Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

La última ola

Pablo se despierta con un crujido del barco.

Tras mucho tiempo intentando dormir sin éxito, finalmente lo consiguió cuando estaba pensando ya en levantarse.

El cansancio de una noche en vela lo cogió por sorpresa y cayó rendido a pesar de sus preocupaciones.

Ha amanecido. El mar se ve inmenso, pero tranquilo, bajo un cielo encapotado y gris.

Laura está dormida a su lado. La pobre ha caído rendida después de las guardias nocturnas.

La idea era que Pablo pudiera estar descansado para reparar lo antes posible el barco.

Cuando se asoma a la bañera, encuentra a Ernesto con la pistola de bengalas en la mano.

Realmente no hace falta, no es necesario tenerla agarrada en todo momento.

`pero seguramente Laura le ha dicho que lo haga así.

O tal vez está tan preocupado que piensa que el tiempo que va a tardar en dispararla o cogerla de su compartimento en el banco de la bañera —diseñado para ello— sea la diferencia entre ser rescatados o no.

La radio portátil descansa a su lado, en silencio.

Está apagada, ya que no tiene sentido agotar las baterías sin tener un barco a la vista.

—Buenos días, Ernesto —le saluda mientras sale a la bañera.

—Buenos días, Pablo.

—¿Has visto algún barco en el horizonte?

—No, ninguno.

—Bueno, hace poco que ha amanecido, verás cómo hoy tendremos más suerte —le anima.

—Ojalá —contesta Ernesto, preocupado.

El médico, en realidad, está ahora más tranquilo que durante la noche.

El golpe contra el contenedor fue muy violento y en los primeros minutos temió lo peor.

Después, el joven cántabro lo tranquilizó y, mientras estaba de vigía, comprobó que el barco, aunque sin timón, seguía manteniéndose sobre las aguas sin dificultad.

Cuando le dio el relevo a Laura, estuvo hablando con ella.

Esta le contó que no había visto ningún barco durante la noche, una noche tan oscura y sin estrellas que, si alguno pasara a lo lejos, no habría forma de confundir sus luces con ningún brillo del cielo.

Inicialmente pensaba relevarla antes, pero se dio cuenta de que, si él descansaba, tal vez podría hacer casi todo el día de vigía, permitiendo así a la joven pareja dedicarse a reparar el barco para reconducir la situación.

—Bueno, bajo a ponerme el neopreno para sumergirme y mirar debajo del barco, a ver qué encuentro —informa Pablo.

—Bien, me dices lo que necesites. Laura llevará alrededor de dos horas dormida, pero estaba agotada; mejor que la dejemos dormir —apunta el doctor.

—Sí, descuida —añade Pablo mientras baja las escaleras.

Tras varios minutos en el interior, Pablo vuelve a salir a la cubierta con el traje de neopreno puesto.

Se dirige a la plataforma de popa donde ultima los preparativos para la inmersión.

Se sujeta a la barandilla para mantener el equilibrio mientras se pone las aletas.

Lo primero es hacer un chequeo de seguridad, comprueba el regulador de aire de las botellas, verifica que no haya objetos peligrosos flotando alrededor y asegura la línea de vida.

Cuando por fin entra al agua, el frío golpea las partes del cuerpo expuestas al mar, que son únicamente una fracción de su cara.

No esperaba encontrarla cálida, pero le ha sorprendido para mal, al sentirla mucho más gélida de lo previsto.

Mientras Pablo se sumerge en la cubierta Ernesto contiene la respiración.

Alterna las revisiones del horizonte con rápidos vistazos al agua por si sale su compañero.

Aun así, lo más importante sigue siendo buscar embarcaciones a lo lejos.

Pasan los minutos y Pablo no sube. Laura ya ha salido al exterior.

Se ha despertado por unos golpecitos en el casco del barco y, suponiendo que era Pablo, se ha levantado rápidamente y ha aparecido nerviosa con una chaqueta encima del pijama.

El tiempo pasa y Pablo sigue sin aparecer.

En principio, por lo que le dice Laura, parece una buena señal; si no ha salido a buscar herramientas, se puede suponer que está intentando arreglar el barco con sus propias manos.

Al rato comienzan a brotar burbujas y, acto seguido, Pablo emerge de las aguas enfundado en su neopreno.

Las caras llenas de esperanza lo reciben en la cubierta mientras este se acerca a la plataforma.

Laura se inclina hacia él para ayudarle a deshacerse del pesado arnés y la botella de aire.

Una vez que el joven queda liberado de toda esa carga y se la entrega a su compañera, se dirige a la escalera de popa para subir de nuevo a bordo del velero.

Se trata de un trabajo en equipo obligatorio, sin el que un buceador no podría volver a subir al barco.

Mientras la joven le ayuda, Pablo se da cuenta de que se había sumergido sin explicarle a Ernesto que luego le tendría que ayudar, algo que le hace enfadar consigo mismo.

