Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 5 #4
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CAPÍTULO 5 #4

Le piden a Laura que anote las coordenadas y la hora. Con esos datos Pablo calcula la trayectoria que han seguido y la compara con la posición estimada sin timón. La cruda realidad vuelve a abofetearlos sin piedad: no hay variación.

Es cierto que el timón se ha ido desintegrando, pero también lo es que el brutal esfuerzo invertido cuando la pieza estaba entera resulta excesivo para el pobre resultado obtenido.

Además, terminarían agotados, lo que los obligaría a consumir más comida y bebida.

Para salir de la corriente Humboldt podría ser necesario desviarse durante cientos o incluso miles de millas náuticas.

Como ni siquiera pueden confirmar que se hayan desviado lo más mínimo, pretender hacerlo durante tantas millas es engañarse.

Son pasajeros de una fuerza de la naturaleza que los aleja cada vez más de las rutas de navegación y los arrastra en un viaje hacia el sur.

5 DE DICIEMbrE

El día amanece con un cambio drástico. El cielo se ha ido oscureciendo y ya no queda rastro de los rayos de sol que ayer perforaban las nubes.

El viento aúlla con furia y el oleaje cobra fuerza.

Laura, que estaba en la bañera, ha tenido que bajar al salón para atrincherarse, aunque se negaba a hacerlo.

No tiene ningún sentido permanecer en cubierta con esta tormenta, es sumamente peligroso y la visibilidad es prácticamente nula.

Desde el velero no verían pasar un barco por cerca que estuviera.

Los otros barcos, en cambio, sí podrían detectarlos a ellos con sus radares y esquivarlos.

En sus condiciones actuales, el único objetivo es sobrevivir al temporal.

Las velas continúan totalmente arriadas y aferradas. Un velero sin timón y con el aparejo izado, supondría una trampa mortal en estas condiciones.

El barco no puede elegir su rumbo. El viento y el oleaje juegan con él, dándole bandazos y zarandeándolo de manera caótica, sin un rumbo claro. La corriente de Humboldt lo sigue arrastrando al sur, pero su deriva es impredecible y violenta, fruto del choque entre el viento y el mar.

La tripulación se ve obligada a un descanso forzoso, una muestra más de lo delicado de su situación, en la que poco pueden hacer por elegir su destino.

Pasan el día tumbados para dosificar la energía del cuerpo y la mente.

Pero no pueden dormirse sin más: a pesar de haber trincado todo, la fuerza de las olas puede reventar los portillos y las escotillas.

La pareja se turna para revisar la sentina, el primer lugar donde se acumularía el agua si hubiera una vía.

Ernesto, por su parte, está fuera de combate, totalmente mareado.

No puede colaborar con sus compañeros. Las biodraminas que tomó no surten el menor efecto en estas condiciones.

Laura le insiste en que debe comer y beber —es crucial no dejar el estómago vacío en estas circunstancias—, pero el segoviano vomita todo lo que llega a su estómago.

Tampoco es mucho, dado el racionamiento autoimpuesto, pero en su estómago ya no queda nada.

Pablo y Laura se alternan para descansar y comprobar el estado del barco.

Tienen que asegurar mejor la mesa de navegación; aunque la habían trincado, la violencia del temporal la ha vuelto a aflojar.

Por suerte, el diseño del Super Maramu está pensado para afrontar temporales sin que su interior se convierta en un caos.

Ni siquiera se abren los cajones o armarios: absolutamente todo cuenta con cierres de seguridad.

Guardan la pistola de bengalas, su bien más preciado, debe estar protegida.

La radio portátil, por su parte, la aseguran con firmeza: accesible para una emergencia, pero a resguardo de cualquier impacto.

Al día siguiente la situación no mejora.

Desde el portillo del salón, el espectáculo es sobrecogedor: las olas empujan con furia el casco mientras el viento aúlla en dirección contraria.

Entre ambos maltratan la embarcación, sacudiéndola como a un muñeco de trapo.

El médico se encuentra algo mejor, pero sigue mareado y no puede relevar a sus compañeros en las tareas de trincado, revisión de la sentina, o en la cocina.

Beber en vaso queda descartado; no solo resulta imposible por el agresivo balanceo, sino que no pueden permitirse desperdiciar ni una sola gota.

Durante un temporal, se recurre a botellas de plástico con boquilla deportiva, similares a los bidones de ciclismo.

El tercer día, el velero continúa envuelto en la tormenta.

Como no disponen de instrumentos meteorológicos, no tienen ni la menor idea de lo que puede durar.

Desde que salieron de Ushuaia habían disfrutado de catorce días de buen tiempo continuado, aunque en estas latitudes eso es lo verdaderamente anómalo.

El temporal que están sufriendo entra dentro de lo normal.

