Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

—Nos refugiamos en esta cueva. Comiste unas bayas tóxicas que te han deshidratado y has expulsado de tu cuerpo todos los nutrientes que tenías. ¿Lo recuerdas? —continúa explicando Ernesto.

—Sí, es verdad, parecían calafate y las comí sin pensar. Recuerdo, también, que en esta isla no hay nada de comida —responde el cántabro intentando recordar.

—Durante estos días, eso ha cambiado: he encontrado un león marino muerto —le dice con una sonrisa—.

Supongo que era un macho solitario que perdió una pelea contra algún dominante, lo que explicaría que esté tan alejado de la colonia; por eso he podido hacerme con él.

A la colonia es muy difícil acercarse. Lo he intentado varias veces, pero me detectan aunque me esconda.

Mi primera idea era intentar cazar con suerte algún cachorro, pero creo que huelen mi presencia. —le relata.

—¿Cómo? ¡¿tenemos comida?! —exclama el joven emocionado.

—Así es. Lo he cubierto con nieve para que se congele, pero no sé durante cuánto tiempo podremos disponer de él.

Espero que con el frío de la isla podamos aprovechar su carne incluso meses, si la hemos congelado a tiempo.

De todos modos, voy a preparar trampas para capturar a algún cachorro de la colonia y estaré atento por si aparece otro macho solitario por la isla.

Para poder comerlo, tuve que hervirlo; así maté las posibles bacterias o parásitos.

Las heridas que tiene dan a entender que murió a consecuencia de una pelea y no por enfermedad —le aclara.

—Pero entonces tenemos comida. Por fin algo que nos sale bien. Desde que chocamos con aquel maldito contenedor todo nos ha ido de mal en peor —dice el profesor, mientras su cara pasa de la ilusión a la tristeza.

—Sí, ayer te di león marino por primera vez y hoy puedo hablar contigo. No sabía si lograrías recuperarte. Pero mírate —le anima feliz.

—Parece que funciona —señala, mientras cruza los dedos con dificultad.

—Tengo un poco más en el fuego, que en breve podrás comer.

—Jo, Ernesto, muchísimas gracias por cuidarme. Me siento fatal porque te convenciéramos para embarcarte con nosotros en el velero. Lo siento mucho —se disculpa Pablo, sintiéndose responsable de haberle llevado a esta desolada isla.

—Tranquilo, de nada sirve ahora lamentarse. Lo que tenemos que hacer es salir de aquí. La primera parte del plan va bien encaminada —manifiesta Ernesto

—¿Cuál era la primera parte? —pregunta Pablo, curioso.

—Que te recuperaras —responde Ernesto con una sonrisa.

—¿Y tienes la segunda parte? —inquiere.

—Pues, a medida que estés mejor, al menos cuando te pueda dejar solo sabiendo que estás fuera de peligro, tenemos que captar la atención de algún barco.

Para ello debemos vigilar el horizonte. Quiero hacer una gran hoguera en lo alto de la colina, para que sea visible en los trescientos sesenta grados a la redonda.

Si es de día, tendrá que ser una fogata de humo; para ello dejaré al lado algas y musgo.

La densa columna será visible a kilómetros de distancia.

Y si hay sol, utilizaremos también el espejo de señales de la dry bag — detalla el segoviano.

—¿Y si es de noche, hoguera sin musgo? Pero tal vez no sea suficientemente visible —añade el cántabro.

—Eso es, pero en ese caso sí lo serán las bengalas; si vemos un barco, las dispararemos durante el día o la noche.

—La suerte tiene que cambiar, no podemos tener un destino tan cruel— suspira el profesor.

—¿Recuerdas que te dije que había encontrado a Laura? —pregunta el médico, temeroso.

—Sí, me suena, pero no estaba seguro de si era una pesadilla o real. ¿Dónde la encontraste? —murmura el joven, mientras las lágrimas le resbalan por las mejillas.

—La corriente que nos empujó hasta la cala hizo lo mismo con ella. La encontré en la orilla —detalla entristecido.

—¿Dónde está ahora? —implora Pablo.

—La he enterrado.

—Quiero verla —balbucea el joven.

—Está enterrada —repite el segoviano.

—Quiero ver la tumba —insiste Pablo, mientras se derrumba de dolor.

—Todo a su tiempo. Primero tienes que recuperarte tú —dice Ernesto, intentando calmarlo.

—Gracias por todo lo que estás haciendo por mí —agradece el joven, sincero.

—No, Pablo, hazme tú el favor de recuperarte para que podamos salir los dos de este maldito confín del mundo —le pide el médico.

—Te lo prometo, Ernesto. Te prometo que me recuperaré y nos alejaremos de esta isla —responde.

—Al menos intentaremos escapar de esta prisión helada —puntualiza el médico.

Antes de abandonar la protección de la cueva, Ernesto le da una segunda ración de carne a su amigo y, tras ello, se dirige al exterior. Primero va a recolectar leña; es primordial que nunca les falte. Siempre ha intentado llevar más de la cuenta por si algún temporal le impide salir.

