CAPÍTULO 5 #2
Laura, como psicóloga, sabe que debe animarlo, sabe lo que debe decir, pero no puede.
La situación la supera; el miedo a vagar a la deriva le impide hablar desde la visión más objetiva que requieren sus conocimientos profesionales.
En su interior piensa: «bien, dejamos que el miedo se exprese un rato para después tomar el control».
Pero ¡qué fácil es hablar desde una posición alejada!
Pablo se dirige a las profundidades del barco, a la sentina.
El primer paso es comprobar el panel eléctrico principal —aunque eso ya lo hizo ayer—.
Sube varios interruptores que habían saltado, pero vuelven a desconectarse al soltarlos.
Después levanta los paneles del suelo de la cabina principal para llegar a la sentina.
Debe bajar provisto con un frontal y una linterna de mano, puesto que la luz natural no logra acceder a las entrañas del barco.
El acceso al fondo del casco, como en todos los Amel, es complicado, especialmente por la robustez de su diseño.
Laura le ayuda para que pueda bajar la caja de herramientas.
El rastro de los cables dispersos que llegan al casco desde diferentes puntos parecen unirse en una misma dirección; Pablo los encuentra y los sigue hasta llegar al compartimento de popa, donde finalmente localiza el banco de baterías.
El olor a salitre y a humedad es especialmente intenso en esta zona.
El trabajo para desmontar el panel es incómodo y tedioso.
Con algunos tornillos debe utilizar aceite aflojatodo, aunque finalmente, no sin mucho esfuerzo, consigue retirarlo, dejando ante él el motivo de la avería.
Sus ojos no encuentran, como esperaban, un cable cortado o que haya dejado de hacer contacto.
No; lo que tiene ante sí es un amasijo de cables deformados, fusionados por el fuerte impacto.
La explosión de calor que ha generado el violento golpe ha provocado un potente cortocircuito que ha terminado derritiendo el aislamiento del cableado.
Los cables de gran calibre que transportan la energía del barco están destrozados.
La barra colectora principal una pieza clave que distribuye la energía a todos los circuitos, ha sufrido una fractura por estrés y una de sus conexiones principales está rota.
El daño es profundo, en una zona de difícil acceso cerca de la quilla.
Pablo permanece inmóvil, mirando la evidencia de una avería irreparable.
No quiere enfrentarse a Ernesto y a Laura para tener que decirles que la parte eléctrica tampoco la va a poder reparar.
La decepción le invade como una última ola que llega a la playa; un sentimiento de derrota lo abruma por completo.
Con sus conocimientos de electricidad y su completa caja de herramientas podría haber arreglado un cortocircuito, pero lo que ha encontrado en las profundidades del Salitre y viñas no es una avería sino una falla sistémica, y está más allá de sus medios y capacidades.
Unas capacidades en las que ha trabajado desde que decidió estudiar Mantenimiento Electromecánico para solucionar este tipo de percances, en su vuelta al mundo.
Hoy, por segunda vez en el mismo día, se enfrenta a la imposibilidad de aplicar sus conocimientos y reparar dos graves averías. Maldice su suerte en silencio, en la soledad del interior del casco, mientras Laura le espera arriba.
Se queda varios minutos pensando cómo explicarles a sus compañeros lo que ha pasado sin que cunda el pánico.
Finalmente asoma la cabeza al interior del barco.
Arriba, Laura, con el corazón en vilo, aguanta la respiración como quien espera el diagnóstico del médico después de unas pruebas importantes.
La cara del joven no deja opciones para el optimismo; se asoma para salir, no para volver a bajar.
Después de transmitir las malas noticias, Pablo no está enfadado, no grita, tampoco tira las cosas enfurecido; ese trance él ya lo ha pasado en la soledad de la sentina.
Ahora es ella quien, fruto del miedo y la impotencia, rompe a llorar, mientras el joven se acerca a ella, intentando transmitirle una calma que él también necesita.
La abraza, besándola en la mejilla en silencio, mientras ella llora desconsolada.
—No, no, no, no —repite desesperada, mientras golpea, más suavemente de lo que parece, el hombro de Pablo con su puño derecho.
—Tranquila, Laura, saldremos de esta, ya lo verás. Debemos pensar fríamente —le consuela con voz calmada.
—¡No podemos hacer nada, no tenemos timón, ni electricidad, no podemos pedir socorro y vamos a la deriva! —exclama ella, presa de la rabia y el miedo.
En ese momento entra en el local Ernesto, que tras escuchar los ruidos y el llanto de la joven, baja de manera apresurada. La escena que se encuentra es como una película de cine mudo. Sin decir ninguna palabra, la imagen lo dice todo; no es necesario verbalizar lo que ha sucedido.