Su duración puede ser de varios días o incluso una semana, pero, si se desarrolla con normalidad, por lo general no se extenderá más de siete días.

Los continuos pantocazos hacen mella su ánimo.

El hecho de estar embarcados en una nave a la deriva, sobre la que no tienen el más mínimo control, se convierte en una dura prueba de supervivencia física, pero sobre todo mental, en la que su única labor es no rendirse y resistir estoicamente el temporal.

Si el barco estuviera operativo, la situación sería diametralmente opuesta: trabajarían sin descanso para capear el temporal y mantener el rumbo.

Ahora, en cambio, solo les queda esperar y tratar de descansar, de brazos cruzados, sin poder hacer nada.

9 DE DICIEMbrE

A medida que se van despertando, los tres marineros sienten al momento la ausencia del oleaje.

Pablo, que ha sido el primero en hacerlo, se pone de pie, casi con dificultad.

Después de cuatro días bailando al ritmo del inestable suelo, su cuerpo intenta compensar el movimiento de manera instintiva, aunque ya no es necesario.

Coge la radio portátil, el GPS y la pistola de bengalas antes de dirigirse al exterior.

Su primera tarea es barrer el horizonte en busca del deseado barco que pueda rescatarlos.

Después de asegurarse de que no hay ninguno a la vista, comprueba si el Salitre y viñas tiene heridas tras tres días a merced de la climatología.

Luego toca hacer los cálculos para intentar averiguar hacia dónde les ha enviado la tormenta.

El resultado no descubre nada nuevo: han bajado aún más hacia el sur y se han desviado hacia el oeste, incluso más de lo que lograron hacerlo con el timón provisional.

Pero por esos mares tampoco hay nada, absolutamente nada.

La corriente los lleva directamente a las aguas del océano Austral, la inmensa masa de agua que rodea la Antártida.

Lo más probable es que ni siquiera puedan llegar allí, ya que en su camino se encuentra la zona de los hielos flotantes y los icebergs, un laberinto sin salida para un velero sin timón.

Todo ello, además, bajo unas condiciones climáticas extremas: vientos huracanados y temperaturas bajo cero, incluso con buen tiempo.

El cántabro hace cuentas y ve que en quince o veinte días podrían entrar de lleno en el océano Austral. El tiempo para encontrar un barco en el horizonte se les acaba.

El siguiente en aparecer por cubierta es Ernesto, que sale con dos tazas de café en la mano.

Le ofrece una a Pablo, quien se lo agradece.

Charlan un rato sobre lo mal que lo ha pasado el médico con el temporal y el joven le advierte que vendrán más como el que han sufrido.

Le explica también que las tormentas tropicales son incluso peores, porque estas pueden alargarse varias semanas.

Continúan hablando sobre las posibilidades de avistar un barco mientras apuran el café.

Pablo lleva las tazas a la cocina mientras Ernesto se queda de guardia. Laura continúa dormida. Es mejor que descanse; si el tiempo se mantiene así, tocará volver a los turnos de vigilancia.

Durante los últimos días aparentemente no han hecho nada, pero estar sentado o tumbado durante la tormenta es un estrés en sí mismo.

El cuerpo se convierte en un sistema de amortiguación constante, cada músculo trabaja sin descanso para compensar los bandazos, las caídas y los golpes del barco contra las olas.

Lograr descansar es una auténtica quimera en esas condiciones.

El cerebro es incapaz de desconectar, puesto que se mantiene en alerta constante.

El rugido del viento, el estruendo de las olas, el chirrido de los cabos y los crujidos del casco se registran instintivamente, lo que impide un sueño reparador.

Después de tres días, el cuerpo está molido, tanto física como mentalmente. Ahora, con un mar calmado, el cerebro por fin puede descansar y relajarse. Tampoco Pablo sabe realmente cuándo dejaron atrás la tormenta, ni siquiera cuánto tiempo ha dormido.

Con Laura ya levantada, comienzan las rutinas para los pasajeros de la corriente Humboldt.

La joven insiste a Ernesto en que debe comer para recuperarse plenamente del mareo, le recuerda que ha estado días sin alimentarse y le pide que consuma las raciones que se ha saltado.

Además, le da varios suplementos para que se recupere del todo.

Mientras tanto, el cántabro se dedica a las tareas de mantenimiento, una labor imprescindible en su situación.

Sin control sobre el rumbo, el barco es golpeado por las olas desde cualquier ángulo, por lo que urge revisar la estructura.

Con ese objetivo, se sumerge bajo el casco para verificar las condiciones de la quilla y de la parte rota del timón, el cual sigue siendo zarandeado por el mar.

Este último podría llegar a golpear contra la pala o el casco y provocar una vía de agua.

Por suerte, su ya deplorable situación no empeora.

Lo único que se ha roto es un panel que se ha soltado en la sentina.