CAPÍTULO 6 #2
Su única arma es la navaja multiusos del kit, algo totalmente insuficiente para dar caza siquiera a una cría.
Además, bastó con que los animales lo detectaran a lo lejos para que acudieran a expulsarlo con amenazantes gruñidos.
Su comportamiento en nada se parece al de las focas que había visto en los zoológicos, mucho más miedosas y menos agresivas que los ejemplares con los que les ha tocado compartir territorio.
Ernesto aviva la hoguera. Le da unos sorbos de agua a Pablo.
Con un cuidado extremo, mueve a su amigo de lado en la balsa y limpia los putrefactos restos secos.
Le pone el pantalón limpio; tiene toda la ropa sucia del día anterior acumulada en el exterior.
No pueden permitirse el lujo de tirarla, por lo que la limpiará en la playa con el agua del mar.
Pero antes de salir, recoge con la pala los desechos que hay en el suelo.
Es primordial cuidar el refugio y evitar la insalubridad.
El exterior es demasiado peligroso; ahí fuera, su supervivencia es imposible.
Al cruzar el umbral, el aire es helador.
Ernesto duda de si es buena idea lavar la ropa, pero sabe que debe hacerlo.
Se dirige hacia la pequeña cala, aquella a la que la corriente los había empujado.
Mete los pantalones en el agua helada, moviéndolos con la pala plegable del kit de supervivencia, una herramienta rudimentaria que le evita sumergir las manos.
De pronto, la ve. La marea ha arrastrado su cuerpo hasta una de las esquinas de la cala; no se ha percatado de su presencia al acercarse. No es la mujer que había conocido hace un mes en Ushuaia, sino un cuerpo blanquecino. Una princesa de hielo dormida.
Las lágrimas caen de sus ojos mientras arrastra el peso inerte en el que se ha convertido Laura.
Al tocarla, la realidad le golpea: no hay flexibilidad en sus miembros.
Está completamente congelada, rígida como el bloque de un glaciar.
El frío extremo la ha preservado intacta, como si acabara de quedarse dormida, endureciendo sus músculos hasta convertirla en una estatua de mármol.
Mientras su novio lucha por su vida en la cueva en estado crítico, Ernesto se siente ahora tremendamente solo.
Recuerda con ternura los buenos momentos en el barco, jugando a las cartas o cenando bajo un cielo de infinitas estrellas.
Una emocionante aventura que se torció hasta terminar así: naufragados en una isla subártica deshabitada y fuera de las rutas de navegación.
Opta por ocultarla para evitar a su amigo el dolor de verla en ese estado.
Para ello, despliega la pala metálica y comienza a picar con rabia la gruesa capa de hielo acumulada en la base del acantilado.
El avance es agónico; cada golpe arranca apenas un puñado de escarcha y las manos se le entumecen por el esfuerzo.
La dureza del hielo es tal que teme doblar la pala; sabe que si esta se rompe, solo le quedará la pequeña navaja multiusos para cualquier tarea en la isla.
Se desloma raspando la superficie helada hasta que logra abrir un pequeño hueco, un nicho improvisado en la nieve compactada que apenas ofrece la profundidad justa para resguardar el cuerpo.
Tras introducir a la joven en la oquedad, la cubre con bloques de hielo picado y nieve.
Es un entierro silencioso, respetuoso y desolador, solo roto por el sonido de sus sollozos, que se acompasan con el golpe de la pala.
Para terminar, Ernesto memoriza la posición exacta de esa grieta en el acantilado y alinea visualmente dos rocas oscuras de la orilla.
Sabe que debe fijar bien el lugar; si consiguen salir con vida de allí, tendrá que guiar a los rescatadores hasta este punto para recuperar el cuerpo de Laura, o traer a Pablo cuando tenga fuerzas para despedirse de ella.
Ernesto regresa a la cueva arrastrando los pies; no quiere llegar. Tiene un nudo en el estómago por lo que acaba de vivir. Al llegar, se sienta junto a Pablo.
—He encontrado a Laura, la he enterrado —balbucea.
Los ojos del débil enfermo están vacíos.
La fiebre y los delirios confirman que no es consciente de nada, pero el médico siente la obligación de hablarle: explicarle cómo la ha encontrado y cómo ha quedado resguardada.
Mientras lo hace, viendo que el cántabro no comprende sus palabras, decide dejar el tema y darle de beber.
Con el corazón roto y viendo a Pablo en ese estado de inconsciencia, Ernesto abandona de nuevo el refugio, esta vez para recolectar leña.
Le va a tocar hacer varios viajes. Al atardecer, de vuelta en el interior, el fuego crepita con suavidad.
El enfermo, tapado con la manta y sin delirar, parece descansar.
Mientras le observaba, la mente del cirujano se activa.
Hay que trazar un plan; debe buscar la forma de subsistir a toda costa para poder salir de la isla.
Con esa obsesión se duerme, entre el cansancio y los planes para el día siguiente.