—¿Qué posibilidades tenemos ahora? —pregunta suavemente el médico, mientras el fuego y la rabia arden en su interior.
Es consciente de que enfadarse no ayuda ante los problemas; lo aprendió de niño, y durante toda su vida se ha enfrentado a las dificultades, intentando distanciarse anímicamente de ellas.
—La situación es complicada, no lo voy a negar. Ayer no pensé que estaríamos hoy así, de verdad. Creí que podría arreglar las dos averías, o al menos una de ellas —informa el joven, con Laura aún abrazada a él.
—Sí, tranquilo, Pablo, lo sé. No es culpa tuya. Pero ahora debemos pensar en los siguientes pasos —añade apaciguador Ernesto.
—Tienes razón, hay que reflexionar. Yo no lo he hecho porque confiaba en que lo repararía y no me gusta gastar energía especulando sobre situaciones que puedan pasar o no. Prefiero hacerlo cuando ya tengo la constancia del problema.
—¡Lo más importante es vigilar el horizonte con la radio y la pistola de bengalas! —exclama Laura al darse cuenta de que no hay nadie en cubierta.
Todos suben de manera apresurada a la bañera; el primero en llegar es Ernesto, por ser el más cercano a las escaleras.
Nada más salir, dirige la mirada para revisar todo lo que le alcanza su vista desde la popa.
Cuando sale la pareja, sin hablarlo, se ponen en paralelo, mirando hacia la proa.
Laura revisa a estribor y Pablo a babor.
Examinan minuciosamente la superficie del agua; por pequeña que sea una mancha a lo lejos, podría ser un barco con el que comunicarse por radio.
Ninguno encuentra nada; a medida que terminan de comprobar su área, se vuelven hacia los demás.
—¡Debemos tener cuidado de que no se quede nunca vacía la cubierta! — reprocha Pablo, molesto.
—He oído llorar a Laura y he pensado que había ocurrido algo en el barco; por eso he bajado —se defiende, herido, Ernesto.
—¡Chicos, chicos, no os enfadéis! Es la situación; el problema es la situación, no nosotros —les intenta apaciguar Laura.
—Pero… —comienza a decir Pablo.
—¡No, Pablo, no! No puedes dejar que la rabia nos enfrente; es habitual que pase y probablemente sea nuestro mayor enemigo. Tenemos que apoyarnos entre nosotros, no pelearnos. ¡Todos somos útiles en esta situación! —le corta ella, alzando la voz.
—Pablo, Laura tiene razón y tú también; yo no debería haber bajado dejando la cubierta abandonada —se disculpa, cabizbajo, el médico.
—Discúlpame tú, has creído que nos había pasado algo y has venido a ayudar. Muchas gracias —se disculpa, avergonzado, Pablo.
En la cubierta deciden que, cada vez que deban hablar los tres, lo harán siempre allí, para no excluir a quien esté de guardia.
El siguiente paso, aunque de poco sirve para sacarlos del atolladero, es intentar averiguar en qué dirección los llevan la corriente y los vientos; dependiendo de ello, dejarán las velas replegadas o las izarán para avanzar más rápido en esa dirección.
Hasta no saber hacia dónde se están moviendo, es mejor mantenerlas recogidas.
Laura se queda esta vez de guardia, mientras los dos hombres se encaminan a la sala de navegación.
Pablo le pasa el GPS a Ernesto y le pide que le cante los números de la pantalla.
Mientras el médico lo hace, él anota la fecha y la hora: han transcurrido ya siete horas desde la lectura anterior.
Se sorprende de lo rápido que ha pasado el tiempo; en breve deberán cenar, antes de que la noche les envuelva.
Tienen linternas, pero tampoco saben en qué estado estarán de pilas y no es cosa de malgastarlas simplemente por ocio.
Cuanto menos las usen cada día, más tiempo les aguantarán.
Con las dos coordenadas y la diferencia de tiempo, Pablo intenta calcular la dirección y la velocidad a la que se ha movido el velero.
El viento, como comprobó de manera instintiva en cubierta, es el dominante de la zona: el oeste.
Pero el barco se ha desplazado hacia el sur; es presa de la corriente de Humboldt, una corriente que los aleja lenta, pero inexorablemente, de una ruta marítima ya de por sí poco transitada para adentrarlos en una zona desértica del océano Pacífico donde no hay nada y por la que nadie pasa.
Su avance es lento, pero sostenido hacia la nada.
Salen a cubierta para explicar y debatir con Laura la nueva situación.