CAPÍTULO 5 #5
Aprovechan los siguientes días para hacer una limpieza de la sentina y del resto del barco, más por entretenerse que por necesidad.
Evitan, aun así, fatigarse: la esperanza real de pedir ayuda se está diluyendo, y aunque su objetivo es sobrevivir y mantener el barco a flote, saben que el tiempo corre en su contra y cada vez más rápido.
La probabilidad de evitar un choque con un iceberg en esos mares, sin timón, es cero.
Les espera un agónico final, una muerte por hipotermia en las congeladas aguas.
Ese pensamiento le evoca el recuerdo de la última escena de Titanic , en la que Leonardo DiCaprio se hunde lentamente en el Atlántico Norte.
Daría lo que fuera por que ese fuera su final, si a cambio Laura consiguiera salvarse.
Los días pasan lentamente, pero el frío, en cambio, aumenta rápidamente, es una amenaza que los acecha con constancia.
Al margen de la fabricación de otro improvisado timón —el tercero que han hecho— y una reparación leve en el cableado del mástil, Pablo no ha tenido más tareas, por lo que se han ido turnando entre los tres para las guardias.
Eso al menos les asegura descansos de casi seis horas entre una y otra.
Ernesto, desde el accidente, ya había entrado también en la rueda de las guardias nocturnas.
Al fin y al cabo, la única labor durante la guardia es vigilar el horizonte en busca de luces.
No hay que operar el barco; además, tampoco sirve buscar en la negra noche algo con lo que puedan chocar, no se ve nada.
El rudimentario timón que han fabricado está en el suelo de la bañera.
Desconocen cuánto tiempo puede durar hasta romperse; lo tienen únicamente para que, sí consiguen ver algo delante de ellos, intenten evitarlo.
Pablo está decidido a hacer varios más con el fin de esquivar al menos las primeras placas de hielo, lo cual no deja de ser un intento desesperado de posponer lo inevitable.
Lo sabe, pero a pesar de ser consciente de lo importante que es ahorrar energías, no puede estar tumbado en la cama mirando al techo mientras el reloj avanza inexorablemente, restando minutos a su esperanza de vida.
Podrían encontrarlos al día siguiente de morir, o salvarse por haber aguantado un día más.
Deben luchar por sobrevivir lo máximo posible.
Los ánimos de los tres flaquean, pero no discuten; casi ni hablan, se encierran en sus mentes para ahorrar todas las fuerzas posibles.
Hace días ya que Pablo únicamente revisa el GPS una vez al día.
¿Para qué más? La dirección en la que les arrastra la corriente es clara y machacona.
Tampoco tienen mapas para saber si hay algo a su alrededor, ni un timón que les asegure poder acercarse a una posible isla o ruta marítima.
Diciembre es, al menos, el apogeo de las expediciones antárticas, pero por desgracia la mayoría se centran en la península antártica y las islas Shetland del Sur, muy alejadas de su posición.
La corriente les ha colocado en un inmenso vacío oceánico, fuera de cualquier ruta; la posibilidad de avistar un barco de expedición es baja, pero, por otra parte, es su única esperanza.
El problema es que, si hay algún barco por la zona, probablemente estará navegando entre icebergs; por lo tanto, cuanto más peligrosa sea la zona, más posibilidades —aunque sean escasas— habrá de ver un barco. Un dilema que les martiriza.
17 DE DICIEMbrE
La última noche ha sido especialmente gélida.
Hace tiempo que el frío no es una sensación, sino una presencia constante que lo alcanza todo.
Tras quince jornadas a la deriva, el hambre y la sed controladas marcan su rutina.
Racionan las provisiones al máximo, estirando cada bocado con la esperanza de prolongar su supervivencia.
En la cubierta el clima es implacable. Han decidido acortar las guardias a dos horas, por lo que apenas consiguen descansar cuatro horas seguidas. Aun así, el desgaste es extremo.
El viento, sin obstáculos, corta la piel mientras la humedad del mar se congela al contacto con cualquier superficie.
Es un frío que cala hasta los huesos y entumece los dedos y el rostro a pesar de los esfuerzos por protegerse.
Para mantener el calor corporal visten una primera capa térmica, un forro polar o un jersey de lana, y un mono impermeable y cortavientos como capa exterior.
Como solo tienen dos monos impermeables, los hombres deben compartirlo.
El de Laura no les sirve. Ernesto, al menos, cuenta con guantes, calcetines de lana y gorros de su viaje por la Patagonia.
Dentro del Amel, a pesar de la alta calidad de su aislamiento, el ambiente ha ganado la batalla y campa a sus anchas.
Sin una fuente de calor, el barco ha terminado por mimetizarse con la temperatura del océano.
En cada rincón, en cada superficie, se siente el helor y la humedad penetrante.
