Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La prisión de hielo

Por suerte, ambos consiguen ver la luz de un nuevo día, aunque deciden esperar un poco antes de salir al exterior.

El frío de la mañana es aún intenso. Cuando por fin salen, se animan a investigar la isla; tal vez haya un puerto o algún puesto de mando militar o científico.

Ayer no tenían fuerzas para inspeccionarla, pero hoy los débiles rayos de sol les han insuflado algo de energía.

Hasta donde alcanza su vista solo hay agua, acantilados y la cala donde desembarcaron.

Detrás de ellos, hacia el interior, una pronunciada cuesta impide ver lo que hay más allá, por lo que deciden ir en esa dirección.

Suben la colina con dificultad, más por la falta de energía que por el desnivel.

Cuando por fin alcanzan la parte más alta, el paisaje les rompe el alma.

Desde ese punto, se puede observar la isla en su totalidad: no hay edificación, puerto, ni barcos a la vista.

Las laderas a sus pies son grandes zonas de arbustos bajos y nudosos, retorcidos por el viento.

En la vertiente en la que se han refugiado no hay vegetación, mientras que en esta no hay cuevas para refugiarse.

Todo lo que alcanza su vista son rocas, hielo, arbustos y nieve. Su particular isla de Alcatraz, nevada.

Acuerdan separarse tanto para recolectar madera como para explorar la zona.

Al ir cada uno por su lado abarcarán más y aprovecharán mejor el tiempo antes de tener que volver a la cueva.

La leña la necesitan para hacer fuego; gracias al calor, la noche será totalmente diferente.

Ernesto baja por la derecha; Pablo, por la izquierda.

Mientras el médico recoge ramas de diferentes tamaños para la hoguera, aprovecha también para asomarse hacia el mar.

Tiene al joven cántabro a la vista, quien se va agachando de vez en cuando, al igual que él.

A medida que Ernesto avanza, un fuerte hedor a pescado y salmuera inunda el ambiente.

Pronto encuentra el motivo: una colonia de leones marinos extendida a lo largo de un saliente de roca en la orilla.

Los ve tumbados, con sus cuerpos grasos y sus dientes afilados.

Entre ellos distingue crías que se mueven torpemente entre los mayores.

Cuando los adultos detectan su presencia, rugen amenazantes.

Como el segoviano no retrocede, son los animales quienes salen a su encuentro, con un ritmo pausado pero amenazante.

Avanzan tres en su dirección; los rugidos suenan cada vez más intimidantes, mientras muestran sus afilados dientes.

Ernesto comienza a retroceder y ellos se detienen, pero cuando se para, los animales avanzan.

Está claro que no lo quieren ahí. Como ya le explicaron en Península Valdés, son animales extremadamente territoriales, agresivos y peligrosos, especialmente en época de cría.

Tras ser expulsado por los leones marinos, se dirige en busca de Pablo. Lo encuentra feliz.

—¡Mira, está toda la isla llena de bayas de calafate! —exclama con una amplia sonrisa.

—¿Sí? ¡No fastidies! ¡Estamos de suerte! —Se felicita Ernesto, ilusionado.

—Hay muchísimas. Me he comido un montón, aunque no tienen mucho sabor —le informa mientras le ofrece un puñado.

El médico lo mira horrorizado; eso que le enseña no es calafate.

—Eso son bayas de mata negra, no de calafate. Y son tóxicas —señala Ernesto, golpeándole la mano para tirarlas al suelo.

—¿Cómo que no es calafate? Pero si son idénticas —protesta Pablo, disgustado por el gesto.

—Son fáciles de confundir. Pero, ¿no las has notado insípidas y ligeramente amargas?

—Pues sí, no están tan ricas como las de la tienda —responde ligeramente contrariado.

—¿Has comido muchas? —le pregunta Ernesto, preocupado.

—Bueno... Bastantes —contesta Pablo, tirando por lo bajo. Ha comido muchas y él lo sabe.

—Tranquilo, no son mortales. Pero si has comido muchas, te pueden causar severos dolores estomacales —le indica.

—A ver, señor cirujano, traduce. ¿Qué me puede pasar? —pregunta, claramente nervioso.

—Básicamente, vas a expulsar todo lo que haya en tu estómago, tanto en forma de vómitos como de diarreas.

—Bueno, entonces no pasa nada. No tengo nada en el estómago —suspira, Pablo, aliviado.

—Precisamente ese es el problema. En condiciones normales sería una gastroenteritis aguda, pero aquí, sin comida, ni casi agua, las bayas van a acelerar tu deterioro.

No tenemos comida para recuperarte ni agua para reponer todo lo que vas a expulsar.

Debemos volver a la cueva antes de que hagan efecto —advierte Ernesto.

—¿Cuánto crees que tardarán? —pregunta Pablo, ya visiblemente asustado.

