Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 6 #5
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CAPÍTULO 6 #5

Tiene que pensar rápido. El barco no tardará mucho en alejarse de la isla.

Al instante, opta por añadir al fuego hojas verdes del matorral, lo que le llena las manos de heridas al arrancarlas sin miramientos. No hay tiempo para precauciones; tal vez sea la única oportunidad que tengan de salir con vida del islote.

Las hojas ahogan un poco el fuego, pero no lo suficiente. Finalmente, decide echar un poco de tierra sobre las llamas. Lo hace aterrado ante la posibilidad de apagarlas, aunque ahora sí ha conseguido una tupida columna de humo negro.

Es preciso que siga ardiendo. No se puede extinguir, ahora no.

Cuando siente que la humareda es lo suficientemente espesa y que el fuego no se va a sofocar, echa a correr en dirección a la cueva.

Se tropieza varias veces; la debilidad de su cuerpo y de su mente le impiden prever dónde va a pisar.

Con un codo y una rodilla ensangrentados, consigue llegar a la cueva y se precipita en busca del espejo de señales y las bengalas.

—¡He visto un barco en el horizonte! —exclama Ernesto.

—¿Dónde? ¿Cómo? —quiere saber Pablo, pero las preguntas se quedan en el aire.

El médico, sin contestarle, sale corriendo nuevamente.

Debe volver a lo alto de la colina; el barco está pasando por el sur de la isla y ellos están al norte.

Mientras asciende la cuesta, implora para que el navío siga al alcance de la vista, porque desde esta vertiente ni siquiera sabe si ya se ha alejado.

Al menos, la fogata se ve con claridad: lo que estaba en su mano, lo ha hecho bien, piensa.

Mientras tanto, asciende más lentamente de lo que él quisiera, no tanto por el desnivel, sino por su falta de fuerza.

Emplea toda su energía disponible en realizar ese trayecto de la manera más rápida posible, pero su mente se va nublando de cansancio.

Cuando por fin alcanza el punto más alto, la derrota y la desesperación le invaden.

No ve el barco, ya no está. Era grande y pasaba de perfil por la isla.

Venía del oeste, navegando hacia al este.

Busca desesperado en el horizonte, ¿fue tal vez una alucinación, como quien ve un oasis en el desierto?

Comienza a tomar conciencia de que nunca lograrán salir vivos del maldito islote al que les ha llevado el destino.

Pero de pronto, lo encuentra. La mancha blanca está ahí, aunque se la ve más pequeña. Debe estar alejándose. No habrá visto la columna de humo.

Saca del bolsillo el espejo de señales de manera apresurada y lo dirige hacia el barco.

Su reflejo es visible a más de quince kilómetros, al menos eso le explicó Pablo en una de sus conversaciones en el salón de Salitre y viñas .

El humo ha creado una columna claramente visible.

Él dirige el espejo hacia el barco y, por si acaso, además, lanza una bengala.

El barco se está alejando y tal vez no vuelva a pasar ningún otro.

El segoviano, de manera obsesiva, dirige el haz hacia la embarcación, y entonces aprecia cómo esta va aumentando de tamaño, aunque sigue siendo más pequeño que la primera vez que lo vio.

Ahora lo entiende: cuando lo ha visto por primera vez estaba de perfil; cuando ha vuelto a subir a la colina, el barco había virado en su dirección.

A él le ha parecido un punto mucho más pequeño, simplemente porque está de frente, avanzando hacia la isla.

La felicidad le inunda, pero Pablo no está a su lado para celebrarlo.

Tampoco se atreve a abandonar el promontorio hasta verlo atracar, no sea que se haya desviado por algún otro motivo.

A lo lejos cree escuchar un sonido apagado similar a la bocina de un barco, que parece saludarle.

Ahora sí, se derrumba a llorar, para acto seguido comenzar a saltar de manera enloquecida mientras grita y grita el nombre de su amigo.

El barco ha visto sus señales y viene a rescatarlos. Están salvados.

El joven no puede quedarse tumbado esperando después de lo que le ha dicho Ernesto. Intenta levantarse, pero, como le ocurrió la vez anterior, las fuerzas le fallan y el mareo se lo impide. Opta por arrastrarse hasta la salida; a gatas sí se ve con fuerzas para llegar.

Cuando por fin alcanza la boca de la cueva, la luz natural le hiere los ojos; tras varios días en penumbra, la siente demasiado brillante.

Mientras su vista se va adaptando, Pablo mira hacia la colina: allí, en la cima, puede ver perfectamente el humo.

A su lado distingue a su amigo, que se mueve nervioso, haciendo señales con el espejo.

De pronto, el segoviano dispara la bengala.

Es un mal augurio. La bengala, en un día así, no es tan efectiva como el espejo; probablemente el barco se está alejando.

De pronto, el médico cae al suelo derrotado.

Por lo que deduce que el barco se ha ido.

Pero, al poco, Ernesto se pone a saltar como un loco.

Desde su posición, cree escuchar cómo le llama. Están salvados, el barco los ha visto.