Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Una esperanza en el horizonte

Un zumbido creciente comienza a escucharse en la isla.

No es el incesante sonido del viento o el mar; es un bramido que encarna su salvación.

En la distancia, el capitán del RV Polarstern ordena virar el rumbo en dirección a la isla, pues la columna de humo y el destello de un espejo indican sin lugar a dudas, que alguien está pidiendo ayuda.

La tripulación, totalmente acostumbrada a la desolación de estos mares gélidos, se sorprende al ver el humo, pero más aún al recibir los reflejos de un espejo: provienen de un solitario islote sin puerto conocido.

Con los prismáticos consiguen ver la figura de un hombre al lado de la hoguera.

Parece que han encontrado un náufrago. ¿Cómo habrá llegado a estas latitudes solo?

Enfrente, Ernesto, con unas lágrimas que le enfrían la cara al contacto con el aire, aviva la fogata. El barco ha visto la señal. Al mirar hacia la cueva, ve a Pablo. Está a gatas en la entrada. Ha entendido que vienen a rescatarlos.

Minutos después, un pequeño punto negro se separa del barco y se acerca rápidamente a la isla.

Es un helicóptero. El médico, con el corazón en un puño por la emoción, levanta las manos para hacerse más visible.

La aeronave pasa por encima de él y le hace señas para demostrarle que lo han visto mientras rodea el islote.

Está buscando un sitio propicio para aterrizar.

Después de sobrevolar el terreno, termina por dirigirse a la cala en la que desembarcaron ellos.

Con la cara desbordada de felicidad, busca a Pablo con la mirada mientras desciende la colina hacia el refugio donde se han guarecido. Lo ve tumbado boca abajo, se ha desmayado por el esfuerzo de salir a rastras al exterior.

A Ernesto le va llegando, poco a poco, todo el cansancio acumulado.

La adrenalina del avistamiento había activado sus últimas energías, pero al desaparecer esta, un agotamiento extremo toma el mando de su debilitado cuerpo.

Se siente mareado y sin un ápice de fuerzas.

No, no puede desmayarse. El helicóptero lo ha visto a él, pero solo a él.

Si pierde el conocimiento, van a recogerlo únicamente a él.

Pablo se quedaría solo en esa remota porción de tierra, sin la más mínima posibilidad de sobrevivir.

Desde su posición, Ernesto ve a su amigo delante de la cueva, pero este pasa desapercibido tumbado en el suelo. Los tripulantes de la aeronave bajan ya y señalan en su dirección. No han visto al cántabro, y a él no le quedan fuerzas ni para señalar hacia el refugio.

Ernesto camina hacia su amigo, no hacia la playa donde ha aterrizado el aparato; cada vez avanza más despacio y su mirada se está nublando.

Se tropieza continuamente. La tripulación corre en su ayuda; le gritan que se detenga, que les espere.

Pero el médico no puede parar; tiene que llegar a la cueva o su amigo morirá, tal vez congelado esta misma noche.

Que paradoja tan cruel: se ha privado de todo alimento para mantener a Pablo con vida, debilitándose hasta el extremo, y ahora ese mismo sacrificio es lo que le impide llegar hasta él.

Si se desmaya aquí, lo rescatarán solo a él, y su compañero morirá abandonado en la más absoluta soledad.

Los rescatadores corren en su dirección, pero Ernesto avanza en diagonal.

Quiere alcanzar la cavidad, aunque no es capaz de coordinar sus pesadas piernas.

Después de varios traspiés, cae bruscamente.

La sangre fluye por su cabeza y sus ojos se van apagando mientras, entre dientes, murmura.

—Pablo, Pablo, Pa…

24 DE DICIEMbrE

El RV Polarstern navega por un mar tranquilo.

Es una enorme fortaleza de acero gris que avanza sin miedo entre los últimos hielos flotantes.

Su proa, reforzada para romper las placas, se alza imponente; su colosal estructura, poblada de grúas, laboratorios y enormes antenas parabólicas, da la impresión de no ser un simple barco, sino una ciudad flotante.

Tiene una eslora de ciento dieciocho metros, cien más que Salitre y viñas .

En su interior, unas noventa personas conviven a bordo; cincuenta de ellas son el equipo científico, una amalgama internacional compuesta por oceanógrafos, biólogos y geólogos.

Las otras cuarenta son la tripulación, principalmente de procedencia alemana, que se encarga de operar el enorme navío.

El barco enarbola la bandera germana. Es uno de los rompehielos de investigación más avanzados del mundo, operado por el instituto Alfred Wegener (AWI) de Bremerhaven.

Su labor es la investigación polar y oceanográfica.

Está de regreso después de una campaña monitoreando corrientes y la vida marina en el océano Antártico.

El sol de la mañana ha comenzado a asomar por el horizonte y el buque, silencioso, se va despertando con la luz del nuevo día.

