CAPÍTULO 6 #4
Frustrado, Pablo rompe a llorar en el suelo.
Ernesto le acompaña en silencio; no dice nada porque, en realidad, nada puede decir que le consuele en estos momentos.
Tras dejarlo desahogarse y esperar a que se calme un poco, le ayuda a regresar a la comodidad de la balsa, donde el enfermo se tumba boca abajo para volver a dejar fluir sus emociones.
Está consciente, pero su estado físico es tan lamentable que es incapaz siquiera de levantarse para despedirse de Laura.
Mientras tanto, continúa llorando de rabia, frustración y vacío por la pérdida del amor de su vida.
Un intenso dolor, nacido en lo más profundo de su alma, se extiende por todo su ser hasta que, finalmente, se queda dormido de puro cansancio.
Ernesto, viendo al joven dormir de agotamiento, decide salir a por leña.
Quiere también aumentar la hoguera de la colina y traer alimento y agua para su amigo, que lo necesita imperiosamente.
Mientras está fuera, el cielo, que antes estaba despejado, se vuelve gris y el aire es cada vez más denso y frío.
El viento sopla ya con mucha fuerza, tanta que empieza a hacerse difícil avanzar.
Decide volver a la cueva con su último cargamento de madera.
Hambriento y agotado, se detiene para comerse la media barrita que le queda en el bolsillo; siente que él también comienza a necesitar los nutrientes de la carne.
Pero la debilidad de Pablo continúa siendo extrema y la necesita más que él.
El cielo amenaza con un temporal que mañana, tal vez, le impida salir —quizá durante varios días—, así que hoy debe acumular toda la madera posible.
Con la caída de la tarde, como predecía ese amenazante cielo gris, se desata la tormenta.
Sin embargo, no trae nieve ni lluvia, únicamente ráfagas de viento gélido, un frío penetrante que los acosa y los busca.
Es una heladora corriente de aire de la Antártida.
Por suerte, ellos están en la vertiente norte de la isla, con lo que la colina ayuda a proteger el refugio de los náufragos.
Escuchan los aullidos del viento y ven el oleaje que se está generando en el mar desde la boca de la cueva.
Una sombra de duda invade la mente de Ernesto respecto a la hoguera de aviso: ¿Esparcirá el furioso viento todo su trabajo?
Él ha sido previsor, intentando entrelazar la madera para que fuera como un ovillo de lana, en un intento de protegerla.
Además, ha añadido algunas piedras encima para que el peso dificulte que vuelen las maderas.
Él cree que la fogata resistirá, pero tiene dudas, especialmente con el musgo y las algas, que son las que convertirían esa hoguera en una columna de humo, sin lo cual la señal no será visible durante el día.
Cuando cae la noche, Ernesto ha terminado de hervir la comida y se la ofrece a su débil amigo con delicadeza.
—Come tú también —insiste Pablo.
—No, gracias. No he conseguido cortar lo suficiente para los dos y prefiero que te recuperes tú, que ahora mismo estás más débil y no sé cuándo voy a poder salir a por más.
El próximo día sí tendremos que compartirla.
Me estoy comenzando a debilitar, mientras que tú te estás recuperando bien —le indica.
—Ernesto, muchas gracias por todo lo que estás haciendo por mí, de verdad —reitera Pablo agradecido.
—Tranquilo, qué menos —sonríe el cirujano, mostrando por primera vez en días una sonrisa.
—Lamento haberte embarcado con nosotros —se vuelve a disculpar Pablo.
—No pasa nada. Vosotros me ofrecisteis una aventura y nunca me escondisteis que era una navegación complicada —dice el segoviano, restándole importancia.
—Pero esto se ha convertido en algo más que una navegación complicada —lamenta el profesor, mirando al suelo mientras recuerda a Laura.
—Cierto, pero de nada me sirve enfadarme por algo que no está en mi mano cambiar. Prefiero pensar en lo que sí puedo hacer para cambiar nuestra suerte —le contesta, intentando animar a su compañero.
—Te agradezco mucho que pienses así. No sería raro que otra persona en tu situación me echara la culpa por haberle insistido en montar —señala el joven, visiblemente aliviado.
—Lo sé, pero no es mi estilo. Yo asumo mi destino, pero no me resigno a él —manifiesta Ernesto con determinación.
—Mientras estemos vivos, hay esperanza —señala Pablo, algo más animado.
—Exactamente —remata el médico con una sonrisa.
Mientras tanto, el enfermo come la proteína que le ha salvado la vida.
El cuidador alimenta el fuego y separa de él las botellas que ha puesto para descongelar el agua.
Tras ello, Ernesto se acomoda también en la balsa para dormir.
Esa noche sueña con una vida en la que no hay frío, desesperación, ni hambre.
Sueña con una vida sencilla, en la que lo más importante son las personas que le rodean.
Si algo ha aprendido en este viaje, es que las cosas materiales no sirven de nada si no hay alguien con quien compartirlas.
Él ha acumulado muchas a lo largo de los años, pero no se le ocurre nadie con quien contar en los malos momentos.
Tal vez se equivocó en el rumbo de su vida, un error motivado por el miedo a la pobreza, algo que sentía tan amenazante de joven.
Corrió y corrió para escapar de su dura perspectiva de futuro, pero se olvidó de mirar a los lados.
Ahí está la verdadera riqueza: en las personas de las que uno se rodea.
Pablo y Laura serían de esas personas que querría encontrar al mirar a los lados.
Pero el destino parece molesto con ellos por haberse encontrado, ¿cómo, si no, se puede explicar la cadena de infortunios que han sufrido?
Partieron de la ciudad del fin del mundo en un viaje a las paradisíacas islas de la Polinesia Francesa y, un mes después, Pablo y él han naufragado en una isla subantártica, que sí que parece el fin del mundo.
Por el camino han quedado Salitre y v iñas , y sobre todo Laura, una joven excepcional que no merecía un final tan triste y cruel.
23 DE DICIEMbrE
Ernesto está recogiendo leña como hace todos los días.
Cada vez le cuesta más encontrarla sin un hacha en condiciones.
Su primera opción son siempre las ramas sueltas y, como segunda, las que pueda romper a mano, sin demasiado esfuerzo.
Esta vez, una rama se le resiste más de lo previsto.
Tras tirar y tirar de ella, se resbala hasta quedar sentado en el frío suelo.
De pronto, se queda sin aliento y con la mirada perdida.
No ha sido por el golpe. En el horizonte, hay un punto blanco que se mueve, y no es pequeño.
Sus músculos, entumecidos por el frío y la debilidad, se activan al instante y, con una fuerza alimentada por la desesperación, asciende a la punta de la pequeña colina.
Allí, a sus pies, está la hoguera que con mimo ha ido haciendo crecer para tener una señal de aviso en caso de avistar algún barco.
La hoguera se ve casi intacta. Afortunadamente, ha resistido la fuerza del viento del día anterior.
Dado que siempre lleva el encendedor de pedernal en el bolsillo, consigue encenderla rápidamente.
Ahora lo importante es convertir las llamas en una densa columna de humo para que el navío la pueda ver.
—¡Mierda! ¡El musgo y las algas sí que han volado! —exclama furioso.