Las caras de ilusión o esperanza contrastan con el lenguaje corporal de Pablo, disgustado consigo mismo por haber saltado al agua sin advertir al médico de que necesitaría su ayuda, o sin indicarle que avisara a Laura para cuando emergiera de las profundidades.

Se quita el gorro con rabia, pero no el neopreno, ya que sería una temeridad quedarse desnudo al salir mojado del frío océano.

Cuando Pablo por fin levanta la cabeza —ya sin el gorro—, la joven lee al momento la expresión de su cara: trae malas noticias.

Conoce a su novio; no sabe lo que ha visto, pero lo que sea que haya encontrado debajo del barco tiene que ser malo, muy malo.

Ernesto comienza a preguntarle algo de manera atropellada, pero ella le frena en seco.

Laura conoce demasiado bien a Pablo como para saber que ahora necesita tomar aire.

—¿Qué has visto ahí abajo? —murmura la riojana con miedo, mientras Ernesto les observa con preocupación.

—Tenemos un problema, un problema bien gordo. La hélice ha desaparecido. El golpe la ha destrozado y la ha arrancado del eje. Solo queda el eje, doblado y deformado. Por lo tanto, aunque encendamos el motor, no vamos a conseguir nada —explica Pablo, apesadumbrado.

—¿Y el timón cómo está? —pregunta ella, con más miedo aún.

—Tampoco tenemos timón —añade el joven cántabro, derrotado.

—¡¿Cómo que no tenemos timón?! —exclama Ernesto, preocupado.

—El timón ha sufrido daños estructurales muy graves. La pala se ha desprendido casi por completo de la mecha, que es la parte que va conectada al casco. Por eso podemos girar la rueda sin que el barco varíe su trayectoria. No hay un timón funcional —responde Pablo.

—¿Pero no se puede hacer nada? —pregunta asustada Laura.

—Yo no puedo hacer nada en alta mar —aclara él, visiblemente abatido.

—¿Y las velas? ¿Continuamos con ellas replegadas o las abrimos? —le consulta el cirujano, sintiendo lo peligroso de la situación.

—De noche replegadas, seguro. Para decidir qué hacer durante el día tenemos que revisar nuestra posición en el GPS de emergencia. ¿Lo dejaste abajo? —le pregunta a Laura.

—Sí, estaba con la radio portátil, pero no lo cogí —recuerda ella.

—Vamos abajo, entonces —indica el cántabro, recuperando el ánimo. Es consciente de que una persona rendida es siempre garantía de fracaso. Laura siempre lo dice.

—Yo me quedo de guardia con la pistola y la radio —manifiesta Ernesto.

—Perfecto, vamos Laura —pide Pablo mientras se levanta, todavía con el neopreno puesto.

Laura, quien baja delante, se dirige a la sala de navegación.

Los cajones y armarios están ya cerrados, pero ella recuerda dónde estaban la radio portátil y el GPS.

Nunca los habían usado, por ello le costó encontrarlos ayer; hoy, en cambio, va directamente hacia el armario correspondiente.

El joven, por su parte, se dirige a la mesa de navegación, una superficie vacía y triste en la que todos los aparatos electrónicos están apagados, sin vida.

Sobre ese tablero de madera solo hay unas hojas de papel en blanco y un lápiz solitario.

Una de las hojas tiene unos números garabateados durante alguna partida de cartas.

La situación es complicada; no tienen timón ni cartas náuticas para poder situarse.

El barco es ahora como una botella flotando en el océano.

El viento, pero sobre todo las corrientes, los moverán a su antojo, sin poder ellos elegir la dirección.

Solo pueden saber hacia dónde se dirigen, pero ni siquiera instantáneamente: su único apoyo es el GPS de emergencia, un instrumento cuya única función es mostrar las coordenadas exactas en una pequeña pantalla.

El objetivo del aparato es simple: dar su posición para poder transmitirla en un mensaje de socorro.

En esta situación, lo único que pueden hacer es apuntar las coordenadas en el papel, esperar unas horas y comprobar nuevamente dónde están; así podrán averiguar la dirección en la que las condiciones deciden enviarlos.

Cuando la joven enciende el GPS, le canta los números de la pequeña pantalla; Pablo los anota en la hoja después de escribir la fecha y la hora.

Bien, ahora ya tienen el dato de dónde están, pero siguen sin conocer su rumbo, ni siquiera son conscientes de lo que hay a su alrededor.

Únicamente saben que en la ruta que trazaron no hay nada, hasta llegar a las islas Gambier, excepto agua e inmensidad.

Una vez anotada su situación, les toca esperar para constatar al fin, en la siguiente lectura del GPS, hacia qué punto cardinal se están dirigiendo.

—Bien, ahora intentaré reparar la avería eléctrica —indica él, mientras se levanta algo más animado.

—¿Crees que podrás lograrlo? —pregunta Laura, temerosa.

—Ayer, sí. Hoy, después del estropicio que me he encontrado bajo el casco, no lo tengo tan claro. Aunque si no hay una vía de agua, debería ser fácilmente reparable. Pero prefiero esperar a ver lo que me encuentro —responde el joven con cautela.