CAPÍTULO 7 #3
—Por supuesto, doctor —contesta el segoviano, levantándose demasiado rápido de la cama.
Ernesto camina lento y con un ligero mareo, pero con seguridad, hasta la sala de su amigo. El doctor únicamente lo acompaña; no es necesario que le ayude. Al coger el picaporte de la puerta, la emoción lo atenaza. Despacio, con suavidad y sin hacer ruido, la empuja.
Ante él ve a Pablo en la cama. Este gira la cabeza en dirección a la puerta. Se miran en silencio, ambos emocionados y con los ojos llenos de lágrimas.
—Estamos a salvo. Nos han rescatado. Lo conseguimos. —se regocija Ernesto con la voz rota por la emoción.
—Sí, lo conseguiste. Gracias a ti estamos hoy aquí—le responde el joven cántabro con una voz de ultratumba—. Te vi en la colina.
—Me desmayé, Pablo. Me desmayé y no les llegué a decir que estabas conmigo. Creí que no te habían visto. Corrí hacia la cueva, pero perdí el conocimiento antes de alcanzarla. No sabía si te habías quedado en la isla, solo —murmura Ernesto, recordando su angustia.
—Tranquilo. Estoy vivo gracias a ti. Tú me cuidaste en la isla, poniendo en juego tu propia salud. Muchas gracias, amigo. Me alegro de que te embarcaras con nosotros en Ushuaia —añade agradecido el profesor.
—Gracias. No sabes lo importantes que son esas palabras para mí.
—Bueno, ya está bien por ahora. Pablo debe descansar. Ya tendréis tiempo para hablar durante el resto de vuestra vida —les interrumpe el doctor mientras se lleva a Ernesto.
El profesor mira con cara de agradecimiento y felicidad a su amigo mientras el médico se lo lleva. Poco después de que cierren la puerta, sus párpados comienzan a bajar lentamente hasta quedarse dormido. El segoviano vuelve a la habitación, donde sigue hojeando las revistas hasta la hora de comer.
Cuando ve el menú, Ernesto constata que se está recuperando adecuadamente. En el plato, esta vez, hay un filete de pescado con puré de patatas y un flan de vainilla de postre. El olor a comida llena la estancia, haciéndolo sentir vivo con su aroma.
Por la tarde, como se siente ya con más fuerzas, se anima a salir de la habitación.
Avanza por el pasillo con un paso lento y pausado.
Primero se asoma al camarote de Pablo, pero, como su amigo está dormido, decide investigar un poco los pasillos del barco.
Consigue llegar a la sala de descanso. Allí se encuentra con entusiasmados marineros hablando de su próxima visita a tierra firme y de su cada vez más cercano regreso a casa.
Al ver a Ernesto, un sonriente marinero se le acerca.
—¡Feliz Navidad! —le dice, ofreciéndole un vaso de agua mientras le explica que es el piloto del helicóptero.
Se queda conversando con él y con sus compañeros, que le preguntan por sus vivencias en la isla.
El segoviano, incómodo, procura cambiar de tema y hablar de asuntos más intrascendentes.
La tripulación, que se da cuenta, lo acepta y continúa hablando de su regreso a tierra firme, de la dura vida en alta mar y, sobre todo, de sus seres queridos y de en qué van a gastar el dinero ganado en esta larga expedición.
Antes de que sirvan la cena, Ernesto ya está en su habitación, no sin antes visitar nuevamente a Pablo, aunque este continúa dormido.
El reparto de las bandejas le sorprende hojeando una revista de coches; no es que le emocionen particularmente, así que más que nada mira las fotos.
En la bandeja tiene ahora sopa de pescado y un trozo de pan: un final sencillo para terminar el día.
Hasta la hora de dormir, continúa entretenido con las revistas, aunque esta vez sí consigue dejarlas en la mesilla antes de que se le cierren los párpados.
26 DE DICIEMbrE
Amanece un nuevo día en la enfermería del barco. Cuando Pablo se despierta, Ernesto está a su lado. La alegría de verle se desvanece cuando a la mente del joven llega el traumático recuerdo de la muerte de Laura.
—¿Está Laura a bordo? —balbucea con dolor.
—No. Yo me desmayé y no se lo pude decir —se excusa avergonzado, Ernesto.
—¿Cómo? ¿Me estás diciendo que hemos dejado a Laura abandonada en la isla? ¡Hay que dar la vuelta! —exclama el cántabro, furioso.
—No puede ser. Se lo dije al capitán en cuanto me desperté, pero me explicó que, aunque se le hubiera dicho en la isla, no la hubieran podido embarcar por las complicadas regulaciones y por no disponer de un espacio adecuado.
No hay morgue en el barco —responde el cirujano, nervioso y a la defensiva.
—¿Cómo que no la pueden embarcar? ¡La hemos abandonado sola en la isla! ¿No lo entiendes? —le grita Pablo, fuera de sí.
—No la hemos abandonado sola. Ella está muerta. Cayó por la borda, fue un accidente y no pudimos hacer nada —se excusa Ernesto, intentando calmarlo.
—Pero ella merece un entierro digno y un sitio donde descansar, un sitio…
—Donde la puedas visitar —le completa la frase el segoviano entristecido.
—¡Sí, sí! Laura merece ser enterrada en casa, donde sus seres queridos podamos despedirnos de ella como corresponde —vocifera el joven, mientras rompe a llorar.
