Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

Por suerte, ayer decidieron replegar las velas.

Si bien los vientos dominantes son los oestes, sin un timón para gobernar el rumbo, las velas únicamente servirían para que el barco fuera más rápido a la deriva de manera errática.

Debaten sobre si merece la pena izarlas para intentar, con la fuerza del aire, aferrarse a su ruta y no rendirse ante la corriente que los arrastra al sur.

Mantenerlas plegadas significa convertirse en un barco fantasma a merced de las aguas.

La decisión es difícil, pero prefieren no asumir el riesgo de ser impulsados hacia el Antártico a mayor velocidad.

Además, deciden intentar concentrarse en reparaciones —o más bien apaños— que puedan ayudarlos a ser rescatados y tener una mejor calidad de vida en el barco.

Deciden cenar antes de que la luz del sol les abandone definitivamente.

Tienen más hambre de lo que creen; la realidad es que no han comido nada en todo el día.

Con la tensión contenida, no se han dado cuenta.

Ni siquiera Ernesto, quien estaba en cubierta revisando a conciencia el horizonte, aparentemente ocioso, pero con los nervios a flor de piel.

Durante la cena acuerdan que es muy importante comenzar a racionar la comida y el agua en la medida de lo posible, intentando reducir drásticamente su consumo.

La consigna es sentir un poco de hambre y sed durante todo el día.

Aunque tienen comida para más de cuarenta días y pueden estirarla aún más, no saben cuánto tiempo permanecerán a la deriva.

En su situación, salvarse puede significar simplemente aguantar un día más.

Por lo tanto, deben intentar alargar al máximo su supervivencia, con la esperanza de no estar, en realidad, prolongando su agonía.

Con el agua la situación es peor: la desalinizadora no funciona. El tanque está lleno, pero a no ser que encuentren una isla con agua potable, no podrán rellenar el depósito a pesar de que no tienen otra cosa a su alrededor que agua. De todos modos, mil litros es mucha agua para solo tres personas.

Se despiden para descansar y acuerdan que Pablo haga ahora un relevo en la cubierta para que descanse el médico, quien al final ha estado prácticamente todo el día de guardia.

Después será la joven quien lo releve, alternándose posteriormente Ernesto y Laura durante el resto de la noche para que, por la mañana, Pablo esté descansado; quiere intentar hacer un apaño con el timón, a ver si hay suerte y consiguen decidir ellos la dirección a seguir por el barco.

4 DE DICIEMbrE

La noche discurre sin noticias, ni buenas ni malas.

Cuando Pablo por la mañana sale a la cubierta, tras dos días a la deriva, es Laura quien controla el horizonte.

Ya no tiene la pistola de bengalas en la mano; aunque tampoco está en su compartimento, descansa a su lado, con el seguro puesto.

El mar permanece calmado y el barco continúa su deriva hacia los peligrosos y solitarios mares del sur.

Le da los buenos días y un beso, un dulce beso de ánimo, antes de volver al interior del velero, dispuesto a idear un apaño para fabricar un timón.

Tras las amargas decepciones de las últimas jornadas, marcadas por los intentos frustrados de reparar el timón y recuperar la electricidad, el nuevo varapalo de ayer colmó la paciencia del grupo.

Después de pasar todo el día construyendo otra pieza, vieron cómo esta se rompía al primer envite de un mar relativamente calmado.

Ernesto, molesto, insistía en utilizar materiales más duraderos.

Por ejemplo, quería utilizar el bichero y los cabos de amarre.

A pesar de que Pablo siempre mantenía la calma de manera envidiable, estaba claro que le había molestado ver cómo todo el trabajo realizado había desaparecido a la primera de cambio.

—No, no podemos emplear el bichero ni los cabos de amarre —objeta Pablo. —Son elementos esenciales que no podemos sacrificar para intentar algo que no sabemos si va a funcionar. Si los perdemos, habremos aumentado nuestros problemas.

—Perdona Pablo, tendrás razón, pero es que tampoco tiene mucho sentido gastar energías en algo que no va a funcionar —manifiesta el médico.

Hoy Ernesto continúa observando a su alrededor, buscando posibles materiales para el timón.

De pronto se da un doloroso golpe en la pierna al cambiar de postura en la mesa del salón.

Protesta por el golpe, pero al momento se agacha: ante él está la robusta pata metálica que actúa de sujeción.

Vuelve a incorporarse y, con cara de haber visto un fantasma, le dice al profesor.

—¿Y si utilizamos la pata de hierro de la mesa? Supongo que el hierro será más resistente que la madera que usamos ayer —propone.

Pablo se agacha rápidamente y mira también debajo, pero, en vez de sentarse de nuevo, sale corriendo a la sala de navegación y desde allí llama a voces al cirujano.