Incluso las respiraciones forman densas nubes de vaho que flotan en la cabina.
Cuando entran al vientre del velero, se quitan el pesado mono y se quedan con la ropa térmica y el forro polar. A pesar del frío imperante en el salón, cuando bajan desde la cubierta la sensación es que hace hasta calor, un alivio que va desapareciendo con el paso del tiempo.
La cama es el mejor refugio. Duermen con la ropa térmica, pero los excelentes edredones logran mantener la temperatura corporal.
Si la noche es especialmente gélida, como lo fue la anterior, pueden incluso dormir con gorro para proteger la única parte del cuerpo que queda expuesta.
Por suerte para Ernesto, su edredón es igual de bueno que el de la pareja, algo fundamental ya que él, duerme solo.
Mientras los hombres están sentados en el salón jugando a las cartas para distraer la mente, escuchan a Laura, que abre la escotilla y les llama a gritos. Son gritos que parecen de alegría, o al menos no de peligro.
Los hombres saltan como resortes: Laura debe haber visto un barco.
Las cartas caen desordenadas sobre la mesa y resbalan hasta el suelo.
Antes de que caigan, ellos ya están saliendo a la cubierta, buscando en todas direcciones.
La joven aún no tiene la pistola de bengalas en la mano; ni siquiera la busca.
—¿Qué pasa, Laura? —pregunta el cántabro, desconcertado.
—Allí —indica la joven con una sonrisa, mientras señala hacia la proa.
En el horizonte, una silueta borrosa rompe la línea del mar.
No es un barco; es más bien un contorno dentado de color oscuro y blanco.
Pablo toma los prismáticos que le ofrece Laura y, con el corazón en un puño, reconoce la costa de una isla.
Es una isla subántartica, probablemente inhóspita y deshabitada o quizás no.
Pronto lo sabrán. La corriente los dirige a ella, preparan los improvisados timones para intentar acceder a la costa.
Por suerte no han utilizado el bichero para fabricar un timón; probablemente ahora lo van a necesitar.
El velero avanza sin prisa, pero constante. A Pablo le preocupa que la corriente haga un último quiebro y los aleje de allí, la única porción de tierra que han visto desde que abandonaron el continente americano. Ernesto se debate en la duda: no sabe si es bueno o malo dirigirse a la costa.
Laura, por su parte, observa las formas de la isla con los prismáticos mientras se acercan.
Es un territorio hostil, con acantilados de piedra y hielo.
Justo en el centro de su visión encuentra una zona donde el viento y el agua han erosionado el terreno durante miles de años, moldeando algo parecido a una cala.
Esas piedras, suavizadas por el mar, ofrecen una superficie lo suficientemente estable para que el barco se acerque.
A medida que las olas los acercan lentamente, cada uno toma su posición. Los hombres, en popa, manejan el timón entre los dos; han valorado emplear uno cada uno, pero prefieren utilizar una pieza con eficacia antes que dos de forma deficiente.
Mientras Ernesto hace fuerza con todo su cuerpo para oponerse al oleaje, Pablo maniobra para ajustar la dirección: deben guiar el barco hacia la pequeña playa de guijarros.
Es una labor de equipo, una lucha desigual de dos cuerpos desnutridos contra la fuerza del mar.
Tienen a mano también los otros timones que han hecho; es preferible utilizarlos todos si eso los acerca a la costa antes que pasar de largo.
Laura, por su parte, toma posición en proa, lo más adelante que puede.
Al no tener disponible la cartografía, ella es el sonar del barco.
Su única guía son las señales del mar. Busca cambios de tonalidad en el agua: los colores claros indican poca profundidad y las más oscuras, más calado.
Sin una sonda, el único recurso es observar lo que el mar quiera mostrar.
Es una estimación que no asegura nada. Ella es la responsable de indicar a los timoneros hacia dónde dirigir el barco, así como de avisar de posibles peligros.
Una última ola empuja el velero con una fuerza inesperada. Desde la proa la joven no ve nada. El mar, turbulento y oscuro, no insinúa la presencia de la roca sumergida.
De pronto, el barco se detiene en seco, como si hubiera golpeado una pared invisible.
Un impacto brutal y repentino que lanza por la borda a Laura.
Pablo suelta el timón y corre hacia la proa.
Cuando llega y mira al mar, no hay ni rastro de ella.
Las gélidas aguas bajo el barco son extremadamente turbulentas.
Las corrientes han arrastrado a la joven lejos del barco en escasos segundos.
Él grita el nombre de Laura, esperando escuchar una respuesta que no se produce. Con lágrimas en los ojos, grita más y más fuerte su nombre, ahora ya entre sollozos, mientras escudriña el agua. En este momento no busca barcos, sino a su «viñas», con la vista empañada por las lágrimas.