Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 7 #4
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CAPÍTULO 7 #4

Son las 11:30 cuando la puerta de la enfermería se abre.

Cuatro sanitarios con el uniforme de la Cruz Roja entran en las dependencias médicas del barco.

Después de hablar con el doctor, se reparten en dos equipos y cada uno se dirige a un camarote.

Al cabo de unos minutos, el grupo se reúne de nuevo en la enfermería; esta vez, sin embargo, Pablo ocupa una camilla y Ernesto otra.

El gélido viento patagónico que sopla en la cubierta es intenso, tal y como les había dicho el doctor.

La sensación de frío helador les golpea la cara y les corta la respiración.

Después de días con la agradable temperatura de la enfermería, esa sensación les recuerda cruelmente su vida en la isla, una herida demasiado reciente.

Una herida que les llevará mucho tiempo cicatrizar.

Las calles, empinadas y sinuosas, serpentean cuesta arriba.

Las edificaciones se agolpan unas contra otras de manera aparentemente desordenada.

Puerto Williams es una población edificada para la utilidad, sin florituras, al igual que la vida de sus habitantes.

Las calles son de tierra y grava. No en vano esta ciudad chilena, un pequeño asentamiento humano de escasamente dos mil habitantes, es el más austral del mundo.

Está lejos de todo. Su clima extremo y sus limitadas infraestructuras lo convierten en uno de los lugares más aislados del planeta.

Su ubicación, en la isla Navarino, la separa del continente por el canal Beagle.

Un ferry semanal los conecta con Ushuaia; otra opción es volar en avioneta a Punta Arenas, la ciudad chilena más cercana.

A pesar de las duras condiciones de vida, los ocupantes de las camillas se admiran al ver cómo las personas puede instalarse y sobrevivir en situaciones tan adversas.

Parece un entorno más propicio del que escapar que para querer quedarse, dejando patente la capacidad del ser humano para adaptarse a parajes tan hostiles como Puerto Williams o la vida en los desiertos.

Al fin, las ambulancias llegan a un edificio más grande, situado en la parte alta de la ciudad; el canal Beagle ha quedado abajo con su puerto y sus barcos.

La puerta se abre y el calor del interior los recibe, un cálido aire que los abraza diciéndoles que están en un lugar seguro.

El centro sanitario, que habitualmente es un lugar de dolor y tristeza, es ahora para los supervivientes un refugio en la civilización.

La construcción, posee una estructura sólida, diseñada para soportar los duros envites del clima.

Es un hospital naval, administrado por la Armada de Chile, pero que atiende tanto a población civil como a militares.

No es una instalación moderna con tecnología de última generación, pero es un lugar limpio, cálido, funcional y, sobre todo, bien mantenido por sus trabajadores.

Las camillas avanzan por los pasillos con el ruido de sus ruedas al girar.

Los recién llegados son dirigidos a dos estancias separadas y el médico, al entrar a cada cuarto, les informa de que el sufrimiento ha terminado; que a partir de ahora, todo lo que tienen que hacer es descansar.

Las habitaciones son sencillas, pero se sienten acogedoras.

Las paredes son de un color blanco ya ajado por el paso del tiempo.

En el centro del dormitorio hay una cama, a su lado una silla reclinable y una pequeña mesita con ruedas de doble uso, tanto para dejar cosas como para comer.

El cuarto incluye también un completo baño con ducha.

En ambas dependencias, una al lado de la otra, la ventana da a un pequeño jardín.

El resto del día es un caos de sensaciones.

Los náufragos están agotados; el trasiego del desembarco y la llegada al hospital les pasan factura.

Son sometidos a un exhaustivo examen médico, con más medios de los que disponía el doctor Schneider en el barco.

Les preguntan también por su vida en la isla, pero ninguno se siente cómodo rememorando la pesadilla sufrida en su prisión de hielo, aunque sí deben explicar al menos lo más importante.

Ernesto, en su caso, debe detallar su racionamiento extremo y cómo la salud de su compañero empeoraba.

Pablo, en cambio, rememora las bayas tóxicas que comió; él no recuerda su nombre, pero Ernesto sí.

Después, detalla cómo su recuperación fue debida a la proteína y los nutrientes de la carne de león marino que el cirujano le preparaba cocida.

Finalizado el reconocimiento médico, una enfermera amablemente le trae un teléfono a Pablo para que llame a su familia.

Habla con sus padres y les dice que está bien, explicándoles a grandes rasgos, pero sin entrar en demasiados detalles, lo que ocurrió desde su salida al Pacífico hasta su posterior rescate.

La familia había sido ya informada por las autoridades de que su hijo había naufragado y sido rescatado, pero poco más.

Además, no habían podido escuchar la voz de su hijo hasta este momento.