Cuando Ernesto llega, Pablo le dice:

—Es una estupenda idea, pero mejor aún si usamos la pata de esta mesa; al fin y al cabo, no la echaremos de menos…

Las coordenadas podemos anotarlas en el salón.

Es preferible conservar la mesa del comedor, que nos sirve para comer, jugar a cartas o simplemente hablar; anímicamente, sacrificar la de navegación nos dolerá menos.

—Estoy absolutamente de acuerdo —le confirma Ernesto, orgulloso de haber aportado una buena idea.

Con la decisión tomada, se ponen manos a la obra, ilusionados.

La luz entra por los portillos, aunque los tornillos para soltar la pata están en sombra, por lo que el avance es algo lento, si bien finalmente consiguen aflojarlos.

Han tenido que pedirle ayuda a Laura, ya que la mesa es demasiado grande y pesada para que Ernesto la sostenga a pulso y evite que aplaste a Pablo.

Esos minutos se les hacen eternos, mientras en sus cabezas retumba el mismo pensamiento: «La cubierta no puede quedar vacía».

Tras esos minutos, la joven vuelve de manera apresurada a la bañera para ver exactamente lo mismo que lleva viendo los tres últimos días.

Si ya de por sí iban por una vía no demasiado concurrida, la corriente Humboldt los arrastra lenta, pero constantemente hacia las desiertas y aún menos transitadas aguas antárticas.

Ya se nota cómo baja la temperatura en cubierta.

El siguiente paso para fabricar el timón es soltar la tabla de la litera, una madera que no utilizan.

La tabla de la mesa de navegación habría sido demasiado pesada; la pata no aguantaría su peso y se hubiera hundido al momento de intentar sumergirla.

La tabla de la litera, en cambio, es más ligera que la mesa, por lo que la pata podrá soportar fácilmente su peso en el agua.

Con el taladro a batería de la caja de herramientas, Pablo perfora la madera en varios puntos, que servirán de orificios para introducir la cincha con la que atar las dos piezas.

El crujir de la cincha al apretarla es música para sus oídos al sentir cómo las dos piezas quedan firmemente unidas.

Para reforzar la unión, envuelven el conjunto con cinta americana, asegurando así con más firmeza el metal a la madera.

El resultado final es un objeto extraño, pero aparentemente funcional.

Tal vez en sus manos está la llave para escapar de la corriente que los arrastra fuera de las rutas marítimas.

Una vez montado, con un brillo de ilusión en los ojos, lo meten con suavidad al agua por la popa.

El invento se ve más robusto y confiable que el intento de ayer.

A los pocos segundos, Pablo le indica al médico que deben sacarlo.

A pesar del mar calmado y la baja velocidad, la pala improvisada ofrece bastante resistencia y teme perderla.

Para evitar que un golpe de mar lo envíe al fondo, añade dos libros forrados con cinta americana a modo de topes y, entre los dos, aseguran una cincha que sujeta la estructura al barco.

Su función es servir de segunda capa de seguridad por si se les escurre la pata de metal debido al bamboleo.

Cuando vuelven a meterlo al agua, lo sujetan entre ambos.

Laura, que supuestamente vigila el horizonte, no puede evitar observar sus maniobras.

Ve cómo sufren para intentar variar levemente el rumbo, pero al mirar hacia la proa, no consigue apreciar ni el más leve cambio de trayectoria, por mucho que lo desee.

Los dos hombres reflejan en sus rostros que están haciendo un esfuerzo que no podrán mantener por mucho tiempo.

Laura ha apuntado las coordenadas y la hora exacta en que han metido el dispositivo al agua.

Necesitan aguantar más tiempo manteniendo la presión para comprobar si es efectivo.

El esfuerzo es enorme; no se atreven a desplegar las velas, conscientes de que no serían capaces de soportar la fuerza del viento impulsando el velero.

Después de una hora de agónico esfuerzo, Pablo y Ernesto sienten la caña más ligera. Lo achacan a que se han acostumbrado o a que han encontrado una mejor postura. Sin embargo, también podría ser que el otro esté haciendo ahora más fuerza. Mejor no pensar eso.

—Oye, Pablo, ¿no te parece que el timón no ofrece tanta resistencia como al principio? —pregunta el segoviano.

—Pues eso mismo creo yo. Cuando hemos empezado tenía la impresión de no aguantar ni diez minutos y llevamos más de una hora. Vamos a sacarlo —indica Pablo.

La decepción se dibuja en la cara de los navegantes; al izar el aparejo, solo recuperan la pata de metal y un pequeño trozo de madera atado a ella.

Esa ligereza que habían sentido no era la victoria que imaginaban: era el timón desintegrándose.

La madera se había ido partiendo y perdiéndose en la corriente hasta que, al sacarlo a la superficie, descubrieron que no quedaba casi nada de ella.