Ahora que el enfermo está recuperando fuerzas, no tardará en ser él quien se encargue de alimentar el fuego, por lo que es probable que el consumo de madera aumente.

Por el contrario, el cirujano va a disponer de más tiempo para estar fuera, sin tener que volver únicamente para alimentar las brasas.

Ese calor no es un lujo; es una medicina para su amigo, al igual que el león marino.

Hace un gran acopio de leña. Su intención es ir almacenando poco a poco hasta lograr reservas suficientes para varios días.

Ahora que el joven se recupera, Ernesto es consciente de que su propio cuerpo está más débil de lo que cree.

Se come media barrita mientras hace el último viaje.

La carne, por ahora, es para su amigo, ya que la necesita más que él.

Aunque disponen de más de la que necesitan, al estar congelada le está costando mucho cortarla.

Cuando Pablo mejore o cuando su propio cuerpo se deteriore, deberán compartirla; en su estado, no puede reducir la ración de su compañero para alimentarse él.

En sus salidas, también debe acumular madera, algas y helechos en la cima de la colina.

Quiere hacer la hoguera mucho más grande, pero lo va haciendo poco a poco.

No tiene ni tiempo ni fuerzas para hacer todo él solo.

El profesor duerme a causa de su debilidad y también por haber llenado ese estómago del tamaño de una nuez que tiene ahora.

Estuvieron varios días en el barco con la comida racionada —comida que ahora se pudre en el fondo del mar—, por lo que ya llegó hambriento a la isla.

Por suerte ahora está mejorando y tolera bien la carne de león marino: el motivo principal y probablemente único de su recuperación.

Cuando el segoviano regresa a la cueva, no falta mucho para que empiece a oscurecer.

El sol está bajando y busca esconderse en el horizonte.

El médico espera a que disminuya la fuerza de las llamas para colocar la lata con nieve sobre el fuego.

Mientras su compañero sigue sumido en un profundo sueño, Ernesto cocina la carne pacientemente y, cuando está bien tierna y templada, despierta a Pablo para ofrecérsela.

El enfermo come con avidez, pero se detiene al observar la lata casi vacía.

—Pero, Ernesto, tú no has comido nada—le señala.

—Tranquilo. He ido picando los restos duros mientras la preparaba.

—le explica quitándole importancia— En mi estado actual no me cabe mucho más en el estómago.

Lo primero es que tú te recuperes y cojas fuerzas.

Yo, por ahora, puedo aguantar; no he sufrido la intoxicación y mi cuerpo tira de las reservas de lo que comimos en el barco.

Recuerda que tras el temporal comí lo que me tocaba y también lo que me había saltado —añade el segoviano.

—Sí, pero tienes que alimentarte, no puedes estar sin comer —insiste el enfermo.

—Sí, lo sé. Si mañana continúas mejorando, repartiremos mejor las raciones, ya que comienzo a sentirme cada vez más débil —responde quitándole importancia.

—Cierto. Yo estoy a reventar —asiente el deteriorado paciente.

Al calor de la hoguera y en la comodidad de la balsa, duermen después de una breve conversación. Ninguno quiere gastar demasiadas energías; además, ya no saben de qué hablar. El pasado ya ha pasado, el presente es un fracaso y el futuro... ¿Tendrán futuro?

22 DE DICIEMbrE

Amanece un nuevo día en su particular purgatorio; el inevitable frío glacial envuelve la isla. Pablo ya está más lúcido, aunque su estado es lamentable: débil y demacrado. El médico lo cuida en silencio. Él hace tiempo que perdió también el exceso de peso acumulado en su periplo por Argentina.

Tal vez ese exceso de grasa que tanto le molestaba en las sesiones de ejercicio con Laura en el velero es lo que ahora le permite aguantar mejor en este lugar olvidado por el mundo.

Aunque, claro, él no ha comido las malditas bayas tóxicas que casi acaban con la vida de su amigo.

Si eso le hubiera ocurrido en la civilización, habría sido simplemente como pasar una gastroenteritis, pero en su situación, cualquier pequeño error puede suponer la muerte.

La mañana transcurre en una rutina silenciosa y sombría. Ernesto se asoma al exterior en cuanto el frío es más llevadero; no pierde ocasión de escudriñar el horizonte, ya que es de donde podría aparecer su única salvación.

—Ernesto —llama Pablo, con voz apagada.

—Dime —responde mientras vuelve a entrar a la cueva.

—¿Dónde está Laura? —pregunta tembloroso.

—La enterré cerca de la cala.

—Quiero verla. Necesito darle mi último adiós.

—Bien, si te ves con fuerzas, te llevo —acepta el médico.

El profesor, con mucho esfuerzo, intenta levantarse.

Ernesto, viendo las dificultades de su compañero, acude en su ayuda, pero la debilidad del enfermo le impide mantenerse en pie.

El segoviano le sujeta. Juntos intentan avanzar: primero un paso, luego otro, pero con el tercero, el cántabro termina dando con sus huesos en el suelo.

Ni siquiera el médico consigue evitar el golpe.