20 DE DICIEMbrE
Al amanecer, el estado de Pablo, aunque ya ha superado lo peor de la intoxicación, sigue siendo crítico.
Su cuerpo sufre un agotamiento extremo; está desnutrido y totalmente deshidratado.
Ernesto le da suficiente agua, pero lo que necesita recuperar realmente son los nutrientes y las sales que ha expulsado de su cuerpo.
Pablo debe comer. Alimentándose de aire y agua, no tiene ninguna oportunidad de sobrevivir. Tampoco él.
La mente del joven, aunque más lúcida que la noche anterior, sigue confusa.
No entiende dónde está, ni lo que ha pasado, por lo que el médico evita decirle que ha encontrado a Laura.
Es un secreto que le quema por dentro, que necesita compartir con alguien, pero es consciente de que, en ese estado, no ayudará contárselo a su amigo: deberá esperar a que se recupere… , si lo hace.
Después de darle el último sorbo de agua, se anima a poner en marcha el plan que había diseñado la noche anterior y sale de la cueva.
Se lleva la navaja, una cuerda y la pala que venían en el kit de supervivencia.
Cualquier cosa que le sirva para capturar un león marino, sea como sea; la vida de ambos depende de ello.
Para conseguirlo, ya ha pensado varias estrategias que le permitirán acercarse a la colonia y atrapar a uno.
Confiando en que logrará su objetivo, sale decidido al exterior.
Pablo se vuelve a quedar solo. Esta vez sí es consciente de ello.
Está desorientado, pero poco a poco va ganando lucidez y observa a su alrededor.
El segoviano ha hecho un buen trabajo: duermen en una cama hinchable al lado de una hoguera en una pequeña cueva.
Observa dos botellas situadas a una distancia prudencial del fuego. «Tenemos agua», suspira con alivio.
Sin embargo, esa alegría se ensombrece al instante con un latigazo de dolor: Laura no ha conseguido llegar a la isla.
No puede siquiera consolarse pensando que podría haber intercambiado su posición con ella en el barco.
El timón requería demasiada fuerza y a duras penas lograron ellos seguir sus indicaciones.
Varios flashes vienen a su mente. ¿Le ha dicho Ernesto que la ha enterrado?
Siente cómo un puño invisible le estruja el estómago.
La espera, hasta que el médico regrese, se le hace eterna.
No sabe si de verdad escuchó eso o es fruto de una de sus alucinaciones.
Antes de que el cirujano esté de vuelta, cae dormido, presa del cansancio y la debilidad.
Cuando Ernesto regresa a la cueva, el cántabro sigue dormido, tal y como lo dejó.
Mira con lástima a su compañero mientras se acerca al fuego; tiene mucho frío y necesita entrar en calor antes de hacer nada.
Cuando consigue liberarse del entumecimiento que lo tiene encogido, se dirige hacia el kit de supervivencia, saca una caja metálica, la abre y vacía su interior: bengalas y medicinas.
Después, llena la caja con nieve y la pone al fuego.
El calor hace que se derrita. Entonces, desenvuelve con cuidado un trozo de tela ensangrentada que ha dejado en una piedra plana al lado del fuego; en su interior aparecen finas tiras de carne, que mete en la caja cuando el agua comienza a hervir.
El olor de la carne cocinándose llena la cueva.
Cuando la comida está lista, coge una loncha.
Está caliente, pero no quema. Mira a Pablo con tristeza; la carne es lo único que puede ayudarle en su estado, aunque tal vez sea demasiado tarde.
Ernesto intenta espabilarlo, pero el enfermo sigue atrapado en otro de sus delirios.
Le pone el alimento en la boca; su amigo la mastica y la traga sin ser realmente consciente.
El segoviano repite la operación hasta que no queda nada más para darle.
Ahora únicamente toca esperar. Lo primero será comprobar si su cuerpo es capaz de tolerar el alimento y no lo vomita.
Después será el momento de ver si los nutrientes que tanto necesita han llegado a tiempo o ya es demasiado tarde.
Mañana lo sabrá. Si la tolera y se recupera, mañana irá a por más.
La luz de un nuevo día se abre paso en la cueva.
Una luz diferente: es un día soleado. Pablo se despierta, pero esta vez los escalofríos no son por la fiebre, sino, simplemente, por el inevitable frío de la isla.
Su mente procesa su entorno con lentitud.
Mira a su cuidador, que está echando leña al fuego que calienta la estancia y con voz débil, le pregunta:
—¿Dónde estamos?
—¿Qué tal estás? —pregunta Ernesto, feliz de escucharle por fin hablar.
—Me duele todo y no sé ni dónde estoy —murmura.
—Se nos hundió el barco y terminamos en esta isla —explica el médico, hablando lentamente.
—Sí, eso lo recuerdo —contesta mientras otra descarga de dolor por la muerte de Laura le golpea directamente en el estómago.