CAPÍTULO 7 #2
—¿Puedo verlo? —le pregunta con una voz apagada.
El doctor asiente con la cabeza, pero le advierte:
—Sí, pero mañana, cuando te recuperes. Por ahora, debes descansar y comer, justo te acaban de traer la comida —aclara el doctor.
Por la tarde, al poco de despertarse de la siesta, después de devorar la comida, la puerta de la habitación de Ernesto se abre.
Esta vez es un hombre con un uniforme de oficial el que se acerca a su cama.
Su cara está bronceada, pero sin mostrar la piel curtida por la ruda climatología que sí muestran los marineros de cubierta.
Se presenta con la seriedad esperada de un oficial de su rango.
—Mi nombre es Klaus Frege. Soy el capitán de este barco.
El RV Polarstern. Si no le importa, le haré algunas preguntas —le informa con una voz profunda que resuena con autoridad en la habitación—.
Nos gustaría saber sus nombres y qué les ha pasado para acabar en una isla desierta en estas latitudes tan alejadas de cualquier ruta marítima.
Ernesto, sin dudarlo, le cuenta la historia de cómo terminaron en la isla.
Comienza el relato con el choque con el contenedor perdido.
No considera necesario contar que conoció a la joven pareja en Ushuaia.
Le explica con detalle cómo navegaron a la deriva hasta llegar a la isla de la que los rescataron.
Le cuenta también cómo la desesperación por no tener comida hizo que Pablo imprudentemente comiera las bayas tóxicas, al confundirlas con calafate, de ahí su estado físico, tan deteriorado.
—En la isla… además de nosotros dos, estaba el cadáver de Laura. La corriente la llevó a la cala al día siguiente. La enterré —añade Ernesto apesadumbrado.
—Le acompaño en el sentimiento. Aunque nos lo hubiera dicho en la isla, en este barco no habríamos podido embarcar el cadáver de su amiga; no disponemos de una morgue adecuada.
Además, el transporte de restos humanos a través de fronteras marítimas está sujeto a estrictas regulaciones y trabas.
El papeleo y las cuarentenas lo imposibilitan; es más, una posible contaminación biológica podría tirar por la borda todo el trabajo desempeñado por los científicos tras una larga expedición.
Somos un buque de investigación científica —explica el capitán.
Ernesto suspira.
—Ahora nos dirigimos a Puerto Williams; navegamos a una velocidad de quince nudos —le informa el capitán—. Calculo que en unas cuarenta horas llegaremos al puerto. ¿Necesita que avisemos a alguien de su situación?
—No, muchas gracias. Pero Pablo sí; querrá avisar a su familia. Y a la de Laura —le dice con voz temblorosa mientras el dolor por la muerte de la joven aflora, haciendo brotar las lágrimas de sus ojos.
—¿A quién debemos avisar? —inquiere el capitán, manteniendo la compostura.
—No lo sé, nos conocimos hace apenas un mes. Yo no sabría contactar con ellos —responde mientras las lágrimas continúan resbalando por sus mejillas.
—No se preocupe, ya nos lo dirá su amigo cuando se despierte. Usted ahora debe recuperarse. Si me disculpa, debo volver al puente de mando —se despide con seriedad el capitán mientras se dirige a la puerta.
Al poco entra el doctor Schneider, una presencia más amigable que la de su superior. Le controla los parámetros y le informa con una sonrisa de que se está recuperando adecuadamente.
—Enseguida le traerán la merienda; cuando termine, probaremos a levantarle, ¿le parece bien?
—Muchas gracias —agradece Ernesto.
Su merienda consiste en un caldo, unas galletas saladas y un yogur.
Ernesto, como médico, hace un análisis rápido de la merienda, lo que le sirve para valorar su situación: le dan caldo para proporcionarle líquidos, sales y vitaminas fáciles de asimilar.
Las galletas cumplen la función de carbohidrato simple, perfecto para recuperar energía poco a poco.
El yogur, por su parte, es un alimento fresco y suave que aporta una pequeña dosis de azúcares y proteínas.
El menú le indica que su sistema digestivo, debilitado por el hambre y la inanición, necesita ser reactivado con cuidado para evitar complicaciones.
Vuelve a disfrutar de la merienda, como unas horas antes hizo con la comida: todo le sabe riquísimo, a pesar de su apariencia poco atractiva.
Cuando se llevan la bandeja de la merienda, vuelve a entrar en la habitación el doctor Schneider. Va a intentar levantar a Ernesto, aunque el primer paso será probar a sentarse al borde de la cama.
—Es posible que te marees, es normal —le indica el doctor.
Ernesto lo sabe; se levanta poco a poco y con cuidado, siente un leve mareo en la cabeza, pero consigue sentarse en la cama sin demasiada dificultad.
—Perfecto, muy bien. Ahora vamos a esperar un poco y luego intentaremos ponernos de pie, ¿te parece bien? —pregunta el médico del barco.
—Sí, me encuentro perfectamente, sin ningún rastro de mareo —le contesta exagerando la realidad.
Después de esperar alrededor de un minuto, intentan que el segoviano se levante.
