde a las llamadas.

—¿Sí? —pregunta sobresaltado.

—Que ya hemos terminado la partida y vamos a empezar otra —responde Luigi, con su simpático acento italiano.

Así pasan una entretenida tarde jugando al parchís: que si te como la ficha, que si te pongo barrera…

Un entretenimiento de toda la vida, divertido y sencillo, que irradia risas por el local.

Muchas veces, los mejores placeres de la vida son momentos mundanos.

A última hora de la tarde los cuatro se despiden para dirigirse a sus respectivas habitaciones, ya que en breve será la hora de la cena.

Quedan para juntarse nuevamente después, esta vez para conversar, contar aventuras, anécdotas y sus expectativas para el año recién estrenado.

A partir del día 2 de enero, la vida de Pablo se vuelve más sociable.

Antonio, el doctor, observa con alegría cómo, gracias a frecuentar la sala de descanso, su semblante ha cambiado.

Ahora muestra ganas de vivir y esperanza.

Su ánimo, al igual que su salud física, está mejorando.

Sus rutinas se afianzan; no falta en ningún caso a las citas en la sala común.

Ahí, ampliando su círculo de amistades, el cántabro conoce a personas de diferentes culturas.

Aunque ha navegado por mares de países muy diversos, rara vez se había sentado tanto tiempo con los lugareños simplemente para hablar.

Por lo general, en sus viajes las conversaciones giraban siempre sobre el barco, los víveres o demás temas relacionados con la navegación.

Pero ahora no: hablan de cosas típicas, de deportes, del clima y, la mayor parte del día, de las anécdotas.

Muchas de ellas le hacen temer que acabará cayendo de la silla de la risa.

Pablo es una persona renovada, diferente a la que llegó en el RV Polarstern.

Las últimas conversaciones que ha mantenido con sus familiares han causado un gran alivio en ellos.

Temían por su vida al ver su estado anímico en la primera llamada, más aún cuando no les cogía el teléfono si eran ellos los que le llamaban.

Pero ahora es una persona diferente, que no olvida ni olvidará a Laura, pero que no va a dejar que su vida se hunda como un cuerpo atado a un ancla.

Laura se ha convertido, más bien, en el salvavidas que lo mantiene a flote.

La mañana del 5 de enero, el día de Reyes, amanece triste y nublado. Sin embargo, trae consigo un regalo para Pablo. A la tarde, Antonio, el doctor, entra en su habitación con una carpeta en la mano.

—Buenos días. Por fin ha llegado el momento de que nos abandones y puedas reunirte con tu familia — celebra un sonriente y cercano doctor Soto.

—Muchas gracias, Antonio, me habéis tratado muy bien. Habéis conseguido que, a pesar de estar en el otro confín de la tierra, me haya sentido no como en casa, pero casi —agradece el cántabro, sin poder evitar abrazar al doctor.

—Me alegro sinceramente de tu recuperación. Debo reconocer que llegaste en muy malas condiciones; incluso llegué a temer por tu vida, ya que no ponías nada de tu parte. Te deseo lo mejor —responde el doctor, ruborizado por el imprevisto abrazo.

Pablo, al igual que había hecho previamente Ernesto, también ha comprado lo necesario para el regreso: una maleta de cabina y las cosas imprescindibles para su traslado a Madrid, donde le espera su familia para llevarlo en coche a Santander.

Él les dijo que tomaría otro vuelo, pero sus padres necesitan verlo lo antes posible.

Tiene el billete para volar al día siguiente a Punta Arenas.

Es un trayecto más rápido que el ferry; además, prefiere evitar la escala en Ushuaia y así adelantar su regreso lo máximo posible.

Para esa noche ha reservado una habitación en un hotel de Puerto Williams, con la intención de ir a cenar a un restaurante que le han recomendado los trabajadores del hospital.

Mientras recorre el pasillo del hospital, va despidiéndose tanto de los ingresados como de los trabajadores. Lo hace con especial emotividad de Daniela, la enfermera que tan amablemente lo ha cuidado. Va también a las habitaciones de Pedro y Luigi; Juan Pablo hace algunos días que recibió el alta.

En la recepción, charla un rato con Andrea, la recepcionista.

No ha vuelto a hablar con ella a solas, pero le tocó trabajar en Nochevieja cuando cenaron todos juntos en la sala de descanso y por eso la conoce.

Deja la maleta a su cargo, y ve cómo la acomoda al lado de otra, roja y reluciente.

Le indica que la recogerá después de la cena.

—Hasta luego, Andrea. —le dice con una sincera sonrisa.

—Hasta luego, Pablo.