CAPÍTULO 5 #6
Ernesto tira de él con fuerza mientras le grita palabras que Pablo no escucha.
El barco se ha partido y se está hundiendo rápidamente.
El médico, con la adrenalina al límite, logra arrastrar a un Pablo, en estado de shock, hacia la plataforma de popa; allí, Ernesto tiene ya preparado el bote salvavidas, listo para lanzarlo.
En un último vistazo acelerado al pasar, el segoviano ve cómo el gélido océano cubre ya el suelo del salón del barco.
Pablo, por su parte, solo mira a su alrededor, llorando de rabia, mientras el cirujano le arrastra hacia el bote.
Es él quien debía morir y terminar en el fondo del mar. Laura debía salvarse; ese era el trato.
Ernesto consigue lanzar el bote autoinflable al agua, el cual se despliega al instante.
El tiempo apremia: el barco se está hundiendo a gran velocidad.
Si no consiguen alejarse, al menos, a treinta metros, el remolino de la succión los arrastrará al fondo.
Pero Pablo no colabora. Únicamente llama a Laura, gritando y sollozando mientras tiene la mirada fija en la proa.
En la popa, el agua helada moja ya las suelas de su calzado.
El médico arrastra a empujones a Pablo hacia la balsa.
No les va a dar tiempo a alejarse lo suficiente.
Ernesto teme por sus vidas; no quiere dejar morir a Pablo, pero este se lo está poniendo muy complicado. Van a terminar muriendo los dos.
A duras penas consigue subir al cántabro a la balsa.
El joven sigue llamando a Laura, desconsolado.
Al menos es consciente de que tirarse al agua a por ella es suicidarse; además, no ha vuelto a ver ni rastro de ella desde que desapareció tras el impacto.
Ernesto rema desesperado para alejarse del barco.
Pide y suplica a Pablo que le ayude. Ahora únicamente queda la proa sobre el nivel del mar y, cuando esta finalmente desaparezca, el barco arrastrará al fondo todo lo que haya a su alrededor. Y ellos aún no han logrado alejarse.
—¡Por favor, Pablo, ayúdame! ¡Vamos a morir los dos! ¡Laura no querría ver que te rindes así! —chilla Ernesto, desesperado. Por su cabeza cruza el pensamiento de que, si lo hubiera abandonado, al menos él se salvaría.
La cara de Pablo cambia. No ha escuchado ni una sola palabra de todo lo que le ha dicho Ernesto desde el momento en que Laura cayó al mar, pero esto último sí.
A ella no le habría gustado verlo así, derrotado, suicidándose y arrastrando con él a Ernesto a una muerte segura.
Coge uno de los pequeños remos y rema. Lo hace con rabia, desahogando toda su furia cada vez que lo introduce en el agua, en ese mar que le ha arrebatado al amor de su vida.
Parece más interesado en rasgar, cortar y golpear esas aguas que en salvar su propia vida.
El médico, agradecido, continúa remando con ímpetu.
Cuando se empiezan a sentir a salvo, su avance se frena.
Ellos siguen remando enérgicamente, pero la balsa apenas avanza; después empiezan a retroceder, primero lentamente y luego de manera más acelerada.
El barco los está succionando, los arrastra hasta el lugar que ocupaba en la superficie, que ahora, desde el fondo, tira de ellos.
La balsa se dobla, contorsionándose de manera violenta.
Entra agua a su interior por todos los lados.
La fuerza que los reclama desde el fondo es muy poderosa.
Los dos hombres reman con rabia —la vida les va en ello—, pero no consiguen avanzar.
De pronto… Silencio. El mar se calma. El Salitre y viñas los ha soltado y les deja vivir. Ernesto explota de júbilo. Pablo, no.
Una vez superada la primera prueba, deben llegar a la isla. Ahora sí que no tienen otra opción: vagar a la deriva en esas latitudes, en una balsa de emergencia y mojados, es una garantía de muerte. Si ino hoy, mañana.
Lo primero que hace el profesor es desplegar el ancla de capa para reducir la velocidad de la deriva y mantener la balsa orientada de forma segura hacia las olas.
Están demasiado lejos como para llegar con los pequeños remos.
Cuando todavía estaban a bordo del velero buscaban acercarse un poco más, pero nada hacía pensar que hubiera poco calado tan lejos de la orilla.
Deben llegar a su único refugio posible.
Si no consiguen alcanzarlo, su última esperanza será saltar al agua y nadar hacia él, pero desconocen cuánto tiempo podrán seguir conscientes en esas aguas heladas.
En caso de llegar mojados, su muerte durante la noche también está asegurada.
El destino les ha repartido muy malas cartas, pero al menos siguen en la partida. No así Laura.
Pablo y Ernesto están desnutridos por el autoracionamiento impuesto en el barco, una comida que ahora descansa en el fondo del mar, convertida en alimento para los peces.
