Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 7 #5
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CAPÍTULO 7 #5

Ernesto escucha estas palabras con una mezcla de ironía y dolor.

Le hacen sentir una profunda soledad. Él carece de familia y de amigos; no hay nadie que le esté esperando detrás de las puertas del hospital.

Lo más parecido a un vínculo está en la habitación de al lado.

Pero fuera de los muros del centro médico se encuentra solo, y tampoco dispone de tiempo suficiente para llegar a Madrid, donde sí podría cenar con algunos conocidos.

Mientras el médico le dice que le da el alta para que se reúna con su familia, en realidad lo está alejando de la única persona conocida a miles y miles de kilómetros de distancia, forzándolo a pasar la noche solo en un hotel de Puerto Williams. Lo saca del entorno del hospital, donde ya conoce al menos por el nombre al personal médico que lo atiende, y lo expulsa a un exterior frío e inhóspito en el que, en su soledad, únicamente el viento patagónico le hará compañía.

No conoce la ciudad, pero decide quedarse en Puerto Williams hasta pasadas las fechas navideñas con la esperanza de encontrar algún viajero solitario como él con quien compartir mesa y mantel en esos días tan señalados, festivos generalmente llenos de alegría y fraternidad en todo el mundo.

A Pablo le ha dicho que tomará una avioneta.

Tal vez lo haga, pero no hoy. Piensa ir a cenar y después buscar alojamiento, a poder ser en algún albergue, buscando viajeros solitarios; pero el mar, el dichoso mar, lo sigue llamando.

Minutos después de despedirse del doctor Antonio Soto, Ernesto sujeta una reluciente maleta roja ya preparada para abandonar el hospital.

En su interior guarda un neceser y ropa para estrenar.

Todo su contenido es lo que ha podido comprar por internet durante su estancia en el centro:, una bolsa de viaje llena de cosas nuevas, impersonales y sin recuerdos de días pasados.

Ernesto pasa por la puerta de la habitación de Pablo.

Duda si despedirse de él, pero ya lo ha hecho.

Con el corazón en un puño, parado delante del umbral, decide continuar su camino hacia la salida.

Al llegar a la recepción, pregunta si por favor puede dejar ahí su equipaje para pasar más tarde a recogerlo.

Quiere pasear por la ciudad, cenar y reservar un alojamiento, y después pasar a por su reluciente maleta roja.

Sorprendida, la recepcionista le confirma que sí, que no hay problema.

El aislamiento de Puerto Williams respecto al resto del mundo crea una solidaridad y cercanía entre desconocidos que no se da en Madrid, por ejemplo, donde no se hubiera atrevido a pedir un favor semejante.

Ese gesto, aunque resulta normal en un hotel, es poco habitual en un hospital.

Gracias a ello, Ernesto consigue evitar acarrear sus pertenencias mientras vaga por el pueblo.

Mientras sale del hospital, le sobresalta el golpe de la puerta, que se cierra bruscamente tras él.

El viento patagónico azota su cara, como siempre, helador y constante.

Está recuperado, pero muy delgado y con la mirada perdida.

Ante él, dos calles con un fuerte desnivel parecen desembocar en el puerto.

A su derecha nace un callejón iluminado por una tenue farola.

Con decisión se dirige hacia allí, dando la sensación de saber adónde va.

A pesar de ello, sus pasos son lentos y pesados; su rostro refleja tristeza y sus movimientos lo confirman.

31 DE DICIEMbrE

Para Pablo, las jornadas en el hospital tras la partida de Ernesto son días de una soledad liberadora.

La marcha de su amigo le ha evitado esas conversaciones distantes y frías en las que se habían convertido sus últimas charlas; diálogos que terminaban dejándole un desagradable e intenso dolor interno, una sensación de desasosiego que le duraba horas.

Antonio, el doctor del hospital, lo visita todas las mañanas y le somete a pruebas y análisis para asegurarse de la recuperación de su cuerpo. Daniela, la enfermera habitual, le trae las comidas y le acompaña en sus primeros paseos por los pasillos del edificio.

La monotonía es una constante en la vida hospitalaria.

A primera hora de la mañana, lee los periódicos; es su conexión con el mundo.

A través de internet, se pone al tanto de la vida en España.

El resto del tiempo lo completa haciendo pasatiempos o viendo series o películas, una actividad que aleja su mente de la realidad, permitiéndole huir momentáneamente del pasado cercano que le tortura.

La mañana de Nochevieja en el centro médico es un día extraño: una mezcla de alegría y tristeza.

El carácter animado y casi festivo del personal contrasta con las caras largas y la tristeza de los ingresados.