—La muerte de Laura fue una tragedia, injusta e inesperada.
Pero debes entender la situación: la mala suerte nos llevó a un islote inhóspito, lo cual dificultaba enormemente el poder traerla.
Además, han pasado varios días desde su muerte.
Es como los escaladores en el Himalaya: lo habitual es no bajar a los fallecidos por encima de los ocho mil metros de altura —objeta el cirujano con voz temblorosa.
—Lo sé, lo entiendo... ¡Pero no es justo! —insiste Pablo a gritos—. Ha muerto la mujer de mi vida, se cayó por la borda y no he vuelto a verla… Tú la encontraste en la playa y la enterraste. Pudiste despedirte de ella. Yo no —lamenta, desgarrado por la pena.
—Te entiendo y no sabes cuánto lo siento. Pero tú estabas al borde de la muerte. Ahora estás vivo —manifiesta Ernesto, mientras le abraza.
—Vivo, pero sin Laura. ¿Cómo le explico yo a su familia que está muerta y que, además, no podrán despedirse de ella? ¿Que la hemos abandonado en una isla perdida donde no la podrán visitar jamás? —insiste el joven entre sollozos.
—¿Quieres que hable yo con su familia? —se ofrece Ernesto.
—No. Me corresponde hacerlo a mí; se lo debo —contesta, recobrando levemente la compostura.
—Pero recuerda que Laura murió cumpliendo su sueño de dar la vuelta al mundo en velero —le dice el cirujano.
—¡Pues no! No ha merecido la pena, era demasiado joven para morir —responde enfurecido nuevamente el joven.
—¿Cómo os hubieseis sentido si no hubierais podido iniciar la vuelta al mundo que habíais planeado durante años? —le pregunta el segoviano con voz calmada.
—Pues mal, ¡pero peor ha sido el resultado de comenzarla! —replica el profesor, rabioso.
—Por supuesto, pero si no la hubierais empezado, tendríais clavada esa espina durante toda vuestra vida —insiste Ernesto, intentando tranquilizar a su amigo.
—¡Pero estaríamos juntos! ¡Laura estaría viva! —replica Pablo, sin poder salir de su espiral de dolor.
—Eso tampoco lo sabes. El destino siempre nos reserva quiebros inesperados.
—Ernesto, joder, la echo de menos. ¿Qué va a ser de mi vida? —se lamenta, totalmente derrotado, mientras mira a su amigo a los ojos.
—Pablo, estabas al borde de la muerte. Has logrado volver al mundo de los vivos. Laura no pudo esquivar su final, pero tú sí. Debes aprovechar esta segunda oportunidad que te da la vida.
—¡Pero no tengo ninguna ilusión por vivir! Cuando vuelva a Santander, todo me recordará a ella —sostiene el joven, desolado por un profundo dolor que nace desde lo más hondo de sus entrañas.
—Lo primero es que necesitas tiempo. Luego debes encontrar una razón de ser. No olvidarte de Laura, pero sí continuar con tu camino. Antes de ello, necesitarás un periodo para guardar el luto por una pérdida tan cruel e inesperada —le propone el cirujano.
—No tengo a Laura, ni ganas de navegar. Ambas han sido el pilar de mi existencia. Ahora nada tiene sentido para mí.
—Necesitas llorar un tiempo, pero tienes toda la vida por delante, eres demasiado joven. No puedes permitir que la muerte de Laura sea en vano. Tú te has salvado; a ella no le hubiera gustado verte tirar por tierra el resto de tus días —continúa Ernesto con voz calmada, intentando reconfortarle.
—¡Me sobran, me sobran el resto de mis días! ¡Dudo mucho que pueda ser tan feliz como lo he sido durante estos años con Laura! —grita colérico el cántabro.
—No te empeñes en buscarle un sentido a tu vida hoy. Laura se merece que le llores un tiempo, pero no para siempre —sostiene con calma el médico, intentando contagiarle serenidad.
Pablo llora derrotado mientras Ernesto le abraza con ternura.
Sabe perfectamente que lo que le está diciendo el cirujano es verdad, pero qué difícil es verlo cuando le pasa a uno.
La angustia le invade, un tormento que le oprime el estómago y se irradia por todo su cuerpo.
No es un mal físico, es un sufrimiento que va más allá; tampoco hay medicamentos para aliviarlo.
Es un dolor intenso, cruel y sin cura. Solo el tiempo es capaz de sanarlo.
O no. Hay quien no se recupera nunca de una pérdida tan dramática.
El profesor no ve salida a esa pena, ni tampoco quiere evitarla; se siente responsable del triste final de Laura.
El doctor Schneider entra inesperadamente en la habitación. Pablo y Ernesto se separan instintivamente, como si hubieran recibido un chispazo. Pablo se frota los ojos mirando a la pared contraria a la puerta, mientras que Ernesto mira al médico.
—Al fin hemos llegado a Puerto Williams. El viaje se ha alargado más de lo previsto, ya que los fuertes vientos nos han retrasado —les explica el doctor
—Muchas gracias, doctor Schneider —responde Ernesto.
—En un rato vendrán a recogeros para llevaros al hospital de Puerto Williams. Espero que os recuperéis pronto. Por favor, Ernesto. Ahora debes volver a tu habitación —añade el doctor.
—Muchas gracias por cuidarnos tan bien, doctor —le agradece sinceramente el segoviano.