El doctor le ayuda con el brazo derecho.
En el izquierdo tiene puesto el gotero y se ayuda del poste del suero para levantarse.
Todo va a las mil maravillas; el doctor le suelta, aunque camina a su lado.
Le pide que pasee por la habitación para ver qué tal se siente.
Ernesto camina sin más problemas que la lentitud de sus movimientos.
—Doctor ¿Puedo ver a Pablo? —le propone mirándole fijamente a los ojos.
—Sí, ya sabía que me lo pedirías si fueras capaz de andar. ¿Me aseguras que no estás mareado? —le responde el doctor.
—Te lo aseguro —afirma con seriedad.
—Vamos entonces.
Ernesto camina por el pasillo hasta la habitación de al lado.
A su izquierda lleva el poste con ruedas del gotero; a su derecha, camina el doctor Schneider.
Al abrir la puerta, lo ve. Pablo, pálido e inmóvil, yace dormido en la cama.
Ante él no se encuentra el joven demacrado que se había desmayado en la isla, sino el paciente de un hospital, con una intravenosa en el brazo.
Ha merecido la pena; todos los sacrificios en la isla han merecido la pena.
Su amigo ha logrado sobrevivir, a pesar de que las perspectivas eran muy malas.
Lo han conseguido, aunque por desgracia no los tres.
—¿Puedo quedarme un poco? —pregunta, con ojos implorosos.
—Lo siento, Ernesto, pero hoy no. Debes coger fuerzas, mañana podrás acompañar más tiempo a tu amigo. Pero ahora es importante que tú te recuperes también.
El segoviano lo entiende. Sabe que, como médico, él también hubiera dicho lo mismo, pero ¡qué diferente se ven las cosas desde el lado del paciente o el doctor!
Vuelven juntos a la habitación, pero en esta ocasión el doctor se queda en la puerta, asegurándose de que Ernesto se tumba en la cama, aunque sin acompañarle hasta ella.
—En esta puerta —le dice señalando una puerta al lado de la entrada de la habitación.
—tienes el baño. Si necesitas algo, no dudes en utilizar el pulsador rojo que tienes en el cabecero de la cama.
Yo voy a descansar un poco, pero la llamada le salta a un compañero que acudirá en tu ayuda. Por cierto, feliz Heiligabend
— Heili ¿qué? —responde Ernesto desconcertado.
—Creo que vosotros lo llamáis Nochebuena, hoy es veinticuatro de diciembre. Aunque tal vez no estés de ánimo para celebraciones —le dice el doctor.
—Claro que estoy para celebraciones, hemos salido con vida cuando no veíamos luz al final del túnel. Pero tienes razón, mi cuerpo no está para muchas fiestas —contesta sonriendo.
—Que descanses. Enseguida te traerán la cena. Mañana, a ver si te podemos traer una comida algo más especial —le informa el doctor.
—Gracias, doctor. Feliz Heili ... eso. —sonríe Ernesto, incapaz de felicitarle la Nochebuena en alemán.
—Ja, ja, ja. Buenas noches, hasta mañana —se despide el doctor mientras cierra la puerta.
La cena, como ha supuesto el segoviano, es algo más consistente gracias a haber logrado dar el paseo para visitar a Pablo, pero no es una cena de Nochebuena.
Esta vez el menú lo componen una sopa de pollo con trozos de carne y arroz con puré de patatas, más una compota de manzana de postre.
Se come todo a duras penas, a pesar de saber que lo importante no es la cantidad de comida, sino los nutrientes que le aporta el menú.
Pero después del hambre que ha pasado, es incapaz de dejar nada en el plato.
Además, alimentarse no solo es una necesidad; ahora mismo es un auténtico placer para sus sentidos.
Con el estómago lleno por la cena, comienza a leer unas revistas que le ha traído a la tarde el doctor de la biblioteca de la enfermería.
No se siente con ganas de comenzar un libro, prefiere una lectura más sencilla y que no requiera tener que pensar.
Por otra parte, si el capitán está en lo cierto, mañana será su última noche en el barco.
Mientras lee, el cansancio se va apoderando de él, hasta terminar dormido con la revista en su pecho; ni siquiera se despierta cuando esta cae de manera ruidosa al suelo al girarse en la cama.
25 DE DICIEMbrE
El RV Polarstern avanza ignorando la hostilidad de las aguas del pasaje de Drake en la mañana de Navidad, mientras se aproxima a Puerto Williams. Ernesto se despierta sintiendo una energía renovada: se siente a salvo del horror de la isla.
El sol, sin fuerza, se filtra por la escotilla, iluminándole levemente la cara.
Un olor a café y pan tostado envuelve la estancia, generando en el cerebro de Ernesto una sensación cercana y agradable.
En el plato tiene una galleta de Navidad con forma de estrella, un pequeño detalle que le recuerda que es veinticinco de diciembre.
¿Qué más puede pedir? Da gracias a la vida por esta placentera mañana.
Después de terminar el desayuno , e l doctor Schneider entra en la habitación.
—Buenos días, Ernesto. ¿Te sientes con fuerzas para visitar a Pablo? Se ha despertado.