Algunos reciben visitas de familiares, pero otros, como Pablo, con sus familias en la otra parte del mundo, están solos; en estas fechas la soledad se acentúa aún más.

Para la hora de la cena, Daniela convence a los ingresados que pueden levantarse para improvisar una celebración en la sala de descanso.

Pablo comparte la mesa con otros diez enfermos —de diferentes nacionalidades, la mayoría procedentes de expediciones antárticas—, así como con otros tantos trabajadores del hospital.

La clínica, en estas fechas especialmente, trata más a marineros, militares y científicos que a la propia población local.

La cena, aunque personalizada según el estado físico y la dolencia de cada paciente, incluye para quien pueda un trozo de cordero asado y, de postre, pan de Pascua: un bizcocho denso y especiado, lleno de frutos secos y frutas confitadas, con un sabor que lo asemeja a un pan de jengibre.

Este es el postre estrella de las Navidades en Chile.

El entorno festivo logra poco a poco animar el corazón entristecido de los pacientes, y se escuchan risas y animadas conversaciones multilingües en torno a la mesa.

Pedro, el brasileño, asiste con una camisa blanca por encima de la bata del hospital, siguiendo una tradición de su país.

Pero es con la llegada de las campanadas cuando se despliegan los diferentes rituales.

Daniela, vestida con ropa interior de color amarillo que se percibe debajo de su uniforme, les trae a cada uno un pequeño bol con lentejas.

Habitualmente en Chile se recibe la llegada de un nuevo año comiendo una cucharada de esas legumbres antes de medianoche.

Luigi, el italiano, se sorprende al conocer que la costumbre de comer este plato para atraer la fortuna, que él consideraba tan italiana, es habitual también a miles de kilómetros de su querida Sicilia, aunque en su caso lleva ropa interior roja en vez de amarilla.

Pablo tiene ante sí un bol con doce uvas, listas para tomarlas con las campanadas.

Juan Pablo, un joven colombiano, sorprende a los demás llegando a la cena con una maleta.

Ante el asombro del resto, explica que no le han dado el alta, sino que es una costumbre colombiana para pedir un próximo año viajero.

Antes de la llegada de la medianoche, Daniela enciende el televisor.

En la pantalla se ven en vivo los festejos de la bahía de Valparaíso, donde tras las campanadas se celebra uno de los espectáculos de fuegos artificiales más importantes del mundo.

Cuando faltan diez segundos para el nuevo año, todos los comensales cantan la cuenta regresiva.

Únicamente Pablo observa en silencio la pantalla con una uva en la mano.

Con el estallido de la medianoche, mientras chilenos y extranjeros de diferentes nacionalidades celebran con júbilo el momento entre besos y brindis, Pablo comienza a comer con una rítmica cadencia las uvas al sonido de unas imaginarias campanadas, mientras en la televisión comienza el espectáculo pirotécnico.

Solamente tras comer la duodécima uva se une a sus compañeros en la celebración de besos y brindis de champán. Ese momento de felicidad ahuyenta a los demonios de la soledad de los ingresados y del personal de guardia, que no puede celebrar estos emotivos instantes con sus amigos o familiares.

Con la bajada del punto álgido de alegría, los besos se convierten en animadas conversaciones que, poco a poco, van bajando también de intensidad. A pesar del estallido de emoción, no dejan de ser personas convalecientes en quienes el cansancio hace mella.

Poco a poco, cada uno se va retirando a su habitación. Pablo por fin se duerme con una sonrisa en la cara después de demasiados días sin lucirla.

Cuando se despierta el día de Año Nuevo, siente que un gran peso se ha desprendido de él.

La vibrante luz que entra por la ventana le hace sentir que el mundo, a pesar de todo, se ha vuelto a poner en marcha.

La vida, que ha sido una lucha por la supervivencia durante el último mes, se presenta hoy como una oportunidad renovada.

La pena está ahí y será su compañera de por vida, pero Laura se enfadaría con él si tirara por la borda el resto de su vida, relamiéndose las heridas de un suceso inevitable.

Nicolás, el enfermero que se turna con Daniela, le trae el desayuno: un vaso de leche con un pan dulce y un pequeño trozo de fruta que Pablo saborea con una sonrisa.

El sanitario se sorprende al ver su buen semblante; se alegra por él, pero no le dice nada por si acaso.

Mientras desayuna, le traen el periódico.

Los titulares se centran sobre todo en la entrada del nuevo año, con los fuegos artificiales de Valparaíso en la portada.

El enfoque de las noticias le empuja a pensar en que para él se inicia el reloj de un nuevo ciclo, un año de incertidumbre con un futuro incierto en el que deberá afrontar una nueva vida.