Están débiles y agotados por un esfuerzo gracias al que han salvado la vida, pero no les quedan fuerzas para remar hacia su salvación.
Desconocen lo que encontrarán en la isla, pero sí saben lo que les espera si no la alcanzan.
Agotados, dejan de remar. Pablo hace un cálculo de la trayectoria en la que los arrastra la corriente.
La odiada corriente que los ha llevado a este inhóspito y desolado mar, por una vez, trae una buena noticia: las olas los dirigen, lenta pero inexorablemente hacia la playa de guijarros a la que querían llegar con el velero.
El joven decide que es mejor ahorrar fuerzas, por si en el último momento la corriente diera un bandazo.
Si no ocurre, habrán ahorrado una energía que les puede resultar útil para sobrevivir un día más.
Después de quince días en los que si algo podía salir mal, salía peor, esta vez la suerte está de su parte.
Con un poco de ayuda de los pequeños remos, finalmente la balsa se posa en el suelo de piedras de la playa.
Tambaleándose y con el corazón en un puño, por fin pisan tierra, pero el precio ha sido demasiado alto: Laura no merecía morir así.
La balsa, encharcada, les ha salvado la vida. El frío viento y las olas los han empujado hasta un refugio. La pequeña cala es un lecho de piedras que se mueven y crujen bajo sus pies.
En lo que alcanza su vista, la isla parece una desolada roca en medio del mar. Acantilados negros de poca altura flanquean la cala. El cielo luce gris y plomizo. Desde la cala no hay ni rastro de árboles, ni siquiera arbustos; únicamente líquenes y musgo en las grietas de las rocas.
Después de poner a salvo la barca en la cala y asegurarla, caminan con dificultad para inspeccionar la zona. Sus cuerpos están entumecidos de frío y anímicamente desolados por la cruel pérdida de Laura.
En los acantilados cercanos encuentran un pequeño agujero de espaldas al mar. Es una cavidad oscura, profunda y estrecha, pero es lo mejor que han encontrado para guarecerse por ahora.
Rápidamente se dirigen hacia la balsa. Deben llevarla a la cueva; es un recurso valioso que les resultará de utilidad.
La necesitan no solo por comodidad, sino por lo crucial que es aislarse del gélido suelo, ya que este les robaría poco a poco, en silencio, su escaso calor corporal.
Necesitan la balsa para crear una barrera entre el frío y ellos.
Además, consiguen llevar a la cueva la dry bag de la balsa salvavidas, una bolsa estanca de color anaranjado llena de artículos de primera necesidad.
Una vez allí, entre temblores y escalofríos, la abren.
Un tenue olor a humedad y a plástico viejo escapa de su interior.
La ropa, por suerte, es de abrigo, aunque de tallas unisex muy amplias.
Hay un par de chaquetas de forro polar, guantes y gorros de lana que, aunque abrigan, no ofrecen el ajuste ideal.
La ropa muestra síntomas claros de haber estado comprimida demasiado tiempo.
Aun así, este surtido variado de prendas les permitirá vestirse por capas y quitarse toda la ropa mojada, que empieza a acartonarse porque el viento congela la humedad de las prendas.
Ya secos, tampoco consiguen entrar en calor, aunque sí disminuyen los temblores. Con la ropa que se han quitado intentan quitar secar todo rastro de humedad de la balsa, antes de que el frío la convierta en hielo.
Necesitan recuperar algo de energía. Sus cuerpos, bajo mínimos, están perdiendo la batalla contra el frío.
Se abalanzan sobre los paquetes de raciones de emergencia, compuestos por bolsas de agua purificada y barritas energéticas.
Estas últimas muestran manchas sospechosas y envoltorios hinchados.
Al abrirlas, encuentran una masa marrón con un olor rancio y aspecto repugnante.
Con el paso de los años se han derretido y vuelto a solidificar innumerables veces, hasta convertirse en una masa grasienta.
Es más que evidente que el contenido de la dry bag no ha sido revisado ni actualizado desde hace mucho tiempo.
Así lo atestiguan las fechas de caducidad, ya superadas.
Al fondo encuentran dos barritas que exteriormente muestran un mejor aspecto. También están caducadas, pero es eso o nada. Deciden comerse una barrita a medias y guardar la otra… para otro día.
El agua, en cambio, se ha salvado de los cambios de temperatura. El imprescindible líquido se guarda en botes de aluminio sellados. Tienen solamente cuatro litros; muy poco para dos personas que, ya de por sí, se encuentran deshidratadas.
Después de comer media barrita, con la ropa seca, protegidos del viento y exhaustos, se quedan dormidos encima de la balsa. Comparten la única manta de la dry bag , por lo que deben recurrir al calor humano para intentar no congelarse.
La noche es muy fría, pero al menos están protegidos del viento en la profundidad de la cueva. Aunque necesitan dormir, ambos sienten miedo de no volver a despertar.