La tripulación, vestida con abrigos rojos y botas negras, se mueve por la cubierta.

Los movimientos son firmes y rápidos. Se preparan para el trabajo del día.

Algunos se dirigen a los laboratorios, otros se suben a las grúas y unos pocos, en la cubierta de popa, recogen las herramientas.

La vida en alta mar es rutinaria, pero la mayor parte del tiempo se llena trabajando.

El ocio y el descanso generalmente llegan de manera brusca cuando pisan tierra.

En la cubierta, el helicóptero descansa con sus palas en silencio.

Un chorro de vapor se eleva desde la enorme chimenea.

La escena es un baile de hombres vestidos de rojo, color que representa el estándar de seguridad cuando alguien sale a la intemperie.

Es un tono visible a grandes distancias, crucial a la hora de rescatar a alguien en un entorno de nieve.

El frío de la cubierta se desvanece al atravesar la escotilla.

La puerta, pesada y de metal, se cierra con un chasquido y el viento, que en el exterior congela el aire, desaparece al instante, como por arte de magia.

El sonido, ahora, es un murmullo que proviene del corazón del buque.

La nave es una máquina con una vida efervescente, con paredes de acero y corredores blancos y estrechos.

Avanzando por el pasillo, un grupo de marineros vestidos de azul marino y con el logotipo del navío camina charlando animadamente.

Se dirigen a uno de los comedores. La voz del capitán, desde la sala de mando, se escucha a lo lejos en alemán.

Un oficial con el uniforme de la Armada se para y se dirige a un marinero, que se encamina hacia la sala de máquinas.

El navío es un laberinto de tubos, cables y maquinaria, similar a las venas, tendones y cerebro de un cuerpo humano.

Más adelante, en otra galería, hay un grupo de científicos que, con caras de preocupación, se dirigen a uno de los laboratorios.

Visten de manera informal, con ropa cómoda pero sin ningún tipo de uniforme.

El laboratorio es un caos de ordenadores y de botellas de cristal, todo ello iluminado con una luz blanca y fría.

Una puerta se abre y un hombre, un científico por su ropa, sale de la habitación con una mano en la sien y cara pensativa.

Los pasillos se vuelven más estrechos cuanto más se profundiza en las entrañas del barco.

También hay salas de descanso donde la luz es más tenue y el ambiente se siente cálido y agradable.

En estos lugares es donde los habitantes del buque se relajan en su tiempo de ocio; pueden ver películas, jugar a juegos de mesa, leer o simplemente conversar en grupo de manera sosegada.

Al no disponer de internet, a la tripulación y los científicos no les queda más remedio que hablar entre ellos, compartiendo así sus vidas y llegando a crear en ocasiones profundos lazos de amistad que perduran también en tierra firme.

Más adelante se abre otra puerta. Es la enfermería.

Aquí el olor cambia: es el típico y reconocible aroma de los centros médicos.

Las paredes son de un color blanco impoluto que brilla al reflejar la luz.

En esta zona el silencio es total; únicamente se escuchan los pitidos rítmicos de los monitores médicos.

Hay dos camas. En una, un hombre yace dormido.

Está tapado con una fina sábana, porque la temperatura del habitáculo no requiere más abrigo.

Ernesto abre los párpados y la blanca luz le hace daño en los ojos.

«¿Es el resplandor del final del túnel? ¿Estoy muerto?

», se pregunta. No sabe dónde está, se siente totalmente desorientado, pero a medida que se va espabilando, siente el calor de la estancia y el olor a limpieza.

Mira nervioso a su alrededor. Está en una cama que parece de hospital.

En su brazo tiene una vía con un tubo que termina en un poste de suero y junto a la cama hay una mesita con una bandeja de metal con un plato de comida.

A su izquierda hay otra cama, pero está vacía. Pablo no está.

—¡Pablo! ¡Pablo! —grita, rasgando el silencio de la enfermería con una voz que destila desesperación.

Se levanta rápidamente de la cama, pero sus débiles piernas no pueden con su peso.

Se desploma al suelo tirando también el soporte del suero, justo cuando un hombre entra corriendo a la sala y acude en su ayuda.

Es el médico del barco. Lleva una bata blanca de laboratorio sobre su uniforme azul.

Le ayuda a levantarse con cuidado. Su mirada hace que Ernesto se recomponga.

—Tranquilo, mi nombre es doctor Schneider. Estás en el RV Polarstern. Has sufrido un golpe en la cabeza y estás muy débil —le dice con un claro acento alemán—. Tu amigo está en la habitación de al lado. Necesita cuidados especiales puesto que su estado es más grave que el tuyo.

El angustiado rostro del segoviano se tranquiliza instantáneamente al sentir el alivio de saber que su amigo sí está en el barco con él. Los han rescatado a ambos.