Es una llamada de alivio y felicidad al saber que ha logrado escapar de las garras de la muerte.

La parte más complicada es contarles el cruel final de Laura.

Pero eso no es nada en comparación con la siguiente llamada: una conversación que no quiere mantener, pero que le debe a la familia de Laura.

En ella no hay motivo alguno de alegría o alivio.

Todo lo que escuchan al otro lado del teléfono es doloroso y cruel.

Es una comunicación dura y seca, la notificación de que su hija ha muerto.

Pablo se ha salvado, pero esa parte no importa al otro lado del océano.

En Santo Domingo de la Calzada todo son lágrimas, llantos e incluso reproches, fruto del dolor.

Es la llamada que termina de hundir al joven en su pena.

La noche cae y con ella llega el silencio, una paz que no sintieron en sus noches en la cueva, donde el sonido del viento era una constante inevitable.

Tampoco la sintieron en el barco. Con esa calma los dos supervivientes se quedan dormidos.

El cántabro, sin embargo, lo hace después de dar muchas vueltas en su cama, ya que las conversaciones telefónicas han sido un duro trance y su sentimiento de culpa aumenta por momentos.

Se siente indigno por seguir vivo. Ernesto, por su parte, que al iniciar su viaje buscaba un sentido a su vida, se siente ahora más perdido que cuando llegó a Barajas sin billete de avión.

Los primeros días en el hospital son de silencio y descanso.

El cuerpo del cirujano se rehidrata y recupera las fuerzas.

Su estómago cada vez acepta más comida. Su constante mejoría contrasta con su creciente desmotivación y una sensación de vacío cada vez más grande.

No siente alegría, solo un silencio y una soledad que le recuerdan a partes iguales su vida en Madrid y sus días en la cueva.

Pasa el tiempo en la habitación, mirando por la ventana con el corazón roto.

Visita a su amigo varias veces al día, pero la conexión entre ellos es ya cosa del pasado; algo se ha roto entre ellos.

Pablo sabe que le debe la vida a Ernesto; sus cuidados y atenciones le libraron de una muerte segura.

Sin embargo, su mente vuela inevitablemente hacia el recuerdo de su amada y le resulta imposible separar ambas sensaciones.

Sus conversaciones se han ido convirtiendo poco a poco en lentas charlas, cada vez más llenas de silencios incómodos.

A Pablo le cuesta mirar a Ernesto. El cirujano lo sabe; es consciente de la lucha de sentimientos encontrados en el interior del joven.

30 DE DICIEMbrE

El cuarto día de ingreso en el hospital de Puerto Williams, Ernesto pasea por el pasillo en dirección a la sala de descanso.

Desde su habitación ve el pequeño jardín, pero desde la zona común divisa el mar, un mar que lo atrae como si fuera un imán.

Ha escapado de sus garras y ahora el océano parece reclamarlo.

Desde una esquina del ventanal consigue ver un poco del canal de Beagle y se queda mirándolo, absorto.

Esa tarde le van a dar el alta médica, pero no sabe qué hacer con su futuro.

No tiene claro si volver a casa y reestructurar su vida, continuar su viaje sin rumbo o atender la poderosa llamada del mar.

Antes de la hora de comer, mientras vuelve a su cuarto, visita a Pablo.

Mantienen otra conversación fría: sentirse cerca les recuerda a Laura y esa es una sensación incómoda para ambos, un recuerdo que les tortura y les separa.

Ernesto le dice a Pablo que hoy por la tarde va a partir en avioneta hacia la ciudad de Punta Arenas, para desde allí iniciar su regreso a Madrid, con escalas en Santiago de Chile y São Paulo.

El cirujano evita mirarle a los ojos ya que le está mintiendo, aunque en realidad no es ningún problema, puesto que el joven tampoco lo observa.

En realidad, ni siquiera le está escuchando.

Hace que le atiende, pero lo único que siente salir de los labios del cirujano es «Laura, Laura, Laura».

Se despiden cordial pero secamente. Ambos saben que en otras condiciones habrían forjado una amistad para toda la vida, alguien en quien confiar, alguien que no les fallaría nunca.

Sin embargo, la trágica muerte de Laura es una losa demasiado pesada que los separa.

Tal vez el tiempo suavice su peso, pero hoy por hoy, cada vez que se ven, ambos sienten dolorosos recuerdos que los obligan a buscar alejarse, como si fueran polos opuestos.

Ernesto, después de la amarga despedida con su amigo, se dirige con paso lento hacia su habitación. Al poco de meterse a la cama, abre la puerta el doctor que lo ha estado tratando.

—Buenos días. Vengo a traerte el parte de alta —le informa el doctor, sonriendo—. En estas fechas de celebraciones familiares procuramos acelerar las altas para que los pacientes podáis pasar estas fiestas en casa.