—Calculo que en unas cuatro horas empezarán los primeros síntomas. Debemos apresurarnos —responde Ernesto. Su expresión demuestra que el joven se ha metido en un problema serio al comerlas tan alegremente.

—¿De qué conoces estas bayas? Por trabajo no creo —pregunta el cántabro con curiosidad mientras emprenden la marcha.

—Durante mi viaje en coche desde la Península Valdés hasta Ushuaia, compré un libro en Río Gallegos, en una tienda especializada en productos hechos con calafate.

Le dije a la dependienta que pensaba recoger bayas silvestres en mi camino y, como me recomendó no hacerlo si no las conocía, decidí llevármelo.

Gracias a eso, pude recolectar bayas con seguridad durante el resto de la ruta —explica Ernesto.

En el camino de regreso, a la cueva mientras baja por la ladera sin vegetación, un primer espasmo de dolor sacude el estómago de Pablo.

No dice nada, pero poco a poco los retortijones se vuelven más violentos y continuos.

Su debilidad, ya acusada, se intensifica mientras su rostro se vuelve blanco como la nieve que pisa.

Al llegar a la cueva, la agonía continúa en aumento.

A lo largo de las siguientes horas, la situación no deja de empeorar.

El vómito y la diarrea se suceden sin tregua; su cuerpo, sin nada que expulsar, se retuerce, mientras vomita bilis.

La cueva, su único refugio, amenaza con convertirse en una trampa de hedor insoportable.

Ernesto no quiere sacar a su compañero al exterior, pero si continúa así, se verán obligados a abandonar el lugar, algo que no se pueden permitir.

Ernesto ayuda a Pablo a salir. El viento golpea con más fuerza de la que el joven cántabro puede soportar; evita caer al suelo gracias a la ayuda del médico, quien lo sujeta mientras se dobla por el dolor.

El joven está vestido, pero sus pantalones están empapados de desechos.

Ernesto no se atreve a dejarlo desnudo, pero tampoco le puede poner ropa limpia; solo tiene otro juego que reservará para cuando las diarreas cesen.

Esa ropa la tendrá que lavar en el mar, pues no pueden malgastar la poca agua que tienen.

Ernesto, como médico, sabe que en intoxicaciones de este tipo, la fase más aguda de los vómitos y diarreas durará aproximadamente entre seis y doce horas.

Durante ese tiempo, el desnutrido Pablo no tendrá que expulsar, pero se retorcerá de dolor, vomitando bilis y heces acuosas.

Después, la intensidad de los síntomas irá remitiendo.

Sin embargo, el malestar no desaparecerá de golpe, sino que continuará de forma intermitente durante otras doce a veinticuatro horas, lo que lo debilitará aún más.

Expulsará todo cuanto coma o beba, pero apenas tienen comida: solo una barrita a medias.

En cuanto al agua, las botellas de la dry bag , resultan claramente insuficientes.

Debe evitar darle de comer; hay que esperar a que el cuerpo pueda absorber los nutrientes de la barrita para no malgastar su único alimento.

En cambio, el agua es vital, van a necesitar mucha más.

Además, la enorme debilidad del profesor puede desembocar en una hipotermia fatal: necesitan calor de manera urgente.

Mientras Pablo lucha contra la intoxicación, Ernesto logra encender una hoguera, sirviéndose de la madera que han recolectado y el encendedor de pedernal del kit.

Bajo el crepitar de las llamas, la cueva va alcanzando una temperatura más agradable.

El médico aprovecha también para meter nieve en la botella vacía y la deja cerca del fuego; el calor la derretirá poco a poco, solventando así la escasez.

Ahora sí podrá dar a su compañero todo el líquido que necesite, consciente de que será mucho.

Mientras cae la noche, el segoviano cubre a su amigo con la manta.

Pablo dormita encima de la balsa salvavidas, desnudo de cintura para abajo; el contacto prolongado de la piel con las heces le provocaría una irritación peligrosa.

Le ha limpiado con un niqui y el contenido de la primera botella descongelada, que estaba tibia.

La vista de su amigo, tirado encima de la balsa anaranjada, helado y débil, le rompe el corazón.

Fuera, se escucha el constante rugido del viento. En el interior, el agradable crepitar del fuego les da una leve sensación de seguridad, gracias al calor y a la luz.

Un nuevo día amanece en su prisión de hielo.

No es un día soleado, sino frío y gris. Cuando Ernesto se despierta, ve a Pablo temblando bajo la manta.

Sus ojos están hundidos y el médico reconoce la fiebre en sus enrojecidas mejillas.

Al menos los vómitos y las diarreas se han detenido, piensa con una mezcla de alivio y angustia.

Su amigo está vivo, por ahora. Su cuerpo, agotado y vacío, es presa fácil para el frío antártico y la desnutrición. Las perspectivas no son nada halagüeñas: el único alimento disponible se reduce a media barrita, unas bayas tóxicas y unos agresivos leones marinos en época de cría.